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Hondamente

        En aquella época a los hijos había que educarlos con rigor. El mío era muy tranquilo y sensible. En esas vacaciones pasaba todas las tardes haciendo dibujitos sobre la arena y ni se quería sacar la remera. En un momento me paré y le dije: "Ya no sos un nenito, andá y hacé algo". Ladeó la cabeza, se puso de pie y caminó hasta la orilla. Viene apareciendo recurrentemente en mis sueños, quizá los últimos que tenga. Me llama, me dice: "No te preocupes papá, estoy bien". Al buscarlo con la mirada preciso que no se trata de mi muchacho sino de una muchacha. Es él, si, me fijo bien; es él, pero travestido. Pierdo el aire, me hundo en el colchón. Esta situación me desvela, por lo tanto decido actuar pronto. Necesito descifrar qué sucede y ordenar las cosas. Desciendo del micro y arribo al balneario donde ocurrió todo. Nunca más había regresado a la playa, a ninguna. Tarareando un tango atravieso la arena con pasos morosos. Me paro frente al mar que primero le ...

Juntos a la mar

          De pronto me hallé aferrado con ambas manos a una bolsa negra que ladeaba sobre mi espalda; iba tranquilo. Atravecé el misterioso prealba mientras me dirigía como un autómata en dirección al mar. Acaso absorbido por el entresueño que potenciaba una voluntad ausente y vaga, no me atreví en ese momento a observar el contenido de la bolsa. Intenté dilucidar dónde había levantado esa carga, pero no logré enhebrar dos raptos de memoria seguidos.      Ya pisaba arena cuando contemplé el mar. No puedo explicar por qué, sentí liviano temor. El ruido del oleaje rompió la calma que hasta ese instante me invadía, me escoltaba. A metros de la orilla apoyé la bolsa en suelo húmedo. La entreabrí muy lentamente hasta que apareció el torso desnudo de una mujer. Qué es esto, me dije absorto, no sin mucho de fascinación. No logro dejar de mirar ese torso, a la vez que exhalo un aire de hondo rezago. Descubro sangre coagulada en los segmentos que u...

Nube

            Nunca supe con qué ardid, y ya han pasado varios años, permanecí atrapado dentro de aquel cubil metálico con aroma galo. Tiemblo al recordar como sucumbió misteriosamente la descarga de ambos polos y cómo entonces, sin escapatoria, yací recluso en la astucia de sus besos. No exagero si digo que una tarde ingresó una nube entera por su desmedida boca.      Pronto todo se confunde. Fotos, mar y risas. Un cerrojo de abrazos atravesados. Su piel inestable, también ella, se estira de vez en cuando y aparecen tibias criaturas recubiertas en arcilla. Quedo aturdido ante esas presencias fulminantes, ante sus miradas que descubro íntimas y a su vez ajenas.      Una mañana de sol desapareció de mi mundo, del mundo que carecía y le enseñé. Con un clavo grave hundido la busco en cada esquina, en mil mujeres. Las noches inciertas se pierden sobre el cáliz implacable de la desdicha.     Al  arresto de...

Toro y Paloma

      Ingresa al ruedo bajo un sol entreverado de aire y fuego. Enseguida clava pezuñas y perenne esperma sobre la arena. Veo su erguido pecho albergando una bóveda inmensa. Sorpresa siento cuando mueve la cola jubilosa, tal como haría cualquier perro. Suena música festiva que incita al público. Un grupo de toreros de segunda línea saltan al campo y comienzan a agitar capas de vivos colores. Se acerca para contentarlos; sin más lo desairan escondiéndose tras unas sobreparedes de madera.      De pronto aparece un caballo enfundado aparatosamente. Lo monta cierto jinete que cubre desmedida porción de cielo. La banda musical cambia el tono, antes jovial y festivo, por uno de mayor suspenso. Entusiasta embiste al caballo contra su costal más visible, dónde queda enganchado. El jinete aprovecha que está inmóvil para hundirle profundo una especie de lanza obstinada sobre el lomo desprotegido. Un chorro de sangre viril brota con fuerza; brillante y lumin...

Fuego

      He soñado que todo arde alrededor: la almohada, la cama, la habitación entera dominada por llamas que se van propagando arrogantes. Despierto tan confundido como sobresaltado. Persiste la transpiración en mi piel aun sabiendo que solo ha sido un sueño. Al ver mis manos  siento grandioso espanto. Una sujeta el bidón repleto de gasolina, la otra blande un encendedor.

Remington

       Nueva York, Estados Unidos, 1839. Fundación de la empresa Remington. Se inicia fabricando rifles de carga rápida. Años después utilizó esos mismos hierros forjados para realizar un nuevo producto: la máquina de escribir.      Las utilidades de la empresa aumentaron considerablemente durante la guerra de la Secesión. En 1869 hubo un pedido grande desde el sur del continente. Llegaron a Buenos Aires 5000 rifles acompañados de unas 20 máquinas de escribir.      El general Julio Argentino Roca los utilizó para exterminar indios de la zona pampeana y la Patagonia. Había necesidad urgente de tierras para el pastoreo. Inglaterra y los terratenientes bonaerenses estaban deseosos en agrandar el negocio for export de cueros y carnes.      Los rifles utilizados hasta entonces no permitían un tiempo oportuno de recarga y el indio que no era herido de gravedad, apenas veía el humo rodeando al tirador se lanzaba con áni...

Final de siesta

        Esa mañana de inmenso calor se la pasó parado frente a su cosecha de algodón. La azada tendida contra el suelo. Otra vez examinó la producción, mientras introducía una de sus manos por debajo del sombrero para rascarse la cabeza. Solo capullos mustios y amarillentos. Lo asaltó un pensamiento recurrente: no podía dominar la selva ni las continuas lluvias que malograban todo lo que plantaba.      Con pasos flojos regresó hacia la casa. Los mellizos continuaban sentados en el banco del jardín. Los miró como ajenos, como si ya no fueran sus hijos. Comprobó con terror el pasto crecido y los yuyos desquiciados, a punto ya de embestir contra las paredes. Sintió que iba a llorar pero no lo hizo. En la cocina encontró a la pequeña Ana, dibujaba animalitos con lápices de colores en un cuaderno gastado. Pasó a su lado entrecerrando los ojos. Del perchero descolgó la escopeta y se fue inclinado hacia los recortes enrevesados del monte.  ...

Boliche de Roberto

  En el barrio de Almagro, en un solar ubicado sobre Bulnes, casi Cangallo, se encuentra el Boliche de Roberto . Allí me acerqué arrastrando el dolor de ser desairado por la mujer que amaba. Ingresé dándole la espalda al comienzo de una leve garúa. Enclavado en la cintura sentí el recodo de mi cuchillo, por si acaso, tal vez no fuera el único en trasladar tan nervioso metal. Con un golpe de vista al ambiente me fui abrendo paso. Sobre unos estantes yacían botellas envueltas en polvo y tiempo. Un poco más arriba, el techo abovedado color rojizo; mi cielo durante largas noches. Me instalé en una mesa chiquita, ubicada hacia el fondo del local. Acodado contra el respaldo de la silla, me aferré a un trago de mueca amarga mientras se devanaba en el aire una voz y una guitarra. Cierto tango o milonga propiciaron la detención del tiempo, adormeciendo mi pena. Bebí otro trago y uno más. Brotó un pensamiento tenaz: ir a buscarla a la casa para echarle las profusas sombras de mil inviern...

Equipado

      Comencé a armar la valija una semana antes de mi primer viaje a Europa. Me iba por un mes y medio; una eternidad indefinible. Me esperaban Barcelona y Madrid, tal vez recorrería Francia, en una de ésas Alemania. De pronto sentí la feroz angustia del desarraigo, de hallarme desnudo ante un precipicio hondo de ajenas lenguas y costumbres. Procuré llevar cosas que hiciesen menos duro el trauma que ya me acorralaba. Elegí la valija adecuada. Luego de algunas ropas y artículos de higiene, metí de cuajo el banco de plaza Almagro donde suelo escribir frases nimias, un tablón de la cancha de Ferro en el cual se ahogaron mil gritos e ilusiones, la colección completa de Borges, tapa dura, que tanto ojeé y poco comprendí, la obstinada humedad de un rincón del baño, los agitados silencios de un amor, dos cajas ansiosas de Vasco Viejo , una bandeja de milanesas cocinadas esa mañana por mi abuela, una bolsa de caramelos Media Hora repleta de etanol, las recurrentes pesadill...

Memorial

           Nadie lo vio bajar de la formación del tren aquella mañana. Tampoco cuando fue bordeando lentamente el paredón en la soledad del domingo. Antes de ingresar compró un ramo nutrido de silenciosas rosas rojas. Hacía más de dos años que no concurría, impedido por la epidemia. A pesar de ello, esa sensación de no tiempo, como siempre, lo invadió enseguida. Aspirando con calma el aire húmedo y espeso del ambiente se acercó a la parcela familiar. Clavó los pies sobre una alfombra de hojarasca blanda que amortizaba los pasos. Estaba a punto de depositar sus flores en un tarro desvencijado cuando comenzó a temblarle el cuerpo al notar que los nombres de la lápida habían sido cambiados. En tal fosa ya no yacían los García, sus seres queridos, sino unos tal Pérez.      Con las flores rígidas en una de sus manos se dirigió hasta la administración del cementerio a pedir explicaciones. Un empleado le dijo que hacía muchísimos años t...

San Policarpo

  El día estaba nublado y amenazante. Me contuve de ir al centro y en cambio opté por dar un paseo hacia el gigantesco vivero municipal que, según el mapa brindado en la casilla de turismo, cubría buena parte del pueblo con color verde. Allá fui convencido en cada paso; lo hice derecho por la calle cuatro. Me iba ganando la idea de bienestar al dirigirme a un cónclave de aire puro, oxigenado por la vegetación. Rememoré las pocas veces que, siendo un bicho de ciudad como era, me había conectado fuerte con la naturaleza. A mitad de camino me topé con una manifestación de vecinos. En un primer momento me pareció más numerosa de lo que era; eran doce. Guiado por las ropas que llevaban puestas parecían pertenecer a un grupo evangélico. En sus manos llevaban encendidas pancartas y las leí. Por ese medio me enteré que pretendían modificar de nombre al pueblo por el de San Policarpo. Pregunté el motivo y uno de aquellos doce manifestantes, uno barbado y con panza prominente, me ...

Annapurna

  a mi padre      “Annapurna, Annapurna...”, fueron las últimas y predecibles palabras pronunciadas por mi padre antes de cerrar sus ojos para siempre. Numerosas veces me había referido que significaba para él ese nombre. Pero esta vez se clavó hondo la daga en mí, como una necesidad de, por fin, desentrañar que misterio había dejado abrupta huella en ese hombre que me dio la vida. Abandoné esa clínica con aquel vocablo regurgitando en la garganta. Debía actuar y desistir a mis constantes dilaciones. Al día siguiente del entierro aventuré un pasaje en micro y partí resoluto a San Martín de los Andes para, de una vez por todas, acercarme a la verdad, a la verdad que le había fisurado el alma.      A cada paso siento la obligación de descifrar que cosa ocurrió allá en el sur hace tanto tiempo y le deparó esa inmensa tristeza en la mirada. Quizás a causa de aquello se volvió un compulsivo acaparador de recuerdos y objetos como podían ser periódi...

Mancha con Tigre

  Me suscité frente al caballete sin plan previo. Dejé que la mano condujera el pincel a su antojo. En la paleta propuse balbuceante gama de ocres. Pronto gran porción del lienzo fue ocupado por una mancha que tenía rasgos entre naranjas amarronados con algún relumbre amarillento. Dejé reposar el dibujo y fui a preparar café. Desde la puerta de la cocina alcancé a notar que un trozo de cola asomaba por la mancha. Entrecerré los ojos y logré adivinar que blandía, sobre tenue osatura, una víspera de tigre. Un fuerte palpito me sacudió. Algo interesante podía lograr con aquello. Comprendí que si perseveraba con algún trazo consciente y esforzado ese tigre llegaría a ser digno de museo. Contenía el sublime fulgor que desbarata los sentidos. Me dije que lo mejor sería hacer una siesta y continuarlo después, con la calma propia del descanso. Desperté entre sueños fragmentados, como atrapado en un collage de imágenes traviesas. Había en el ambiente un desconcertante olor a hierba de pr...

Dos veces, sin río

        El maestro citó aquella frase de Heráclito sobre la imposibilidad de bañarse dos veces en el mismo río. Un alumno pidió la palabra y pausadamente dijo: "Aquí en el pueblo eso es doblemente imposible ya que entre la empresa minera y los tenientes de la tierra han desviado el cauce del río hasta dejarlo seco o apenas un hilito mínimo de agua que no baña nada." Se llevaron el agua y el tiempo.

Última llamada

        La fiesta popular estuvo signada por un misterioso acontecer que colocó en alerta a todas las fuerzas vivas de Montevideo. Otro aspecto en que coincidimos los asistentes a la Isla de Flores, fue la poca luminosidad que hubo esa noche debido a una baja tensión en el tendido eléctrico.      Como muchos, llegué anticipadamente a la cita y me aseguré un lugar de lujo. Planté mi reposera pegadita al cordón de la vereda, de cara a la calle donde en breve desfilarían las comparsas. Hasta ahí no hubiese imaginado que sería testigo de algo tan aberrante y poco que ver con el carnaval. Preparé el mate y me dispuse al disfrute.      Mientras caía la noche las calles se iban llenando de chiquilines movedizos que, empapados de osadía, disparaban espuma y agua agitada desde precarios rey momos. En las azoteas se conglomeraban los vecinos privilegiados munidos, los más veteranos, de un vaso con whisky. Comenzaban, por fin, esas apr...

Melancolía

          Una noche ingresó a mi casa, no sé si por la puerta o acaso alguna ventana mal cerrada. Fue ocupando todos los rincones y sentí inmediato ahogo en el pecho. Ese fue el comienzo. Vació la heladera, la alacena, luego se echó en la cama, en mis sueños. Intenté mil modos de librarme de tal cosa; no hubo artimaña efectiva. Alguna vez nos reímos juntos, pero fue una risa que pronto se volvió convulsiva, pegajosa; fue todo todavía peor. La sensación de ahogo se incrementó descomunalmente. Tomé una decisión drástica. Aun cuando la punta fría de la bala iba perforando la frondosa masa del cerebro, no dejé de advertir que seguía ahí, acechándome hasta el último suspiro.

Bilis, acción y Barbarie

  Yo era un incipiente cronista de un periódico en expansión. En esa época andábamos animosos por recrear los sagrados hechos del devenir nacional. No era por capricho sino que corría el año del Centenario y la historia argentina era entonces apenas una colección de miscelaneas. Cada cual, desde su recinto, quería aportar. Anduve semanas indagando por los barrios antiguos de la ciudad, cuando de pronto hallé algo que podría servir. Se trataba de la última cautiva, víctima de los malones acontecidos en la segunda mitad del siglo pasado. Me confirmaron que aun vivía y tomé nota de una dirección por el barrio Barracas. Agitado y ansioso me aposté frente a una casona de dos pisos. La criada atendió mi solicitud asomándose irresoluta a la vereda. Le expliqué con pormenores la situación de mi presencia. Pareció no entenderme y con marcado pasmo en los ojos desapareció por la puerta cancel. Media hora más tarde regresó con la nueva: mañana a la hora del té lo espera la señora. Al día ...