Las tribunas desbordadas. Partido decisivo. Un paso apenas para alcanzar la gloria. Tensión nerviosa y pierna fuerte. Los noventa minutos terminan empatados. Habría entonces alargue y gol de oro. En eso entra el Pichi Díaz, un juvenil de inferiores que debutaba. Al minuto se escabulle en el área y bate al arquero. Pitazo final y campeones. La hinchada, como una estampida de búfalos, invade el campo de juego buscando quedarse con un souvenir del Pichi; el nuevo ídolo. Enseguida comienzan a quitarle la ropa, incluídos los calzoncillos, hasta dejarlo completamente desnudo. Luego, lo que pocos quieren recordar, comenzamos a quitarle otras cosas. No quedó nada del Pichi. Yo, tras trenzarme con varios, me llevé la mano que apretó bien fuerte para festejar el gol.
El cordón policial arremete contra los jubilados hasta arrinconarlos sobre una porción candente de la Plaza. Cara a cara quedan una anciana y un joven policía de ojos claros. A ella le cuelga una cruz; al otro el fierro. Con venas explotando le grita su lucha; que podría ser su abuela. La oye en silencio y, a lo mejor por algún resorte emocional que lo espeja a la anciana, se le van poniendo brillosos los ojos. En el reflejo oscilante de sus miradas se arrima la palabra rebeldía, también Cristo. Parece que va a trastabillar una de sus pupilas claras. De repente, inesperado, un bastonazo que viene desde atrás le sacude el rostro a la anciana. El joven policía pestanea febril y levanta maquinalmente el suyo, apaleando a cuanto jubilado se acerca a socorrerla. Luego humo de gases, ardor, asfixia. Hoy ya no volverán a verse; tal vez el próximo miércoles...