Se acerca hasta la última posta de hidratación. Luego vendrá el puñado de kilómetros finales, los más difíciles; aquellos donde la mente se torna difusa y las piernas dos anguilas nerviosas. Cuando sufre calambres en el estómago advierte que el agua no le ha caído bien y las calles de aquella ciudad de piedras se estampan de bruma. Pese a tener la visión borrosa puede observar, al costado del camino, a una jirafa galopando desbocada y, más atrás, a un león que acecha severo. Las piernas agotadas ya son ajenas a su voluntad, pero siguen buscando la añorada cinta horizontal. En el trayecto atraviesa una aldea como tantas, como la suya. Confundido observa que ahora va andando descalzo, quien sabe hace cuantos kilómetros. De pronto siente la mano del brujo congo, mientras le anuncia: "tranquilo muchacho, ya has llegado a tu meta ".
Primeramente los soñé o, acaso, fueron producto de mi torpe imaginación. Después llegaron a materializarse, si es que se puede llamar materia a esa pasta blanquecina y aguachenta. En medio de la oscuridad comencé a sentir como se deslizaban por entre los dedos de los pies, dejando a su paso una huella tibia de baba. Esa misma noche fueron precipitándose desde las piernas, logrando diseminarse por el resto del cuerpo. Recuerdo como uno morrudo se afincó en el ombligo y permaneció como amotinado. Más espanto experimenté cuando varios alcanzaron la cara y acariciaron la comisura de mis labios. No pocos ingresaron por los huequitos de la nariz, generando la mayor alerta. Al poco tiempo advertí que atravesaban la cornea de los ojos, de adentro para afuera, hasta magullar la zona. Esa fue la cruda señal de que ya eran parte de mí.