Se le puso enfrente y comenzó con la infame pantomima de siempre. Imitaba todos sus movimientos y cada uno de sus gestos. Le pidió que se detuviera y el otro replicó lo mismo. Tanta parodia espontánea terminó por agotarlo y le reventó una trompada de lleno en el rostro. El estallido de los cristales no le desagradó. Mientras la mano cortada y la sangre impaciente iban tiñendo la alfombra sintió el atroz alivio de volver a ser hijo único.
Un día dijo que de grande quería ser bombero. Los padres le consiguieron el casco, un traje de su tamaño y la manguera. Después armaron su habitación en los altos de la casa. En el piso hicieron un agujero redondo e incrustaron un tubo en el medio. Todas las mañanas prendían fuego en la planta baja y activaban la sirena. El hijo abandonaba la cama aferrado a la manguera mientras se ponía el traje. Desesperado se deslizaba por el tubo para apagar el incendio. Luego desayunaba y partía hacia la escuela. Aquella mañana olvidaron que se había quedado a dormir en la casa de un compañerito. Al regresar se tropezó con las cenizas de su traje, de su casco, de su manguera, de los sueños abrazados por sol que todo lo antecede.