Primeramente los soñé o, acaso, fueron producto de mi torpe imaginación. Después llegaron a materializarse, si es que se puede llamar materia a esa pasta blanquecina y aguachenta. En medio de la oscuridad comencé a sentirlos reptar por entre los dedos de los pies, dejando a su paso una huella tibia de baba. Esa misma noche fueron precipitándose desde las piernas, logrando diseminarse por el resto del cuerpo. Recuerdo como uno morrudo se afincó en el ombligo y permaneció como amotinado. Más espanto sentí cuando varios alcanzaron la cara y acariciaron la comisura de mis labios. No pocos ingresaron por los huequitos de la nariz, generando la mayor alerta. Al poco tiempo advertí que atravesaban la cornea de los ojos, de adentro para afuera, hasta magullar la zona. Esa fue la cruda señal de que ya eran parte de mí.
Se le puso enfrente y comenzó con la infame pantomima de siempre. Imitaba todos sus movimientos y cada uno de sus gestos. Le pidió que se detuviera y el otro replicó lo mismo. Tanta parodia espontánea terminó por agotarlo y le reventó una trompada de lleno en el rostro. El estallido de los cristales no le desagradó. Mientras la mano cortada y la sangre impaciente iban tiñendo la alfombra sintió el atroz alivio de volver a ser hijo único.