Cuando Claudio Crocco convirtió certero cabezazo contra club Colo Colo, Caballito, comuna céntrica, celebró convulsionado. Cancha con capacidad colmada. Cacho, camiseta cinco, continuó corriendo cual cerril caudillo, combatió cada cuero circular con colosal coraje. Cúper cercenó cualquier conato chileno. Cañete comandó comprometedores contraataques. Como ciclópeo carrilero, Ciruja condicionó costado contiguo. Colegiado, cronómetro consumido, concluyó cotejo. Comentaristas comunicaron: cuan considerable conquista copera.
En el tallo fértil de la noche, un grito irrumpió en el dormitorio matrimonial. Provenía desde el cuarto de su pequeño hijo. Abandonaron el codicioso laberinto carnal en que se encontraban para acudir lo antes posible. Había visto algo peludo moverse y estaba aterrado. Para tranquilizarlo revisaron bajo la cama, el interior del ropero, tras las cortinas, en la caja con juguetes. Ante tamaña evidencia, el hijo fue calmándose hasta quedar dormido. Regresaron rendidos al dormitorio matrimonial. Ninguno de los dos padres supo, ni siquiera imaginaron, que ya la tenía oculta adentro, para siempre.