En la boca despejada de la noche, una sombra abre la tapa y se asoma al contenedor de basura. Entre los desperdicios distingue media hamburguesa. Doblega su anatomía lo suficiente para ingresar a buscarla. La acaricia antes de darle, pese a notarla fría y manoseada, un primer mordisco visceral. Mientras mastica alcanza a ver, más hacia abajo, una mesa y una silla. Se sienta a terminar de cenar cuando, en eso, encuentra una cocina iluminada y, por el fondo, un jardincito con el pasto recién cortado. Sale de la casa a tirar la basura para mantener el orden. Apenas pisa la calle comprende que se ha olvidado las llaves adentro y la noche que le espera.
Las tribunas desbordadas. Partido decisivo. Un paso apenas para alcanzar la gloria. Tensión nerviosa y pierna fuerte. Los noventa minutos terminan empatados. Habría entonces alargue y gol de oro. Para darle aire fresco al equipo ingresa el Pichi Díaz, un juvenil de inferiores que hace su debut en primera. Al minuto se escabulle en el área y bate al arquero. Pitazo final y campeones. La hinchada, como una estampida de búfalos, invade el campo de juego buscando quedarse con un souvenir del Pichi; el nuevo ídolo. Enseguida comienzan a quitarle la ropa, incluídos los calzoncillos, hasta dejarlo completamente desnudo. Luego, lo que pocos quieren recordar, comenzamos a quitarle otras cosas. No quedó nada del Pichi. Yo, tras forcejear con varios, me llevé la mano que apretó bien fuerte para festejar el gol.