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Mostrando entradas de junio, 2025

Arquetipo

              Esta historia la oí en el Café Brasilero , uno de los bares más antiguos de Montevideo. Hubiese sido preferible que la escuchara Eduardo Galeano, pero ya había fallecido hacía años. En una de las mesas contiguas alguien comenzó a contar que un amigo veía a su hijo correr y patear una pelota imaginaria por toda la casa. El botija hacía gestos inestables y festejaba goles de cara a las paredes. El padre siempre le regalaba libros y juego didácticos. Sin embargo, para ese cumpleaños eligió comprarle una pelota de cuero profesional. El hijo la agarró no muy convencido y se fue a jugar al patio del fondo. Al otro día el padre volvió de la oficina y encontró la pelota abandonada en un rincón y a su hijo jugando nuevamente con la otra. Se le paró enfrente e indagó: ¿Qué ocurre que no usas la que te regalé? El hijo levantó apenas los hombros anticipando su respuesta: Es muy bonita papá, pero ésta es más liviana y la domino mejor.

Pirabuelos

           Mi abuela era una mujer más bien callada, diría taciturna, pero había un tema que le inflamaba el pecho y de su boca salían palabras a borbotones. Todos los veranos de mi niñez iba a visitarla y le pedía que me contara aquello que había sucedido hacía mucho tiempo en el pueblo. Apenas entrelazaba las primeras frases su mirada se volvía brillosa y ahí nomás cambiaba radicalmente su ánimo. En cada relato iba agregando nuevos matices a los hechos y eso generaba una total atención de mi parte; como si fuera la primera vez que lo oía.      Aquella madrugada desbordó la represa situada río arriba a causa de precipitaciones inauditas que fisuraron parte de su estructura. El agua fue tapando los finos pastizales de las orillas. Luego se arrastró en torno a campos aledaños hasta alcanzar los barrios bajos; los habitados por pescadores, por gente humilde que sueña con suaves remadas. Pronto el casco urbano avizoró una leve onda del lí...

Erunt Omnia

     Aquel viernes por la tarde apuré los pasos hasta la biblioteca municipal esperanzado en obtener lectura fresca para el fin de semana. Pretendí una novela de esas que atrapan. Noté de inmediato que los libros, de la A hasta la Z, eran todos escritos por Borges. También apareció inscripto su caprichoso apellido en los anaqueles de ciencia, historia, jardinería, senderismo, etc. Fui a realizar la debida queja. La hermética respuesta del bibliotecario me desconcertó aun más. Completé una retirada sencilla como silenciosa.      La semana siguiente ocurrió otro hecho que volvió a dejarme azorado. La calle Serrano era ahora totalmente Borges. Doblé por Gurruchaga, que acaso pronto también sería Borges. Vi gatos y perros a los que, sin dubitar, sus dueños vociferaban Borges. Comprendí que no faltaría mucho para que todo se denominara Borges: las dos orillas del Riachuelo, el bajo Saavedra, la desprolija correntada del arroyo Maldonado, las carteleras ajad...