Ir al contenido principal

Amor Profundo -novela-

 






Que haya gente que todavía se enamore, vaya y pase. Pero que además se pretendan publicar novelas de amor, eso sí que resulta inadmisible.


Dueño de una editorial.


















I– Llegada al pueblo.




Realizó mi cuerpo, del que aun tenía potestad, un lento descenso por la escalerilla plateada del ómnibus. Un frío seco se estrelló sin frenos contra mi cara. Cuando comenzaba a sospechar que la temperatura orillaba el bajo cero se aparecieron abruptos, los dos brazos grandotes de Tía Loló extendidos en dirección hacia donde me encontraba. Formuló un pronto pedido para que la abrazara con fuerza y por si acaso así lo hice, así lo intenté. Ella a la vez me abrazó con vehemencia y entonces quedé enfundado por su pecho durante varios segundos, que parecieron acariciar la silueta del minuto. Extirpó el frío sin más. Todo se sucedió en una finita plataforma de la terminal de ómnibus, ubicada por las afueras del pueblo.

No la recordaba demasiado, casi nada para ser sincero, pero su imagen enseguida me resultó familiar. De cara era bastante parecida a mamá, quizá algo más regordeta. Difícil no advertirlo, poseía el tórax de un toro semental (mamá en cambio era poco más que un palo de escoba), en tanto que el cabello le colgaba plácido, hasta alcanzar la indefinida línea de su cintura (mamá en cambio solía usarlo bien cortito, además de teñido con colorado).

Aunque hoy cobran un sentido muy distinto de aquel día, mis primeras palabras fueron las siguientes: “Nos encomendamos a su servicio en este momento tan difícil para usted, como lo es para todos en la familia”. Fueron dichas tal como me lo había ordenado mamá tendida en su cama, con unos trapos húmedos posados sobre la frente, con los ojos levemente entreabiertos, con un dejo reseco en la garganta. Supuse, no era la primera vez que lo hacía, que mamá se encontraba fingiendo un cuadro de carácter enfermizo. Preferí no averiguar el motivo de esta nueva actuación para evitar un sinfín de gritos sin tino, acompañados con gestos propios de un eximio primate. No me resultó difícil imaginar como enseguida le iría apareciendo un continuo temblor en los párpados, junto con una severa hinchazón en las venas de la frente hasta formársele una exultante ve corta que alcanzaría el nivel de la nariz que, si bien pequeña, no dejaba de ser el punto más saliente de la cara. Y como culminación de su magnífica representación… el esperado cuadro final: cientos de lágrimas rodando como un torrente desde los ojos, que le irían corriendo flemáticamente el maquillaje hasta ir transformándola poco a poco en un ser de trato ingobernable. Por evitar todo eso, entre otras cosas, fue que preferí mantener silencio y no interpelarla. Aun hoy sigo considerando que hice lo más conveniente y no me arrepiento de haber operado con ese accionar sumiso, nulo en beligerancia.

Asumiendo entonces la obediencia que correspondía al caso, resolví sin divagar. Busqué una mochila escolar, guardé sólo lo necesario y me fui con el mandato materno al que di cumplimiento en forma debida. Afortunadamente, antes de partir mamá se había incorporado de la cama, no sin exagerado esfuerzo, para acercarme alguna que otra ropa de abrigo; porque el frío en el pueblo se metía por todos lados y la noche, ya muy pronta a caer, prometía ser aun peor.

Luego de caminar junto a Tía Loló apenas unas cuadras, pudieron haber sido cinco a lo sumo, nos topamos frontalmente con la plaza central del pueblo. La atravesamos en diagonal para acortar camino. Estábamos en eso cuando de pronto, se nos cruzaron por delante varios niños que a los gritos saltaban y jugaban con inocente algarabía. En modo inesperado, dos de ellos se alejaron para ubicarse tras el reparo que ofrecían un puñado de arbustos, densos en follaje. Siguiendo el rastro dejado en el terreno, como si se tratase de perros sabuesos, el resto de los niños finalmente los encontró y silenciosos se fueron acercando. Con suma lentitud los rodearon, formando una ronda de círculo perfecto. Una vez que no quedó ninguno sin estar ubicado frente a aquellos dos niños, en notable sincronización, comenzaron todos juntos a cantarles con marcada letanía, tal como lo ejecutaría un coro asido de crueldad:


Están enamorados

están enamorados

lo sabe todo el mundo

a la muerte han llamado.


Quedé perturbado en ese instante, el mismo en que ingresó por mis oídos aquel atroz cántico. Y más todavía, cuando pude ver que de aquellas bocas infantes se escapaba un vaporoso y sórdido aliento que iba quebrando impunemente el aire gélido de la plaza. A mi lado, Tía Loló, pareció no haber percibido nada de todo lo sucedido; estaba sumergida de lleno en su dolor, lo que era comprensible. Mientras tanto tuve que apurar un poco el paso para darle alcance (mamá también caminaba de prisa, con un andar como electrizante). No sin esfuerzo, alumbrando un pequeño jadeo, pude ponerme a su lado y procuré seguirle el ritmo. De inmediato alcancé a oír como ese coro embriagado de crueldad, sin haberse contentado con la anterior ejecución, repitió entonando con mayor ahínco su cántico:


Están enamorados

están enamorados

lo sabe todo el mundo

a la muerte han llamado.


Obligado por un impulso de dominio interno, di media vuelta en mi andar. Conseguí divisar el rostro de los dos niños que habían quedado atrapados en aquella ronda infernal. Se trataba de una niña que lloraba lágrimas sordas de desconsuelo, mientras abrazaba a una sombra que se había ubicado en su regazo. Calibré de inmediato la mirada y pude establecer que la sombra en verdad era la de un niño que se encontraba completamente inmóvil, formando un ovillo con su cuerpo, con la cara arrastrada por el susto. Sus ojos humedecidos, sin brío, parecían mirar al vacío más cercano. Oí un grito gutural que detuvo sin más, la intensidad en aumento de aquella teatralización absurda. Los integrantes del coro cruel disolvieron la ronda y dieron fuga, a la carrera loca, por un sendero que conducía al monumento de un prócer de a caballo que señalaba el punto central de la plaza. La simetría era perfecta salvo por un bebedero ubicado frente a una pequeña iglesia; ya que de esta forma se fracturaba la armonía geométrica por no tener adecuada correspondencia al otro lado del plano. Los dos niños se mantuvieron abrazados bajo la tenue luz de un farol, uno de los pocos estandartes que dieron batalla a lo inminente de la noche. Hasta el momento en que abandonamos la plaza por uno de sus vértices continué observando, no pude ni quise evitarlo: siguieron allí abrazados en medio de esa helada y pronto, al caer la noche, sería aun peor.

Con la mirada apuntalada férreamente contra el piso, continuamos la presurosa marcha rumbo a la casa donde se llevaría a cabo el velorio de mi primo Roberto. La gente se metía prontamente en las casas para escaparle al frío y las calles iban quedando despobladas, sin presencia humana. La vida se mantenía irrefutable en algún perrito vagabundo o en la continuidad de árboles apostados en las veredas. Cuando pasábamos frente a La Nueva Ponderosa, un almacén de ramos generales al que le estaban bajando la ruidosa persiana metálica, Tía Loló rompió el tenaz silencio constituido en esas cuadras anteriores y habló:

Esta desgracia es una de las tantas que se han manifestado en este tan bendito pueblo, una de las tantas que se han de manifestar, si supieras… Que hayas venido vos es una bendición ya que por tu madre estoy al tanto del tipo de conocimientos que has obtenido. Mañana quisiera contarte todo lo que sé, que no es todo lo que es y vos, siendo un hombre de estudios entenderás mejor lo que anda ocurriendo ya que nosotros no somos más que sosas gentes de pueblo, inclusive el comisario, no te vayas a creer. —Aquí Tía Loló realizó una breve pausa, me miró fijamente a los ojos y sin detener nunca el ritmo de la marcha agregó—: Para entender lo que sucede en el pueblo se necesita de una sensibilidad fina, con condimento. Pero no me pidas que te cuente ahora ya que tengo la cabeza que no sé bien donde estoy y de sólo nombrar lo que ocurrió se me parte al medio como una sandía y pierdo todas las semillas. No me pidas que te cuente los hechos en estos momentos, por favor te lo pido. A lo mejor mañana, un poco más repuesta de todo este calvario, si pueda.

Tan pronto como alcanzaron a ingresar por mis oídos las dos primeras palabras pronunciadas por Tía Loló, tan pronto se fue desmoronando la idea de ‘tranquilidad de pueblo’ que me había figurado muy poco tiempo atrás, ni hacía una hora, en el ómnibus, apoyando ligera la cabeza sobre el respaldar del asiento delantero.

Quédese tranquila Tía Loló, cuando usted así lo crea más conveniente me lo hace saber. —Proclamé lo antes posible para detener su angustia y para no quedar como esos seres (que los hay en gran número) ávidos de malas noticias. Acto seguido la tomé de las manos en señal de inequívoca contención. Mis dos frías manos se entibiaron en cuestión de segundos al entrar en contacto con las suyas.

Seguimos avanzando de prisa tres cuadras y media más hasta llegar al frente de una casa vieja de la que aun conservaba vagos recuerdos, de seguro alimentados por relatos de mamá. Desde la puerta de calle nos aguardaba un nutrido grupo de personas. Reparé en ese momento que Tía Loló estaba depositando cierta esperanza en mí, en que pudiese ayudarla. ¿A qué cosa? Nació tan fuerte la intriga que sin dudarlo dejé preparada la libreta de apuntes con espirales que siempre acostumbro a llevar conmigo, por si acaso fuera de utilidad. La ubiqué bien a mano, en un bolsillo externo de la mochila escolar.

Mientras Tía Loló se adelantaba para saludar a la gente, por mi parte me estacioné sobre un costado de la fachada de aquella casa. Muy cerca mío advertí a una joven muchacha que yacía sentada en una silla de ruedas. Detuve la vista en ella por indemne curiosidad: la muchacha no paraba de secar sus lágrimas, siempre aferrada a un pañuelito de seda blanca. De pronto lo inesperado: debajo de aquel rostro sacudido por un dolor, pude observar una llamativa belleza. Fue grande la turbación al descubrir ese detalle y quedé mirándola como hechizado; más aun: como hechizado por una brevedad eviterna.

La joven muchacha se acercó lentamente hasta donde se hallaba Tía Loló y con la voz casi diría ausente alcanzó a emitir una suerte de pedido de disculpas o algo así interpreté desde un lugar desventajoso para una correcta audición. Inquieto por el inconveniente, me acerqué sigiloso. Ahora sí, desde una mejor ubicación, pude ver como Tía Loló enseguida le posó su mano calurosa sobre la frente y para tranquilizarla le dijo: “Lo que sucedió no fue culpa tuya ni de nadie, está por fuera de nuestras decisiones”. Tras escuchar esas palabras, visiblemente más aliviada, la bella joven se fue alejando de la casa en su rodado cuando, al pasar por mi lado, llegó a rozarme con el pliegue bondadoso de su vestido. Impregnó tal efluvio de su ser todo alrededor que inevitable, se me erizó violentamente la piel e hizo olvidarme acerca de lo que tenía planeado realizar en ese momento dado. Como consecuencia quedé inmóvil.

Tía Loló, todavía apostada en el umbral de la casa, siguió recibiendo el pésame de aquella vana pompa de familiares y amigos como de algunos vecinos que acudían a largas palabras de consuelo plañidero aglutinadas de un consabido gesto adusto arraigado hacia el filo más prominente de sus fisonomías.

Uno a uno, todos fueron ingresando en la casa. Quedé sólo en la vereda, caviloso. Cuando me aprestaba a realizar lo mismo que el resto, con el ánimo sereno, observé contra el cielo con los ojos bien abiertos. ¿Cuanto hacía que no lo veía así, tan inmensamente ancho y atestado de estrellas? Me quedé un buen rato intentando encontrar formaciones estelares o alguna estrella errante. Por mi obscura ignorancia acerca de las constelaciones, sólo pude reconocer a la tríada mariánica de siempre y no mucho más. Todavía mareado ante el lumínico espectáculo me apresté finalmente, sin dilatar más lo inevitable, para hacer efectivo el ingreso a la casa, al velorio.

Bajo el marco propio de la puerta resulté embestido por una persona que, en sentido contrario, iba saliendo a toda prisa de la casa. No le reclamé las necesarias disculpas que el caso requería al notarle el paso dolido y una mirada un tanto ausente. Me costó distinguir si se había tratado de un hombre o de una mujer, ya que iba vestida con un poncho y una capucha que la cubrían de cuerpo entero. Aunque por las abultadas cejas que asomaron de la capucha y por su elevada estatura, pareció mucho más probable que se hubiera tratado de un hombre.
















II– Velorio de Roberto.




El mismísimo comedor de la casa fue el sitio elegido para despedirse de cara a Roberto por última vez. Había en el ambiente la tensión suficiente; tal vez provocada por estar en presencia de un cuerpo tan joven, tan azul. De muy dentro surgió una cavilación de lo más dañina. No sabía como iba a reaccionar si me acercaba lo suficiente hasta el cuerpo yerto e inflexible de mi primo. A continuación de haber formulado ese pensamiento de atmósfera confusa, se fueron sucediendo una serie de temblores en las piernas, a la altura de las rodillas, y dudé lo peor. Para evitar un desenlace penoso, que presupuse perjudicial para mi salud, mantuve siempre una distancia prudente. Tras dar un rodeo, encontré mi lugar en un rincón donde la luz resultaba ajena. Allí quedé sentado incólume, sobre un pequeño banco de madera tallado a mano que apareció dispuesto.

Un crucifijo de mediano tamaño, con su Jesús barbudo Cristo sangrante Nazareno, había sido colocado en la pared más próxima al cajón donde yacía Roberto; desde allí parecía mirarnos a todos, tanto a los vivos como también al muerto. Evité su mirada y significancia.

En determinado momento, ya bastante hinchado por abusar de la mesa donde se servían las gaseosas, sentí la obligación de dirigirme hasta el baño. Llegué con lo justo, en acuciante condición. Tuve que esperar el turno pues una señora me había ganado de mano cuando logró meterse al baño delante de mis narices. Me armé de paciencia sobre un costado de la puerta, sin saber que lo habitaría por tiempo prolongado. En esa agria espera, una gota insurgente de pis casi se sale de la vaina. Con el ánimo impaciente y la vejiga doblada, al escuchar que tiraba de la cadena del inodoro ya por segunda vez, comencé a golpear con sendos nudillazos el contorno de la puerta. Ante la ausencia de una respuesta satisfactoria, repetí el acto en reiteradas ocasiones. Sin hacerse eco de mi apuro tardó un buen rato más e incluso alcancé a oír una tercer tirada de cadena, lo que me irritó por entero y exigió una patada baja que aflojó las bisagras e hizo sacudir sonoramente el picaporte. Una vez que salió por fin del baño, nos echamos las miradas de un modo desafiante; la mantuve con gran dificultad. La señora tenía un agresivo tamaño, más afín a un ropero lleno de ropa. Bajé entonces mis dos obedientes ojos y con presura me introduje a resguardo, dentro del ámbito hermético que correspondía ese baño. Quedé inclinando el peso aun tembloroso del cuerpo contra la puerta los primeros segundos, por temor a una embestida descomunal.

Mientras orinaba recubierto de un elevado placer evacuatorio, con sana curiosidad, me asomé por un pequeño ventiluz que daba al patio trasero de la casa y no pude dejar de hacerlo. En un sector del mismo, las plantas parecían ser violentadas por alguien, ¿o sería aquello un animal? La obscuridad reinante no me permitió ver que andaba ocurriendo con certeza. Por lo tanto hice sacudir a puro vértigo al último eslabón del aparato urinario, con la urgida intención de dirigirme lo más rápido que fuera posible hasta el patio trasero. Debía determinar quién, o qué cosa, estaba cometiendo tal latrocinio con las plantas.

El único acceso posible se hallaba en la cocina, a través de una puerta de hierro macizo que estaba cerrada con doble llave. La busqué por todos lados pero no hubo caso. Con suerte nula embestí contra la cerradura provisto de un dentado cuchillo de cocina. Estaba resuelto a descerrajarla de cuajo. Cuando una gruesa gota de transpiración se deslizó fría por la frente, comprendí que debía serenar a tiempo los ánimos.

No me pareció oportuno en un momento tan delicado como ése, ir y contarle a Tía Loló el extraño episodio del que había sido principal testigo desde el ventiluz del baño, ni mucho menos solicitarle la llave de la maciza puerta de hierro para lograr el acceso al patio. Dudé dos veces o tres en hacerlo pero no, definitivamente no podía pretender llevarle más preocupaciones a esa mujer en el preciso momento en que se encontraba velando a su hijo, su único hijo.

Volví un tanto desahuciado por lo sucedido y me ubiqué nuevamente sobre el banquito blanco de madera tallado a mano, en un rincón. Una vez allí sentado, con un vaso de gaseosa cola en la mano, necesité realizar un rápido cuadro de situación ante lo que me andaba ocurriendo. La gaseosa se debatía caliente y con poco gas, la abandoné a su suerte sobre un costado de la mesa.

Lo cierto es que hasta ese momento no tenía pensado permanecer en el pueblo mas allá de aquel día, como me había sugerido mamá y era el plan volver mismo por la madrugada a la Capital para terminar mi tesina titulada: «Relaciones sin tendones entre el amor y la lombriz» y recibirme como correspondía, con los adecuados honores que merece un Licenciado en Filosofía tras pasar cuatro años de intensos estudios, lidiando con las perturberancias políticas inherentes a la universidad pública. Me abstuve de ellas como un estudiante abocado a cumplir estrictamente con los objetivos pautados en la currícula académica. Sin embargo no fuimos muchos los que nos resistimos al desmesurado afiche con engrudo y a la pancarta encendida por esos, utilizo aquí la definición de un profesor bonachón de mirada incierta, que se crispaba cada vez que interrumpían su clase y nos decía, si la memoria no me falla, así: ‘no se los sugiero pero, en favor de las virtudes democráticas, préstenle atención a estos seres barbudos que miman a mano llena el drama del pueblo, recurriendo sin vacilar, a las más intoxicadas hipérboles del arte oratorio’. Luego de manifestar aquellas inquisiciones, este profesor se retiraba farfullando palabras por lo bajo hasta un gran ventanal que se encontraba embutido sobre una pared lateral del aula. Allí permanecía alerta, depositando sus sentidos en dirección a lo acontecido en la calle. Regresaba tan sólo cuando había concluido el mitin y, con la misma mirada incierta de siempre, continuaba desarrollando su clase como si nada, como si aquello que acababa de vivir hubiese ocurrido en un lugar remoto o tal vez, sospeché de manera arriesgada, ahí mismo sí, pero en un tiempo pretérito.

Algo, que todavía hoy no soy capaz de explicar, ocasionó que me quedara hasta el día siguiente en el pueblo, que pasara la noche en lo de Tía Loló y que durmiera en el lecho de su hijo recientemente suicidado. Él lo hizo en el comedor a cajón abierto, luego cerrado, encerrado. Tal vez actué motivado por una poderosa intuición acerca de sacar algo provechoso de esa nombrada desgracia ¿amorosa?, tal vez por ser solidario al desesperado pedido de Tía Loló en contar lo sucedido a un familiar no tan cercano, más por fuera de la escena; tal vez simplemente actué así para romper con esa necesidad constante de mamá, con esa edípica aquiescencia y poder entonces contradecir aquella última orden que me había impartido antes de cerrar la puerta del departamento: “Te regresas mismo por la madrugada que no quiero más tragedias”.

¿Por qué mamá no quiso volver más al pueblo? ¿Por qué la excusa (es en verdad una gran vecina de la simulación) de su repentina enfermedad para así enviarme a mí?… ¡Si además siempre tuvo la salud de un potro negro con sanos espermas! Sobrados motivos para quedarme un día más y despejar las dudas. ¿Y por qué me ocultó las conocidas desgracias ocurridas en el pueblo a las que se refirió Tía Loló? Ah, ¿y esa sombra voraz en el patio, entre las plantas? Otro perfecto motivo para permanecer en el pueblo. Reconozco que también pensé en la hermosa muchacha que se movía en la silla de ruedas; aunque comprendí enseguida que no podía ilusionarme con ella por varios factores que comencé a enumerar prolijamente en mi anotador con espirales.

Uno a uno se fueron retirando de la casa los concurrentes deseosos de exequias, hasta quedarnos a solas con Tía Loló. Había terminado exhausta por los momentos vividos (acababa de encerrarlo en el cajón para siempre), pero así y todo preparó la cama, me dio el besito de las buenas noches y luego sí, arrastrando los pies hinchados, se retiró hasta su dormitorio pronta a descansar.

Me convidé el último sanguchito de miga que aun quedaba en la mesa y me dispuse a pasar la noche en un lugar extraño. Reflexioné acerca de las pocas veces que había dormido fuera de casa, de la adhesiva compañía de mamá, de sus recurrentes atenciones, varias de ellas tan excesivas. Sólo yo sabía lo difícil que era negarse a sus demandas ya que su insistencia llegaba hasta el hartazgo y en caso de imponerme con firmeza, como alguna vez lo hice y me arrepentí en el acto de haberlo hecho, mamá saldría vociferando que con esa horrible actitud yo la había despreciado en lo más íntimo de su persona. Entonces pediría explicaciones en una forma poco civilizada que me arrastraría hacia un malestar del orden de lo tortuoso. Ahí nomas iba a encerrarse en su habitación durante varias horas (una vez por casi dos días enteros) hasta que de repente se aparecía delante mío, sin dar las explicaciones acordes por tal conducta, con total naturalidad, como indicando ‘aquí no ha pasado nada’.

Lo cierto, no puedo dejar de reconocerlo, es que Tía Loló se portó una barbaridad conmigo. Realice esta última reflexión mientras comprobaba que la cama venía provista de doble frazada; una era lisa, la otra estampada con flores lilas. Por todo esto y mucho más, me hizo sentir la estadía en su casa de un modo tan agradable que no me pesó demasiado el cambio de lugar para pernoctar. Me trató, pese a lo poco oportuno que pueda sonar la frase, como si fuese un hijo más.

Resultó una noche fría y procuré mantener bien arropado el cuerpo bajo las frazadas. Envuelto en el canto de los grillos nocturnos, pude conciliar el sueño tan pronto, que me dormí sin leer nada antes como lo hacía habitualmente; aunque vaya si lo había intentado. El cuarto de Roberto era notablemente escaso en cuestión de libros. En una repisa delgada, por encima de la cama, pude hallar tres o cuatro dedicados al estudio de las artes contables, un quijotesco diccionario enciclopédico ilustrado, El retrato de Dorian Gray de Oscar Wilde, Paradiso de Lezama Lima, Celestino antes del alba de Reinaldo Arenas y El canto de la marioneta rosa de Yoma Rico Tasoy. A este último escritor ni siquiera lo había oído nombrar, aunque reconozco sin avergonzarme, que mis conocimientos acerca de literatura latinoamericana contemporánea son bastante exiguos e invertebrados.

Para ver si me animaba a leer al escritor del cual mi ignorancia era total, repasé con atención su breve biografía anotada en la oreja interna de la tapa. Para gran sorpresa resultó ser un poeta de origen árabe, pero esta se atenuó cuando leí en la línea siguiente que contando con pocos años de edad su familia ya se había radicado en Lima, Perú. En las postrimerías de la década del cincuenta comenzó a obtener algunos premios municipales en poesía, hasta ir convirtiéndose en referente obligado de la denominada corriente Lima Rosa, que fuera un movimiento de vanguardia artística y cultural peruana hasta iniciados los años sesenta. A partir de entonces la corriente Lima Rosa comenzó a ser vapuleada por los sectores más reaccionarios del país, expulsando al exilio a los más distinguidos de sus miembros, incluido, ni falta hace decirlo, al líder espiritual del movimiento. «Continúa…» En la oreja interna de la contratapa se hace directa referencia a que Tasoy había sido vejado por los hombres más calificados del ejército peruano para asegurarse así, que hiciera abandono del país en forma efectiva. En la actualidad se desconoce su paradero, es un misterio que encierra no una, sino al menos tres aristas. Según esta acotada biografía de dos orejas, se cree que el poeta andaría errabundo por Europa o, siguiendo otra versión, hay no superfluos indicios de que podría encontrarse oculto en la selva ecuatoriana formando parte de una célula guerrillera panamericanista financiada por capitales cubanos. Sobre el final se admite que ambas hipótesis podrían dar lugar a una sola, con esta combinación posible: que primero anduvo errante por el viejo continente para luego enrolarse en las filas revolucionarias del nuevo mundo.

Me dejé llevar por la ansiedad del descubrimiento y abrí el libro al medio, ¡sí!, ¡sí!, ¡sí!, eran todos versos; sin duda alguna se trataba de un poeta. Intenté encomendarme a leer algunos al azar. Recuerdo vívidamente este verso en particular, tanto por lo peculiar del personaje en cuestión, como por su llamativa honestidad descriptiva a la hora de brindar sus atributos:


Una tarde fui a la casa

del genial Pablo Neruda

me enseñó algunos versos

y su gran pija peluda.


Tras leer el último párrafo, tremendo e inolvidable, adornado de una rima pertinente, la pesada fuerza de los párpados hizo que cerrara primero el libro, después los ojos, hasta la mañana siguiente.










III- Figuraciones en el patio.




Se incomodaron mis tiernas pupilas repentinamente cuando abrupta, la mañana se metió desnuda por el ventanal logrando burlar un delgado encaje del cortinado. Al inclinar apenas el cuerpo para calzarme los zapatos, crujió ruidosamente la cama de madera. Promovido tal alboroto matinal, del cual fui el artífice pese a no desearlo, no tardó en ingresar al cuarto Tía Loló. Lo hizo vestida de negro y traía un vaso lleno con jugo de pomelo en compañía de tres galletas de miel redondas. Me dejó el desayuno en bandeja sobre la mesa de luz. Antes de retirarse, apoyada contra el marco de la puerta, alcanzó a susurrarme: “Acabo de venir del entierro de Roberto, no quise avisarle a nadie para estar a solas con mi chiquito por última vez”. Palidecí por completo y quedé sin saber que contestarle, con la mente absorbida al blanco. Luego concluyó: “Te espero en el patio con unos mates bien calentitos”. Tras pronunciar aquella invitación entrecerró la puerta y volví a quedar solo. Experimenté el jugo de pomelo en ayunas junto con las galletas de miel. Como un brillo intermitente que condiciona los párpados, aconteció el recuerdo del extraño suceso ocurrido la otra noche con las plantas. Concluí el acto de vestirme a toda prisa y fui tras ella. Al pasar por la cocina, arrastrándolo todo, un remolino de olor a bizcochitos caseros me hizo estremecer en línea recta desde los pies a la cabeza.

El patio, recién ahí lo pude observar con mayor detenimiento, comprendía el último sector de la casa. Tenía el piso recubierto de baldosas amarillentas, desgastadas, con unos rombos ocres estampados en el centro. Bien al fondo había un pequeño gallinero abandonado y a un costado yacía ramificado, el esqueleto de una parra que parecía haber sido lacerada por un ejército famélico de termitas. Las paredes mostraban ladrillos anaranjados en los sectores donde el revoque había cedido, en tanto que casi todo el perímetro del piso estaba ocupado con plantas colocadas en improvisadas macetas. Latas circulares de membrillo, tarros de galletitas surtidas y algunas más pequeñas, como potes de dulce de leche repostero de quinientos gramos servían para tal propósito. Las plantas no sé bien que eran, porque de plantas nunca entendí nada; sólo pude reconocer unos cuantos helechos del tipo más común, implantados forzosamente dentro de unos cajones de madera, similares a los que se utilizan para los traslados de frutas y verduras.

Materialicé una media vuelta… ¡casi nos chocamos! En la casa también vivía Clarita, una sobrina lejana de Tía Loló que había sido dejada a su cuidado cuando de niña quedó huérfana, tanto de padre como de madre. “Más compañía que un perro”, así la definió Tía Loló cuando me fue presentada. Tenía baja estatura pero un aspecto robusto, su piel contenía un tinte lechoso y exhibía una carucha difícil de olvidar. En el velorio de Roberto no la había visto… de pronto asocié lo siguiente: ¿Podría aventurarme a sospechar que fuera esta muchacha lo que vi acechando entre las plantas la otra noche?

Dirigí raudamente la mirada hacia el rincón donde había visto aquel confuso episodio desde el ventiluz del baño. En efecto, encontré hojas de las plantas de ese sector que estaban como revueltas, machucadas e incluso algunas parecían quebrantadas por mordiscos de considerable tamaño. Se me ocurrió poco probable que hubiera sido Clarita la promotora de tales hechos, aunque no llegué a descartar nada por el momento.

Apenas me acerqué hasta una reposera de lona rayada con estructura de madera, donde se hallaba recostada Tía Loló, me convidó un mate humeante y me senté en un lugar del cual no estaba seguro si correspondía teniendo en cuenta que hacía tantos años no la veía, desde que era un niño: era otra reposera de lona rayada. Además, con mi primo Roberto habría jugado unas dos o tres veces cuanto mucho. Para colmo mamá no era de recordarlos demasiado, de otras cosas sí que recordaba ¡y cómo!. Preferí establecer una oportuna licencia de esos recuerdos para no comenzar a sufrir ahí nomás, plácidamente recostado en la reposera de lona rayada con estructura de madera.

No pude resistirme y con las yemas agarré un puñado de bizcochitos que relucían en una bandeja apoyada directamente sobre el piso romboideo del patio. Mi olfato no me había fallado en lo absoluto: tenían un gusto exquisito y calentitos eran supremos. Repentinamente Tía Loló estacionó una mirada inyecta sobre mí. Quedé en silencio, a la expectativa, masticando. Siguió observándome con inclemente atención, sin articular palabra alguna. ¿Estaré comiendo de manera indebida?, requerí para adentro. Su postura no cambiaba en lo más mínimo y tuve la cruda impresión que ya me estaba agujereando con esa mirada augusta. Como resultado lógico comencé a sentir una gran incomodidad por ser observado con tanto detenimiento y pronto se me fueron atragantando a paso lento, los bizcochitos en la garganta. Cuando estaba a punto de descompensarme por la tensa situación, Tía Loló realizó el siguiente comentario que significó un total alivio, por posibilitar la tranquilidad suficiente para terminar de digerir esos minúsculos manjares:

A mi hijo Robertito también le gustaban mucho, se devoraba una bandeja el solito en cada desayuno. No dejes de comer que lo veo a él, como si estuviera aquí conmigo.

No era para menos, asentí con la cabeza mientras continuaba envuelto en la mágica fruición de un largo deleite provocado por el continuo deslizar de los bizcochitos por la garganta, en caída libre, ya sin ninguna molesta sensación que los detenga. Desde algún precipicio mental se cayó a la memoria un recuerdo de mi primo Roberto tan lejano, que no sabría decir hasta que punto pudiera arribar a una certeza.

Se trataba de una tarde de verano donde un intenso calor socavaba cualquier intención. Tendríamos ambos siete u ocho años, no más. En algún momento de aquella tarde nos encontrábamos jugando a las escondidas por todo el fondo de la casa y me tocaba contar a mí (noventa y ocho, noventa y nueve y cien: el que no se escondió se embroma, el que se asoma también). Luego de buscarlo, yo creería que alrededor de dos o tres horas (en el medio hice un alto para tomar la leche chocolatada con vainillas, pegado al aparato de radio para oír el programa preferido de la familia, que era también el mío), lo descubrí por azar (ya había olvidado su búsqueda) sentado en una de las ramas más altas de la higuera (hoy ya no está) ubicada a un costado del pequeño gallinero (hoy abandonado). Mi primo Roberto se encontraba firmemente abrazado a una muñeca de cabellos rubios que podía decir con ternura cinco frases diferentes de corrido y que apretando otro botón más chiquito, lloraba con lágrimas saladas que eran tan reales (me obligó a chuparlas una por una ante mi obtuso descreimiento), tan reales que parecían de un bebé de verdad, de carne y hueso. Lágrimas saladas que aun hoy sigo sin lograr entender de donde provenían. ¿Tendría oculto algún compartimiento especial, o tal vez dos: uno para el líquido y otro para la sal?, me pregunté entonces, como hoy lo sigo haciendo.

Este, por más que hice el obstinado intento, fue uno de los pocos recuerdos que logré rescatar de la solidificada coraza que le daba envoltura a mi memoria. A pesar de una evidente situación de lejanía afectiva, Tía Loló comenzó un extenso relato donde yo sólo me limité a interrumpirla con breves preguntas para una mayor comprensión, subordinando en este sentido a una serie de pensamientos masticados en profuso silencio. Así fue la manera como comenzó:

Yo sé por las cartas que me envió mi hermanita —(Tía Loló le llevaba cuatro años a mamá)—, que te has dedicado al estudio de las cosas que no se ven pero que existen. Eres lo que se puede llamar entonces, un erudito. —Bajé la cabeza y encogí los hombros como asintiendo a mi pesar, sin querer provocar algún atisbo de falsa modestia que escupiera restos de vanidad—. Es por ello que quiero comenzar a contarte lo que nos anda pasando. —Y comenzó otra vez—: Nosotros les dijimos que no se enamoren, al menos acá; si se hubiesen ido… claro que con ella hubiera sido sumamente difícil por su dificultad para trasladarse; es una discapacitada, ¿ya lo notaste, no? —Pareció que iba a llorar, se arremangó la blusa negra que llevaba puesta y me cebó otro mate calentito—. En este pueblo ya nadie se enamora, es un pueblo muy maldito para el amor. La última vez que alguien se había enamorado fui yo y por supuesto que se manifestó la desgracia. —Con el llanto detenido en forma brusca y los ojos secos prosiguió el relato—: Tu madre en ese mismo momento también se enamoró pero se fue lejos y lo bien que hizo. La desgracia que a ella le ocurrió con tu padre es bien distinta a la que por acá se conoce. A no confundir las cosas: eso fue un simple accidente de ciudad y no una terrible maldición de pueblo.

Sí claro, aquella joven postrada en la silla de ruedas era su querida, aquella misma que no paraba de echar lágrimas en el velorio de Robertito; Manuela Costa Alvear es su nombre. Te pongo al tanto aclarándote que proviene de la rama pobre de una familia patricia y bien acaudalada de la provincia. Así y todo, para que te hagas una idea, con sus compras han sostenido a más de un emporio de la zona.

Este es un pueblo bien chico y por eso nadie desconoce lo que anda ocurriendo; no se dice nada pero nadie está desentendido del asunto. Es más, hay una costumbre que no sé si ya es ley, que señala como obligación de cada familia… Te explico antes que es muy dudoso encontrar en el pueblo manifestaciones sinceras de cariño entre un hombre y una mujer. Si alguna vez una pareja se entregó por completo al amor, tuvo que hacerlo en algún paraje alejado. Es que en caso de haber persistido esa relación peligrosa una vez regresada al pueblo, la pareja hubiera sido víctima de la desgracia. Las familias de hace más de veinte años, cuando no se sabía como actuar frente a este grave problema, están en un gran porcentaje con ausencia del hombre de la casa. Es un pueblo con notable mayoría de mujeres, de hecho tenemos a la única intendenta de la provincia que ahora parece, se quiere tirar a la gobernación. Y a lo mejor le va bien, quien te dice.

Los abuelos paternos no existen en este pueblo y quedan pocos padres con anterioridad a mi caso, que fue cuando se estableció un sistema preventivo para no caer en lo que nadie quiere para sus hijos. ¿Preguntas por qué comenzaron a prevenir los hechos a partir de mi caso? Te cuento entonces: Al enterarme de la desaparición física de mi amado, tu tío político, no podía dejar de llorar y maldecir al pueblo. Por las noches nadie lograba dormir tranquilo a causa de mis lamentaciones. A partir de entonces las autoridades del pueblo tomaron las precauciones que creyeron más adecuadas. Cuando di a luz a mi Robertito, unos meses después, recién pude calmar tanto dolor acumulado.

La desgracia que le ocurrió a Robertito fue la única que conozco en estos poco más de veinte años, desde la sucedida a su padre; aunque hay quienes aseguran que se han ocultado varios casos en el medio, por temor o por vergüenza. No, la desgracia ocurrida al padre de Clarita sucedió hace más de treinta años. La madre murió apenas dio a luz. Se había dejado abandonar con la muerte de su esposo y sólo aguantó esos meses para expulsar de su vientre al fruto ya maduro de ese amor. Como nadie se hacía cargo de la niña, tu abuela se la llevó a vivir a casa. Por unos años, hasta que nos casamos, fue como la hermana menor de tu madre y mía. Ah, ¿no lo sabías, cierto? Es que a tu madre nunca le interesó, la negó desde el principio. Fue muy duro para ella porque le quitó su lugar de niña consentida. Cuando mamá murió (entre las locuras adolescentes de tu madre y la crianza de esa criatura se fue chupando de a poco) Robertito tenía ya cumplidos los dos años (sólo medio más que vos) y regresé a vivir a esta casa (antes vivía a la vuelta en una más chica, donde nos habíamos instalado con el padre de Robertito, tu tío político). A partir de entonces, mientras criaba a mi hijo, comencé a ser su responsable. De todos modos conocía bien el paño ya que siempre ayudé a mamá con el cuidado de Clarita. Tal vez por asociarla tan directamente con la muerte de mamá es que me cuesta controlar los nervios con ella y se me afloja la mano por cualquier pavada. Aunque en el fondo es buena.

























IV- Más figuraciones en el patio.




Ah sí, discúlpame que me fui por las ramas. Te iba diciendo que la prevención adoptada consistió en haber establecido la emigración de nuestros hijos a partir de la escuela primaria, es decir, cuando ya han cumplido los doce o trece años. Todos van a la capital de la provincia a realizar sus estudios secundarios porque en ese período de la vida es donde en los seres humanos comienza a florecer ese primer amor tan puro, tan inocente, ese que si uno tira una chispa, explota. Y está bien que allí sea donde florezca, porque si el lugar fuera este pueblo ya sabemos todos en lo que terminaría. Dicha medida tomada por la intendencia, además de prevenir la inmunda desgracia, generó una fuerte mejora educativa en los habitantes del pueblo ya que por acá nunca hubo colegio secundario.

(Me quedé unos reverendos instantes reflexionando acerca de la curiosa idea de mudar la libido sexual de los adolescentes hacia otro territorio con el objetivo expreso de prevenir consecuencias no deseadas, ajenas en lo que concierne a la voluntad humana, que parecerían ser entonces, de carácter incontrolable).

Lo bien cierto es que después que se van, la mayoría ya ni regresa y me parece perfecto que así sea. ¿Qué querés que te diga? ¿Qué diablos van a hacer en este pueblo lleno de tanta quietud? Los jóvenes necesitan estar en continua actividad y en cuanto pueden le escapan al pueblo. Y si vuelven es de visita y cada muerte de obispo, para algún cumpleaños o tal vez para un velorio. ¡Pero claro que sí! Aquellos pocos que regresan son los que ya vienen casados, con una convivencia controlada por ambas familias de al menos uno o dos años y si es con hijos mejor todavía. Esto es porque se sabe que ese es un tiempo suficiente para destruir ese amor tan intenso que va creciendo cuando se transita por el primer enamoramiento, como vos bien sabes, ese primer amor idealizado que lo abarca todo, que te va comiendo el corazoncito poco a poco hasta hacerte doler las tripas.

(Yo no sabía nada en cuanto a haber vivido experiencias amorosas y me sonrojé al pensarme con esa grave carencia. ¡Pero a nivel de conocimiento científico sí sabía y cómo! No en vano me había quemado las pestañas durante largas noches a libro abierto, bebiendo jarras enteras de café bien cargado que mamá me preparaba abnegada, semidormida, teniendo que abandonar repetidas veces su tibia cama ante mi enfermiza demanda estudiantil. Tía Loló se había referido con detallada precisión, al estadio del amor que se transita en el momento de la proyección del uno en el otro como reflejo de sí mismo. A la conformación de una unidad inalterable ajena a los numerosos vaivenes del mundo exterior. Una fusión que olvida estar conformada por dos individuos disímiles y que cree vivir un momento único atravesando certeramente, como una flecha con punta de fuego en el aire, la historia misma de la humanidad).

¡Por supuesto que sí! ¡Por supuesto que sí! Mi pobre hijo murió de amor, que duda te cabe. Se arrojó a las aguas congeladas de la laguna desde el viejo muelle de madera y en camiseta. Se arrojó sabiendo que no sabía nadar, sabiendo que ese era el lugar donde se encontraba con Manuela Costa Alvear a escondidas para declararse su peligroso amor, sabiendo algo que yo no sé y gracias a un fenómeno tan espantoso como abominable que domina a su antojo a este pueblo, lo llevó a tomar esa determinación o lo que más me temo, no tuvo ninguna opción. Tal como le sucedió a su padre, al de la pobre Clarita y a tantos otros que si te hago la lista completa estaríamos hasta pasado mañana.

Su romance duró como tres meses y medio. Precisamente desde el día en que Robertito regresó al pueblo con su flamante diploma de contador público, ¿lo ves ahí colgado en la pared?, hasta hace exactamente dos días, como me cuesta mencionarlo, cuando se ahogó en la…

Y le costó, porque en seguida Tía Loló lloró y se le paralizaron las últimas palabras antes que éstas pudieran salir al aire fresco del patio. Merced a sus indisimuladas formas, su cuerpo desbordaba la reposera que hizo tambalear cuando se inclinó hacia adelante para agarrar la servilleta que separaba los bizcochitos del contacto directo con la bandeja de lata. Una vez finalizado aquel dificultoso accionar, comenzó a secarse las lágrimas de sus ojos. Luego bajó todavía más ese papel grasuliento para sonarse la nariz fragorosamente. Al cabo de unos minutos de sollozos entrecortados, fue recuperando la compostura y volvió a reclinarse pesadamente en la reposera de lona. A pesar que la mirada presentaba signos intensos de brilloso extravío, tal vez subyugada por aquel recuerdo indeleble, no por ello dejó de alargar aun más el relato:

La iba a ver todos los días a Manuela Costa Alvear con un entusiasmo tal, que daba toda la impresión de no ser cierto. Me parece todavía verlo como se daba un buen baño de inmersión, como se echaba el frasco entero de perfume encima y como daba vuelta el ropero hasta encontrar la combinación adecuada para ponerse. Al rato se sentaba en la mesa a almorzar con nosotras y comía a las apuradas. Sin terminar siquiera su plato (nunca antes lo había hecho) se ponía de pie, me dejaba dos besos enormes por las mejillas y sonriente salía corriendo, enloquecido al encuentro con ella. Se iba cantando canciones alegres y así como se iba, al caer la noche, regresaba cantando feliz. No te vayas a creer, yo me desayuné de la relación amorosa que mantenían ya muy tarde. Al principio me creí el cuento que me hizo Robertito… ¡que bandido resultó! Me dijo que con Manuela mantenían solamente una buena amistad. No es por nada pero una espera lo mejor para su hijo y jamás creí que mi hijo se iba a enamorar de una lisiada. Por eso no me preocupé acerca de los encuentros que mantenían. No te quepa la menor duda de que si me hubiese enterado antes en lo que andaban esos dos habría tomado cartas en el asunto en forma inmediata. Para cuando así lo hice no había más nada que hacerle, ya estaba todo lo bastante cocinado y tuve que comerme la comida podrida.

Ocurrió que Manuela no fue a estudiar afuera del pueblo porque desde pequeña siempre estuvo muy enferma la pobrecita; fiebre latente le llamaban los doctores que la atendían. La familia se gastó un dineral para que vinieran a verla también doctores de las ciudades más alejadas pero no hubo caso, no daba señales de mejoría. Recuerdo que en una oportunidad llegó un doctor chino que no parecía doctor ni chino. En otra lo hizo un doctor alemán que era muy rubio y tenía unos ojos verdes que fueron el comentario forzado de todas las mujeres del pueblo.

En cuanto pudo, su madre la anotó en un instituto de educación a distancia para que se instruyera. Nunca entendí cierto afán de las mujeres por el conocimiento. Yo apenas terminé la escuela primaria y tan mal no me fue, ¿no te parece? A mi me educaron con la consigna de que la mujer debe quedarse en la casa para criar a los hijos. Quizá tenga un pensamiento anticuado, lo reconozco, pero es lo que pienso y nada ni nadie me lo va a hacer cambiar. Al tiempo se recibió pero no sé bien de qué, puede que haya sido de maestra. Recién hace muy pocos meses su salud fue mejorando un poco y mira lo que pasó.

No, que va. No había temor por el regreso de mi Robertito al pueblo aunque no se hubiese enamorado y casado fuera, ya que se decía por todos aquellos rincones donde suelen habitar lenguas frías y largas, que mi chiquito era víctima de perversas desviaciones sexuales. (Yo siempre lo vi como a mi hombrecito). Sí, se decía que era homosexual (en verdad le gritaban maricón) y en este pueblo homosexuales nunca hubo (tampoco maricones), al menos que se conozcan. Ni siquiera se sabe ciertamente si la desgracia actúa en un amor (si es que a esa abominación se la puede llamar así) entre dos personas que usan la misma camiseta. Al final de cuentas fijáte que resultó no ser tan mariconcito como se escupía libremente a los cuatro vientos y mirá lo que pasó.

(Nuevamente comencé a incomodarme al escuchar las palabras surtidas por Tía Loló, una incomodidad por estar adentrándome en una historia, ¿o serían varias?, donde por un lado iba sintiendo un cierto rechazo pero que a su vez me hacía partícipe de la misma y como tal cosa necesitaba comprenderlo todo para ir conteniendo una angustia que me suscitaba en medio del pecho, a punto de reventármelo).

Me cebó otro mate bastante lavado y ya frío. Lo succioné por cortesía, lo devolví en mano y fui terminante:

Muchas gracias Tía Loló, pero no quiero más.

Con la paciencia de un sibarita comí el último bizcochito que quedaba en la bandeja de lata ya ausente de servilleta. Abandoné con un salto la reposera de lona rayada con estructura de madera y me dispuse a inspeccionar más de cerca el estado de las plantas hacia el lateral del patio donde la sombra difusa vista desde el ventiluz del baño había atacado con voracidad. Sin lugar a dudas que fueron violentadas no de uno, sino de varios mordiscones, cercioré. Al darme vuelta pude ver que Tía Loló se metía en la cocina y tras abrir el cajón del bajo mesada, comenzaba a remover un largo cucharón de madera dentro de una olla grande. A Clarita no la pude ver por ningún lado, era una muchacha bastante escurridiza.

Continué observando con esforzada atención el lugar del hecho. No quería perder detalle ni dejar pasar por alto algún indicio que pudiera conducirme al esclarecimiento del asunto… cuando algo se me presentó por lo bajo. Era una tortuga de tamaño más bien corpulento, que con sus miembros y cabeza sumidos en su rugoso caparazón dormía profundamente. Otro elemento se adhería repentinamente a la incógnita. Le toqué el aguerrido caparazón para ver si tenía un sueño liviano o si en efecto se encontraba invernando. Parecía más lo segundo que lo primero pues no dio ningún tipo de respuestas al estímulo brindado. Incluso cuando le arrojé de lleno un estimulante vaso de agua fría sobre su dura coraza repleta de canaletas pentagonales que, formando un escudo, terminó salpicando a la reposera de lona rayada con estructura de madera más próxima.
















V- Carta a mamá.




¡Cómo pretender olvidarlo! Luego de un delicioso almuerzo preparado, sin escatimar especias, por Tía Loló y servido en manos de Clarita con marcado desdén, necesité de un suave reposo tanto para la barriga llena (repetí doble ración), como para las excitadas papilas. En primer término me dirigí al patio a comenzar la tan necesitada digestión. Allí fue donde fumé, dando continuos pasos en círculo, el primero de mis tres cigarrillos diarios. Tras una última pitada profunda me encomendé hasta mi habitación y recostado livianamente sobre la cama, boca arriba, ojos entrecerrados, me dispuse a terminarla.

Mi habitación se situaba por la misma paralela que daba albergue a la de Clarita y a la de Tía Loló. Se sucedían en exacta alineación, del siguiente modo: Primero, en color rosado, aparecía la de Clarita que era la única con ventana a la calle y era además, la más pequeña de las tres. Después venía, en color celeste, la que había pertenecido a Roberto y me tocaba ocupar a mí. Por último, en un tono cercano al amarillo, se encontraba la de Tía Loló. Todas las habitaciones desembocaban, como es característico en este tipo de construcciones, contra una amplia galería con techo rebatible, que también cumplía la función de living comedor y comprendía el otro flanco de la casa. Más atrás se localizaba el baño, que contaba con dos puertas de acceso; una en el living comedor o galería y la otra en la habitación de Tía Loló. Pegado al baño, del flanco que radicaba en la galería o comedor, aparecía el espacio de la cocina. El fondo de la propiedad era dominado por el patio, que era casi tan grande como la galería comedor sumado a las tres habitaciones juntas, al cual se accedía únicamente por la cocina, si la puerta de hierro macizo no se encontraba cerrada con llave.

En el sopor de la siesta, como un sino inesperado, resolví quedarme por tiempo indeterminado en el pueblo; al menos hasta tener una idea ordenada y precisa de lo que andaba ocurriendo. Una vez alcanzado dicho objetivo, vería la fehaciente posibilidad de transformarlo en papel como tema principal de la tesina que debía presentar en la facultad. Ahí nomas me ganó una duda: ¿Debería abandonar en forma definitiva el concepto de la lombriz, o era más conveniente acoplarlo solapadamente a lo que pudiera surgir de cara al futuro? Dejé todo bien asentado en mi anotador con espirales para que quedara un registro minucioso sobre la existencia de tal disyuntiva. Inmerso en las más aguerridas cavilaciones llevé la vista hacia el techo que, en comparación al de mi departamento en la ciudad, se hallaba a una altura considerable. Una cosa llevó a la otra y así me distraje un largo rato tratando de descubrir formas de animalitos en varios sectores descascarados del cielorraso. Cuando alcancé a localizar lo que parecía un conejo con dos rabos, me sobrevino un pensamiento que sacudió bruscamente la almohada: ¡De esta forma lograría el éxito académico y también daría a Tía Loló la tranquilidad de la verdad para superar la muerte de su hijo Roberto! Volví a llevar la vista hacia el descascarado cielorraso y la mancha que en un principio se había parecido a un conejo se me figuró sin escalas, más semejante a lo que podía ser un zorro o en todo caso zorrillo. Para no caer en el sutil engaño que sufre el ojo ante el primer vistazo, seguí mirando pero con mayor detenimiento, con el nervio óptico en estado de alerta máxima.

Una débil tela de araña, aparentemente abandonada en un rincón, comenzó a moverse con un copioso vaivén como producto de alguna correntada de aire que ingresaba en lo alto, por la banderola. Se me ocurrió además, la posibilidad de darle una salida definitiva a la extraña tragedia en que vivía el pueblo, ¡el pueblo de mamá! Aunque ya me pareció demasiado pedante de mi parte pretender tal logro y cerré esa puerta pero no del todo. ¡No era así!, bajo los delgados hilos de la tela se apareció lenta y recóndita, una araña chiquita negra y peluda. Absorto, suspendiendo al instante todos los pensamientos, me incorporé de un salto sobre mi eje con un manifiesto movimiento descalabrado. Quedó, quedamos sin movernos, a la expectativa el uno del otro.

Había que actuar entonces, en consecuencia. Sobre papel manteca le escribí carta a mamá para ponerla al tanto de mis últimas decisiones. Al finalizarla supe de un gran alivio, no deseaba preocuparla y desencadenar así, su parte más bestial. Utilizando estas palabras terminé de escribirla, al cabo de llenar tres hojas con apretadas letras minúsculas bien apretadas entre sí, sin rehusar por ello a la prolijidad:


«… por todo ello Mamita querida, quiero te quedes lo más tranquila que sé muy bien cuidarme solo. Te ama y te necesita por siempre, tu hijito adorado.

Posdata: Si me extrañas mucho, mucho, mucho, mira bien hacia lo alto del cielo, busca la estrella que más brille y allí mismo se anudarán felices nuestros corazones».


Levanté la cabeza bien alta, al advertir un leve desplazamiento por encima de la banderola. Me dio la impresión que iba a realizar una excursión hacia abajo por una de sus finitas babas transparentes… cuando de pronto me sentí inmundamente obsceno al advertir el modo en que se iba procesando muy dentro mío, un pensamiento egoísta. De manera tal que pretendía sacar provecho de una tragedia, de una tragedia tan reciente. ¿Cómo podía acaso, permitirme tales ideas? Y peor aun, haber analizado la viabilidad para transformarlas en actos concretos. Me agarré la cabeza con firmeza operando maquinalmente ambas manos. Con el rostro vedado en la desvergüenza, hundido luego en el mullido colchón de endiablados resortes, casi lloro por entero la angustia que contenía dentro. Costó un espeso sudor salir de ese doloroso estado en que me encontraba sumergido. ¡Cuánta vileza toda junta!, me dije antes de lograrlo.

Todavía se sucedían una serie de abyectos temblores en mi cuerpo, cuando intenté justificarme con aquello que leí en un grueso libro que se sacudió en mis manos no hacía mucho tiempo. En ese libro comprendí, pese a mi divina juventud, con la inminente posibilidad de abordarlo todo y dominarlo, lo inexorable de la muerte, mi propia muerte; aunque allí se hacía referencia en uno, a todos los hombres, a todas sus muertes. Recuerdo con crudeza que ese día lloré desconsoladamente como un niño al pensar en mamá, que luego quise matarla para que no sufriera, que luego me dormí soñando con ella; o tal vez todo fue sueño.

¡Sí, se tiró cuesta abajo la muy pendenciera! De un instante a otro me invadió como nunca antes, un deseo de vivir o más bien de permitirme vivir, es decir, de andar por la vida en la búsqueda contingente del placer, olvidando o ¿como olvidarlo realmente?, más bien dejando de lado esa presencia lenta, invisible y perseverante que nos persigue sin cansancio alguno a donde fuésemos. Para llegar a ello hay que actuar sin detenerse pero previendo, claro está, las consecuencias de dicho actuar; ya que si uno actúa mal se sucede una condena y un castigo que no sería adecuado para el placer (el que creía necesitar al menos). Así llegué a esta oportuna conclusión: mi accionar era positivo (ayudo a Tía Loló y al pueblo de mamá, me recibo de Licenciado con merecidos Honores, etcétera, etcétera) pese a que mis pensamientos pudieran parecer egoístas en el sentido que privilegiaba el placer que sentía en lo que podría referirse como lograr una especie de conjuro eficaz contra la muerte.

Se detuvo súbitamente apenas por encima de mi cabeza. ¡Sí era negra y bien peluda! Determinando el puño cerrado, la incorporé en el acto a la geografía de esa pared celeste con textura porosa. Pude discernir, si bien no fue nada sencillo, que la justificación hallada había obtenido los resultados esperados. De este modo, ya mucho más aliviado, decidí abandonar los tiempos monocordes de la siesta y salí a dar una caminata por el pueblo, por la vida.









VI- Una vuelta por la heladería.




Al cerrar la puerta de la casa, sin tener algo planificado de antemano, me dirigí rumbo al centro del pueblo. Hacia allí se dirigían otras personas y haciendo lo mismo, me sentí de pronto como contenido. Iba de prisa sin saber bien la razón. Iba feliz, gozoso, tal vez con algo de marcada excitación. Con motivo de serenar los cambiantes sentimientos que me acompañaban, me detuve a tomar un helado en la única heladería instalada en el pueblo, de ubicación inmejorable, a poco menos de media cuadra de la plaza central.

Era un domingo de sol pleno que hacía olvidar por breves instantes, muy breves, la helada que azotaba toda la región. A cada paso que daba me iba encontrando con muchos habitantes del pueblo dando un paseo, ya sea a pie o en vehículos particulares. Tras una corta espera fui servido con un viril cucurucho. El chocolate no era amarrete en almendras aunque el sambayón no fue todo lo esponjoso que debiera. La gente parecía obrar con cierta normalidad, como en cualquier localidad, pero no dejé de percibir una carencia de pasión en sus actos. Lo noté ya qué si bien había algunas parejas en el lugar, sólo pude avistar un beso como al pasar… ¡en una heladería!

Mientras continuaba oculto tras unas plantas, tratando de observar a otra pareja en lo qué parecía un abrazo efusivo seguido de un beso… una gran bola pegajosa de chocolate con almendras se me arrimó impertérrita al pantalón, a la altura de las rodillas. Me eyecté del asiento y limpié como pude, utilizando una servilleta de papel previamente ensalivada. El par de ojos de un muchacho petiso siguieron atentamente lo sucedido, provocando que emergiera un claro signo de incomodidad desde mi interior. Me volví a sentar y quedé ensimismado, sin dejar de mirar la mancha de chocolate desparramada sobre el pantalón, a la altura de la rodilla. Hundiendo la lengua hasta el fondo del cucurucho, vacié lo que aun quedaba del helado y me levanté del asiento para huir lo antes posible del lugar. Cuando estaba en eso, una mano regordeta me retuvo por detrás. Temiendo lo peor, me limité a observar de reojo. Fue suficiente ese acto para dar cuenta que aquella mano regordeta pertenecía al muchacho de escasa estatura. Quedé inmóvil, diría más bien petrificado. Se agachó con ese veloz accionar propio de los petisos y, agitando un pañuelo de tela en la mano regordeta y lampiña, acometió para limpiar otra gruesa gota del helado de chocolate con almendras que había caído por la zona de la ingle, en la cual no había reparado. Tras culminar la limpieza (lo hizo con gran prolijidad, lo reconozco), como un resorte engrasado se puso de pie (¡sí, era muy petiso!) dejando quietos sus hieráticos ojos de prelado sobre los míos. Pareció aguardar una reacción de mi parte, que había quedado atónito. Con el carisma evasivo que se ampara en la diferencia de alturas, le agradecí esquivando olímpicamente su mirada, emboqué con éxito el cucurucho en el tacho de la basura y salí con la vista apuntada sobre un horizonte tan lejano como irreal.

Crucé la calle en diagonal con pasos algo ligeros y me interné en la plaza. No me detuve hasta alcanzar el monumento principal. Sufrí un leve mareo que me nubló la vista y resistí acodado contra una verja. Oprimí los dedos con fuerza entre el tabique de la nariz y la raíz de los párpados para recuperar estabilidad sensorial. A unos veinte metros de donde me hallaba, arrojados en el pasto, vi a los dos niños que había descubierto el día de mi llegada al pueblo. Continuaban abrazados con el mismo gesto de sufrimiento que aquella vez. El coro cruel no estaba; quizá andaría diseminado por la plaza, pensé. A su alrededor la gente paseaba sin detenerse en ellos, en su sufrimiento, como si no existieran. Tras unos instantes de mera observación, decidí un acercamiento. Dirigí los pasos en esa dirección. Me detuve pávido. Creí ver la cabeza del muchacho petiso de manos regordetas y lampiñas asomada detrás de un árbol.

No quise seguir viendo más y corrí hasta colocarme sobre un banco sin gente, enclavado en el perímetro de la plaza central. Quedé de cara a la pequeña iglesia que estaba en la vereda de enfrente, dándole la espalda a la plaza central, a lo que ocurría en sus adentros. Con todo el tiempo del mundo de mi lado, me puse a mirar cosas irrelevantes para hacer un pronto olvido de la penosa situación vivida en la heladería. Estaba ocupado en eso, cuando de pronto noté que un auto amarillo pasaba por delante mío y a continuación doblaba lentamente en la esquina hacia la derecha, bordeando el perímetro de la plaza. Al verlo reaparecer a los dos minutos por la izquierda para doblar y volver a pasar a mi lado ya por tercera vez, comprobé lo que tanto suponía: iba a dar la vuelta a la manzana nuevamente. Ajusté la visión para ver con mayor atención al joven que manejaba aquel auto de frenético amarillo. Utilizaba un sombrero y miraba de modo constante hacia los costados como buscando algo o alguien. No era el único con ese plan, en fila lo seguían otros autos y camionetas conducidos en su mayoría también por jóvenes. Había veces que daban la vuelta en el bulevar que nacía en la cuadra siguiente y entonces el recorrido se hacía más prolongado, exactamente de dos cuadras manzanas. En el momento que el auto amarillo pasaba por quinta o sexta vez delante mío, sin analizarlo mucho, me paré de inmediato en señal de retirada. No pude soportar más la sensación de que mi vida se hubiera quedado atrapada en una repetición sin gracia ni gloria. Además me pareció ver que aquel muchacho petiso de manos regordetas y lampiñas continuaba espiándome febrilmente desde un banco alejado, tras unos arbustos apiñados cercanos al bebedero asimétrico que desmoronaba por completo la armonía geométrica de la plaza.

Atravesé la calle a toda velocidad, esquivando la marcha constante de los coches, para ubicarme en la vereda de enfrente. Desde ahí se podía trazar una panorámica más amplia de la concurrida plaza y zonas lindantes. El muchacho petiso de manos regordetas y lampiñas había abandonado su posición en el banco; a partir de entonces le perdí el rastro. Ensayé un giro en ciento ochenta grados para no marearme con tanto movimiento hasta que inesperadamente, sobre una de las paredes frontales de la iglesia, hallé la siguiente inscripción realizada con aerosol negro: «Si Dios te ama, el Cura te la mama». Si bien no había tenido una fuerte formación religiosa, aquel graffiti no me causó gracia alguna. Pensé además como semejante provocación no había sido borrada o tachada al menos, por las autoridades del pueblo o siquiera por algún vecino molesto en su creencia.

Todavía consternado por lo que acababa de descubrir, me detuve a observar la fachada de la iglesia con mayor atención. Alcancé divisar en lo alto de la construcción, una campana reducida por signos de óxido y por gruesas telas de araña que la envolvían antojadizamente. Al lado de la campana, por encima de la puerta, detecté empotrada a la infaltable cruz cristiana labrada en madera. Las paredes de color ocre habían sido pintadas a la cal y se mostraban ya muy desgastadas, dejando asomar una vieja capa de pintura en tono rojizo. La puerta principal se encontraba cerrada con un candado de gran tamaño, recubierto por un verdín que lo tornaba petrificado. Hacia ambos lados de la puerta se aparecían dos pequeños vitrales enclavados en vanos que parecían apagados, sin una luz interna que vivificara los colores. La construcción más bien rudimentaria de aquella pequeña iglesia, contrastaba notablemente con el edificio contiguo de la intendencia, que era al menos cuatro veces más grande en cuanto a sus dimensiones. Además contenía un estilo cargado en ornamentos arquitectónicos y contaba con una tremenda cúpula tejada a modo de coronación.

Agobiado de tanto mirar los tornadizos avatares del tejido urbano, resolví destinarme en el regreso a la casa de Tía Loló. Lo hice con pasos flojos, sin apuro aparente. Por más que intenté evitarlo, en mi andar continué realizando un registro minucioso del pueblo. Detallé veredas espaciosas que parecían prolijamente alfombradas con pequeñas baldosas de color pastel. Las casas eran más bien chatas; en el centro de los frentes se contenían alargadas puertas de madera y una o dos ventanas a los costados con sus respectivas rejas de hierro trabajado que cubrían tres cuartas partes de cada ventana. Atravesando postigos entreabiertos de los zaguanes, en algunas casas se podían ver los patios traseros donde el sol, oblicuo, se adentraba a sus anchas e iba ensayando un prolongado reposo hasta la llegada próxima del atardecer.

Me precipité contra varios contingentes de mujeres que tomaban mate. Lo hacían sentadas en bancos que habían sido empotrados a la vereda y otros sacados para la ocasión. Encontré un común denominador en todas ellas: cuando no tenían la bombilla en la boca aprovechaban para hablar a discreción. Tal como fui advertido, vi pocos hombres adultos; viejos o ancianos no vi a ninguno.

En una de esas apacibles cuadras me topé con un ejército de perros que se había adueñado de la amplitud de la calle a fuerza de presencia. Crucé de vereda por las dudas y desde prudente distancia localicé al que tenía aspecto de ser el jefe. Era uno con cuerpo chiquito, de color negro salvo por una mancha blanca en el cuello y que llevaba la cabeza bien alzada.

Di una media vuelta temerosa para comprobar que efectivamente ya no me encontraba en situación de riesgo. El ejército de perros comandado por aquel que tenía aspecto de ser el jefe se dirigió en sentido contrario a donde iba yo, hasta arrinconar en modo implacable a un… a el muchacho petiso de manos regordetas y lampiñas que… vendría tras mis pasos. Antes de alejarme a toda velocidad alcancé a verlo doblar la esquina al trote nervioso, perseguido sin tregua alguna por aquel ejército de perros comandado por el que tenía aspecto de ser el jefe, el del cuerpo chiquito, de color negro salvo por una mancha blanca en el cuello y que llevaba la cabeza bien alzada.


























VII- Regreso a casa de Tía Loló.




Al aproximarme a la casa de Tía Loló descubrí súbitamente como el sentimiento que me había invadido al irme, hacía cosa de hora y media, dos horas nomas, se había transformado en una sensación completamente distinta. ¿En cuál?, me pregunté con temor a que pudiera surgir la respuesta más infausta. Habré pasado unos minutos en el intento de darle un sentido a esa duda molesta, cuando llegué a determinar, tal vez en modo apresurado, que estaba experimentando una especie de desasosiego mezclado con un dejo subyacente de marcada impaciencia. La fortuna quiso que no me encontrara con ninguno de los dos habitantes de la casa cuando, luego de accionar la cerradura, atravesé la puerta de calle. El ánimo no era el mejor, debilitado por una sumatoria de hechos infortunados, se hallaba alejado de la civilizada posibilidad de ponerme a dar explicaciones acerca de los intempestivos desbarajustes emocionales que se sucedían en lo más íntimo de mi persona. Nuevamente me quedé perplejo en mí mismo para intentar comprender que tan cambiado estaba aquel que había regresado, con respecto al que había ido a dar una simple vuelta por el centro del pueblo y terminó recalando en una heladería.

Advertí enseguida un encantador olor a salsa fresca que recorría y llenaba una por una, todas las habitaciones de la casa hasta reventarlas con su bien sazonado aroma. ‘Yo no voy a comer mucho porque recién tomé el helado’, pensé afectado y me dirigí directo hasta mi habitación, inmerso en una contrariedad que ya se estaba volviendo continua. Recostado de espalda en la cama, cerré voluntariamente los ojos y dormité unos minutos para relajar los nervios. Pretendía así, recuperar mi verdadera forma de ser, situada más cerca de un comportamiento ordenado y previsible, ajena a las contingencias. ¿A qué se debía tanta ansiosa inquietud?, insistí embestido por aquella recurrente dinámica de ideas que escupía desde la posición horizontal. Si bien en esa oportunidad no aconteció una respuesta, la sola mención de la pregunta ayudó a tranquilizarme. Poco a poco, el colchón de la cama fue absorbiendo la tensión de los músculos y las venas, entretanto fueron moderando su caudal sanguíneo hasta normalizarlo.

Una vez que creí dominadas las numerosas fluctuaciones que operaban en mi estado de ánimo, abordé el baño para afrontar una ducha de carácter higiénico, la necesitaba a sobremanera. Ya con el cuerpo enjabonado y champú en la cabeza vi pasar impunemente, a través del ventiluz, un bulto por el patio. Me arrojé con determinación de la bañadera y fui acercándome lo suficiente para observar bien lo que sucedía del otro lado, en el patio. El flagrante vapor que se condensaba centrífugo en ese cuadrante dificultaba la visión y maldije repetidamente al mismo tiempo que con los ojos pegados a las hendijas del ventiluz intentaba, aunque más no fuera, descubrirle una presunta forma a aquella imagen borrosa. Era consciente que si lograba determinar la forma de la cosa, podría definirla de un mejor modo, acaso albergar su contenido. Aferrado con ambas manos al toallero intenté hallar esa información valiosa. Lamentablemente no pude, pues sólo alcancé a adivinar un bulto multiforme que se movía a gran velocidad. De todos modos concluí que se trataba de la misma cosa, fuera lo que fuera, que había devorado las plantas la noche anterior. Desesperado traté de ir hasta el patio para atrapar a la cosa ipso facto, pero mi jabonosa desnudez protegida por una pequeña toalla atada de manera precaria a las caderas me hizo desistir de un momento para otro. Con el ímpetu devaluado me deposité nuevamente en la bañadera. Tardé un tiempo prolongado en enjuagar el cuerpo por completo, no por desidia, sino a causa de un mísero chorro de agua que caía primero tibio, enseguida frío.

Con una presencia sin fisuras, Tía Loló acometió tras la puerta para anunciar que luego iba a retirar la ropa sucia y que podía vestirme a mi antojo con la ropa que había pertenecido a mi primo Roberto. Como siempre su proceder resultó del todo necesario ya que mi equipaje había sido preparado para afrontar tan sólo la estadía de una sola jornada. El talle de la ropa era bastante adecuado al de mi cuerpo y tenía gran variedad para elegir; prioricé algo cómodo y abrigado. Con extremada puntualidad, Tía Loló realizó el llamado para que acudiéramos a cenar. Si bien concurrí enseguida, lo hice sin demasiadas expectativas con motivo de las secuelas del helado en el estómago, que me había caído como plomo.

Alrededor de la mesa grande del comedor ya se hallaba sentada Clarita, sentada es un modo de decir porque en verdad estaba de arrodillada sobre su silla y acodada rígidamente a la mesa. Yo no soy lo que se dice una persona refinada, pero verla comer de la forma en que lo hizo me provocó soberano espanto. Sus modales carecían de todo cuidado y a la hora de comer se transformaba en una aspiradora fuera de serie. Los agnolotis a los cuatro quesos con salsa de albahaca, ajo y nuez parecían raviolines cuando los acercaba a su elástica boca. El postre, había manzanas en compota recubiertas en almíbar, le duró en el plato poco menos que diez segundos contados. Las tragó con semilla y todo como si se tratasen de caramelos y rapaz, miró a Tía Loló con ganas de repetir el doble. Tía Loló, sin dejar de masticar, alzó su mano caliente y le embocó en el acto una fulminante bofetada, tan sonora como pocas veces me había tocado presenciar. No lloró ni se quejó, era fuerte y se la notaba acostumbrada a esa clase de tratos.

Aun así, Clarita pareció sentir en forma retardada los efectos del golpe y, tras desplegar su pegajosa lengua por el plato, se deslizó en caída libre desde su silla hasta bien debajo de la mesa. Sin exagerar en la apreciación, pude determinar que estuvo a centésimas de parecer esfumarse como por arte de magia. Al presenciar el tipo de relación que mantenían entre ellas, percibí que Clarita encontraba en Tía Loló menos cariño que una fuerte figura protectora. Ya sin tener que soportar su molesta presencia, pensé, podré dedicarme a comer los agnolotis con mayor concentración. No pasó mucho tiempo para comprobar que no sería tan fácil. Cada tanto se asomaba por entre el arco que formaban mis piernas para realizarme unas morisquetas que sólo ella pretendía como graciosas. ¡Qué colorada le quedó la mano de Tía Loló remarcada sobre una de sus mejillas!, observé mientras tomaba un largo trago de agua. Clarita entornaba los ojos a la vez que con una mano cerca de su boca pretendía hacerme una suerte de sucutrule. De inmediato desterré la mirada de aquel sector. Pese a esta desconcertante situación, con el hambre renovado por la ducha, los manjares que cocinaba Tía Loló me perdían y me perdí en mi plato de agnolotis hasta terminarlo y pasarle un trozo de pan a la salsa sobrante. Le ahorré el lavado del plato a Clarita, pensé cuando de pronto, sentí que me quitaban los zapatos para realizarme cosquillas a dos manos en las plantas de los pies. Una patadita con dirección inguinal la sofrenó y así fue como le puse fin en forma definitiva a un vasto repertorio de alocadas ocurrencias provenientes desde lo más abajo de la mesa.

Cuando Tía Loló trajo los pocillos para el café, asomé la cabeza bajo la mesa y pude comprobar que Clarita ya se había retirado de su escondite subterráneo. También pude comprobar que ahí mismo había dejado abandonados sus dos zapatitos junto con los míos. La vital consecuencia de ello fue que nos libró de escuchar sus continuos ruidos estentóreos envueltos en fértiles payasadas. Además, ello posibilitó que se generara una prolongada sobremesa, amena, donde pudimos conversar a nuestras anchas con Tía Loló. No pude precisar el lugar hacia donde se dirigió esa rauda criatura ya que, pese a andar descalza, la velocidad de sus desplazamientos no me lo permitió. Parecía como si se moviera con leyes físicas provenientes de otro mundo. La pava emitió su chillido habitual, solitaria sobre la hornalla.















VIII- Sueño con insectos.





Aproveché ese momento, de inusitada tranquilidad, para comentarle a Tía Loló algunas de mis últimas decisiones y no anduve con vueltas. Me dijo que le avise a mamá y si dos cucharadas de azúcar estaban bien, le dije que por supuesto ya lo había hecho y que era suficiente, me dijo que lo pensara bien y revolvélo, le dije que lo había pensado y revolví, me dijo que no me sintiera obligado a hacerlo y ojo que está caliente, le dije que no lo sentía así y tuve ojo, me dijo que intentaría recordar cualquier otra cosa que fuera de ayuda y que había masitas, le dije que eso sería de mucha utilidad y que no apetecía, me dijo que haría el esfuerzo de recordar y si estaba seguro, le dije que hasta lo más nimio podría servir y que cambiaba de opinión e iba a probar dos masitas, me dijo que se iba a la cama y que antes me traía las masitas, le dije hasta mañana y que buena pinta que tienen, me dijo que tengas buenas noches y comete todas las que desees.

Tía Loló se puso de pie y, según sus propias palabras, se retiró a descansar con las últimas fuerzas. Había sido otro día muy agotador para ella y no era para menos. Cuando le estaba dando el último sorbo al café, vi pasar corriendo a Clarita desde la cocina hacia su habitación; nuevamente pareció ser una record woman de velocidad. Sin embargo pude reparar que tenía el vestido como desordenado y esto no pude precisarlo, pero creí ver algo de llamativa suciedad en su rostro. Al terminar de comer la séptima masita me levanté de la silla para seguir los mismos pasos de Tía Loló.

Tras cepillarme enérgicamente ambas hileras de dientes, todavía con el cepillo en la mano, comprendí que en efecto me aguardaba mi segunda noche en tierras lejanas. Pese a ello me encontraba bastante más sereno y predispuesto, no me pesaba tanto la diáspora, como sí me había sucedido la noche anterior. Me sentí fortalecido por ello, con resuelto vigor. Orgulloso de la templanza exhibida en la constitución de mi temperamento, quedé examinando el semblante de mi rostro en el espejo por un buen rato. No noté nada fuera de lo normal. Al rato efectué un pis de larga duración y del baño fui a internarme en mi habitación.

Acostado ya en la cama comencé a planear los pasos a seguir al día siguiente. En medio de eso se me despertó el deseo de conocer algo de la literatura cubana. No recuerdo si comencé por Lezama Lima o Reyna Lorenas. El tiempo dedicado a la lectura fue muy breve ya que pudo nuevamente vencerme el sueño. En la ciudad esto no me ocurría casi nunca y precisé como en el pueblo el peso de los párpados era mayor y estos caían tan abruptamente que no respetaban siquiera el estado de la vigilia, tan propicio para el fluir de pensamientos creativos que pudieran surgir y que de vez en cuando lograban brindarme algo de dicha.

Otra cosa muy curiosa que me sucedía durante las noches transcurridas en el pueblo era que volvían a desatarse sueños que no tenía desde niño. Cuántos recuerdos reflotaron en la oscuridad de aquella habitación cuando soñé, cuando hube soñado:

Siempre era de noche, una noche abierta, límpida y cálida. Yo era apenas un niño y me encontraba mirando maravillado, como siempre me sucede, lo espléndido de las estrellas. Repentinamente, tras un manto de dulce niebla, se producía una transformación radical en el ambiente. Aparecían de la nada, invadiéndolo todo, una vasta ráfaga de bichos voladores que no tardaron en comenzar a asediarme. Eran tres o cuatro veces más grandes que las moscas y poseían un asqueroso color verdusco con manchones negriazules en la zona abdominal. Entretanto eran panzones y de cabeza chiquita. Apelando a varios manotazos desesperados intentaba sacármelos de alrededor de mi cuerpo de niño. El pavor aumentaba cuando sentía el incesante batir de sus alitas gelatinosas rozando el cuero cabelludo. Los oídos parecían a punto de estallarme por la potencia de los zumbidos que emitían. Luego me daba la sensación que los zumbidos comenzaban a provenir también del interior de mi cabeza. Enseguida estaba convencido que sí, que aquellos mega insectos se habían instalado por dentro de mi piel sin llegar a comprender como. Los tenía zumbando por fuera y por dentro, incesantes, sin clemencia alguna en cuanto al sufrimiento que expresaba con todos los músculos de la cara.

Atemorizado, en medio de ese continuo asedio, miraba hacia el cielo infinito. Al hacerlo encontraba la imagen de la luna, una luna redonda, brillante y opalina, que me iba devolviendo la serenidad perdida. Los bichos voladores de asqueroso color verdusco, con manchones negriazules en la zona abdominal y alitas gelatinosas de un instante a otro desaparecían, también de adentro mío, lo que generaba una intensa tranquilidad. Nuevamente volvía a mirar hacia el cielo, tal vez como agradeciendo y esa luna salvadora, más redonda, brillante y opalina que antes, ahora se me venía encima, en caída libre para aplastarme. Extendía las manos bien alto para protegerme y las veía más grandes. El resto del cuerpo también ya no pertenecía al de un niño sino al de un joven o adulto. Allí concluía el sueño ya que siempre despertaba sobresaltado, inyecto en sudor, como si hubiera vivido una atroz pesadilla, y vaya si la había sido.

Por la madrugada tuve que abandonar la cama varias veces sofocado por la sed. Estimo que la mezcla del helado de chocolate con abundantes almendras y del sambayón no tan esponjoso, sumado a esos agnolotis a los cuatro quesos con salsa de albahaca, ajo y nuez detonó fuerte a media noche dentro de mi estómago. Por suerte de postre sólo había comido media manzana en compota. Pero sumando aquellas siete masitas… En ese pesado cuadro estomacal se me hizo necesario dirigirme hasta la cocina para tomar agua pura de la canilla y así lograr el alivio, nunca suficiente, contra esa llamarada infernal que lo iba quemando todo por donde pasaba.

En uno de esos viajes escuché unos ruidos extraños que provenían del patio. ¿Sería o no sería? ¡Sí, sería! La llave no estaba, inútil buscarla, con Tía Loló no podía contar ya que dormía abrazada en sonoros ronquidos que tronaban toda la casa. Casi la despierto pero pudo más el tino, esta vez. Volví a la cama con la horrible sensación de ser nuevamente burlado por un misterioso y huidizo herbívoro nocturno. ¿Sería acaso posible que se tratara de aquella tortuga dormilona? No duraron mucho las cavilaciones ya que prontamente sucumbí ante el sueño. Aunque mi estomago no dejó de mandar robustas señales al exterior con mezcla de aroma a albahaca, ajo y nuez. Ah, y ese sambayón tan poco esponjoso.














IX- Terror en la panadería.




Madrugando poco antes que lo hicieran Tía Loló y Clarita, me encaminé decidido hasta la oficina del correo postal para poner en viaje la carta escrita a mamá. Recién al asomar una porción de mi cuerpo a la calle pude percatarme que se trataba de una mañana con frío en exceso; por lo tanto regresé puertas adentro para arroparme con todo lo que pude encontrar en el ropero de mi primo Roberto. Antes de salir, esta vez bien abrigado, escuché un batifondo que provenía de la habitación de Clarita. Me detuve absorto por la magnitud de los sonidos que desgarraban las prematuras horas de la mañana. Parecía como si dentro de esas cuatro paredes, inexplicablemente, se contuviera una selva repleta de animales. En el momento en que creí oír la estruendosa estampida de elefantes, cerré la puerta de calle y salí a efectuar el trámite de carácter urgente, de compromiso inevitable.

Por desconocimiento del horario de atención al público, tuve que esperar alrededor de una hora hasta que abrieran las puertas de la oficina del correo postal. Los únicos que andaban tan temprano por la calle eran aquellos perros encontrados el día anterior, que se movían en grupo siguiendo las órdenes del que tenía un cuerpo chiquito de color negro salvo por una mancha blanca en el cuello y que llevaba la cabeza bien alzada. ¿Habrán tenido suerte en la persecución del muchacho petiso de manos regordetas y lampiñas?, pregunté para mis adentros y enseguida miré para todos lados con el objetivo de no hallarlo.

Me apresté a realizar la consabida espera, armado de paciencia. Estoico, la realicé sentado incómodamente sobre la escalinata de la oficina del correo. Cuando estaba por sufrir un principio de congelamiento, inevitable, llegó por fin la empleada postal. Me puse de pie como pude a causa de un ligero calambre ocurrido en el aductor. Arrastrando levemente una pierna ingresé tras ella. Al darme el aviso, por intermedio de una aguda chicharra electrónica, me acerqué hasta el mostrador para entregarle el sobre en mano. Una vez que lo vi correctamente sellado y estampillado salí caminando despacio, resueltamente alivianado, por la puerta principal. Tras atravesarla en su totalidad, inflé el pecho hasta lo más hondo, con la clamorosa calma que otorga el deber cumplido.

A la vuelta pasé por enfrente de una panadería que llevaba la marquesina adornada con unas llamativas luces de neón. ¿Que tal unas facturas calentitas?, me propuse y acepté. Crucé la calle con paso determinante y pedí docena y media. ¿Estará bien?, dudé. Comencé a elegir. De estas con dulce de leche cuatro, un par de vigilantes, esa solita, un cuernito, tres medialunas de manteca y una de grasa. La señora panadera, vestida con un impecable delantal celeste bandera, me complació muy diligente hasta llegar a completar la docena. Al final media más me pareció una exageración.

Mientras la señora panadera cerraba el paquete con las facturas yo ya había sacado mentalmente el valor del importe y me encontraba buscando en uno de mis bolsillos internos las monedas justas para abonar con cambio y no generar una pérdida de tiempo cuando, sin que un gesto o dicho mío hubieran propiciado lo que ocurrió de inmediato… fui interpelado del otro lado del mostrador por la señora panadera de delantal celeste bandera: “¿Usted jovencito no es del pueblo, verdad?”, me preguntó contestando, supuse, según el razonamiento lógico basado en regla de tres simple que resulta del siguiente modo: «En pueblo chico todos sus habitantes se conocen y como la panadera era una habitante del pueblo y como no me conocía, por lo tanto cualquiera hubiese conjeturado que yo no era un habitante del pueblo».

Sin dudarlo ni un instante, con cero ambigüedades, expuse la mismísima verdad sobre la lengua: “Claro señora panadera, yo no soy de aquí; sólo vine a darle el apoyo familiar a mi Tía Loló por lo que usted ya sabe”, le contesté con una variable del mismo razonamiento lógico que había sido utilizado por la panadera un rato antes: «En pueblo chico todos se conocen y por lo tanto, todo se sabe».

En eso, sin que nada hubiera hecho yo para provocarlo, la panadera soltó la empaladora de facturas. Comenzó a temblar el vidriado mostrador y un vigilante se precipitó de punta al piso. Fue ahí justamente cuando con los ojos bien grandes, a punto de estallarles, me preguntó (el tono ya se había transformado en algo inquietante): “¿Tu madre entonces no será...?”. “Sí, Margarita, ella nació aquí en el pueblo, de seguro que la habrá conocido”. Yo le devolví la respuesta manteniendo una amabilidad que para decir verdad, a esa altura de los acontecimientos, ya ni se merecía.

La panadera, cada vez más iracunda, agarró nuevamente la empaladora de facturas. La comenzó a blandir en el aire como si se tratara de un péndulo en continua aceleración. La dominaba con destreza hasta que se le soltó el eje y con justeza la revoleó por el cielo de la panadería, acertándomela en medio de la frente desprevenida. Al instante, salpicando azúcar por doquier, me despeinó una tremenda bola de fraile rellena. Instintivamente saqué la lengua hacia afuera y pude percibir como por mi cara imberbe se derramaba pastoso, un grueso chorro de sangre mezclado a fuego con dulce de leche del tipo repostero.

Ahí nomas comprendí la seriedad del asunto e inicié prontamente una prolija retirada. Tomé el paquete de facturas a medio cerrar, dejé las monedas en el mostrador para no pasar por ladrón y huí a toda prisa del establecimiento. Si acaso ser cobarde es evitar que a uno lo estropeen por causa alguna, acúsenme, lo soy. Cuando apenas había asomado una pierna a la vereda, centelleante, un cuchillo tortero se estrelló furibundo contra una hoja de la puerta de vidrio que quedó parcialmente astillada en forma de tejido hindú, red de pescadores o algo por el estilo. No me pude quedar a precisarlo ante el peligro inminente que eso suponía. Mientras iba corriendo me pareció también, de modo retrospectivo, que aquel impacto en la puerta se podría asemejar a las celdillas que realizan las abejas laboriosamente en sus colmenas. Lamenté la imposibilidad de regresar a comprobarlo.

A la vista perdí dos medias lunas, un cuernito y una tortita negra en el camino, pero no me detuve en ningún momento ni miré hacia atrás en esas cuatro cuadras y media que me separaban de la casa de Tía Loló. Fue un raid a todo vértigo. No las conté, pero a grosso modo calculo que no llegué ni con media docena de facturas para acompañar el mate del desayuno y conste que yo había abonado la docena bien completa.















X- Primeras curaciones.




Con el último aliento fértil que me quedaba, di vuelta la llave en la cerradura. De un empujón abrí la puerta de la casa y recién en ese momento sentí que lograba ponerme definitivamente a resguardo de todo peligro. Las dos ya estaban despiertas y al verme entrar a la casa no tardaron en brindarme socorro. Tía Loló se deslizó sobre sus chancletas desde la cocina hasta el inicio de la galería comedor donde yo había frenado mis pasos, abatido. Clarita en cambio, se limitó a asomar la cabeza desde la puerta de su habitación. Con la almohada en su mano y una tijera en la otra miraba lo qué sucedía con especial curiosidad.

¿Qué te pasó Carlitos, que llegaste tan agitado? Sentáte que te ves paliducho. ¿Y esa sangre que chorrea de tu cabello? ¿Acaso te diste un porrazo en la calle? Parece de gravedad, voy a acercarme un poco más para ver con claridad. No te muevas. El corte no es muy profundo pero es conveniente que lo desinfectemos ya. Clarita, traéme de un santiamén el tarro de agua oxigenada y varios trapos limpios. Están en el aparador de la cocina. ¡Por favor mi querida, dejá eso que estás haciendo y apuráte, querés!

Las palabras de Tía Loló estallaron en mis oídos con la forma de un eco amplificado, anulando cualquier proceso mental. De todos modos intenté, aun cuando seguía mareado por el brutal golpe a traición en la frente, encontrar una explicación razonable a lo sucedido:

No logro entender absolutamente nada de nada, estoy aturdido. Lo que recuerdo es haber ido a comprar unas facturas para acompañar el mate. Con ese motivo ingresé a una panadería cercana a la oficina del correo postal. Todo iba perfectamente, tal como sucede en cualquier comercio, ya estaba pagando incluso. Hasta que en determinado momento la panadera me realiza unas preguntas de carácter un tanto, digamos, entrometidas. Pese a ello, con extremada corrección le facilité las respuestas. Le hice saber quien era, a que había venido al pueblo y quién era mi madre. Fue en eso cuando de lo imprevisto fui agredido salvajemente, sin conocer nunca los motivos. Le juro Tía Loló por lo más sagrado, por mamá si quiere, que no le hice absolutamente nada a esa panadera ni pasó otra cosa distinta a la que recién acabo de contarle. Y pensar que parecía una señora tan amable al principio, con ese impecable delantal color celeste bandera.

¿No habrás ido…? ¡Sí! ¡Sí! Sacále la camisa ensangrentada. ¡No, no la lamas, criatura repugnante! ¡Ay, Clarita, por amor de Dios! Llevála a la pileta del patio y después lavála hasta que quede bien limpita. ¿Pero qué haces?… ¡No chupes el jabón Federal que te van a salir astas en la boca! ¿Cuántas veces te lo he dicho? ¿Te querés enfermar acaso? Seguí así que te va a venir a cuidar Montoto, conmigo ni cuentes.

No pude observarlo con precisión pues mi estado no lo permitía, pero parece ser que Clarita a escondidas ya se había masticado más de medio pan de jabón, lo que desató la pronta ira de Tía Loló al descubrirlo. Luego de pronunciar un rosario repleto de insultos y arrojarle rabiosa la chancleta, que Clarita esquivó con notable cintura de púgil, Tía Loló recobró la mesura y volvió a mi lado. Mientras iniciaba las primeras curaciones continuó con su explicación:

Ahora lo voy comprendiendo todo, claro, fuiste al negocio de Ana María. ¡Cómo no te avisé antes! Ella perdió a su marido la última vez que nos vino a visitar tu madre. Había venido porque le estaba yendo mal en la ciudad y para entonces ya estudiaba la posibilidad de volver a radicarse en el pueblo. Vino acompañada con vos Carlitos, por supuesto. No te debes acordar porque eras muy chiquito, tendrías apenas seis o siete añitos a lo sumo; además estuvieron algo así como tres meses nomas, a lo mucho pudieron haber sido cuatro… como para acordarte.

Lo recuerdo como si fuera hoy. Una noche de verano en que estábamos comiendo un pollo de nuestro gallinero, uno de los últimos que nos quedaban, vino en persona Ana María y a los gritos comenzó a golpear la puerta de esta casa. Llegó buscando con insistencia a tu mamá, se la veía muy agitada, como fuera de sí. Gritaba que por culpa de tu madre, Mario, su marido se había quitado la vida unos minutos antes electrificándose en la bañadera. Según se supo después, resulta que mientras escuchaba por radio la emisión de Guerrero Marthineiz, dejó caer la General Electric enchufada con más de doscientos voltios al agua y ya no pudo contar más el cuento.

¿Y tu madre?, me preguntas y lo bien que haces Carlitos. Tu madre se había regresado contigo a la ciudad esa misma tarde con un apuro tal, que nos dejó a todos con la boca tan abierta que casi perdemos la dentadura. Aunque ella era así, una polvorita siempre a punto de estallar. Cuando éramos niñas tu abuela no sabía que inventar para controlar sus impulsos, vos sabrás de lo que te estoy hablando…

Vaya, vaya si lo sabía, pensé en el acto y asentí con la cabeza repetidas veces sin dejar de parpadear. Pese a que quise hablar me quedé en silencio, con la respiración quebrantada a causa de un dolor agudo que se me había ido instalando pesadamente bien en el medio del pecho, dominándolo por completo. Tía Loló tenía para seguir y continuó con el relato:

No nos atrevimos a dejarla pasar a la casa por el estado de alteración en que se encontraba. Insistente, Ana María siguió gritando desde la vereda hasta la salida del sol que por culpa de tu madre, su Marito se había muerto para siempre. Se armó un escándalo que duró sus días y fue el bocadillo obligado en la boca de todos. El Comisario estuvo obligado a actuar y le envió varios telegramas para que atestiguara. Luego se dijo que el juez de la causa le había dictado la captura federal. Tu madre por un tiempo no dio señales de vida, fue como si se la hubiera tragado la tierra. De todas formas jamás se encontró prueba alguna para acompañar dicha acusación y el caso quedó archivado para siempre. Nosotros no le dimos importancia a esas palabras repletas de sambenitos en contra de tu madre. De verdad te digo, nada de importancia. Luego de la muerte de su marido, Ana María nunca más volvió a ser la misma de antes. Nosotros cortamos por lo sano y dejamos de comprarle el pan a ella; ahora le compramos a una cooperativa que lo trae directamente hasta casa en bolsas de tres kilos, es un poco más secote pero se deja comer.

Mordí con acerbo un vigilante que se asomó del paquete maltrecho. La verdad es que era rico además de tener un tamaño generoso como en la ciudad no se conseguían. Me quedé masticando en silencio pero no dejé de buscarla con los ojos para hacerle entender que pese a mi estado de gran conmoción, quería continuar escuchando lo que Tía Loló sabía de aquellos hechos del pasado que vinculaban a mamá con la panadera. El dolor punzante, que aun se alojaba en el pecho, se estacionó por un momento sobre un costado y eso me trajo algo de calma, una calma tensa.

No, no puede tratarse de un asunto como los otros, como el mío o el del pobre Robertito. No, pero claro… ¡si ahí tenés razón! Entonces no entiendo como en el caso de Ana María y Mario no ocurrió la terrible desgracia, si ellos vivieron toda la vida acá en el pueblo. Nunca tuvieron hijos pero eso puede que no tenga nada que ver, sólo podría explicarse si entre ellos no se produjo ese tipo de amor tan fuerte e intenso que conduce a lo que ya sabemos.

Ahora, esto ocurre de a dos… ¿y tu madre? Ella sí, seguro. Si ella me contó en esta mismísima cocina y luego por numerosas cartas el modo en que se encontraba perdidamente enamorada de tu padre. Desde que había llegado al pueblo como un joven vendedor de ollas y sartenes y luego de vender algunas se la llevó a la Capital, a la gran ciudad y allá fue feliz. Si siempre que hablaba de él se le iluminaban los ojos de una forma... Y al poquito tiempo quedó embarazada de vos y a tu padre le pasó lo del terrible accidente en la ruta, cuando le fallaron los frenos y quedó bajo la carrocería de un camión con doble acoplado.

Escondí la cara entre mis dos manos que no paraban de sacudirse y sólo pude atinar a decir: “mamita”, acaso como implorando. Me arrinconó de inmediato su imagen mintiendo en cuanto a lo de la enfermedad que le impidió venir al pueblo en ésta y en tantas otras veces desde que tengo memoria. ¿Y por qué me ocultó, si siempre nos contábamos todo, aquella vez que estuvimos a punto de radicarnos en el pueblo? ¿Y por qué motivo nos tuvimos que ir de esa manera tan presurosa?

Se me enfriaron los músculos y ya no pude ni pestañear. Un par de nefastas preguntas atravesaron mis coordenadas más sensibles: ¿Y si acaso con papi no hubo amor? ¿Y si fui el efecto de otra causa más vulgar y ordinaria? Detrás de un temblor brusco lloré mi angustia por dentro. Se potenciaron como gemelos el dolor en el pecho y el golpe en la cabeza. En ese cuadro dramático, albergado por la desolación más cruda, me derrumbé pesadamente sobre una máquina de coser que estaba ubicada contra una pared, por la mitad de la galería comedor. Las piernas se me habían aflojado por completo, no me respondían. Enseguida pude sentir un frío mazazo en la nuca que me obligó a mantenerme aferrado al chasis de la máquina de coser. Si bien no me di por vencido, la idea de recuperar la verticalidad del cuerpo resultó estéril. Clarita miraba y oía todo desde su habitación, cada tanto agitaba su cabeza. Tía Loló tuvo que llevarme a upa hasta la cama, donde me tapó con mantas y frazadas.

Cuando trajo una taza de té con limón, recién sacó el termómetro de mi axila. Agitó varias veces en el aire encerrado del cuarto y anunció: “Tenés más de cuarenta grados, estás volando de fiebre, Carlitos”. No hacía falta semejante procedimiento, ya lo sabía. Necesitaba una aspirina del tamaño de un alfajor para serenar los nervios y sofrenar esos mil galopantes músculos que me sujetaban. De todas formas dos chiquitas me aplacaron un poco la fiebre para poder dormir.




















XI- Carta de mamá.




Fue, no tuve dudas, la peor noche que pasé en todos los años que llevaba en la vida. Durante ningún lapso de tiempo en que habité la cama logré dormir más de diez minutos de corrido gracias a las horrorosas imágenes que se sucedían, como punzantes cuchilladas, una tras otra, por mi mente infecciosa. Imágenes que en el estado de febril desvelo en que me hallaba inmerso, se tornaban imposibles de controlar. En determinado pasaje de aquella noche llena de espanto y pesadilla, fui asaltado por la tentación de pedir ayuda. Me contuve un poco por no molestar a Tía Loló y otro poco debido a las escasas fuerzas que encontré al momento de entonar el grito que iba a pronunciar su nombre. Así y todo me encontró despierto el amanecer. Puedo jurar, sin hacerlo en vano, que en algún pasaje de la noche creí con certeza que no lograría atravesarla.

Por la mañana bien temprano Tía Loló se arrimó hasta mi habitación con el desayuno y una inesperada carta que llevaba escrito al dorso, el consabido remitente de mamá. Aun continuaba mareado a causa de las secuelas del tremendo golpe recibido el día anterior en la panadería y a causa de la empecinada fiebre que no se había retirado de mi cuerpo. Encaré por partes las ofertas: primero el desayuno y luego, con la pancita llena, esa ¿inesperada? carta de mamá. La taza, con una barra de chocolate inmersa en leche caliente, vino secundada de sendas vainillas. Estaba todo tan estupendo que no quedó ni una gota, ni una miga. Posteriormente vulneré el sobre para liberar la misiva. Unas pocas líneas surcaban el papel. Si bien breve, la temperatura no bajó en lo más mínimo:


«Carlitos, mi querido y único hijo, te retiras al instante de ese mugroso pueblo o mañana viajo yo misma en persona y enferma y todo como estoy te traigo a la rastra de una oreja. Y bien sabes tú, que si lo digo lo cumplo.

Tu mami que se muere».


Preferí no decir nada a Tía Loló acerca del contenido de la carta para no alarmarla. Enseguida me estiré hasta alcanzar el anotador con espirales y la lapicera, guardados en el cajón de la mesa de luz. Lo hice dispuesto a comenzar con mi tesina, siempre en la camita, siempre con fiebre alta sobre la piel. Sentía que los tiempos se acortaban aceleradamente y que el lugar me iba absorbiendo ¿o quizá un término más acertado sería maniatando? Dejé esa duda para otro momento más favorable y me limité a llenar de tinta las hojas en blanco del anotador con una serie de interrogantes ordenadas sistemáticamente para facilitar así sus ulteriores respuestas. ¿Resultaría muy complejo encontrarlas?, me pregunté cabizbajo, invadido de repente por un aire envolvente de triste pesimismo. ¡Es sólo cuestión de probarlo, carajo!, me dije al cabo de un instante, enclavando un puño en lo más fofo de la almohada de cabecera para darme ánimo. Luego de sobreponerme a esa breve interposición de sensaciones antagónicas, comencé resoluto:


Puntos principales a develar (sujetos a modificaciones, en la medida que la acumulación empírica así me lo sugiriera):

Punto Uno: ¿Por qué durante el transcurso de ese estado que se denomina comúnmente como primer enamoramiento, este estado va a culminar del peor modo posible, con la muerte de una de sus partes? (Siempre teniendo como marco de acción al pueblo de mamá).

Subuno A: ¿Cuál es el factor que propicia que sea el hombre quien se quite la vida y la mujer quien lo llore? (Constatar los casos).

Subuno B: ¿Puede darse este fenómeno bajo una relación de tipo homosexual? (Buscar data y corroborar. Tomar los recaudos suficientes en caso de acudir nuevamente a la heladería).

Punto Dos: ¿Este estado de enamoramiento se manifiesta solamente una vez en la vida? ¿Hay algún límite de edad para poder transcurrir por el mismo? (Pensé en mamá y me acurruqué severamente bajo la colcha).


Temblé unos minutos por una seguidilla de chuchos de frío. Volví a releer la carta de mamá. La estrujé en mi mano con vigor. La arrojé contra una pared testigo. Pegó con fuerza y rebotó hasta el medio de la habitación. Quedé estupefacto al ver la parábola emprendida tras el impacto. Me arrastré por el piso hasta la carta de mamá, que ya era un bollo. Llegué envuelto en sudor. La estiré todo lo que pude con ambas manos. Desarrugándola lo más posible, finalmente opté por resguardarla en el cajón superior de la mesita de luz. Recién ahí pude apuntalar el pulso y entonces continué con los puntos principales a develar, iba por el número dos, no, por el tres:


Punto Tres: ¿La noche es el momento más proclive para que tome cuerpo el suicidio del hombre? ¿La madrugada el más confluyente para el llanto de su amada? (Seguir constatando casos).

Punto Cuatro: ¿Qué rasgos distintivos podría tener este pueblo para convalidar dicho fenómeno? (Buscar factores tanto geográficos como en su defecto, sociales).


Marqué de modo mental a este último punto como el más trascendente, como el que atravesaba a raja tabla por toda la investigación. Pero a su vez no dejé de señalar que sería el más improbable de demostrar por varias razones que no pude obviar como tampoco esto: un gesto adusto se me fue trepando a la cara. Lo ignoré con cierta dificultad hasta hacerlo caer.

Una vez releído pausadamente el comienzo del informe, lo apoyé contra mi pecho caliente y lo abracé con suficiente fuerza hasta quedarme dormido por completo. Poco antes de ingresar al sueño fui consciente que me encontraba acurrucado a una esperanza de naturaleza franca, sincera, del orden de lo trascendente.

Al cabo de un par de horas de descanso, o puede que más, recobré la verticalidad de mi cuerpo con renovadas energías. La fiebre a esa altura de la mañana, casi llegando al mediodía, daba la impresión de haber desaparecido. Escuché que había ruidos en la cocina y fui a su encuentro. Me detuve de frente a Tía Loló que picaba finito el perejil en la mesada, para luego echarlo con su mano en la olla grande. Al verme ahí parado señaló: “Ésta que estoy usando se la compré a tu padre, está un poco abollada pero aguantó un montón de años. No exageró en nada cuando dijo que estaba hecha de noble material. ¡Cuánto talento tenía para convencer con la palabra! Tuviste a quien salir, Carlitos”. Le correspondí no muy convencido con un rápido movimiento de cabeza y la llevé al lugar por el cual había ido a buscarla: “¡Quiero recorrer el pueblo de palmo a palmo! ¡Quiero ver el lugar del hecho! ¡Quiero mezclarme con sus habitantes para empaparme de datos! ¿Quiere venir?” Noté como una contundente euforia se fue incubando, a medida que le hablaba, en la parte superior de mi cuerpo; que pretendía ser ubicua.

Tía Loló se decidió de inmediato por la negativa. Me comunicó que tenía mucha tarea por hacer en la casa pero que me entregaba de cuerpo entero a Clarita como guía acompañante. ‘¿Servirá?’, pregunté para mis adentros con indisimulada desconfianza.

La fue a buscar sin rodeos por el fondo de la casa. Al principio Clarita parecía rehusarse a venir conmigo. No hacía caso. Meneaba la cabeza y emitía alaridos desconcertantes. Esa situación duró hasta que, con sus brazos grandotes, la sentó de prepo en una silla. Mientras le colocaba el calzado, Tía Loló maldecía: “Si será de Dios, siempre que puede anda en patas. En cualquier día de estos se va a agarrar una pulmonía por chupar frío de abajo o una infección de tétanos si pisa un clavo oxidado del gallinero y ahí no va a haber doctor en el mundo que la salve”.

Quedó Clarita del lado externo de la puerta de calle mientras yo terminaba de buscar mis anotaciones y un abrigo anaranjado de Roberto (eran todos mas bien coloridos). Antes de abandonar la casa, Tía Loló se acercó hasta mí con un paquete envuelto prolijamente en papel madera y atado con un piolín. Me comunicó que ahí adentro había sanguches de salame y queso para afrontar la hora del almuerzo. Estaba como siempre en todos los detalles y se lo agradecí una vez más. Le di un fuerte abrazo y la besé en uno de sus cachetes generosos; olía toda a perejil.

Finalizada la emotiva despedida con Tía Loló guardé cuidadosamente el paquete de sanguches en la mochila, acomodé el cuello del saco y salí por entero de la casa. Al verla gateando alegremente sobre la vereda la llamé por su nombre; acudió enseguida a mi lado. Emprendimos la marcha, al principio dudé pero luego ya sin ninguna duda, calle abajo hacia la laguna.
















XII- Al monte con Clarita.




A poco de comenzar la caminata junto a Clarita, pude advertir que lo hacía con el torso un tanto encorvado y con los brazos colgando de tal manera que parecían rozar el piso. Aproveché su proximidad para ver si en una de esas sabía algo del asunto. En voz baja, serena, le pregunté así: “¿Clarita, quisiera saber que piensas vos acerca de las vicisitudes del amor en este paraje tan encantador como sórdido a la hora de llevarlo a cabo?” Clarita frenó la marcha como insinuando una pronta respuesta; se hurgó la nariz con el dedo anular, luego entornó los ojos aun más de lo habitual y al instante comenzó a vociferar con un tono teñido de talante gutural: “Amooooooooooooooooooooooooooorrr, amoooooooooooooorrr”. De repente hizo una pausa brusca para poder estornudar bien a boca abierta. Su saliva flemática y brillosa se asomó por fuera de los labios para continuar enseguida con mucho mayor ahínco: “Amooooooooooooooooooooooooorrr”. La sujeté del hombro que tenía más a mano y se lo comencé a sacudir repetidas veces para conseguir que se sosegara un poco. Comprendí que en efecto, no resultarían de gran ayuda para mi investigación las opiniones que de aquí en más pudiera llegar a vertir Clarita.

Una vez parados frente al extenso espejo de agua, sin preguntar si lo deseaba o estaba de acuerdo, me tomó de la mano con una firmeza avasalladora. A partir de ese momento fui llevado a la rastra por la orilla durante varios metros hasta donde daba inicio un sendero poco marcado que conducía hacia un pequeño monte ubicado, de modo lindante a la laguna. No me dio tiempo a nada, siquiera a decir esta boca es mía. Al pie del monte pasamos por el costado de un monolito blanco o tal vez se tratara del medidor de luz del camping municipal que estaba ahí cerca. Reparé que sobre una de las caras de dicho monolito existía la siguiente inscripción, dentro de una silueta en forma acorazonada: «M y R». Parecía haber sido hecha a trazo de negro carbón. No pude verificar si había alguna cosa más escrita ya que me encontraba todavía bajo las férreas garras de Clarita que parecía tener como objetivo inminente, el ascenso.

Me dejé llevar porque intuí en la posibilidad de encontrar algo altamente positivo para mis propósitos. Caminaba tan de prisa que por momentos arrastraba toda mi humanidad como si se tratase de un leve despojo. Sin dudas tenía una fuerza poco común en su género. Cada tanto podía oír unos extraños rugidos provocados por ¿sus cuerdas vocales? que daban la impresión de alentarme a continuar la marcha. Reconozco que en varias ocasiones intenté detenerla con lasitud, con lo cual no tuve éxito. Era un sendero sumamente accidentado que de a tramos se tornaba más estrecho y sinuoso. En su embestida arremetió, sin que pareciera importarle, contra ramas y arbustos pinchudos que se le interponían en el camino. De ese modo me allanaba el camino. No alcancé a oírle ni un sólo quejido. Tenía una decidida enjundia que daba la sensación de esconder algo de dominio sobrenatural, que escapaba a toda conjetura que pretendiera ser racional.

Por fin nos detuvimos en algún punto del monte. Mi aptitud física nunca fue óptima, por lo tanto comencé a sufrir las consecuencias con una agitada respiración y con algún resabio de fiebre. Si bien ruda, Clarita resultó ser una guía muy eficaz. Desde ahí se podía contemplar la superficie total de la laguna y más allá, situadas en lontananza, a las últimas casitas del poblado. Era como una suerte de mirador desde donde podría sacarse aquella fotografía más lograda del álbum.

Todavía extasiado con el lozano paisaje, implacable, me senté sobre una piedra. Estaba abatido. Dejé caer la mochila al suelo. Clarita se puso a inspeccionar por los alrededores. El sol se posaba débil arriba de nuestras cabezas, señal indicadora de las horas del mediodía. Apurando el almuerzo, quité el envoltorio al paquete que me había preparado Tía Loló. Con el piolín en la mano me puse a contar: ¡Eran catorce sanguchitos con feta al medio de queso fresco y salame de Milán, en pan del tipo miñoncitos! La vista de la llanura pampeana desde esa altura resultaba impactante, parecía no conocer de límites. Contenía una perfección absoluta que de inmediato se esfumaba al pensar lo que acontecía cuando los habitantes del pueblo se enamoraban. Encerrado en mis numerosas cavilaciones perdí de vista a Clarita. Se me abrió el apetito de par en par e, improvisando una mesa en aquella piedra, comencé a hacer uso de los sanguchitos de salame y queso. ¡Les había puesto abundante mayonesa! Cada tanto la llamaba por su nombre para que viniese a comer conmigo. Probé también empleando los recursos del chiflido primero, del chistido luego, pero no dio ningún tipo de señal de vida. Entretanto, seguí comiendo los poderosos sanguchitos afincado en esa improvisada mesa de piedra hasta saciarme.

En lo alto, arrimándose a una nube, una bandada de pájaros grises sobrevoló la laguna con lentos movimientos. Puede que fuera ilusión óptica o el arrecio del viento, pero me pareció verlos detenidos durante un trecho del recorrido, dando la impresión de estar petrificados en el aire, estáticos, como si el paso del tiempo en ese bucólico paraje se hubiese frenado para siempre.

Un ruido poco común me hizo olvidar los pétreos pájaros fijados en el cielo. Di media vuelta movido por uno de esos reflejos dominantes. Me salpiqué de asombro al ver a Clarita descalza, con las rodillas peladas apoyadas pesadamente contra la tierra, comiendo plantas y pasto. Sus filosas manos arrancaban de cuajo las matas de tierno pasto y sin más, se las llevaba a sus fauces abiertas. Entonces escupía las raíces tierrosas y volvía a repetir la operación. ¿Se estará purgando?, pensé esperanzado en encontrarle un sentido a lo que estaba viendo a pocos metros de distancia. Su vestido a cuadros se hallaba levemente desacomodado, lo que me permitió observar como una bombachita rosa se estiraba en la abundancia de sus nalgas y se constreñía abruptamente en el punto de unión de las piernas. Allí mismo tuve una sensación que pocas veces había experimentado, teniendo en cuenta que mi ritmo de vida se articulaba según los tiempos del estudio, ahorrando todas las energías posibles para cumplir con dicho objetivo, ayudado siempre por mamá para que así fuera.

Lo cierto es que comencé a agitarme, enraizando un agudo cosquilleo cercano al ombligo, sin dejar de observarla en momento alguno. Comprendí que se me había ido despertando a los saltos, la lechosa lascivia durmiente contenida dentro de mi cuerpo. Sin mediar palabras alusivas, incitado por completo, me abalancé y me le aferré por detrás. Con gran dificultad giré la cabeza y de costado logré sonsacarle hilos de pasto de su boca. Mastiqué yo también sin asco. De pronto Clarita realizó un medio giro en un ágil movimiento que nos dejó posicionados frente a frente, facilitando que le extrajera, ayudado con la lengua, labio y saliva; su bolo vegetal por completo. Mientras tanto seguía agarrando con sus manos de tenaza lo que podía del suelo para llevárselo de prepo, sin contemplación alguna, a su boca golosa. Lo hacía sin parar, diría sin temor a equivocarme, como enceguecida.

En el instante en que noté que su boca estaba llena por completo, fui a hacer lo mío una vez más. No pude, pues sentí de inmediato su prensil mano hurgando con fuerza en mi bragueta, intentando liberar a mi pichón de su jaulita. Acorde al momento vivido, inexorable, me preparé para comenzar mi actuación. Primero le corrí suavemente el vestido (ahí fue cuando noté con asombro que su bombacha rosa ya no estaba en su lugar de origen); pero tampoco pude cumplimentar esto otro ya que de repente se me abalanzó de espaldas y comenzó a penetrarse ella misma a ritmo frenesí. Sus manos lo apretaron de tal manera (¡sentí verdadero pánico!), que me vi obligado a seguir su ritmo con las caderas para evitar que lo desplumase de cuajo. Cada tanto giraba la cabeza arrítmicamente hacia ambos costados, permitiendo que alcanzara a ver su cara encendida en un prolongado soplo placentero. Los ojos ya habían perdido por completo su eje orbital y de la nariz para abajo continuaba derramando densas babas enteras compuestas principalmente de tierra y pasto. Yo también masticaba sin cesar, con suelta avidez y, ajeno de reparos, le escupí por fin mi bolo verdín en todo su ser.

Nos quedamos acostados en el suelo, rendidos y satisfechos luego de tanto y tanto masticar. De imprevisto, una voz de tinte aguarrentoso nos sacudió con violencia del ensueño. Me coloqué inmediatamente de pie mientras que Clarita siguió haciendo lo suyo arrodillada en el suelo. “Se encuentran pisando propiedad privada de Don Pereira. Su presencia perturba mi caza y no cazo. Su presencia asusta mis pensamientos y no pienso”. Desde un recodo elevado del monte, con voz grave y un tanto pausada, se había pronunciado un hombre algo encorvado, de aspecto flaco y con una sobresaliente barba canosa. Su cuerpo aun mantenía el rebote de los últimos reflejos del sol, que ya comenzaba el descenso irrefrenable.

Su larga y fría escopeta miraba ciegamente hacia abajo, lo que nos permitió una calma retirada. Tuve que llevar a la rastra a Clarita que pretendía, haciendo caso omiso a la advertencia, continuar jocunda entre las finas hierbas. Sólo me di vuelta para ver si encontraba la bombachita rosa, no tuve éxito. Al poco tiempo tendría noticias.










XIII- La noticia más atroz.




Apenas nos adentramos en la casa, Tía Loló nos salió al cruce de la puerta cargada de nervios. La galería comedor se hallaba en penumbras, lo que acentuó la gravedad de la escena. Miró detenidamente el vestido de Clarita que estaba claro, sucio en todas las gamas posibles del marrón y del verde. La mandó para su cuarto insertándole un veloz puntapié en medio del trasero. Clarita obedeció sin chistar, perdiéndose enseguida en su habitación que era la menos alejada de la puerta de calle, la más chica en cuestión de tamaños y la única de todas que tenía ventana. La situación se presentaba complicada, había llegado demasiado lejos y había sido descubierto. Pensé lo peor y busqué rápidas explicaciones para brindarle a Tía Loló. Había traicionado su confianza y debía repararlo cuanto antes. Estaba en eso cuando de pronto, cuando ya estaba entretejiendo la coartada, una cachetada inesperada salió humeando incandescente por su boca:

Tu madre, tu madre hoy mismo llegó al pueblo”. ¿Pero? ¿Cómo? ¿Dónde? Me alarmé y mis palabras comenzaron a salir como unas torpes preguntas de filo corto. “La mataron”. ¿Pero? ¿Cómo?. “La estaban esperando”. ¿Pero? ¿Dónde? “Cerca de la estación”. ¿Pero? ¿Cómo? “Con un cuchillo de repostería”. ¿Pero? ¿Dónde? “Clavado en medio del corazón”. ¿Pero? ¿Cómo? “Tres veces con saña”. ¿Quién? “Ana María, la panadera”.

Debí recuperarme de un desmayo que me sentó en la silla allegada a la máquina de coser por unos minutos de pesadez extrema. Fui obligado a tomar el té de tilo que me preparó Tía Loló. Con su devota compañía fui a reconocer el cuerpo que ya había sido depositado en una dependencia fría y obscura de la comisaría del pueblo. Hubo que firmar algunos papeles de rigor. Sí, desgraciadamente se trataba de mamita, no cabía ninguna duda. No había nada que hacerle, no había solución posible a aquel desenlace; el peor de todos. Recostada en una helada cama de lata tenía encajado en la cara ese rictus que no perdía ni en los momentos en que se encontraba durmiendo. Reviví uno de esos juegos que me inventaba de niño, cuando solía espiarla durante largas horas de la noche para ver si descubría algo extraño en su rostro, con la tremenda ilusión de hallar alguna transformación reveladora. Esa espera, agachado junto a su cama, me resultaba fascinante. Bien distinto a esta realidad.

Al acercarme hasta su cuerpo tendido para darle el último beso de despedida no me costó ningún esfuerzo adivinar como emanaba de su boca apenas abierta, aquel grosero aliento a whisky que siempre la acompañaba. De pronto se me precipitó la impresión de que mamá reía, dejando ver su poderosa dentadura postiza que utilizaba a causa de la descalcificación que sufrió cuando quedó embarazada de mí. En incontables ocasiones me recordaba: “Para que vos seas un niño sano y fuerte tuve que perder todos mis dientes”. Luego, más desencajada, continuaba: “Y mira bien como me quedaron las tetas por el piso”. Ahí mismo, cuando se levantaba la blusa para mostrarme (no usaba corpiño), como un trompo sin cuerda le daba la espalda a la suya desnuda y salía corriendo hacia la calle. Lo hacía con el cuerpo tembloroso, rumbo a ningún destino concreto, al amparo exiguo de una ciudad nocturna. Antes de poner un pie en la escalera ya alcanzaba a escuchar la botella de whisky que se iba estrellando detrás mío, contra la puerta aglomerada del departamento. Ese recuerdo originó una serie de intensos mareos y me apoyé de lleno en una silla del despacho por no caerme. Tía Loló se mantuvo parada a mi lado y al ver en la conmoción que me sumía apoyó su mano, más caliente que nunca, en mi hombro todavía tembloroso.

Cuando lo tuve de frente, escritorio mediante, el Comisario se acarició con suavidad su pomposo bigote y llevando el tono de voz a un punto diáfano, se puso en ese instante a mi entera disposición. Luego, para mitigar mi dolor, como un bucéfalo desatino, me utilizó como confidente de los propios recuerdos de su infancia. Llegó a ser capaz de contarme como, siendo un niño, su madre lo marcó con el cinto cuando se enteró que había robado unas frutas de la quinta de un vecino y que a partir de entonces fue como decidió colocarse siempre del lado riguroso de la ley, sólo para conservar el amor de su amada madre. A punto estuvo de llorar cuando aseveró que había cumplimentado con el objetivo dispuesto y que su madre, al soplar las velitas de su cumpleaños ochenta y cinco, le dijo que se sentía muy orgullosa de él. Presentada la ocasión, lo dejé hablando en solitario y me retiré decidido por una de las puertas traseras de la comisaría.

Era una noche cerrada, apestada de neblina densa, brumosa. Las calles ya estaban desiertas cuando volvimos caminando en pletórico silencio con Tía Loló. Como en un tácito acuerdo, guardamos las palabras para otro momento más oportuno. De todos modos intentar hablar hubiera sido inútil, tenía la lengua sedimentada. Al llegar a la casa me fui a encerrar directamente en mi habitación y renuncié indeclinablemente a la cena; tenía muy ahíto el estómago. Para comer había buñuelos rellenos de jamón serrano salteados en aceite de oliva y croquetas con queso parmesano derretido todo alrededor; no me importó nada y sin probar bocado seguí sufriendo inapetente, encerrado en lo más ensombrecido de mi habitación. ¿Acaso lloré? No pude, no al menos con lágrimas.

A media noche escuché los pasos desenfrenados de Clarita en la galería comedor. Iba y venía a diestra y siniestra. La oí gritar a voz alzada cosas indescifrables mientras se mandaba unas corridas infernales. También canturreaba canciones que tenían el aspecto de villancicos. Esperé el reto oportuno de Tía Loló que nunca llegó. Quizá se había ido a dormir, destruida por la pérdida de dos familiares tan cercanos en menos de una semana. La imaginé recostada en su cama, sin fuerzas para nada. Yo tampoco las tenía, quedando ambos anulados, inhábiles de ponerle un freno a aquella criatura que no cesaba de manifestar su conducta más innata, dando rienda suelta a movimientos improvisados y espontáneos, libres de cualquier reprimenda.

Esa noche no hubo nada de lectura, ni siquiera el deseo de seguir leyendo algo más de ese poeta limeño pudo hacerme abandonar el estado de total abatimiento en que me encontraba. Por la madrugada, no sé si había logrado dormir algo o fue todo vigilia, estiré la mano hacia mi mochila para agarrar el anotador con espirales y la lapicera. Una frase se había depositado en mi mente y debía darle cauce para que no reventara dentro mío, la anoté con letra bien grande, ocupando toda la hoja: «Mamita te amo».

Cuando volví a guardar el cuaderno dentro de la mochila palpé algo blandengue en uno de los bolsillos interiores: ¡Todavía quedaban dos sanguchitos de salame y queso! Los comí inmoderadamente de un sólo bocado que pareció letal, como efecto de un balazo. Del alivio que experimenté al escribir la frase y al comer los sanguchitos, pronto pasé a sentir una molestia persistente a causa de un pinchazo punzante en el pecho. Por ello es que no sería capaz de dar una explicación adecuada, veraz, acerca de la manera en que finalmente logré sumergirme en el sueño profundo, que tanto andaba necesitando.





























XIV- Visita a Manuela.




Basta ya de estúpidas dilaciones’ fue sin buscarlo en forma consciente, el pensamiento repetido que predominó en mi mente durante el último tramo del sueño. Al despertar me encontré inmerso en la mañana de mayor dolor, sabiendo con brutal certeza que ya no contaría con mi madre nunca más, que la había perdido para siempre y que me quedaba solito en el mundo, a la deriva emocional. Apenas logré apoyar un pie en el piso, en el mundo, se apoderó de mí una gran energía contenida, como si el dolor acumulado durante toda la noche se hubiera transformado pródigamente en materia activa o fuerza viva.

Dominado por muy ardidos sentimientos encontrados, tan subyugantes como contradictorios, le fui a comunicar a Tía Loló, mientras me cebaba un matecito que fue de gran ayuda para desterrar la sequedad dolorosa, la decidida intención de ir de una vez por todas hasta el fondo del asunto; creo que le dije hasta el corazón del mismo. Alcanzar la verdad también le dije y permitirle a tantas víctimas, ahora habría que sumar en la lista también el nombre de mamá, un descanso bien merecido y con la paz que otorga la justicia ¿o le dije la certeza divina? Ya lo recuerdo perfectamente; le dije con exactitud: “con la suma paz que otorga la justicia sostenida por la fuerza divina de la verdad”, así fue.

Para lograrlo debía precipitar el estado de los hechos, pero sin apelar al movimiento ciego que dirige una mente menos atenuada que eufórica. En primer lugar me dirigiría hasta lo de esa enigmática joven Manuela a interrogarla de pies a cabeza. Tía Loló, atenta a mis palabras, hizo hincapié acerca de su impedimento físico. No había reparado en ello, así que procuré tomar las precauciones del caso. Luego le gritó a Clarita para que me acompañara: “Así toma un poco de aire m´hija y de paso me deja de hinchar un poquitito los quinotos”. Como Clarita no respondía a la invitación, la fuimos a buscar por el fondo de la casa. La encontramos en el patio, a sus anchas, comiendo unos manojos de tiernos helechos del tipo más común. A un costado, al margen de todo, la tortuga dormía su inocente invernada sobre un rincón.

La casa de Manuela Costa Alvear quedaba de camino a la laguna, en lo que parecía una de las zonas más opulentas del pueblo. Solícito, al llegar le indiqué a Clarita con el dedo índice en posición para que siguiera derechito hacia la laguna y, con toda la mano levantada, que me esperase allí. Quedé rascando la duda de si me había comprendido al verla inmóvil sobre una baldosa. “¡Ahora!”, le grité con vigor y recién entonces la vi dirigirse yendo calle abajo hacia la laguna hasta perderse en el declive del terreno.

Contemplativo, me detuve frente a la casa un buen rato. Su arquitectura tenía un estilo propio de las cabañas que adornaban los cuentos infantiles tradicionales. Estaba construida con troncos de noble madera, celosamente cepillados y barnizados con varias capas consecutivas que le daban un brillo enceguecedor. Los troncos se hallaban ubicados en forma horizontal pero en los vértices se intercalaban entre sí para darle la firmeza necesaria a la estructura. Al colocar la vista a través de una de las ventanas pude notar que había movimientos de personas dentro de la casa. Juntando suficiente coraje oprimí el timbre dos veces consecutivas. El timbre consistía en la nariz de un oso dibujado sobre un colorido tablero calado. En un acaecido lapso de dubitación, tuve cierto temor a que esa muchacha Manuela Costa Alvear no estuviera muy predispuesta a colaborar. A la brevedad abrieron la puerta para darme paso. Con forzado dinamismo, para ocultar todo signo de debilidad, subí los tres pequeños escalones también cepillados y barnizados en gruesas capas. Otra alternativa hubiera sido hacerlo por una rampa que se encontraba paralela a aquellos escalones; no me sedujo la idea. Lo verdaderamente significativo fue que había logrado poner por fin, mis pies dentro de la casa. Su madre resultó ser quien me había recibido y quien detentando una sonrisa servil, marcadamente fingida, me condujo hasta el dormitorio de Manuela.

La encontré leyendo apaciblemente recostada en su cama. Cuando notó que ingresaba, de un manotazo lanzó el libro sobre la silla de ruedas, que parecía más una mesita de luz de lo que realmente era. Eché un vistazo general y me pareció repentinamente haber ingresado al cuarto de una princesa habitante de otra época. Era amplio, de gran luminosidad y mantenía un armonioso criterio en la distribución de los muebles. La cama por ejemplo, pintada de un rosa pastel, hacía juego con una especie de tocador que llevaba unido un espejo ovalado. De otras partes sobresalían, en ese mismo color rosa pastel, un armario que se inflaba hacia el centro y un aparador cargado de cajones provistos con manijas curvilíneas. Podría decirse que predominaba en el mobiliario un estilo provenzal. Encima del tocador se encolumnaban frascos con perfumes o lociones, anchos potes de crema, peines, broches, cepillos y otros artículos afines a la belleza femenina. Un cajoncito a medio cerrar dejaba asomar un collar perlado que reclamaba fiesta. Simpáticos ositos de peluche, ángeles colgados de las paredes y cuadros cargados de fantasías alegóricas eran también parte de la decoración, siempre con prominencia del color rosa pastel. Se podía percibir en el ambiente, como un halo envolvente, una sensación de orden y limpieza de carácter inmaculado.

La madre gentil, me libró enseguida de su presencia, aunque tuve una grave sospecha: que se había quedado escuchando del otro lado de la puerta. Pero lo que más me sorprendió de todo fueron las primeras palabras de Manuela Costa Alvear dirigidas hacia mí. Reclinó su cuerpo contra un almohadón relleno en finísimas plumas, trenzó sus delicadas manos y tan serenamente, con voz abemolada, alcanzó a pronunciar:

Sabía que vendría a verme en este momento o quizá un poco más adelante.

¿Por qué? —Pregunté desconcertado ante esa misteriosa aseveración.

A decir verdad no lo sé muy bien, pero puede que sea por la forma en como me miró aquella noche en que velamos a mi amado Robert.

¿Y cómo fue acaso que la miré? —Mi desconcierto iba en aumento y tuve la férrea tentación de salir corriendo inmediatamente de ese cuarto, de esa casa.

Tal vez como un niño en situación de abandono y hace muy poquito acabo de enterarme acerca de la muerte de su madre. Lo lamento de veras, cuente conmigo para lo que necesite.

Me quedé en silencio unos largos segundos para mostrarme impresionado ante esa asociación de dos elementos ciertamente valederos. No hice efectiva la tentación de la huida y ya más cómodo, sentado al pie de la cama, continué urgido por lo que había ido a buscar:

Es un bello día señorita Manuela, ¿qué hace tirada en este camastro? —Con esa pregunta pretendí movilizarla de inmediato y empezar así un inteligente plan para acercarme a ella, a lo que sabía de la tragedia que sucedía en el pueblo. Por primera vez logré mirarla con plenitud a los ojos y fue ahí cuando descubrí colgada en la pared, apenas encima del respaldo de la cama, una fotografía en color sepia enmarcada con forma oval. Se trataba del retrato de un hombre con elegante apariencia. Usaba traje claro, sombrero y era dueño de unos sesenta años que se podían vislumbrar en las arrugas que le recorrían la cara. No podré olvidar nunca la expresión que tenía su mirada. Parecía dar una clara impresión de estar ubicado frente al vacío más abismal, con los ojos bien abiertos, manifestando el grávido horror de quien se vería obligado a tirarse en contra de su propia determinación. En cuanto pude notar que Manuela había quedado ensimismada, bellamente silenciosa, se me deslizó la posibilidad de que iba a escamotear su respuesta; nada de eso sucedió:

Le voy a ser franca, caballero, no salgo de mi casa desde el día del entierro de mi Robert, es que sin él todo se me ha hecho tan cuesta arriba. —Sobre el final su voz pareció quebrarse en dos o tres.

Lo siento, no fue mi intención hacerla recordar. —Tuve que retroceder unos pasos para que no se me espantara.

Es que son recuerdos tan recientes que todavía se encuentran calentitos. —Pronunció con una singular dulzura que me hizo trastabillar mentalmente.

Ya lo creo, ya lo creo que si. De todas formas quisiera que un día de estos me acompañara hasta la laguna y allí mantener un diálogo sincero con usted para comprender algunas cosas con respecto a mi primo Roberto, mi madre recién muerta y este pueblo tan poco saludable a la hora de desarrollar libremente el amor. —Acometí sin más, recuperando a tiempo el equilibrio.

¿Qué misterioso que es usted, Carlos? ¿Ese es su verdadero nombre, no? —Inquirió mirándome de lleno a los ojos. Los suyos eran de un celeste alborotador.

No y sí, señorita Manuela. No soy nada misterioso, lo misterioso es este pueblo tan maldito que me dejó huérfano y sí, Carlos me llamo aunque mamá me decía cariñosamente Carlitos. No sabe como extraño su timbre de voz, su mirada temblorosa, su… —No pude continuar con la explicación porque de mis torpes ojos brotaron imprevistamente gordas lágrimas—. Discúlpeme. —Atiné a decir con una voz que sonó cavernosa, mientras seguía sosteniendo con fuerza el taco de la nariz para evitar que el chorreo continuara.

Comprendo su dolor, llore hombre, llore que le va a hacer muy bien. —Por suerte el lagrimal ya se había secado un poco—. Y haga el favor de pasarme a buscar mañana por la tardecita. Ojalá pueda serle de ayuda en algo, es lo que más deseo, de todo corazón le digo. Antes de retirarse podría ser tan amable de alcanzarme aquel libro de la biblioteca. ¡No!, ese no, justo el que se encuentra al lado. —Se trataba de otra novela de amor. La entregué a Manuela en mano antes salir de aquella habitación fresca y ascética, cuando volví a ver la fotografía del marco oval colgada en la pared. Señalando en forma certera, casi tocando el cóncavo vidrio protector, pregunté:

¿Quién es el hombre qué aparece en la fotografía?

Manuela hizo un alto en la lectura del libro que acababa de acercarle y mecánicamente respondió:

Mi padre, esa fotografía le fue tomada un día antes de su muerte, es por ello tiene un gran valor sentimental para mí.

Me imagino, me imagino. —Correspondí por duplicado y cerré la puerta lentamente hasta que hizo cloack. Luego me despedí de la madre, a quien descubrí en el living comedor detentando su sonrisa servil, marcadamente fingida. Llevaba una sugestiva franela en la mano y simulaba limpiar con empeño los muebles que tenían un estilo moderno, bien distinto a los del cuarto de Manuela que eran más bien provenzal, ¿o se dice barroco? Su actitud un tanto nerviosa y tan activamente distraída me hizo corroborar lo que suponía: que en efecto se había quedado del otro lado de la puerta oyendo toda la conversación que había mantenido con la hija. Sin hacerle notar lo molesto que me ponían ese tipo de inconductas, me retiré de aquella cálida casa de madera diseñada tal vez, por algún encantador enanito de bosque.

Continué la caminata por esa misma calle que más abajo moría en la laguna. Imposible me fue ocultar una flotante alegría que se había instalado dentro, producto que al día siguiente iba a acercarme un poco más a la verdad con la ayuda de esa muchacha que se había mostrado tan poco renuente a colaborar, bien distinto a como me lo había imaginado de ante mano.

Durante todo el trayecto no pude desprenderme del enseguida recuerdo de Manuela Costa Alvear, de su postrada hermosura. Poco antes, recostada en la cama, nadie en el mundo hubiera imaginado que se encontraba imposibilitada de mover las extremidades inferiores. ¿Qué me producía pensarla de ese modo? Reviví como me conmovió la primera vez que la vi en la silla de ruedas y sentí un alivio estremecedor. Su mirada me confundía. No era extraño que mi primo Roberto se hubiese enamorado de ella, pensé sin detener la caminata cuando a lo lejos, ya se comenzaba a divisar la gran masa de agua marrón.






















XV- Arroz con leche.




La busqué por lo bajo, rastrillando con los ojos el crecido pastizal que acontecía en las inmediaciones de la laguna y no lo noté devorado. Decidí cambiar de ubicación y me acerqué más a la orilla; entonces la descubrí. Quedé palpitante al ver su cuerpo desnudo nadando en esa fría agua marronada. Se zambullía con una destreza tal, generando la inevitable asociación que iba en línea recta hacia una simbiosis estaqueada en las características más análogas de los animales marinos. La impresión fue creciendo sobremanera, ¡y vaya de que modo!, al observar la singular forma en que sus ubérrimos pechos congelados saltaban fibrosos al compás del resto de su cuerpo. Al verme realizó un tremendo sobresalto en el agua y, con intempestivos trancos, salió como un torbellino abrasivo hacia mi encuentro. Erguida frente a mí, elevó los brazos para intentar tocarme la cara. Asomaron abundantes vellos de sus axilas que la tornaron aun más silvestre. La empujé abruptamente para evitar semejante contacto. De todos modos puso una de sus manos en mi rostro; estaba congelada.

Sacrificando el saco, la ayudé a secarse; enferma no me servía. Esa bella impresión que tuve al verla nadando se había desvanecido en cuestión de segundos al tenerla tan cerca, con su gran cara redonda habitada por dos ojos saltones, como burbujas a punto de reventar; aunque el ojo izquierdo lo tenía ligeramente encogido, algo imperceptible si se la miraba más de lejos. Su lengua movediza, siempre a la vista, llevaba la rugosa viscosidad de un ofidio. Con algo de curiosidad y de asco me atreví a fijar la vista y ver como mantenía un constante halo de densa baba caliente alrededor de la boca. Boca que en su interior alojaba generosa, a dos grandes aftas que se asomaban tremebundas. Aftas que contenían una condensación inequívoca de piorrea entre blanquecina y amarillenta. En todo ese período de tiempo en que procuré contemplarla, Clarita no había cesado ni de temblar con brusquedad, ni de lamerme antojadizamente el rostro y la parte al descubierto de mi cuello.

Mientras le iba alcanzando la ropa, que había sido arrojada de manera vehemente contra un pequeño arbusto conífero, pude apreciar que su bombacha era de color amarillo y eso me hizo recordar la intrigante ausencia de aquella bombachita rosa perdida la otra tarde. ‘A lo mejor en el monte hallase la respuesta’, me dije, denotando un inesperado optimismo que trepó hasta mi cabeza, se instaló en mis ojos y logró dibujar una sonrisa casi imperceptible.

Esta vez fui yo quien tomó la delantera por el sendero que ascendía al monte, aun a riesgo de parecer despótico. Esta vez quería demostrar quien estibaba el comando de la situación. Arranqué decidido, a la carrera march. Dicho posicionamiento fue sólo momentáneo, porque a no mucho de emprender la ascensión el sendero pareció bifurcarse y ello generó una seria duda, paralizándome por completo. Di media vuelta para solicitar su ayuda. No venía detrás mío. Me inquieté. Inicié su búsqueda. A pocos metros, acuclillada como una rana, la hallé. Lejos de reparo alguno, eyectó con despreocupación un trozo de excremento. Ahuyenté la vista de aquel foco y esperé a que concluyera. Ya había comprendido que necesitaba de los conocimientos de Clarita y tras ella me dejé conducir de nuevo, mansamente. Higiénica, al concluir sus necesidades, se había limpiado con una hojas secas.

En cuanto llegamos al magnífico mirador no oficializado, donde ya habíamos estado el día anterior, me senté sobre el tronco de un árbol caído para tener mejor perspectiva de su accionar. Se agachó de inmediato, sacó más afuera su lengua, lamió unos helechos y con suma voracidad comenzó a arrancarlos de la tierra con sus dientes propensos. Sólo desvié la mirada para buscar aquella prenda que habíamos olvidado la otra tarde; a simple vista no se la localizaba. Era muy probable que los fuertes vientos de la zona la hubieran arrojado por el monte, quien sabe donde. El pensamiento realizó un salto mortal y comencé a pensar en la dolorosa ausencia de mamá, lo que sería mi vida sin ella… Un intervalo inesperado se presentó con una presunción siniestra: ¿Y si yo era el mayor culpable de su muerte a causa de mi deliberada desobediencia? Me sentí imputado del delito más leso. Rodeado de un calor frío estuve a punto de… cuando sin aviso previo se me ubicó encima, cara a cara. Me miró con ojos guarangos y en su boca se esgrimió una risita depravada, intolerable.

Para deshacerme de ella intenté echarla al piso extendiendo los brazos con vigor de hombre. Con sus cortas pero poderosas piernas ya me había atenazado. Sin darme tiempo a reclamo alguno, aquella tozuda criatura me introdujo su verde lengua en mi extrañada boca, como portadora de sabia sustancia vegetal. En esta ocasión si pude observar como en medio de un arrebato contorsionista se deshizo de su baja prenda íntima y como la revoleó sin ningún tipo de mesura. Otra vez dejó en libertad a mi asustado soldadito para hacerlo su incansable prisionero. Cerré los ojos, ¡no quería ver más!, a la espera de que todo concluyera lo antes posible. El tronco en que nos hallábamos subidos pronto comenzó a oscilar. Se fue desarrollando un definido movimiento de vaivén: va y ven, va bien, babeé...

Nuestros cuerpos se estremecieron sin más, el tronco dio media vuelta y acabamos juntos tirados en el suelo. Una masa blancuzca infestada de larvas y larvitas quedó a cielo abierto. Clarita se acercó al compuesto larval con dudosas intenciones. A lo lejos se oyeron unos disparos de escopeta. ¡Sí, iba a comérselo! La aparté a tiempo con una efectiva maniobra, le acomodé el vestido como me lo permitió la apremiante situación (un seno quedó al descubierto) y de prisa nos batimos en retirada tomando el reconocido sendero de regreso. Intuí con no poco convencimiento, que se trataba de ese misterioso hombre que se hacía llamar Don Pereira. En el acto me juramenté hacerle frente con argumentos si existía una próxima oportunidad de tenerlo cerca; ya estaba harto de ser siempre sorprendido. Mientras realizaba el fervoroso juramento proseguía trotando a toda marcha, cuesta abajo por el sendero, rumbo fijo hacia la laguna.

Solamente al alcanzar las primeras calles del pueblo, las de los confines, pude ir recuperando el ritmo normal que ejerce la respiración humana. Minutos antes, el agitar desbocado impreso en los pulmones pareció que iba a desvencijarme la caja torácica. De todas formas, pese a que el peligro había quedado atrás, nunca nos detuvimos y seguimos atravesando los suburbios del pueblo, homogéneo en casas humildes y ranchos a medio terminar, de dudoso material. A unos metros de nosotros cruzaron inhábiles la calle, media docena de gallinas cluecas. Más allá, dos niños descalzos corrían a lo largo de una calle de tierra como únicas figuras humanas presentes. Iban remontando un barrilete de cola rabona que se izaba en la cerrazón de un cielo inestable. Lo cierto es que iba tan compenetrado en descubrir las contingencias del paisaje y encumbrado en algunas ideas que merodeaban por mi cabeza, que recién a tres cuadras de llegar a la casa de Tía Loló reparé por fin en Clarita. Con tardía discreción le levanté la parte superior del vestido para tapar de modo inmediato el flamante seno semidesnudo. Ahí nomás, recordé al verla, se deslizó un lamento por el hecho de que una vez más habíamos dejado a merced del monte otra bombacha de Clarita, esta vez de color amarillo.

Me interné en mi habitación para abocarme en la preparación estratégica que habría de utilizar en la cita próxima con Manuela Costa Alvear. No podía dejar ningún detalle librado al azar. No podía permitir ningún bache entre pregunta y pregunta, ni que una respuesta suya desbaratara toda la operación. También me quedé ajustando algunas cuestiones que tenían que ver directamente con la tesina pronta a la licenciatura

Para la cena pude disfrutar ¡por fin! los buñuelos y croquetas de la fatídica noche anterior. Tía Loló me informó que había tenido que proteger reiteradamente mi plato de los obstinados intentos de Clarita, no uno o dos sino varios, por hacerlo suyo. Recuperando el apetito perdido apuré el tenedor y el cuchillo hasta liquidar la comida que murió en mi estómago. Había sido un día de mucho trajín y recién entonces me percaté de que no había almorzado ni siquiera merendado...

¡Qué alegría me agarró! cuando descubrí que Tía Loló había preparado arroz con leche recubierto con canela: mi postre favorito. Mamá de vez en cuando también me lo hacía pero sin canela; a mí eso nunca me pareció un verdadero arroz con leche y se lo daba a entender. Este simple comentario era motivo de ofensa y nuevamente mamá, afligida en todas sus facciones, se retiraba a encerrarse en su cuarto por tiempo indeterminado.

Sumido en mis prominentes asuntos encaré el último tramo de la cena sin ánimo de ingresar en una conversación con Tía Loló, ni mucho menos de realizar un intercambio de miradas con Clarita, que ya me había clavado la suya. Apenas finalicé la porción del arroz con leche, recubierto con la infaltable canela, ensayé un retiro de modo apresurado al exponer un ligero dolor de estómago. Tía Loló se ofreció enseguida como eficaz enfermera para esos males. La hice retroceder al advertirle enfáticamente que no se trataba de una dolencia que pudiera revertir gravedad. Insistió pero, aunque lo hizo varias veces, logré imponerme.

Una vez acostado en la cama alcancé a localizar otra mancha en el cielorraso; esta tenía una figura gallinácea. De imprevisto, ocupando un vasto corredor del cerebro, me cayó con pesada gravedad el recuerdo en presente de mamá, la idea concreta de que estaba lo suficientemente muerta como para no volver a verla nunca más por el resto de mi vida. Obedeciendo a un impulso perfecto del sistema nervioso, cerré con fuerza el puño de la mano más hábil hasta sentir que crujían dedos con apretada sonoridad.

Me encontré bien rápido con el sueño por el cansancio que traía encima luego de la agotadora jornada. Sólo hice un alto a lo inevitable para alargar la mano hacia el diccionario enciclopédico ilustrado con la intención de buscar la definición de la palabra ‘indehiscente’. Dicho término era pronunciado por el verdulero de mi barrio en forma repetida, como si se tratara de un eficaz caballito de batalla a la hora de sorprender a los clientes. Motivado por una inquieta curiosidad, deseaba saber de que se trataba. Leí la definición no menos de ocho veces para una mayor comprensión; decía exactamente así: «adj. Bot. Que no se abre por sí mismo. Aplicase especialmente a los frutos». Imaginé que a lo mejor podría utilizarla en algún escrito de la facultad, como solía hacer habitualmente, para darme ínfulas de sobrado conocimiento en el manejo de vocablos en desuso o nunca estrenados y para poner en apuro a los profesores a la hora de efectuar las correcciones. De inmediato apoyé el diccionario enciclopédico ilustrado (de gran ayuda en lo sucesivo) sobre la mesa de luz y me propendí hacia al alba, al sueño.




























XVI- Cita con Manuela.




Me levanté inusualmente, rayando el mediodía con renovado entusiasmo. Calcé los zapatos y fui derecho a la cocina. Asomándome a la pequeña ventana que unía el patio, pude ver que el cielo estaba limpio de nubes. Acompañé los mates con alguna cosita sólida que me iba acercando Tía Loló, quien al mismo tiempo se dedicaba a preparar la comida para el almuerzo. Mientras masticaba un pastelito con dulce de membrillo, en un rápido accionar, me retiró sin avisar la pava y el mate. Actitud sorpresiva en ella. El pastelito quedó subido a la garganta, estrangulándola.

Viendo que en la cocina era un estorbo, me dirigí hasta la galería comedor. Con la ayuda de Clarita, que se había hecho presente ante un doble silbido, comenzaron a servir la mesa con premura. Poco tiempo después apareció una fuente pirex ovalada que despedía un humo prometedor. Levanté la vista con indiscreción y vi que moraba apoyado de espaldas, un pollo dorado y enorme. Al acercar la nariz hasta la fuente pude descubrir que se encontraba adobado en finas hierbas y que además era escoltado por un servicial ejército de papas cortadas en rodajas todo alrededor. El musculoso ave fue ubicado en el centro de la mesa para largo deleite, tanto del olfato como de la vista. ¡Maravilloso! grité no una, sino tres veces y me senté a la expectativa. Fue en ese momento cuando logré darme cuenta que, por si aquello fuera poco, estaba coronado con unas hojitas de laurel cruzadas encima del cogote como si se tratara de una condecoración. Merecía eso y mucho más, pensé y luego esbocé en un alarido. Clarita, tal vez cómplice de algo que no entendía, comenzó a gritar y saltar. Callé e intenté frenarla. No hubo caso. Un sopapo traicionero de Tía Loló logró lo que parecía un imposible.

Al rato nos sentamos los tres en torno a la mesa. Clarita, operando uno de sus habituales raptos, introdujo su pequeña pero fuerte mano a fondo por debajo del colosal pollo, mutilándole el hígado y el corazón en una sola pero precisa maniobra. “Es loca de los menudos”, sostuvo Tía Loló suspirando hondamente como no queriendo mirar lo que ocurría. Todavía le temblaba la mano. Por mi parte ataqué sin dudarlo, sobre el sector donde se recostaban las patas. En medio de aquel tórrido festín, ¡maravilloso!, realicé varios intentos de iniciar una charla y comentar mis próximos pasos a seguir. Tía Loló se mostró algo indiferente y rehuía la vista cada vez que se la buscaba, esgrimiendo tácitamente la excusa que tomaba cuerpo en intentar pelar un ala con los dientes. De todas formas ya sabía exactamente con quién me iba a encontrar por la tarde. Sin embargo en algún pasaje del almuerzo arrimó una referencia, fue cuando me deseó: “Buena suerte con esa muchacha”, que me sonó como emitida con cierto desgano, sin siquiera tomarse la molestia de haber pronunciado su nombre. Yo pensé que a lo mejor el reconocimiento de la verdad la asustaba y esto iba aumentando una actitud evasiva de su parte pero… ¿acaso por qué motivo? Posteriormente intentaría averiguarlo ya que en ese interín no había tiempo que perder. Por fortuna estas aves cuentan con dos patas y enseguida le arranqué la otra para hacerla también mía.

Dejando todo bien en claro, antes de abandonar la casa me despedí elocuentemente: “Voy hasta lo de Manuela Costa Alvear, vuelvo tarde, no me esperen”. Haciendo un llamado a decoro, con la mirada le negué a Clarita que viniera conmigo. Se puso a llorar como una marrana y corrió hacia el patio a masticar su bronca. Antes le había tenido que aplicar un puntapié en el trasero, lo hice cuando se acercó a gatas hasta mis pantorrillas con dudosas intenciones. Definitivamente ya no podía permitirme más excesos o terminaría arruinándolo todo. Tía Loló continuaba lavando los platos y cubiertos al momento de cerrar la puerta de calle rumbo a mi cita con Manuela.

Di dos pasos en esa dirección cuando me detuve, sin llegar a estremecerme, a causa de un chistido misterioso. Miré para ambos lados de la vereda y no vi a nadie, enfrente tampoco. Desconcertado acomodé el cuello del abrigo para emprender, de una vez por todas, la caminata hasta lo de Manuela. Al dar el paso decisivo hacia mi destino otro chistido sonó en el aire, esta vez ni me detuve. Llegando a la esquina más cercana, mis oídos alcanzaron a escuchar como se deslizaba a través del leve viento, un vociferar del todo inconfundible: “Amoooooooooooooooooooorrr”. No me costó imaginar a Clarita en la penumbra de su habitación, subida a la cama, espiando mientras salía, expresando su bronca por las rendijas de las celosías. Comencé a reírme al cruzar la calle, tanto que cuando arribé a la otra vereda me provocó tos. De inmediato, ya recompuesto, continué recorriendo a toda prisa el conocido camino hasta la graciosa cabañita de madera. Iba envuelto en el penetrante aroma que exhalaba mi propio cuerpo, tal vez producto de cierto e inocultable nerviosismo.

Al aproximarme lo suficiente hasta la casa, pude ver a Manuela asomada desde una de las ventanas laterales. La ventana tenía adosada la forma de un corazón y dentro, una pequeña cortina de voile flameaba a su lado dando la impresión de acariciarle suavemente el cabello. Apenas me vio se incorporó a medias y salió accionando la silla de ruedas por sí misma. Daba la sensación de que volaba con alta gracia, como si un hada de cuento la fuera elevando vaporosamente. Al llegar hasta mi lado, se ajustó con firmeza el cinturón de seguridad y me pidió con voz segura que la llevara. Le recordé antes el lugar a donde iríamos, gestionando una medida preventiva. Accedió de inmediato, con estas precisas palabras: “Lléveme donde usted más lo desee Carlitos, me vine preparada para todo”. Así operé entonces, sin vacilar ni un sólo instante.

A medida que nos íbamos acercando a la laguna, noté lo dificultoso que me sería contener el arsenal de preguntas que traía conmigo, armado pacientemente de antemano. Estaban a punto de estallarme furibundas en la garganta y ahí nomás comenzaron a dispararse de punta por la boca. Así estalló la primera:

¿Podría contarme a grandes rasgos, cómo era la relación que mantenían con mi primo Roberto?

Manuela miró medio de costado hacia el horizonte, luego bajó la vista gravemente y cuando me pareció que con, sin reticencias respondió:

Nos amábamos con locura, teníamos una relación tan franca y amorosa como sólo ocurre en las novelas. Durante los últimos meses, todos los días Robert pasaba a buscarme por la tardecita, así como usted hizo hoy hace un rato nomas y me traía hasta aquí, bueno en verdad hasta allí, hasta aquellas mesas y bancos de cemento que simulan ser tronquitos de madera. ¿Son muy simpáticos, no le parece? No, no me molesta para nada recordar allí, vayamos.

La conduje directamente a través del pastizal, con el objetivo principal de acortar camino. El pasto brioso frenaba el accionar de las ruedas y tuve que apelar a la fuerza muscular expresada en su máxima tensión para no quedarnos empastonados. Al final hubiera convenido ir por el camino señalado, reflexioné transpirando la gota gruesa que corrí con el revés de la mano.

¿Qué hacían ustedes dos en este lugar? —Pregunté, animoso de saber más, apenas nos acomodamos alrededor de una de las mesitas.

¿Qué hacíamos en este lugar? Bueno, hablábamos, sí hablábamos mucho de esto o de aquello; pavadas nuestras, bah. También mi adorado Robert me preguntaba como iba la novela que leía en ese momento, entonces yo le contaba de qué se trataba la historia y él me escuchaba con dedicada atención. —Manuela cerró los ojos como reviviendo la escena. Esperé con la boca cerrada porque me dio la sensación de que iba a continuar el relato; quedó en silencio.

Envuelto en una duda, ya que no era mi intención incomodarla, me atreví a formularle sin ambages, la siguiente pregunta:

¿Se besaban?

Por supuesto. —Pareció que iba a ofenderse seriamente, pero no—: Luego de contarle con lujo de detalle como transcurría la novela, Robert me daba un beso cortito en la boca y enseguida uno más largo en la frente. Enseguida me exigía: “¡Por favor no te detengas!” Yo me quedaba como embelesada, con el libro abierto en las manos, hasta que volvía a oír su amorosa orden: “Seguí leyendo que me emociono tanto al verte haciéndolo”. Pasado un rato se dirigía bien al borde de la laguna y me observaba y yo era felicísima sintiendo como Robert disfrutaba cuando leía y entonces yo leía y las historias de las novelas se me hacían más reales y yo también disfrutaba y seguía leyendo y leyendo hasta el final, hasta que terminaba la novela.

¿Y Roberto se quedaba esperando hasta que usted terminara de leer la novela? —Pregunté mientras hacía el intento de imaginar a mi primo parado en la orilla de la laguna, o sentado en uno de esos incómodos bancos de cemento, durante el transcurso de tiempo que Manuela dedicaba a la lectura de aquellas extensas novelas.

No, cuando terminaba la novela él ya no estaba. Me decía que era tan dichoso al verme leer, que le resultaba imperioso alejarse un poco para no morir de fascinación. Entonces se iba a recorrer la laguna por la orilla. Al poco tiempo regresaba sonriente como se había ido para llevarme a casa, donde nos despedíamos con otro inolvidable beso hasta volver a vernos al día siguiente. Era muy amoroso y de sólo recordar el verdadero motivo de su ausencia, lloro.

No lloró aunque estuvo a punto de hacerlo, notablemente su rostro quedó ajustado a ese recuerdo. Una vez que logró recuperar su gracia habitual fue entonces cuando me animé a hacerle quizá, la pregunta más difícil que podría hacérsele a una distinguida dama como Manuela Costa Alvear sin dudas lo era. Con dilatado esfuerzo intenté, recurriendo a una elástica metáfora, no ser muy directo ya que en este tema no es difícil caer en la procacidad. Creí haber cumplido con mi propósito, cuando así elaboré la pregunta:

¿Alguna vez desnudaron sus cuerpos el uno contra el otro y mi primo Roberto le llenó ese espacio vacío que usted lleva consigo a todas partes?

No, nunca mantuvimos relaciones sexuales si a eso se está refiriendo. De hecho, Carlos, le confieso que no sé si estoy posibilitada para llevarlas a cabo. Imagínese que desde la zona de mis caderas, todo para abajo, carezco de una completa sensibilidad. —Acompañó delicadamente con sus manos a medida que iba nombrando esas partes de su cuerpo.

Pensé de inmediato si ellos dos hubieran podido experimentar o vivir el estadio del primer enamoramiento que tanto estremecía al pueblo sin frenesí corporal, sin penetración diría para ser más explícito, corriendo el riesgo de mancharme. De frente a Manuela me continuó acorralando obstinado, aquel pensamiento. Era bien sabido que el sexo resultaba una condición esencial en el proceso de todo primer enamoramiento… por lo tanto algo no encajaba. Atado a aquella cimental premisa, concluí que no se podría haber llegado a producir un amor tan profundo entre ellos. ¿Pero entonces como era posible explicar el suicidio de mi primo Roberto para así lograr mantener la perpetuidad de un estado que no era tal...?

Me alejé de Manuela realizando los pasos necesarios hasta orillarme en la laguna, no fueron muchos, estaba ahí nomas. En ese panorama quedé pensativo, dándole vueltas enteras en torno a una serie de ideas: Virginidad en Manuela… Posible primer enamoramiento… Suicidio de Roberto por amor... Virginidad en Manuela… Posible primer enamoramiento… Suicidio de Roberto por amor… Virginidad en Manuela…

Dominando el pulso, alcancé a raspar un fósforo contra la lija de la caja para encender el segundo cigarrillo del día, muy oportuno para la ocasión. De modo súbito, sin nada que lo presagiara, se me adhirió al cráneo la figura de Don Pereira. Ese viejo ermitaño que vivía en el monte, tal vez pudiera ser el testigo fundamental que revelase algunas de mis manifiestas dudas.

¿Habrá visto a Roberto y Manuela besándose cerca de esos banquitos de cemento que simulan torpemente ser de madera? ¿Habrá visto a Roberto cuando se retiraba costeando la laguna en silencio mientras Manuela terminaba de leer su extensa novela de amor? ¿Hasta dónde iría Roberto bordeando la orilla de la laguna? ¿Tendrá acaso una opinión formada acerca de la maldición del amor que envuelve tan poderosamente al pueblo? ¿Sabrá además que fueron de aquellas dos bombachas que Clarita dejó abandonadas en el monte: la rosa y la amarilla?

















XVII- Cambio de planes.




Hubo en el acto, demostrando una hábil adaptación a las distintas situaciones que se sucedían, un cambio de planes. Con la ayuda del dedo índice de la mano más frecuente dibujé sobre arena húmeda de la orilla lo que sería la parte operativa, bien meditada, que establecí del siguiente modo: Primero me encargaría de conducir a la hermosa Manuela Costa Alvear de regreso hasta su casa y luego, sin obstáculos, me dirigiría directamente hasta la morada de ese extraño hombre flaco de tupida barba cana. Fui consciente de la dimensión de mis actos y que debía estar preparado para interrogarlo sin otorgarle ningún tipo de concesiones.

Volví sobre mis pasos; Manuela estaba leyendo su novela con una inclinación tal, que ni siquiera se había percatado de mi regreso junto a su lado, rozándole el cabello. ¿Acaso cuando me había alejado hasta la orilla de la laguna si? Era notable la forma circunspecta en que leía. A pesar de un primer descreimiento, todavía sorprendido, debí reconocer que mi primo Roberto no había exagerado un ápice en sus dichos. Estaba como hipnotizada por el libro y el ceño rígido en señal de concentración le daba un aire delicioso a su cara. En sus gestos daba cuenta que parecía ir transformándose por las distintas situaciones que hallaba a medida que leía la novela de amor.

Algo ocurrió, tal vez un viento fuerte o un pájaro que pió de más, lo cierto es que el irreconocible hecho me permitió romper el encantamiento que se había producido sobre mí. Apagué lo poco que quedaba del cigarrillo bajo una roca mojada y aprovechando tal circunstancia, sin detenerme, me fui bordeando el margen próximo de la laguna con afiladas sensaciones rastrillándome la cabeza por dentro; entre ellas se alternaba el deseo de haberme quedado a contemplar desde cerca como Manuela continuaba leyendo. Verdaderamente provocaba un magnetismo difícil de evitar.

Una vez localizado al fin, expeditivo tomé el escurridizo sendero que ascendía al monte. Ante las numerosas dificultades que presentaba el ascenso, comencé a valorar aun más la ayuda brindada por Clarita pero… ¿la llegaba a extrañar? Al pasar por el monolito que habíamos encontrado anteriormente detuve la marcha. Liberado de lastres y ataduras lo rodeé y de una de sus caras pude descubrir atornillada, una placa de bronce en honor a la laguna por tratarse de uno de los más grandes patrimonios acuíferos de toda la provincia. Aunque el hallazgo más sorprendente fue el que se apareció en la otra cara, en la cara que miraba a la masa de agua. Era aquel corazón con las dos frescas iniciales de los enamorados: la M de Manuela y la R de Roberto. No fue difícil imaginar cual mano habría trazado todo aquello: Roberto en sus ensimismadas caminatas llegaba hasta ahí mientras Manuela leía y entonces dejaba marcado su sentimiento con algún trozo de carbón que pudo haber extraído de cualquier parrilla cercana del camping municipal. De pronto apareció otro escrito, también hecho con carbón, en la cara posterior del monolito, (la que daba contra el monte). Allí se exponía: «Este amor es tan prohibido como peligroso, pero ni pienso renunciar a él». Las letras sugerían irrefutablemente (las montañas empinadas de las m, las panzas poco salientes de las p y de las r, etc.) que se ajustaban al mismo trazo que había dado forma a las iniciales, a la misma mano, a la misma persona.

Me quedé notablemente impresionado al comprobar como mi primo Roberto se encontraba dispuesto a jugarse el todo por el todo con tal de mantener su amor con Manuela Costa Alvear, aun sabiendo del riesgo mortal que ello acarreaba. Ante la comprobación de tan tremenda evidencia dudé sobre el testimonio de Manuela o tal vez, señalando una segunda hipótesis, sería entonces posible experimentar el estadio del primer enamoramiento apelando solamente a la fuerza espiritual, prescindiendo de la fornicación.

No muy convencido del último razonamiento enfilé decidido a retomar el sendero que cruzaba parte del monte. Tampoco me resultaba factible que Manuela tuviera el don de la mentira aunque en una de esas, influenciada sin dudas por su madre, se sostuvo una virginidad que ya había sido revocada por un muerto… tal vez para protegerse. Conduje aquellos pensamientos encontrados en mi andar peregrino hasta que arribé al magnífico mirador donde estuvimos con Clarita, no en una, sino en dos oportunidades. Me asome largamente para ver si encontraba algún rastro preciso de las bombachas perdidas. Las busqué a fondo con resultado negativo. Desaparición total. Sin gastar más tiempo en eso, seguí en franco ascenso. Fui consciente que comenzaba a recorrer territorio inexplorado. Antes que pudiera surgir un atisbo de temor, tensé los músculos de los brazos y me apliqué una doble cachetada para llevarle templanza a la razón. De inmediato pude verificar que dicho accionar había tenido un efecto positivo.

El sendero, avizoré sobre la marcha, se iba volviendo más zigzagueante y a medida que lo transitaba podía notar que se pronunciaba también la espesura del monte, hasta alcanzar por momentos la altura humana. Contra una gran roca que marcaba el final del sendero, noté que de ahí en adelante la pendiente sería aun mucho más manifiesta. Di vuelta a la izquierda, rodeando la gran roca, para ver si podía encontrar el acceso a ese otro sendero que siguiera camino arriba. Cerca de veinte minutos, probablemente más, me aboqué a esa ardua tarea. Pensé en renunciar cuando todo resultado parecía esquivo, a punto estuve de asumir la derrota. Ejecutando una rigurosa inspección de la zona en cuestión, la enésima, camuflado tras unos ramificados arbustos que se interponían, di por fin con la continuación del sendero. En realidad se trataba de una escalinata forrada por piedras de diferentes variedades y tamaños. Se encontraba a tan sólo dos metros de la gran roca, tan cerca que no la había podido ver al primer golpe de vista. Tras gravitar el cuerpo sobre el primer escalón comprendí, con desmesurada excitación, que ese furtivo acceso me conduciría finalmente hacia la mismísima vivienda de Don Pereira.

Comencé a escalar lentamente por la empinada escalinata. A poco de andar las piedras más puntiagudas, clavándose en la suela de los zapatos, consiguieron hacerme doler los pies. Los latidos de mi corazón se fueron acelerando a medida que iba haciendo metros ascendentes, hasta transformarse en martillazos.

Hacia un costado de la escalinata de piedras circulaba un arrollo. Apenas descubierto me detuve dispuesto a saciar la sed y a descansar un poco las piernas. El hilito de agua turbia que se deslizaba entre las rocas no fue lo que esperaba; de todas formas sorbí dos o tres sorbos para mojar los labios. En cuanto giré para retomar la marcha antepuesta patiné perdiendo la vertical y casi hago caída por una pendiente elevada. Las rocas humedecidas por el paso del arrollo tenían adheridas una capa de musgo resbaladizo, precisé cuando mis manos se aferraron a una de ellas para evitar un doloroso viaje al abismo. Me puse de pie afirmándome con más cautela en el terreno; no quería perder nuevamente el equilibrio. Al levantar ligeramente la cabeza pude observar una débil columna de humo que especulé, provenía de la casa de Don Pereira. Fue grande la alegría por saber que de una vez para siempre, me encontraría cara a cara con ese ascético personaje sin nada que esconder. En la inmediatez de la última reflexión, me felicité de buena gana por no permitir que en esta oportunidad me acompañara Clarita.

Los últimos tramos del derrotero por el monte se tornaron más inaccesibles gracias al tamaño de algunas piedras que de tan grandes, parecían formar paredes. Cuando finalicé la trepada de una que se había presentado como la más complicada, en lo alto me abandoné al descanso del cuerpo. Un mínimo temblor obligó a sentarme en forma precipitada. Debajo mío se debatía latiente, la volcánica llaga nunca develada. Fue sólo un segundo, pero alcanzó para comprender que debía respetar la dinámica propia del monte. Enseguida volvió la quietud habitual.

Con las piernas colgando logré reparar como desde allí se podía observar la totalidad del pueblo, mientras que desde el propio pueblo no se vería absolutamente nada dicha posición. Di cuenta que estaba quizá, penetrando por el ombligo mismo del monte. En una de esas me pareció localizar, resplandeciente, la casa de Manuela. Luego de ese descubrimiento colosal bajé de la piedra o roca viva, deslizándome como por un tobogán hasta el suelo firme. Volví a mentalizarme únicamente en seguir con la escalada hacia la meta predispuesta.

Cuando a lo lejos llegué a divisar por fin el contorno de la casa de Don Pereira, comprendí que se encontraba sobre uno de los puntos más elevados del monte y que me restaba todavía un buen trecho hasta darle alcance. Pese a conocer esa irrefutable realidad, no me atemoricé y continué impertérrito la marcha.

Afrontando el repecho con arrojo, las distancias se acortaron ostensiblemente. De todos modos el esfuerzo no fue gratuito: empecé a sufrir parálisis momentáneas en ambas piernas y un fuerte dolor en las caderas. En los metros finales, imposible precisar cuantos con exactitud, señalé como, a la dificultad físico-geográfica, se había agregado la referida al aspecto mental, que se manifestaba en este sentido: Tal cual si me hallase frente a un doble espejismo, parecía que la casa de Don Pereira se iba alejando a medida que yo avanzaba. Lo gracioso (aunque de gracioso tenía poco en ese entonces) era que aquella visión continuaba surgiendo efecto, aun cuando me quedaba quieto ex profeso. Una franja de densa neblina lo había cubierto todo, novedad fulmine, reduciendo riesgosamente las formas del camino. Una nueva contrariedad: el aire se tornó más frío aun. Pronto me sentí extenuado. No por ello dejé de seguir intentando recorrer el corte en filosa diagonal que presentaba el monte en la parte más alta de su formación.

Mis piernas comenzaron a flaquear definitivamente por el frío y por el desgaste que se operaba en mi psiquis ante la sensación de no llegar nunca, o lo que era todavía peor: de ir retrocediendo. Las cuatro extremidades se volvieron ácidamente inconsistentes e incluso inconexas; las veía a todas pero no me respondían como era debido. Pese a luchar a destajo con esa sensación de naturaleza engañosa, siempre a tan poquitos metros de la casa de Don Pereira. Exánime caí desmoronado en forma espectacular sobre el suelo rocoso. Advertí, con el peso muerto de todo mi cuerpo inanimado, que no podía conseguir levantarme sobre los pies. Aquel suelo rocoso parecía ejercer una atracción tan poderosa, que jalaba mi cuerpo dócil, compulsivamente hacia sí.

De la gruesa responsabilidad que venía pesando sobre mis espaldas, repentinamente surgieron las fuerzas suficientes que creí en fuga. Con denodado impulso logré levantarme de una buena vez y así poder llevar a cabo el objetivo que me había impuesto. Resolví un paso, luego otro y otro más. Me detuve un instante acosado por la permanencia de un malestar. Cuando parecía que no, aconteció un nuevo paso, esta vez más firme, seguro, a pie lleno. Un panadero pasó volando a mi lado en la misma dirección adonde iba, como indicándome el camino. Creí experimentar también, mientras realizaba el último desplazamiento hasta la casa de Don Pereira, que mamá me enviaba una contagiosa energía desde quien sabe, para atomizar aquel esfuerzo.



















XVIII- Casa de Don Pereira.




Al aproximarme, ahora si de manera nítida y concreta, hasta el umbral de la propiedad que pertenecía a Don Pereira, me encontré con un desvencijado pórtico de hierro que limitaba el acceso a una suerte de jardín en estado de franco abandono. La vegetación crecía según su capricho, tal como lo venía haciendo a pocos metros de distancia, en el monte. Diseminados por el suelo yacían varias figuras de enanos moldeados en cemento y yeso. A un enano descolorido le faltaba un brazo y a otro, que estaba recostado boca abajo, la cabeza con su respectivo bonete colorado. Alcancé a ver algunos que se hallaban en evidente peor estado, con calamitosos signos de deterioro.

Más allá, luego de un camino de pequeñas piedras mal alineadas que resultaba ser la continuación de la dolorosa escalinata interminable, en medio de la maleza, se encontraba la casa. Había un llamador de bronce un tanto afónico, por lo tanto tuve que batir en forma reiterada las palmas para hacerme anunciar. Enseguida un perro lanudo de patas cortas y babas blanquecinas colgando, salió a chumbarme. Traté de no asustarme, fue inútil. Su mirada incisiva hizo de inmediato mella en toda mi humanidad. Pude apreciar temblando, que se trataba de un cancerbero impiadoso con los intrusos. Por suerte la reja cumplió su función y lo contuvo dentro.

Calma Chicha”, gritó el dueño de casa a tiempo, mientras asomaba su peluda cabeza desde una ventana lateral. Al rato se abrió rechinando, casi fuera de quicio, la puerta de la casa. Dio dos pasos, tal vez tres. Desde el ruinoso jardín, manteniendo un grave silencio comenzó a examinarme. Bastó verlo en cuerpo entero para corroborar que se trataba del mismísimo Don Pereira, no cabía duda. Apoyado levemente en diagonal contra una de las paredes, se desperezó y a continuación me interrogó con dos preguntas cortas y taxativas formuladas en el siguiente orden: “¿Qué quería y quién era?” Yo sentí como una peligrosa imprudencia si contestaba ambas preguntas a la vez y me limité a contestar solamente la segunda. Ahí mismo pude comprobar que parecía no haberme registrado de aquel episodio acontecido la otra tarde en el monte, cuando me encontraba en compañía de Clarita. A causa de ello cerré los ojos y me embargó un profundo alivio. Sólo le respondí: “Está hablando con el primo de Roberto Fornari, por si no lo sabe aunque lo dudo, se trata de aquel muchacho que se suicidó hace un par de días ahogándose en la laguna, aquí debajo nomas”.

Noté como apenas mencioné el nombre de mi primo sus cejas se entornaron levemente, le tembló el mentón y un aire crispado se le alojó fugitivo debajo de los ojos. Por miedo a que se amedrentara le comuniqué de inmediato que mi única intención era realizarle unas pocas preguntas para intentar comprender lo que andaba ocurriendo en el pueblo con sus enamorados y de ese modo llevarle tranquilidad a su madre, quien se encontraba con el alma destrozada. Dicho lo cual, el perro lanudo de patas cortas se fue con un frío sapo entre los dientes y Don Pereira, que ya había atravesado eso que se asemejaba a un jardín, corrió no sin esfuerzo el desvencijado pórtico de hierros entreverados para darme paso.

Al mismo tiempo que descubría un enano enterrado de cabeza, al mismo tiempo tuve la firme convicción de que por fin iba a obtener algo de grueso provecho para mis incipientes investigaciones. Escondí una mueca de satisfacción bajo el cuello del saco que llevaba puesto. ¿Lo habrá enterrado esa perra lanuda?, me interrogué en el momento de pasar por al lado del enano clavado de punta en la tierra.

Apenas llegué a poner un pie dentro de la casa un olor amargo y pestilente se me instaló con pesadumbre en el bajo fondo del estómago. Una vez allí, lo fue retorciendo como a un trapo viejo. No fue sólo eso, continuó haciéndome estragos y quedé doblado al medio por una náusea que casi me provoca un vahído. Ese inesperado malestar que me fue aboliendo las vías respiratorias generó la necesidad de analizar que estaba pasando, de sopesar los factores que, sin tapujos y alegremente, convergían delante de mis narices.

Gravitaban en el ambiente una abundancia de fluidos con diverso origen. Era una mezcla expansiva de sudores rancios de procedencia animal, alimentos en estado de descomposición, vieja humedad en la colcha del catre ubicado a un costado de una pequeña mesa y, llevando la cabeza hasta un dolor de cuello, también pude ver que colaboraba en ese cuadro de descomposición, un verdoso mohín adherido en el vértice interno del techo de paja con caída a dos aguas. Todos esos elementos parecían tomar cuerpo y se retroalimentaban flagrantes en una movediza columna de humo que escupía un brasero a leña ubicado en un suelo compuesto de tierra mal apisonada.

Aquella habitación bastante grande, polvorienta, obscura y poco ventilada era toda la casa sin contar el baño (si es que se lo puede llamar así) que se hallaba separado de la misma. En una ocasión lo visité por no evacuar mis necesidades fisiológicas en el monte, lo que hubiese sido más recomendable. Me topé con una casilla de chapa cuyas dimensiones no superaban el metro cuadrado. Dentro había un agujero, diarios viejos y nada más. Al lado estaba el pozo ciego con una tapa de chapa que poco podía frenar los sedimentos inquietos. Más atrás todavía se encontraba el gallinero, que también aromatizaba la espesa y pútrida habitación cuando soplaba viento proveniente de ese sector. Las paredes de la casa estaban conformadas por piedras de diferentes formas y tamaños unidas con algún tipo de sustancia que no pude reconocer, aunque probablemente fuera una mezcla de barro y arcilla extraída del monte. La precaria cocina aparecía improvisada sobre el rincón que tenía una pequeña ventana, desde donde se podía divisar gran parte de la laguna. En el resto de la casa no existían más muebles que la pequeña mesa construida con tablas de cajones de pollo. Las sillas eran los cajones de pollo colocados a lo alto, donde nos ubicamos en silencio, a un lado del brasero, batallador solitario contra el frío.

Recién ahí pude darle descanso suficiente a ambas piernas que venían reclamando entumecidas, desde hacía buen rato. También hice entrar en calor al resto del cuerpo que ya había comenzado a padecer un principio severo de congelamiento. Al girar la cabeza me di cuenta que Don Pereira había desaparecido. Con la calma agitación de estar sentado, no sólo fui recuperando el aliento, sino que también alcancé a precisar la escasez de cosas u objetos presentes en la casa. En un golpe de vista hallé algunos enseres de cocina desordenados sobre una pequeña repisa clavada en el rincón que propiciaba de cocina. Me llamó la atención ver, al lado de una marmita sucia de tizne, una antigua muñeca de porcelana con la ropita de repuesto a su lado. Por encima del catre había un farol a querosén y de un gancho en la pared, detrás de la puerta, colgaba una escopeta (la que vimos con Clarita un día y que escuchamos al otro). De pronto me pareció que regresaba y dejé de ocuparme de aquella inspección ocular. Falsa alarma: fue el viento que movió la puerta. Volví a lo mío. Creo no haberme salteado ningún elemento que estuviera determinado al campo visual. Diferente, o tal vez se tratara del mismo caldo de emanaciones, provocó otra dolorosa náusea que me dobló nuevamente al medio y obligó a sostenerme con tal firmeza sobre uno de esos cajoncitos de pollo, que primero se bamboleó y tras un largo crujido dio la impresión que iba a quebrarse inminentemente. No sucedió y permanecí sentado.

Reapareció de la nada, atravesando el aire espeso, tan espeso que incluso hacía borroso el contorno de las cosas. Se despatarró en uno de aquellos asientos inestables. Una vez que estuvimos frente a frente nos observamos detenidamente unos cuantos segundos, casi un minuto, como calcando las apariencias. Don Pereira era flaco, bastante alto y flexionaba su cuerpo contra dos rodillas salientes que terminaban en punta. Tenía dos ojos vivaces parcialmente ocultos tras una encrenchada barba cana bien amalgamada a su tupida cabellera que lo hacía ver todavía más avejentado, aunque su edad era de almanaque incierto. ¿Cuál sería la edad del montaraz?, intenté adivinar en forma apresurada sin obtener resultados lógico-concretos. Su ropa estaba tan raída que parecía no darle respiro en el uso y ahí nomas, tan cerca el uno del otro, comprendí que al olor pestilente que dominaba a su antojo toda la casa, había que sumarle el hedor visceral de su persona también. ¿Qué vio Don Pereira en mí?, realmente lo ignoro. Pero de seguro fue algo que le transmitió la confianza necesaria como para haberme permitido ingresar en su corrosiva morada, tan poco afecta al aseo.

La perra Chicha (no le advertí una fuerte fragancia maloliente) se había echado con pesadez soñolienta sobre las alpargatas de su amo, como marcando territorio. Se formó entre los dos un corrompido silencio de estopa, que sólo se cortaba cuando el viento movía alguna chapa en el fondo o cuando Chicha se rascaba enérgicamente las pulgas y garrapatas.

Una vez examinada Chicha (nula de interés) fui escalando su cuerpo con los ojos; el grosor de sus tobillos era mínimo. Sus piernas se correspondían y eran tan largas que esa flacura movilizaba la sorpresa. La camisa abierta promovía un abundante bello en el pecho. Sus ojitos vivaces... se me había quedado dormido. Sin más, quise poner fin a ciertas intrigas acumuladas y comenzar de una vez por todas, a desentrañar la hediondez de un asunto tan complejo como humano. Le chisté fuerte para convocarlo, no hubo caso. Le zamarreé las rodillas a su vez. Respondió frunciendo los labios al tiempo que entreabría dos de sus ojos.




























XIX- Primeras charlas con Don Pereira.




Me tapé la nariz, me alejé un poco, respiré profundo e hice enseguida una pregunta que atravesó como flecha desinfectante en la cargada atmósfera:

¿Qué estará pasando con este pueblo asesino, señor Pereira?

La respuesta no se hizo esperar, parecía tenerla guardada desde hacía tiempo, la sacó y de que manera:

Le diré, yo creo con todo convencimiento que este pueblo no es lugar adecuado para la poesía. —Algo, como una molestia, lo detuvo. Se rascó la cabeza con ganas, a brazo alzado. Como consecuencia, del sobaco arremetió un aroma postergado, con los peores vicios. Pese a este nuevo malestar que se agregaba, tenía tanto interés en lo que pudiera decir que hice una abstracción del entorno para poder oír bien su respuesta, sin ningún tipo de distorsiones. Don Pereira terminó de rascarse su escozor y continuó: —Es probable que esta sea la razón fundamental para comenzar a entender los lamentables episodios que se vienen sucediendo, sin que nada ni nadie le ponga a tiempo un coto.

¿Y usted que relación tiene con la poesía, si es que la tiene? —Arremetí sin más, urgido de explicaciones. En eso se conducía mi interés cuando, por lo bajo, la perra Chicha se levantó exaltada del parapeto que formaban los pies de su amo. Salió corriendo con sus desmesuradas patitas cortas hacia el fondo de la casa, en búsqueda quizás, de algún pájaro advenedizo. Con cierta pereza expresiva, sumida a una entonación demorada, Don Pereira alcanzó a responder:

No, yo la amo, no dude nunca de eso. Yo amo a la poesía, pero yo no soy el pueblo y para ser bien preciso: yo vivo por las afueras; de hecho tampoco tengo contacto fluido con su gente ni con sus cosas. —Efectuando una pausa se sacó las alpargatas y estirando bien los dedos continuó—: La gente nace y no elige donde hacerlo; si así fuese, nadie elegiría nacer en un pueblo sin poesía. Sí, ya se que tiene de todo, no hace falta que me lo diga, pero no se olvide que todo… —una inflexión oportuna en la voz generó el artificioso suspenso para remarcar la parte final de la frase—: todo es nada sin poesía.

Mientras me fijaba en el largo y en el grosor desmedido de sus uñas junto con la falta de higiene que las envolvían, pensé si era posible que Don Pereira me estuviese hablando de la falta de poesía como el equivalente a la ausencia de una adecuada sublimación de la libido. Aun con el estómago tenso y el olfato herido, sólo atiné a esgrimir la siguiente duda:

¿Y eso no es poesía, acaso? —No fue la intención, pero la pregunta me salió con tono miedoso, casi que pidiendo permiso. Ocurrió que la concluí viendo como en el interín, se iba rascando los pies con su corvo dedo índice, previamente ensalivado. No hará falta graficar el desparramo húmedo que se estableció en aquella costra pegoteada de entre dedos.

Mientras continuaba ejerciendo su particular concepción de higiene podológica, Don Pereira abrió bien grandotes los dos ojos para dar una pronta respuesta:

¡Sí, claro!, eso es poesía. Pero sucede que no es comprensible para el pueblo mismo. Usted y yo a lo mejor logramos entenderlo así, a lo mejor digo y no dejo la duda instalada justamente por mí. Recuerde que nosotros no pertenecemos a su población censada.

¿Usted entonces no ha vivido nunca en el pueblo? —Pregunté y enseguida tuve que bajar la mirada azorado, al ver como se volvía a chupar el corvo dedo índice de la mano que un rato antes se había refregado frenéticamente entre las falanges renegridas de los pies.

Escuche bien lo que tengo para decirle: Yo nací en pleno pueblo y vivía con mi madre, pero más allá de su bella y culta persona, mi infancia no estuvo influenciada por la grisácea caterva que nos rodeaba en ese entonces por doquier y sé que aun persiste. —Repitió tres veces más la operación en los dedos de los pies, por lo que me costó concentrarme cabalmente en sus palabras. De todas formas requerí:

¿Podría tirar un poco más de ese ovillo revuelto?

Cerró los ojos con premura y, cuando parecía haber hallado un recuerdo, comenzó a chuparse el dedo índice de la mano una vez más. Rogué a la Virgen por que no volviera a llevarlo hasta sus pies. Echando su cana y peluda cabeza ligeramente hacia atrás, retiró el dedo ensalivado de su boca para rememorar:

Llueve un lejano recuerdo mojado, acaso por la persistente humedad pampeana o a causa de un largo llanto infantil… Sobre una de las paredes de mi cuarto, cierto día había colgado un póster desplegado del primer equipo de Ferrocarril Oeste. No, a mí nunca me llegó a simpatizar el fútbol, pero ya sabe como son de crueles los niños con aquello que no alcanzan a comprender. Mi venganza fue elegir por lo tanto, un cuadro bien distinto al de todos. La mayoría de aquellos niños chillones repartían sus aficiones entre Boca y River. Los había también del Racing Club e Independiente de Avellaneda. Ah… y había un narigón de San Lorenzo; ¡como olvidar esa nariz de tubérculo! Cuando manifestaba que no me decidía por ninguno de aquellos equipos, enloquecían. Pero el día que les comuniqué a todos que iba a defender a muerte esos sagrados colores de tinte verde, enloquecieron aun más. Eso me reconfortaba. ¿El equipo? No, enloquecerlos.

La decisión fue muy simple. Una tarde pedí prestada la revista deportiva de esa época en la hostería del pueblo, que era el único lugar a donde llegaban los periódicos y las revistas. Libros casi no llegaban. Con la revista abierta en la página que contenía la tabla de posiciones del torneo, opté por elegir aquel equipo que tuviera la valla más vulnerada. Recuerdo que tenía cerca de setenta goles en contra con tan solo veinte match disputados y no lo pensé dos veces, era justo lo que andaba necesitando. Así fue como me convertí en un fervoroso simpatizante verdolaga. ¿Así le siguen diciendo todavía a los seguidores de aquel sufrido club del barrio del Caballito?

Quien sabe. —Le dije y volví, sin caer en someras distracciones, sobre el tronco mismo del asunto con una pregunta sagaz que inesperadamente no tardó en responderme:

No, nunca lo conocí a mi padre. Se suicidó en esta misma laguna mientras yo me alojaba plácido, en el interior de la panza de mi madre. Se arrojó a la carrera desde el viejo muelle y se ahogó para siempre. Mi padre fue un hombre de campo adentro y es bien sabido que los hombres de campo adentro nunca aprenden a nadar, aun tratándose de un estanciero.

Ni bien terminó de pronunciar la última palabra se colocó de pie y, arrastrando los pasos, se ausentó de mi vista. Por un instante temí no volver a verlo, pero al rato nomas reapareció con una pava metálica que dejó estacionada encima del brasero. En la otra mano llevaba el mate cargado con yerba, que apoyó sobre la mesa al volver a sentarse. Cuando vi que la solución de continuidad de sus movimientos había por fin mermado, volví a la carga del siguiente modo:

¿Puede decirme, señor Pereira, si se ha enamorado alguna vez? Le ruego no me mal interprete, formulo esta pregunta tan sólo para poder saber si acaso existe la mínima posibilidad de que entonces usted…

Sí, claro que me he enamorado y lo sigo estando. Yo siempre viví eternamente enamorado del conocimiento, no dude de eso otro tampoco. —Respondió de golpe, amputando de cuajo mi pregunta.

Con la ayuda de unos dedos cubiertos de tizne vertió el agua de la pava y tragó mate por la bombilla. Lo hizo cinco veces en forma consecutiva, con breves intervalos. El agua daba la impresión de estar hirviendo y debió haber arruinado la yerba. A Don Pereira parecía no importarle. En una ocasión me ofreció un mate.

No, gracias. —Fue mi respuesta. Continuaba con el estómago revuelto y entendí que un mate no sería aconsejable.

Tragó otra seguidilla de mates, lo hacía con los ojos levemente cerrados, como en trance. En determinado momento gargajeó con la laringe, ello motivó este pensamiento: lo hacía con ánimo de retirar asperezas para continuar la charla. En el momento en que contrajo la boca apuré una pregunta para realizarle… pero se despachó verdoso, un escupitajo compacto que se hundió contra el suelo de tierroso de la habitación, formando una leve polvareda.

Giré la cabeza y me alarmé cuando por una ventana trasera de la casa, alcancé a ver como entre los enmarañados fierros del aljibe colgaba oronda, la bombachita rosa. Me distraje de inmediato y perdí el hilo del pensamiento. ¿La amarilla la habrá encontrado también?, me pregunté. ¿O seguirá perdida en el monte?, me turbé.

En eso, cuando Don Pereira se colocó las alpargatas y fue a buscar el farol a querosén para encenderlo comprendí que por estas latitudes estaba anocheciendo y que me había olvidado por completo de Manuela leyendo su novela de amor, varada al borde de la laguna. Una sensación de atroz irresponsabilidad atravesó mi cuerpo. Me despedí de manera abrupta, no sin la desazón de tener que abandonar una situación que disfrutaba por ser tan esclarecedora para mis averiguaciones. En el pasaje previo de abandonar la casa mostré un vehemente interés en volver a verlo cuanto antes para continuar la charla que dejábamos (le canté mi parecer), inconclusa.

Mañana cazo. —Me dijo de tal forma, que me hizo dudar si se trataba de una invitación o acaso una advertencia.

Va a ser para mí todo un placer acompañarlo y de paso aprender los bemoles de esa antigua disciplina que se efectúa tan al aire libre.

Mañana a las siete partimos con Chicha, venga puntual o no va a encontrar ni los rastros de nuestras sombras.

Atento, o para asegurarse que no me quedara merodeando por los alrededores, Don Pereira me acompañó cuerpo a cuerpo hasta el desvencijado pórtico de la casa. A un par de pasos de efectuar la retirada casi me llevo por delante a aquel montón de escombros que conformaban los bucólicos gnomos del jardín.

Me despedí bien de lejos, con una mano en lo alto, para evitar que otro cáustico encuentro me afectara la respiración. Como participando de la despedida reapareció Chicha y se recostó rechoncha junto a los pies de su amo. Al fijar la vista atentamente, pude observar que llevaba un pájaro manchado con sangre en su boca.






























XX- Manuela tendida en la laguna.




Aspiré y exhalé en forma continua, enérgicamente, para expulsar lo antes posible al aire corrompido que yacía en mi interior y que me embestía las vísceras. Alcanzado por varias bocanadas de viento fresco que pululaba sobre el monte, logré restablecer de modo adecuado al aparato respiratorio. Sin dudarlo un sólo segundo, pese al cansancio que todavía me dominaba, corrí pendiente abajo por la inacabable escalinata de acérrima rocosidad. Afrontando la extrañeza con holgura, me pareció un trayecto mucho más corto y accesible de cuando lo había subido un par de horas antes. Finalizada la escalinata encontré la gran piedra a la cual, aprovechando el envión, le hice un rodeo para encaminarme sin frenos, por el sendero que bajaba serpenteante hacia la laguna.

Justo al momento de toparme de costado con el monolito del camping municipal, el sol terminaba de ocultarse y se acentuaron latentes signos de preocupación. La visibilidad no era en tanto la mejor, agradecí que afortunadamente ya había dejado al monte por detrás. Con ligeros tropiezos, en alocada carrera me aventuré por el borde de la laguna hasta alcanzar aquellas mesas de cemento que simulaban con torpeza ser tronquitos de madera. Aquel era el preciso lugar donde había dejado a Manuela leyendo su novela de amor de una manera tal que, como afirmaba mi primo Roberto y no exageraba en lo más mínimo, daban ganas de quedarse a observarla ininterrumpidamente.

Al hacer pie en el lugar comprobé la peor situación posible. Se desató una brusca aceleración del pulso cuando distinguí en medio de la salvaje obscuridad, al bulto exacerbado de Manuela Costa Alvear que yacía tembloroso boca arriba, echado nomás sobre el húmedo y frío pastizal. Fui acercándome lo suficiente, hasta quedar atónito por verla inmersa en una crisis de nervios donde abundaban los movimientos espasmódicos y el llanto sostenido. La silla de ruedas se encontraba volcada a su lado, como si se tratara de una siniestra sombra gemela. Manuela era puro sollozos y fluir de lágrimas. Debía juntar fuerzas para entrar en acción lo más rápido y preciso que pudiera. Sin embargo, por unos largos instantes, me mantuve estático, refrenado. Estaba sin reacción alguna, tan sólo adherido a la observación de aquella escena grotesca; quizá temeroso por la culpabilidad que me cabía. Me sentí mezquino.

Apelando a las más gravitantes reservas de coraje, dejé atrás el impedimento inicial. Me acerqué sigiloso hasta su cuerpo tendido, con el fin de levantarla y pedirle las más severas disculpas. Apenas me vio se calmó un poco, pero no del todo y abruptamente me arrojó un furioso manotazo de lleno a la cara que reabrió una de las heridas propinadas por Ana María, la panadera. Todavía aturdido por el golpe, me ubiqué lentamente a su lado. Luego de limpiarme con el puño del saco la sangre que goteaba, inicié una búsqueda de explicaciones adecuadas que justificaran la tardanza. Arranque por la muerte de mamá; que a partir de ese hecho perdía la noción del tiempo, que me internaba en una serie de pensamientos confusos que me sacaban de la realidad, que eran momentos muy difíciles para… “Ya está todo completamente olvidado, Carlitos”, repuso de repente Manuela, como clara señal de haber aceptado mis disculpas. Enseguida añadió con su dulzura habitual: “Pero ayúdeme a sentarme de una vez por todas que tengo mucho frío y una horrible comezón en el cuerpo a causa del pasto”. Afortunadamente su veloz intervención evitó que siguiera deshaciéndome en un manto interminable de pretéritas excusas. Sentada en el suelo, Manuela fue recobrando la calma en su plenitud y yo también. El pulso se había normalizado. Sin atreverme a mirarla, acaso por sentirme el más mísero de los irresponsables, quedamos un buen rato sentados en silencio, recomponiéndonos.

La noche, si bien fresca, se presentó apacible; el viento había cesado y la luna se mostraba a pleno en lo alto del cielo. Me paré de un salto y acomodé la silla con ruedas en posición de uso. Acto seguido me incliné sobre Manuela y la tomé por las axilas para depositarla en su móvil. Yo no soy lo que se dice un fortachón (pensé en los dientitos de mamá) y al momento de incorporarla a la posición vertical su cuerpo comenzó a oscilar, se me vino encima y nos caímos abrazados rotundamente al suelo. Sentí entonces (y quedará grabado por siempre) la magnética forma en que sus blandos y enormes pechos amortiguaron el peso de su cuerpo contra el mío. Su boca quedó levemente pegada a mi boca y fue de ese modo como noté que se había agitado y ella pudo notar en que modo yo también. Comenzamos a reírnos de mil maneras bajo la tenue penumbra que permitía la luna, sintiendo ambos el respirar del otro tan cercano. De pronto se generó un silencio mágico, insospechado, que se apuntaló en el reposo tenso de nuestros cuerpos. Nos echamos una mirada más larga que la vida. Ahí mismo fue cuando, sin mediar palabra alguna, el silencio se montó sobre un beso a boca llena. Luego, uno tras otro, se fueron atropellando torpemente de una boca a la otra a través de un puente invisible para alojarse finalmente en lo más profuso de nuestros corazones. Encima mío, aferrada con ambas manos a mis cabellos, succionándome alevosamente los labios, sentí que estaba siendo enterrado vivo, a puro beso. Esta situación ideal duró, no uno o dos, sino varios minutos.

En un pródigo instante sentimos que sólo los besos resultaban insuficientes e invertimos la posición de nuestros cuerpos, con el resguardo necesario para no dañar sus miembros inferiores. Luego de efectuar unas dificultosas maniobras, no muchas pero llevaron su tiempo, ya me encontraba bien arriba de su humanidad. Tenía puesto un pantalón de frisa con elástico lo que ayudó a que unos dedos míos, delirantes se adentraran (¡no tenía bombacha!) y arrasaran con todo. Fueron rotando sin quejarse, a medida que se iban acalambrando, comportándose como verdaderos valientes. Se multiplicaban por un electrizado y vello campo, entretejiendo el terreno de juego humecto. Lentamente comenzó a agitarse más y máss y másss. Como consecuencia de ese trabajo minucioso y poco reticente se fue desatando una interminable guirnalda de gemidos que no cesó ni cuando dejé de acariciarla. Parecía eso un concierto en fa mayor, de espasmos gemebundos. A nuestras desnudas espaldas la laguna, clave testigo marronado, pareció como agitarse y hasta llegó a dar la verdadera impresión de formar un copioso oleaje.

Yo entretanto también sentía que afloraban, como inquietas hormigas antes del temporal, mis necesidades más urgidas e intrínsecas. En esa dirección me propuse llenar de abundancia sus espacios vacíos, con aquel contenido amor. Para lograrlo, le fui bajando el pantalón con suavidad pendular, hundiendo los dedos bajo los pliegues del elástico hasta donde ya no resultara ser un problema. Enseguida separé cuidadosamente sus frías (un frío delicioso) y delgadas piernas. Al cabo de los movimientos necesarios, no abundantes pero vigorosos, pude consumar mi tan ansiada liberación. No sé si pudo notar cabalmente que ya le había diseminado parte de mi ser en el suyo, porque en ningún momento cambió el ritmo de su agitación; ni siquiera cuando me puse de pie y observé como su espalda desnuda y brillante se recortaba en el pasto ensombrecido por la noche anunciada; ni siquiera cuando al recuperar energías suficientes, la logré sentar en su cómoda sillita. Antes de afrontar la vuelta a su casa, le pregunté si quería que le abrochara el cinturón de seguridad como medida preventiva. Las jadeantes palabras de su respuesta, jamás las voy a olvidar por el resto de mi vida. Fueron precisamente estas: “No hace ninguna falta Carlitos; si usted me tira, me dejo caer”.

Direccionados en el retorno, nos salieron al paso unas cuantas luciérnagas que remontaban el camino con su abdominal luminiscencia. Todo me acontecía maravilloso, tan sublime, como si fuera el producto acabado de la mano hábil de un consagrado artista con inspiración sin igual. Y mi Manuela, sin duda alguna, resultaba ser su más bella creación. Mientras tanto continuaban asomando desde sus más hondas profundidades, rezagados gemidos que incluso hacían vibrar peligrosamente la silla de ruedas, al punto de perder su estabilidad. Por suerte aquel vehículo contaba con un rodado de gran tamaño.

A medida que nos acercábamos a su casa se fue sosegando de a poco y sentí alivió. No quise ni imaginar la cara que iba a poner su madre si la veía en el anterior estado. También reparé en la ausencia de su novela y se lo hice saber. Ella giró la cabeza hacia donde me encontraba… el cándido fulgor de su mirada derramó el celeste sostenido por sus ojos y con una sonrisa atada de placer, se preparó a responder: “La arrojé recién a la laguna antes de emprender el regreso”. La luz de una lámpara del alumbrado público le resplandeció de lleno en el rostro y reverberó sobre su cabello que, advertí en ese momento, lo traía suelto. Fui tan inmensamente feliz, ¡feliz!, como nunca antes lo había sido. Me fue totalmente imposible encontrar una escena en mi vida anterior, siquiera parecida, tan viva e intensa como aquella.

A sólo metros de llegar a su cabaña de madera comenzó a trasladarse por sí misma y al pie de la rampa, frente a la puerta, dio media vuelta sobre sus ejes. Me extendió las manos y una vez que posé las mías sobre las suyas, temblorosos, sus labios perfectos pronunciaron:

Hoy la pasé maravillosamente con usted, Carlitos. Muchísimas gracias por este paseo tan agradable. —Al terminar la última frase levantó más aun una de sus manos, que quedó flotando en el aire. La tomé con suavidad y procuré besársela del modo correcto.

Vaya sorpresa que se llevó cuando, desde el extremo inmediato de mi brazo oculto, apareció una rosa roja que había arrancado, sin que ella lo advirtiera, del jardín de un vecino contiguo. La sujetó con delicadeza suma, preservando a ultranza la fragilidad de aquella rosa que fue mía y ahora le pertenecía. La arrimó pausadamente hacia su nariz preciosa, para oler el perfume cautivo de aquella flor profana. Luego se la colocó sobre su oreja de miel, dejando la auténtica impresión que le florecía del pelo. Sonriendo desde la hondura más silenciosa de su boca, me arrojó un beso con la mano que surcó el aire. De inmediato se direccionó sobre la sombra de la puerta e hizo el ingreso a la casa hecha de troncos celosamente cepillados. Creí ver que con ella ingresaba también un pedazo de luna, la misma que un rato antes se había posado dócilmente sobre sus faldas. Lo cierto es que al aterrizar ese beso volador en la impaciente pista de mi boca sacudió el cuerpo de una forma que creí, no era el mío.

Me froté las manos con parsimoniosa lentitud, las apoyé sobre mi yermo corazón y quedé un buen rato inmóvil. Comprendí emocionado que el muy tonto estaría a partir de ese momento, habitado para siempre.

Camino a casa de Tía Loló me precipité sobre una osadía: sentí culpa por pensar más en ella que en mamá. Quise prontamente revertir esa confusa situación, fue inevitable. Seguí caminando apresado a una sonrisa dibujada con trazo grueso sobre mi cara, que no podía dominar, que no podía evitar. Estuve a punto de gritar bien fuerte mi felicidad contra el inminente viento pampero que acompañaba mis pasos. Me abstuve impedido por ser el mismo gil de siempre que reprime sus sentimientos.
















XXI- Munición gruesa de Tía Loló.




Apenas traspasé la puerta de calle, de un salto Tía Loló abandonó su puesto de guardia en el sillón y, sin emitir saludo alguno (que esperé en vano), se dirigió hasta la cocina. La seguí con la mirada. Empezó a recalentarme la comida en una sartén. Por la hora que era, di cuenta que ellas dos ya habían cenado y hacía un buen rato. En tanto que Clarita se encontraba en la maquina de coser, diría concentrada, jugando con géneros imaginarios. Por primera vez la noté entretenida en una actividad que tuviera más que ver con la condición humana.

Me acerqué hasta la cocina, sin llegar a traspasar la puerta. Desde cerca, podía verla maniobrar la sartén con destreza. Estuvo preocupada por mi tardanza y, adoptando un tono de carácter grave, me lo hizo saber:

Pensé lo peor —Arrancó sin medias tintas. Luego me preguntó como me había ido—… aunque se nota a la legua que te ha ido muy bien, ya que pareces más contento que perro faldero con dos colas. —Arremetió enseguida sin darme tiempo alguno a responder.

La comida comenzó a burbujear en la sartén y se me removió el estómago por el hambre acumulado. Entendí a tiempo que debía moderar un tanto mis expresiones y, adoptando esa postura, logré salir envalentonado de mi trinchera. Di un paso al frente y le fui contando en forma parcial los resultados obtenidos durante el día. Ya casi sobre la puerta de la cocina, observé como me servía el plato: ¡era guiso! Lo que si le dije con plena convicción fue que estaba muy cerca de develarle la máscara al pueblo, por la memoria de Roberto, por la de mi mamita querida y por la de los demás caídos en su furibunda maldición. Tía Loló abrió bien los ojos cuando le comuniqué esta última novedad, pero no dijo nada. Atravesé todo el ancho de la cocina y me acodé sobre la puerta que daba al patio para estar más cerca del fuego de la hornalla. Calenté las manos enseguida.

Con movimiento enérgico, exagerado, Tía Loló colocó un plato colmado de guiso en la mesita de la cocina. Me senté en la silla que daba la espalda al patio y le solicité a Clarita que me acercara la panera; la trajo a regañadientes y se volvió hasta la máquina de coser con sus cosas. Arrimé la silla junto a la mesa, apoyé los brazos sobre el mantel de hule y comencé a comer de buena gana. Como siempre estaba muy sabroso. No le faltaba nada, hasta tenía sus buenos trozos de chorizo colorado. Remojé el pancito varias veces, desarmándose en el jugo del guiso que se hallaba por lo bajo del plato. Para beber, atenta a mis deseos, Tía Loló abrió una botella de vino tinto. Lo necesitaba para terminar de relajar los músculos todavía tensos por la fatigosa jornada, tanto en el monte, como a la vera de la laguna.

A contra luz podía observar a Clarita, quien se había trasladado al sillón de la galería comedor. Obedeciendo a su condición de movediza, raspaba ambos apoya brazos con el dedo índice de cada mano. De pronto arqueó la cabeza desde un grueso cogote. Sus ojos buscaron los míos al mismo tiempo que expelía un largo suspiro, aunque más bien me dio la impresión de haber sido un bufido. Se encontraba, más que curiosa, un tanto inquieta por algún motivo que desconocía. ¿Y a mi qué me importa?, fue la categórica reflexión que emergió mientras seguía comiendo el manjar cuando, al alzar la vista nuevamente para verla, pude hallar en su vestido varios manchones frescos de guiso. Arcana se reía, todo lo extenso que le permitían sus labios. Reía y reía con la mirada en blanco, dejaba ver varios hilos de consabida baba espesa colgando desde ambas comisuras.

Hice un breve alto en la comida para poder comentarle a Tía Loló, (buscando antes con gran dificultad su mirada esquiva), que por la mañana iría a cazar con Don Pereira al monte. Que pese a su aversión a la higiene era un hombre generoso que me había abierto el corazón en par y que sus conocimientos podrían ser, acaso, la llave inicial para empezar a darle de una vez por todas la solución radical al grave problema que habitaba diligentemente en el pueblo.

Tía Loló, que de pie me miraba comer, soltó inmediatamente de su boca una carcajada de estruendosa hilaridad que comenzó a rebotar por las paredes de la cocina, las alacenas, el techo, los frascos, las ollas, hasta alojarse finalmente dentro del horno encendido, donde se cocinó.

Una vez calmada, o eso aparentaba, se sentó frente a mí. Me aconsejó que tuviera mucho cuidado con ‘ese señor Pereira’. Lo nombró de un modo que encerraba una alta cuota de misterio. Enseguida le pedí encarecidamente que me contara todo lo que sabía y que no se guardara nada. Su respuesta me obligó a reelaborar en modo adecuado la imagen que me había construido de Don Pereira. Aunque al principio me pareció, por un gesto deficiente en su rostro, que una vieja turbación le iba a impedir contarme acerca del ermitaño; me equivoqué una vez más. Los garbanzos estaban a punto y ahí nomás, me llené otro vaso cargado a tope de vino tinto para oír muy atentamente lo que Tía Loló tenía para decir:

Ese viejo que ahora vive sólo y ladrando, en sus tiempos de mozo vivió por acá en el pueblo. —(Ya lo sabía)—. Era un joven hermoso, culto y educado. Todas las mujeres del pueblo, incluida tu abuela, se encontraban locas de amor por él. —(No lo sabía)—. Imagínate Carlitos entonces, lo peligroso del asunto. Aunque claro que en aquellos tiempos no se conocían bien a fondo los efectos provocados por la horrorosa desgracia, el tendal que dejaba en su camino porque, calculo, recién se estaría incubando…

Ah sí, Don Pereira sí, continúo contándote. Era sensual y lo sabía muy bien, tenía una manera de hablar que enamoraba a simple trato. Varias de las más bellas jóvenes (tu abuela no), le fueron a declarar su amor. Don Pereira, con elegantes respuestas, evadía una a una tales peticiones. Siempre lograba salir airoso, sin llegar a comprometerse con ninguna.

Pero fue pasando el tiempo y resultó que ya había rechazado a todas las mujeres del pueblo, a todas sin excepción. Entonces comenzó a ser mirado como se mira a un bicho extraño: con los ojos bien abiertos. Fue tratado con mucho desprecio; primero por los hombres, celosos y luego por las mujeres, despechadas. Don Pereira no pudo soportar tal desplante popular, ni mucho menos se atrevió a enfrentarlo. Un buen día agarró todos sus libros, los cargó en una carretilla y se dirigió solo hacia el monte. Fue en una mañana de ardiente verano que las más viejas todavía recuerdan. Consiguió alojarse en un rancho abandonado que había pertenecido a uno de los fundadores del pueblo. Si, se trata del mismo sitio en donde vive en la actualidad.

Los fundadores del pueblo no fueron afectados por la maldición, se cree, porque ya se vinieron con sus familias formadas. Eso sí, entre los hijos de los fundadores se encontraron las primeras víctimas. Es más, me atrevería a decir que le sucedió a todos los hijos de los fundadores a excepción de Don Pereira que se recluyó en el monte y mantuvo una vida solitaria. Que yo sepa nunca se lo vio en compañía de nadies. Esto no lo podría aseverar, es nomas lo que se comenta en el pueblo; aunque si se comenta tanto es porque ha de ser cierto. —Tía Loló se puso inmediatamente de pie, se acercó a la pileta y abrió el grifo de la canilla para dar comienzo al lavado de la vajilla utilizada por ellas dos en la cena.

Aproveché la interrupción para escribir en mi anotador con espirales una serie de dos interrogantes: ¿Sería posible que Don Pereira tuviese un instinto de preservación tal, que lo haría rehusar aun al amor? ¿O puede que su destierro haya sido planeado para poder, desde las afueras del pueblo, amar sin peligro alguno? Modulando tales conjeturas encontré un hueso de caracú enorme hundido al fondo del caldo. Luego formulé un tercer interrogante, ácido, filoso, que sí podía serme respondido in situ por Tía Loló:

Dime Loló, ¿nunca, ninguna de aquellas numerosas pretendientes fue a visitar a Don Pereira una vez que ya se había instalado en el monte? —Lo terminé de carcomer introduciendo arrollada, la lengua en la cavidad carnosa.

Hay una historia bien aprendida por todos en el pueblo, que dice más o menos así: Al poco tiempo de irse a vivir con la sola compañía de su sombra al monte, la joven más hermosa del pueblo, que se llamaba Herminda, quiso ir en su búsqueda decidida a todo a pesar de haber sido rechazada ya en varias oportunidades por Don Pereira. Sus padres se hallaban escandalizados ante el capricho de su hija, su única hija, por enamorarse de un demente. Desde un principio, para evitar que cumpliera con su propósito, la encerraron en su cuarto bajo llave. Pero imagínate la energía que tienen los jóvenes a esa edad, donde quieren llevarse al mundo por delante. La noche menos pensada Herminda escapó de la casa saltando por una ventana que sus padres habían olvidado de trancar. Se encaminó de manera silenciosa hasta la laguna y decidida fue ascendiendo el monte en plena madrugada. Iba descalza y gritaba desaforadamente el nombre de su amado. Todo transcurrió en medio de la obscuridad más brutal. En esa época el alumbrado público era muy precario.

En cuanto el cielo se disponía a amanecer, ya se aprestaban a cantar los gallos, la joven Herminda regresó hecha un trapito. Apareció por la plaza central, totalmente desnuda, montada a un caballo salvaje de Don Pereira. Lo hizo atada de pies y manos. Un libro de poesía gauchesca, encintado con varias vueltas, le cubría cuidadosamente los pechos. A esas horas no había mucha gente en la plaza, pero la noticia corrió por el pueblo como chancho excitado. No tardó en congregarse una multitud para ver ese espectáculo de carácter gratuito. (La abuela se encontraba en primera fila).

Con la parte blanda del pan empezaba a limpiar el plato desde el extremo hacia el centro, cuando Tía Loló continuó contando con detalles, lo ocurrido a aquella joven perdidamente enamorada de Don Pereira:

La ira se montó a pelo limpio en el padre de Herminda, no tanto por la humillación de ver a su hija como vino al mundo ante los ojos de todo el pueblo, sino más bien porque parecía no entender que alguien hubiese rechazado a su ser más preciado y distinguido.

Se pensó en conformar una comisión para ir a ajusticiarlo en ese preciso instante. No resultó difícil conseguir voluntarios, pues varios en el pueblo le guardaban rencor por sus inconductas pasadas. Los preparativos estaban bien encaminados, había pistolas, estacas, sogas y cuchillos… cuando de pronto, Herminda dejó de sollozar. Ya desencintada levantó el libro por sobre su cabeza y clavando la mirada en los miembros de la incipiente comisión, largó un grito contenido desde lo más adentro de sus entrañas: “Alto señores, les suplico que bajen sus armas y depongan su actitud. Aquí yo soy la única culpable, culpable de haber ido a encarcelar su libertad. Les pido que entiendan por lo tanto que Marcelino Pereira es inocente de todo aquello que se le acusa”. El Comisario se acomodó su bigote menudo en señal de desconcierto, al mismo tiempo que el padre de Herminda se apresuraba a desabotonarse la camisa para cubrir las partes pudendas de su hija, expuestas a todos los allí presentes. Digamos que a esa altura de los acontecimientos, ya no faltaban ni los perros.

Para cumplimentar el postre me estaba sirviendo mi segunda porción de budín de pan, con una abundante ración de dulce de leche casero. A su vez me asaltó la impresión de que Tía Loló iba a concluir el relato:

La comisión se disolvió tan rápido como se había creado y se propuso entonces, a través de un acta, dejar todo así con respecto a Don Pereira, llevar a un colegio pupilo a Herminda, adueñarse del equino y trasladar el libro de poesía gauchesca a la biblioteca del pueblo. En un acta adjunta se anotó la ausencia de dicha institución que hasta hoy día, alrededor de cincuenta años después, sigue obscura de presencia.





























XXII- Más munición gruesa de Tía Loló.




Todavía aturdido por la impactante narración de Tía Loló y recordando aquel atrevido graffiti hallado sobre una de las paredes frontales de la pequeña iglesia ubicada frente a la plaza principal del pueblo, me surgió una pregunta, que realicé del siguiente modo:

¿Y cuál fue la postura tomada por la Iglesia ante los hechos que se sucedían, uno más desatado que otro, teniendo en cuenta la poderosa influencia que tal institución siempre ejerció, sobretodo en los pueblos? —La pregunta la culminé mientras aun iba lamiendo a lo ancho del plato los restos de aquella ambrosía que me representaba el budín de pan con dulce de leche casero.

Tía Loló, mientras había vuelto a realizar los correspondientes quehaceres en la cocina, me respondió:

No hubo ninguna postura, ya que por ese entonces estábamos huérfanos de la presencia de los hombres de Dios. Recién al poco tiempo del revuelo que se armó en torno a Don Pereira y Herminda, fue que arribó el Padre Ernesto para predicar en el pueblo. Era muy joven y venía cargado de un contagioso entusiasmo. Levantó en pocos meses, con la colaboración de todos, la capilla ubicada en un terreno que estaba deshabitado, al ladito de la intendencia. Yo era tan sólo una niña, pero lo recuerdo perfectamente bien y hasta ayudé con la colecta que se hizo para juntar los fondos. Los únicos mezquinos se encontraron entre las gentes más acaudaladas; lo que son las cosas. No llegó a pasar ni un año desde la fiesta de inauguración de la nueva capilla que el Padre Ernesto aparecería muerto, clavado junto a la figura del señor Jesucristo en la sagrada cruz. Lo encontraron por la mañana pero se dijo que subió y se clavó por la noche. La madrugada fue su calvario. Fue suicidio, el comisario no tuvo dudas y asunto archivado.

Más tarde se supo (a decir verdad, ya se sabía) que andaba en amoríos con La Mary, una vecina y muy asidua concurrente de la capilla. El escándalo llegó a salpicar como chorro loco, las mismísimas puertas del obispado de la provincia. Prestá atención y date bien cuenta lo que ocurría… ¡Se trataba de un cuádruple pecado el cometido por el Padre Ernesto! Tanto por haber renunciado al celibato como por llevar a cabo una relación de tipo carnal con una feligresa, que para colmarlo era ya casada. El cuarto pecado, quizá el más severísimo de todos, fue el de haberse quitado la vida… la vida que Dios le había brindado en gracia y que sólo él podía quitarle.

No hubo indulgencia ni con su cadáver que no fue enterrado como Dios manda, en el campo santo. Al otro día de cometido el suicidio llegó una alta autoridad eclesiástica y con la ayuda de una cuadrilla de operarios tapiaron todas las ventanas de la capilla mientras que a la puerta le pusieron un candado del tamaño de un melón. Después cargaron la cruz con el Cristo en una camioneta y se fueron para nunca volver. El cuerpo del Padre Ernesto jamás nadie vio que lo hayan sacado y otro fuerte rumor que circula en el pueblo dice que lo dejaron encerrado en la capilla desde aquel día y por eso cada tanto se escuchan extraños ruidos provinientes de su interior. Incluso algunas veces se creyó oír la voz del Padre Ernesto pidiendo indulgencia. Hoy en día más de uno se cruza de vereda para evitarla, así como te lo digo, lo he visto yo con mis propios ojitos. Cerrada quedó la capilla desde aquella época hasta la fecha. Lógicamente el paso del tiempo la fue desmejorando, ya van un montón de años… en cualquier momento se puede venir abajo.

¿La Mary? La Mary huyó esa misma noche y nunca más supimos que fue de su vida. Hubo quien dijo que la vieron internada de monja en el convento de un pueblo cercano. Otros que la hallaron prostituyéndose por diferentes ciudades. ¿Cuál es la verdad? ¿Quién sabe? Lo cierto es que el marido de La Mary quedó destrozado y se volvió alcohólico. Yo en persona lo pude encontrar cada tanto vagando por las calles del pueblo a cualquier hora, totalmente borracho, gritando su dolor. A partir de ese hecho tan tremendo, tan conmovedor, nunca más pisó el pueblo otro hombre que nos trajera la palabra de Dios. Se presume que una poderosa orden bajó, algunos dicen desde el propio Vaticano, por ser éste, un pueblo hereje e irremediable, que ya no merecía ni siquiera el más mínimo perdón de Dios y quizá tengan razón, no los culpo ni me emigra la condena.

La precisión de lo dicho por Tía Loló me dejó un sabor de carácter agridulce en la boca. Se me asomó a la mente la imagen de Manuela y quise saber más de ella.

Tía Loló, ¿estás al tanto de cómo le ocurrió la tragedia al padre de Manuela? —Mientras la nombraba simplemente, lo que acababa de vivir con ella se me volvía aun más encantador y se me puso la piel como gallina.

Lo recuerdo perfectamente y no soy la única. El padre de Manuela era un prestigioso diplomático de carrera que se la pasaba viajando por todo el mundo. Estaba siempre muy abocado a su trabajo. Sin embargo tenía más de cincuenta años y no había encontrado aun, una mujer para amar. Yo lo vi en un par de ocasiones y me pareció una persona amable, de apariencia más bien tímida. Era de piel muy blanquita y los cachetes se le ponían bien colorados de inmediato en cuanto te hablaba. Se le ponían del mismo color del de sus cabellos. Nunca supe cual era su nombre, todos lo llamábamos El Colorado o Colorado a secas. Lo conocimos porque, a causa de una afección en los pulmones, su médico le recomendó aire puro y una prima suya lo trajo por estos lados. Así se convirtió en un habitante más del pueblo y no faltó quienes se vanagloriasen de ello, de ser vecino de alguien tan distinguido.

Una mañana, El Colorado fue a realizar la caminata diaria que le había recomendado su médico, rutina que parece, era parte de un tratamiento. Mientras descansaba a la vera del camino, luego de finalizar sus ejercicios, se cruzó a la madre de Manuela que venía en bicicleta de hacer los mandados. Ella tenía dieciséis años recién cumplidos y era tan hermosa, figúrate, como luego fue su hija. Cumplido va, cumplido viene, resultó que se quedaron profundamente enamorados a simple vista, como por un artero flechazo. A partir de ese día comenzaron a verse a escondidas por temor a la esperada negativa de la familia de la joven, que no verían con buenos ojos aquella relación tan dispar. También lo habrán hecho para evitar ser presa fácil de los comentarios de la gente. A poco menos de un mes del oculto romance, él dejó de lado su próspera profesión y vendió, uno a uno, todos sus bienes de la ciudad. Con ese capital pudo comprar una gran estancia en las afueras del pueblo. Allí se amaron furtivamente, dicen algunos, de una manera animal que ni los mismos animales.

Cumplido el año y medio de aquella ardiente relación, llevada a cabo con metódica y discreta prudencia, El Colorado fue hallado muerto de un certero disparo de pistola. Una bala sola bastó para desfigurarle el corazón. La joven amante se enteró del hecho recién por la noche en su casa, mientras cenaba en presencia de su familia. Abandonó la mesa sin explicar nada y fue a esconder el llanto en su habitación. Para entonces ya estaba embarazada de Manuela. De esto se enteraría poco tiempo después, cuando su cuerpo iba a dar evidentes señales hacia el exterior. Sus padres la increparon severamente con el fin de lograr que contase cómo había ocurrido ese pecado y con quién. Ella les hizo tragar el sapo de que todavía era inmaculada y que desconocía como había llegado un hijo a su vientre. Al final de cuentas parece que le terminaron creyendo y hasta hubo alguien en su familia, una tía o una abuela, que equiparó la historia que le sucedió a ella, con la que le sucedió a nuestra señora María, Ave Purísima. Luego la sucesión de bienes del Colorado puso todo en su lugar y se supo la verdad con respecto a esa niña.

Me quedé impresionado por las historias y por la claridad con que Tía Loló se había expresado. Trataba sacar provecho de tanta información entrelazando coordenadas investigativas, al mismo tiempo que era interrogado:

¿Querés más?

No, ya estoy conforme.

Me puse de pie. Tía Loló ordenaba los tarros de la alacena, prolijamente etiquetados: «arroz», «café», «azúcar», «yerba», «fideos», «sal», «polenta», etc. Me acerqué y le di un beso en la frente para despedirme e ir a la cama. Cuando iba a hacerlo vi que habían quedado flotando en el mantel de hule, gorgojos de pan sobre gotas anaranjadas del guiso y sobre las de colorado oscuro del vino tinto. En eso me surgió una última pregunta para hacerle:

¿Qué sabes Tía Loló, de esa obediente perra Chicha que tiene Don Pereira y que lo acompaña a todos lados?

Ni chicha ni limonada. Este pueblo nunca lo pisó esa perra Chicha que tú dices, aunque quien sabe; se podría esperar cualquier cosa viniendo de aquellos lados.

Concluí en ese momento la charla y me dirigí con pie firme hasta el baño. Cepillé enérgicamente los dientes, oriné y, tras afrontar una erección, me preparé mentalmente para irme a dormir. Antes de abandonar el baño me remojé varias veces la frente, algo calurosa. Quedé un rato parado frente al espejo y al verme descubrí una mirada distinta a la de costumbre. Me dominó un mareo con ritmo de hamaca. Cerrando de inmediato los ojos me aferré consternado al lavamanos, pensé unos segundos en mi madre y sentí de modo palpable que mi corazón iba a estallar dejando serias secuelas si no veía pronto a Manuela. Había planeado también darme una ducha, desistí a último momento para no quitar su adorable aroma de mi mano y de todas aquellas partes de mi cuerpo que habían rozado el suyo. Abandoné esa incómoda posición sobre el lavamanos y aspirando feliz mi cuerpo, ingresé a la habitación.

Me desplomé sin más sobre la cama con todo el pesado cansancio que llevaba encima. Sumado a esto también, iba arrastrando un fuerte grado de excitación mental que me quitaba el oxígeno. Tenía los pies hinchados de tanta caminata, pensé mientras me agachaba para aflojar los cordones de los zapatos y así darles un pronto respiro. Cuando realizaba ese cometido, con la cabeza apuntando hacia abajo, pude reconocer tallada en una de las patas de la cama a la idéntica inscripción que había visto en el monolito ubicado cerca del camping municipal, al pie de la laguna. Era, sin dudas, el corazón rellenado con la M de Manuela y la R de Roberto por dentro. Sentí irrefrenables celos del pasado de mi amada y mordí la blanda almohada con toda la dentadura por no llorar.

Para distenderme a tiempo y evitar así un torbellino de pensamientos incontrolables que ya comenzaban a estornudar en mi cabeza, recurrí a llevar la mente a un juego de palabras que consistía en colocarle todas las vocales a una estructura de letras o matriz, alcanzando el éxito siempre y cuando se formase una palabra con sentido. A medida que armaba uno y otro juego iba entrando en un estado de relajación tal, que respondía al sueño. Luego de la estructura Mas seguí con esta otra: Mana - Mane – Maní – Mano – Manu… que turbación me produjo nombrarla y pensar que mañana volvería a hacerlo.

Poco antes de entregarme definitivamente al sueño, de imprevisto se me apareció una palabra: ‘sostengo’, que despertó esta bella conmoción: ‘Sos–tengo’: ‘Sostén’. Y llegue maravillado a una conclusión final para poder dormirme de una vez por todas. La maravillosa conclusión era precisamente: ‘Si sos, entonces tengo’.

El cansancio acumulado y el vino tinto hicieron prontamente lo suyo. Buenas noches. Hasta mañana mi dulce amor. A partir de ahora serás mía por siempre y de nadie más, lo prometo. Atrapé aquella última frase, que quedó reposando largamente entre mis labios como una fruta envenenada pero deliciosa. Me resistí a olvidarla todo lo que el sueño me lo permitiese. Hice lo imposible porque no se esfumara en la noche terca de las vaguedades circundantes y desprolijas.






























XXIII- Caza con Don Pereira.




Puntual me hice presente en la casa de Don Pereira. No fue tan dificultosa la subida por la escalinata, como sí había resultado el día anterior. Por lo tanto, no experimenté la desgarrada sensación de acarrear un cuerpo diezmado. Tal vez fuera consecuencia de hallarme más sobrecargado con vital energía, tal vez por sentir que estaba avanzando positivamente en una investigación que ya era parte sustancial de mi vida, tal vez siquiera por el fuerte deseo de continuar la inconclusa charla con ese misterioso hombre que por voluntad propia había elegido aislarse de toda presencia humana. Entendí que probablemente podría tratarse de una sumatoria de todos esos elementos, más alguno que hubiese omitido.

Me senté junto a la aromática sombra del eucalipto que estaba enraizado frente a una esmirriada tranquera trazada sobre un lateral de la casa. Practicando el abandono mental, aguardé armado de paciencia a que hiciera su aparición Don Pereira pertrechado para la caza.

Al cabo de una espera corta, salió lo más campante con la escopeta colgando del hombro y Chicha a un costado. “Sígame a suficiente distancia y mantenga el silencio hasta que le avise”, me señaló en bajo tono de voz, una vez que se había arrimado hasta donde me encontraba. No alcanzó a mirarme en ningún momento, ni Chicha tampoco. Fui cumplidor a sus palabras y emprendí en silencio una larga caminata tras Don Pereira y Chicha. Desde la posición que me habían asignado, que cumplí con obcecada obediencia, estuve obligado a ver el pelo revoltoso cayendo contra la espalda tísica del hombre y el rabo vivaz del animal. Quedé nuevamente consternado por la pestilente fetidez, por el creciente hedor… ¡válgame Dios!: sus ropas raídas disparaban sobre mí, una almacenada transpiración rancia unida con destellos de viejos orines. No sin aprensión, lo reconozco sin avergonzarme, alcancé a juntar las fuerzas que estimé necesarias para impedir que surgiera un nuevo colapso respiratorio. En esa realidad manifiesta nos fuimos internando los tres, con pasos firmes y absolutos, por la médula infinita del monte.

Deambulamos a través de terrenos sin sendero marcado. Pisamos tierra humeda, tierra reseca, pastizales salvajes, piedra y pedregullo, ramaje y hojarasca de árboles. Hundimos los pies en barro y agua tanto en subida como en bajada. Vadeamos dos arroyuelos, o quizá se trató del mismo en ambas oportunidades. Siempre sin detenernos, siempre sintiendo como su cuerpo exhalaba aquel olor pestífero; siempre en silencio. Chicha, pese a sus patitas cortas, iba con total pericia tanto por tierra como por agua; se podría haber dicho que sólo le faltaba volar. En varios momentos se me instaló, muy dentro, una rotunda sensación de arrepentimiento. ‘No tuve que haber venido al monte con este viejo medio loco. Mejor me hubiese quedado comiendo unas tortitas negras en lo de Tía Loló’, repetía una y otra vez, a cada paso que daba, intentando esconder el gesto de mortificación que se había adherido a la superficie de mi rostro.

Agradecí de cara al cielo en cuanto, inesperadamente, Don Pereira hizo un alto en su maquinal caminata. Aproveché esa interrupción de la marcha para recobrar el aliento y, con ese objetivo, me recosté sobre un suave pastizal rodeado de pura arboleda. Desde ahí pude precisar como la vida calma y ordenada que era parte de mi costumbre en la ciudad, desde la llegada al pueblo se había echado por un tobogán de vertiginosas emociones. Tenía los aparatos sensitivos dirigidos en esa reflexión, cuando pude notar alguna cosa extraña en sus movimientos y procuré ajustar la visión para no perderme detalle de lo que ocurriría.

Don Pereira se fue acercando lentamente a un árbol, tendió ambos brazos hacia el tronco y con las enormes palmas de sus manos comenzó a propinar suaves caricias contra la rugosidad de la corteza. No dejaba de sorprenderme, que de inmediato se inclinó para levantar del suelo un manojo de hojarasca fría. Lo acercó para sí, aspirando enérgico su olor de aspecto amargo, tierroso y húmedo. Al cabo de haberlo sujetado unos cuantos segundos en modo contemplativo, dejó caer el manojo de hojarasca fría al suelo por su propio peso. En breve, parecía como alucinado, alzó su mirada tras un pequeño pájaro de color amarillento que volaba casual por las frondas de los árboles. Lo siguió en su recorrido hasta que uno y otra se posaron en una frágil rama que se sustentaba en las alturas. Durante no menos de cinco minutos sus ojos estuvieron dirigidos únicamente al pequeño animal de plumaje ardiente. Con la colita rígida, Chicha se mantuvo constantemente sigilosa, sin perderse detalle, parada sobre un tronquito abandonado a su suerte.

Por mi parte, me debatía entre serias dudas y un pensamiento caótico provocado por lo que estaba viendo. De todos modos mantuve el silencio, aun cuando pensé: ‘¿Por qué no saca su escopeta y dispara de una buena vez? ¿Qué estará esperando? ¡Se le va a escapar!’ El bichito seguía posando en la rama, quietecito, a lo mejor cansado tras un largo peregrinar aéreo. Don Pereira no abandonaba su posición en ningún momento, pero la escopeta seguía haciendo blanco contra el piso. ‘¿Cazará pájaros o monitos trepadores?’, me intrigué. Pese a intentar mantener la paciencia, llegó un determinado punto en que ya no pude contenerme más y, por no sacarlo de aquel increíble estado de concentración visual en que se hallaba, en voz bien baja le iba a preguntar. No me animé. Recién lo hice cuando terminé de cerciorarme que ya se había dispuesto a bajar la mirada. Me escuchó atentamente. Esto fue lo que obtuve como respuesta:

No señor, yo no cazo animales, de ninguna manera. ¡Cómo se le ocurre! —Hizo una pausa y enfatizó: —A ver si le queda claro: lo que yo cazo son sensaciones.

Me sorprendí circunspecto y mi cara bien pudo haber reflejado la de un perfecto idiota, pues de inmediato Don Pereira comenzó a explicarme con suma precisión, cual era el procedimiento que utilizaba para hacer tal cosa:

Es muy sencillo. Oiga bien: me interno por el monte con todos los sentidos bien alertas ¿sabe que son cinco, verdad? Cuando veo algún elemento orgánico o inorgánico que sea de mi agrado, a través de estos, lo atrapo en la memoria. Si bien es cierto que generalmente utilizo los sentidos de la vista y el oído, algunas veces me es posible también aplicar tanto el gusto, el olfato, como de vez en cuando el tacto a mano llena como hice hace sólo unos instantes. De esta forma es como puedo darle una definición más real a las cosas que nos rodean y así acercarme lo más posiblemente a su esencia, que es el objetivo supremo de todo ser que desea conocer el mundo.

Pero entonces Don Pereira… ¿debo deducir que usted no cree en las virtudes que son propias de las enciclopedias? —Pregunté cada vez más atónito, debido al tenor de las explicaciones que iba recibiendo.

Hubo un tiempo en que sí creía en algo… —Hizo de pronto silencio, para seguir atentamente el vuelo de aquel pájaro amarillo que recién en ese momento abandonaba la rama donde se había posado, con firme intención de irse perdiendo definitivamente de nuestra vista. Suspiró aturdido, formándosele hondas arrugas en la frente, pero continuó con su historia—: Creía sí, hasta que un buen día abandoné el camino de la verdad: ¡falsa! y puse mis cinco sentidos a vibrar. Lo recuerdo vivamente, como si hubiese ocurrido ayer o la semana pasada. Y esto que le voy a contar, ocurrió hace más de medio siglo. —Hizo un silencio austero. Apretó la frente. Comenzó a contar—: Primero me encomendé a encender una gran fogata al lado del aljibe y uno a uno, con una fuerza que nunca tuve, tomé los ocho módulos de mi biblioteca para echarlos al fuego. Cada uno de aquellos módulos albergaban cerca de quinientos ejemplares. Sepa que tenía varias colecciones completas ordenadas alfabéticamente, volúmenes gordos así, literatos clásicos de todos los tiempos, encumbrados florilegios, que fueron los que en mayor medida crepitaron, primeras ediciones autografiadas, carátulas artesanales hechas a pedido, encuadernaciones magistrales cosidas a mano y todo el inventario que se imagine, si es que puede. Ardieron la noche entera hasta convertirse en ceniza. En ese preciso instante terminó el hombre de letras que alguna vez fui y di comienzo al hombre sabio que ahora soy. Pese a las inevitables ataduras de origen, me enorgullece saber que fui capaz de realizar, como muy pocos lo hicieron, el salto primordial desde la obtusa abstracción civilizatoria, hacia la modalidad más pura que concierne a congraciarse con la naturaleza en todas sus formas posibles.

Me costó recuperarme ante la magnitud de su explicación, pero una vez que lo hice pude entonces preguntarle el sentido práctico de llevar la escopeta con municiones, si sólo cazaba la esencia de las cosas con los cinco sentidos de su cuerpo. Su ajustada respuesta no fue de un calibre distinto a las anteriores, aunque no por ello dejó de sorprenderme nuevamente:

Es por si se me cruza en medio del camino un humano feroz y pone mi vida en peligro o la de Chicha, es por eso nomas.

No terminaba de responderme que ya se había agachado nuevamente, tal vez apetecido de cazar los aromas del estiércol de oveja o el gusto a la baba de un caracol que pasaba por ahí cuando, con los ojos desorbitados, se me demudó el rostro… bajo su mugriento y deshilachado pantalón se fue asomando, brillante e inmaculado, el elástico rosa de su ¿calzoncillo? ¿Podría acaso que se tratase de…? Chicha comenzó a morderme el cordón de uno de mis zapatos, con lo cual provocó que desviara la atención. Don Pereira advirtió la situación y fue terminante:

Chicha se encuentra un poco cansada. Es hora de emprender la vuelta. De todos modos ha sido una caza sumamente dichosa. —‘Vaya si la había sido’, pensé, y correspondí con un gesto que pretendí invisible.





















XXIV- Almuerzo con Don Pereira.




Mientras regresábamos me ofreció compartir el almuerzo en su casa para continuar la charla postergada siempre y cuando por la tarde lo dejara solo. Acepté sin demoras aunque con algunas dudas. Es que no pude evitar imaginar a Tía Loló en la cocina. ‘¿Qué manjar habrá preparado?’, me interrogué por dentro. Al transponer la verja de la casa tuve que darle a entender, una vez más, que había comprendido perfectamente la condición impuesta. Recién entonces se metió en la casa dispuesto a preparar el almuerzo. Yo quedé del lado de afuera, sentado sobre los restos de un enano de jardín, que se hallaba recostado en el piso. Allí logré quitarme molestas espinas e implacables abrojos adheridos a las medias. Una vez concluida la limpieza levanté la vista y miré hacia el cielo. El sol estaba en su punto más meridiano y el resto era todo celeste, un vasto celeste. Me llamó la atención el hecho de no alcanzar a ver siquiera la intrusión de una sola nube en todo lo extenso que posibilitaban mis ojos, ni una sola.

Afortunadamente el almuerzo lo efectuamos a la intemperie, en el mismísimo jardín, donde una suave brisa limpiaba el ambiente. Pese a la presencia constante del frío, era mucho más preferible que hacerlo dentro de esa casa contaminada por diversas sustancias que propiciaban la aparición de un verdadero cóctel amoníaco. Cuando Don Pereira se puso a mi lado para servirme en el plato pude apreciar que de su ingle afloraban unos puntos de sutura groseros que le recorrían desde lo bajo del ombligo hasta donde su pantalón no me permitía ver más. Consulté por aquella afección.

Hace unos cuantos años sufrí una hernia por cargar un tronco más pesado de lo que mi cuerpo podía afrontar. Me arrastré hasta la cama y quedé paralizado por varios días a causa de un dolor fortísimo. ¿Médicos? Estaba sólo y no me fío en esos seres. Lo hice yo mismo guiado por los conocimientos mínimos de medicina. Fue una operación exitosa y a los pocos días ya estaba recuperado.

Ante la evidencia de la comida servida, deseé saber si la carne era también parte de su dieta. Con un aire entre descriptivo y jactancioso, me respondió que sólo se alimentaba con lo que cosechaba en la huerta, lo que daban sus árboles frutales y los huevitos frescos que ponían sus gallinas. Alcé la vista para divisar el gallinero; había desparramo de plumas.

El clima era favorable y le pregunté si había llegado a conocer al padre de Manuela. Don Pereira hizo un intervalo de silencio, levantó el labio inferior, sacó los ojos hacia afuera y encogió los hombros como toda respuesta. Le precisé a tiempo que le decían El Colorado.

Ah sí, El Colorado ese. —Pareció acordarse y a continuación, esgrimió a modo de telegrama el siguiente comentario—: Era un buen hombre. Lo vi una sola vez. Le advertí que se alejara del pueblo. Su vida corría serio peligro. Lo había encontrado husmeando en las cercanías de mi casa. Al verme sacó varios fajos de ardientes billetes. Quería comprarme la casa a toda costa. Lo saqué a punta de escopeta. No quería entrar en razones. A los dos días aparecería muerto.

Imagino que estaría buscando desesperadamente una escapatoria a su tragedia.

Ya estaba condenado.

Fijé la vista en el gallinero y de repente me imaginé a Manuela empollando en la silla de ruedas y reí en solitario. Don Pereira me ancló en forma fulminante la mirada a causa de mi impertinencia. Sin practicar gesto alguno, seguí comiendo el revoltijo de legumbres para que no se confundieran las cosas.

En eso estaba, cuando recordé su extraño concepto acerca de la falta de poesía en relación con la tasa de suicidios por amor y volví sobre el tema, preguntando sin tapujos.

Es así, —me dijo mientras se rascaba fragorosamente la barriga con sus dedos corvos—, la poesía es el punto de fuga natural del amor, si ésta no se manifestara no habría perspectiva alguna, con lo cual todo sería amor y como ya sabemos bien: todo de todo es ciertamente nada.

Lo comprendo, lo comprendo perfectamente; perfectamente. —Le respondí sin estar del todo seguro, luego me dedicaría a reflexionar detenidamente sobre la pronunciación de aquel último apotegma. El revuelto tenía muy buen sabor, aunque era un tanto grumoso y los restos de huevo ubicados más hacia el interior del batido se encontraban peligrosamente crudos. Por supuesto que me guardé la queja, pero no por ello dejé de interpelarlo acerca de lo sucedido con mi primo:

¿Y lo de Roberto también fue por lo mismo, por la mencionada ausencia de poesía? —Al finalizar la pregunta se me fue atragantando en la garganta, una grosera porción de legumbres. Para facilitar que bajara hasta el fondo, bebí un largo trago de agua que me fue dejando a su paso, algo turbio el paladar. Con seguridad comprobé que ese agua tenía su origen en algún arroyo cercano, el sabor era inconfundible. Dejé de lado la apreciación acerca de la potabilidad del agua, cuando vislumbré que agitaría una respuesta:

¡No! —Disparó y luego contuvo el aire como guardando el arma.

¿Cómo sabe usted que no? —Repliqué de inmediato al sentir que su pólvora continuaba aun caliente.

Ocurre —dudó un breve instante donde apuntar—, ocurre que yo tuve algún trato con ese muchacho. ¿Se sorprende?: no lo haga tanto. Venía a visitarme para tratar temas de honda profundidad, temas dotados de poesía. Conocía, por citar sólo un ejemplo, a Virgilio. ¿Me entiende?: ¡al mismísimo Virgilio Marón!

¿En qué momentos venía a visitarlo mi primo Roberto?

¿Y eso qué carajo importa? ¡Qué églogas magistrales!… ¿No las ha leído? Lo siento entonces, de veras, mucho por usted.

¡Conteste por favor, señor Pereira, que yo no pregunto sinrazones! —Lo intimé sin estribos, apretando debidamente en la complexión de su fornido músculo vanidoso.

Bueno, no se ponga rabioso que contestaré debidamente a su pregunta. Roberto solía venir a visitarme por las tardes, incluso y pare bien las orejas: incluso la tarde previa a la noche de su muerte.

¿Recuerda aquella gloriosa delantera verdolaga que hizo historia, apodada Los Cebollas de Caballito? —Me valí de estos antiguos datos, gracias a un compañero de la facultad que se sentaba al lado de mi banco. Era uno de aquellos barbudos de gran oratoria. Se pasaba la hora completa de clase, susurrándome al oído delanteras históricas de equipos, con el firme objetivo de distraerme. A veces lo conseguía. Y pensar que siempre me pareció tan infame ese tipo de saberes propios de las estadísticas que envuelven al fútbol, otra infamia aun mayor, quizá la más grande de todas, que le ha hecho tanto daño a las sociedades modernas o con pretensión de serlo.

Lo cierto es que con esa pregunta, posibilité la aparición del tiempo suficiente como para ir apuntalando la idea que recorría salvaje por mi cuerpo… Entonces Roberto iba a visitar a Don Pereira cuando dejaba sola a mí Manuela leyendo en la laguna. Entonces ese ir a reflexionar era eso. Entonces...

Marin, Borgonia, Sarlenga, Ganduglia y Ameal. ¿Está bien no es cierto? ¡Eh! ¿Escuchó o quiere que se lo repita en japonés?

Me pareció verlo agitarse sin remedio, como si hubiese sacado esos nombres de bien al fondo del aljibe.

Correcto, correcto, correcto. —Pronuncié nuevamente sorprendido por esto otro, ya que por el recuerdo fonético que me soltó la anegada memoria, pareció bastante acertado. —¿Pero cómo es que recuerda los apellidos de aquellos jugadores de antaño, si según usted mismo me ha confesado, su afición al fútbol era solamente una puesta en escena para los demás?

Así fue en un comienzo, pero sucedió que sin darme cuenta, esos muchachos me ganaron el corazón y lo hicieron vibrar. Lamentablemente la misma temporada en que conquistaron el récord fue cuando me vine a vivir al monte y desde entonces les perdí el rastro para siempre, a ellos y a mi querido team.

¿Puede que acaso usted también se encuentre desinformado de aquellos avatares políticos que han sacudido a nuestra República durante los últimos treinta o treinta cinco años?

A decir verdad, es así y le aclaro que no me interesa en lo más mínimo enterarme, no tengo ningún temor a que me tilden de apátrida. Pero dígame una cosa: ¿siguen tan pujantes los valientes comités de la Joven Guardia?

De pronto sorprendí impúdica, una lágrima brillosa escondiéndose tras la peluda mejilla de Don Pereira. ¿Emocionado tal vez? Sin darme tiempo alguno a responderle, él mismo corroboró lo que suponía acuñando la siguiente frase:

Has incursionado en sentimientos dormidos y eso significa dolor. Le suplico joven, que es ahora mismo el momento más indicado para marcharse.

Yo, que siempre supe retirarme a tiempo, no esperé que su pedido se haga orden. Antes, sin que Don Pereira ni Chicha lo advirtieran, dentro de mi saco guardé algo (no, las bombachitas no pude), fue algo que a mi podría serme útil y que Don Pereira difícilmente utilizaría.

Apenas me había alejado unos cuantos metros de la casa, sentí un pinchazo en la nuca seguido de un desbarajuste muscular que provocó un inesperado movimiento genuflexo. Me mantuve aferrado a una roca cercana intentando no perder la conciencia de mis actos, por temor a desmayarme en la cercanía de algún precipicio inoportuno. Aun mareado y con las piernas débiles, continué bajando hacia la laguna a través del conocido derrotero: primero por la dura escalinata de piedras, luego por el zigzagueante sendero de tierra blanda. Toda la última parte del recorrido la realicé con el creciente dolor de cabeza en su máxima intensidad, lo que generó una imagen borrosa del camino.

Culminé el descenso del monte sin lesiones de consideración a pesar del peligro acarreado por no ver adecuadamente y por no tener la reacción físico-mental en forma debida. Me recosté en la orilla a esperar que pasara la tormenta que se había instalado dentro mío. Ahí mismo se suscitó el primero de una serie de síntomas adventicios. Comencé a observar en lontananza al cielo y a la laguna alternadamente. Una y otra vez. Tenía la firme impresión de que no era yo quien dirigía la movilidad empleada por el aparato visual, ni tampoco en lo referido a la duración que empleaba en cada observancia. Envuelto en medio de aquella disyuntiva pude apreciar cuando el sol, arañando las aguas mansas de la laguna, se terminó de perder en el fragmentado horizonte que me era posible acceder ópticamente.

Parecía que en cuestión de minutos, se hubiera ido hospedando en mí, por alguna hendidura torpemente descuidada, un férreo escalofrío que pertenecía y a su vez no pertenecía a una parte esencial de mi ser. Advertido lo cual, y tras secarme unas gotas frías de la frente, comprendí que en efecto ya no era el mismo de antes y que probablemente jamás volvería a serlo.

















XXV- Pérdida de identidad.




Me voy dirigiendo a paso ligero, desde la laguna hasta la plaza central del pueblo. Mi unánime corazón enamorado galopa montado a puro vértigo, hacia algo inquietantemente maravilloso, horriblemente maravilloso. Sin acudir a ningún tipo de moderaciones, mis ojos se meten apretados en la noche recién acaecida. El cielo no tiene estrellas y la luna apenas deja ver su silueta tras un componente de extenso nubarrón. A medida que avanzo, el clima se va tornando sombrío y vaporoso. Miro hacia el suelo buscando, quizás, un punto de estabilidad donde reposar un sentido; en cambio descubro con horror que me conducen dos pies tan nervudos como vesánicos.

Desde la vera del camino, como un fucilazo, un perro de barro sale a chumbarme. Me detengo. No entiendo mi reacción, pues no le temo. Nos clavamos firmes las miradas, estableciéndose enseguida una supuesta condición de desafío. Transcurren severos segundos, que se marcan como improntas detonaciones, a la par de los latidos de mi corazón. Inesperadamente, el perro embarrado hace bajar las orejas, huele su trasero con insistencia y se regresa corriendo por donde vino. Observo atónito la manera en que ese cuerpo sórdido se envanece en la noche de vaga temperatura.

Hago mis últimas anotaciones de como voy perdiendo por completo el control de mis acciones, de como quedan cada vez menos vestigios de lo que alguna vez fui. ¿Soy acaso yo quién avanza por la zona más oscura del pueblo? ¿Soy acaso yo el que se asoma desde una ventana de la graciosa cabaña, para contemplarla en silencio por última vez? ¡Qué hermosa que estás, amor mío! Tan quieta tomando un café en tu sillita, tan quieta que querría acercarme por detrás de tu bello y perezoso cuerpo para moverte. Como desearía besarte como te besé aquel día en la laguna, besarte con cada codo, con cada falange, de afuera hacia adentro y a la inversa; acercarme a tu segunda boca, beber de tu baso, tu hígado y todos tus aparatos.

Quedo paralizado en este estado que me sume. Se acentúa la novedosa irrealidad en que me hallo cuando me lloran cenizas de las yemas, cuando huelo a piel quemada. Veo la palma de mi hora y aprieto el puño. El calor sube, sube, sube, hasta instalarse de prepo en la garganta. Lanzo una llamarada: “¡Te amo, te amo, te amo, te amo tanto!”. Pero una picazón en la garganta me impide gritarlo con la fuerza que quisiera e impotente me pongo a correr calle adentro. ¿Soy acaso yo quien se desabrocha y orina íntegramente esta plantita que se encuentra aquí debajo, a la vez que la escupo con un grueso salivazo? ¿Soy acaso yo quien ahora se dispone a escribir las conclusiones de la investigación a la que me he abocado resoluto las últimas horas de mi vida?

Releo rápidamente todas las preguntas anotadas en la tesis e intento reelaborar sus respuestas de acuerdo a todo el material recolectado hasta entonces, si bien breve y carente de orden, sumamente vívido e intenso. ¿Dónde realicé la tarea?: no puedo precisarlo. ¿Cuánto tiempo me demoró llevarla a cabo?: no lo sé, aunque todavía es de noche, ¿la misma noche?…

Un poco antes de dar finalización a la tesis no puedo dejar de pensar, endilgadas para mi dulce amada, secuencias de imágenes en forma de verso. Mi mano tiembla en esa dirección y tras sacar la sudorosa lapicera de mi interior, comprendo que cualquier otra intención me estaría completamente vedada:


Tu vida es toda mi luz

y así vivo encandilado

un día estaré a tu lado

aunque me cargue la cruz.


Me detengo en la estrofa repetidas veces y pese a notarla un tanto vulgar y ciertamente con falta de estupor poético, no dejo de todos modos de fascinarme por el sentido que le asigna, repleto de intensidad, a este preciso momento de mi vida. Comienzo a correr por otra calle llena de ausencia humana, tan de prisa que siento que en breve puedo salir volando. Todo ocurre dando el aspecto de estar abrazado a una inmensa levedad, inminente, casi palpable. Parece que sí, que va a suceder, que voy a despegar los pies del suelo… cuando sin avisar, el frío se me aloja dentro como un invisible polizón y delata la fragilidad de mis huesos. Me detiene ahora y quien sabe hasta cuando. Quedo abatido en el mismo suelo que hacía un rato quise abandonar por lo alto. Al mínimo instante me encuentro arrastrado por la trémula soberbia del espanto. Expreso temblores en abundancia. Con suerte vana formulo una conjuración para librarme de los efectos de la helada. La dificultad estriba en que el frío se presenta caníbal.

Desde lo bajo veo como, ofreciendo el salto preparado con antelación, un bulto de fauno azuzado aparece en escena. Me observa detenidamente y va cruzando el camino hacia el otro lado de la noche. La presencia de su mirada tiene el rojo que marca la tensión nerviosa de sus venas. Me atrapa la amarga impresión de que continúo siendo, cada vez en mayor proporción, despojado de todo mi aspecto interior. Con gran ligereza sale esa bestia por completo del camino, de mi vista, pero deja su huella. Al acecho, expectantes, puedo notar que no estaba sólo aquel, ya que hay más bultos aguardando mis perimidos movimientos. Están agazapados tras el manto neblinoso que les sirve la noche álgida. Unos dos o quizá mil ojos bien abiertos, aguardan pacientemente que mande una señal inequívoca para aniquilarme ahí mismo, en el peor rincón de mi vida. Flota en el aire una risa de hiel. Temeroso por todo lo que me rodea, noche aciaga de angustia, con el ánimo crispado intento buscar muy dentro mío, imágenes o recuerdos nimios de felicidad para poder recobrar la calma y cumplir con el objetivo dispuesto.

Logro acariciar una añorada imagen que, de tan nítida, parecería ser real: Era un niño, el sol quemaba y lo derretía todo en una plaza que me resultaba conocida. En medio de ese clima sofocante, asficcioso, daba vueltas subido a una calesita de inestable colorido. Afirmado a las cinchas, me tambaleaba al compás que imponía desbocado, el caballito de madera que era mi preferido. Los ojos de mamá giraban buscándome a cada vuelta que provocaba aquella infernal maquinaria. La velocidad parecía ir en aumento constante, produciendo un vértigo amargo. Crujían los herrumbrados engranajes internos y a la vez hacían temblar brutales, los ejes cercanos a la base circular. Un fierrito anhelante resplandecía entre los mechones de pelo que se sacudían y chocaban fragorosos contra mi cara. Esperé con paciencia que se presentara la oportunidad. Fui cauto. En el momento justo estiré resueltamente el brazo. Pude sentir como al mismo tiempo que mi remilga mano se aferraba a la fantasmal sortija, al mismo tiempo sentí también que de ese modo lograba aferrarme de lleno a la felicidad. Deseoso de mostrar mi trofeo, alcé la vista buscando a mamá. No la pude ver por ningún lado. En la vuelta siguiente tampoco. Ni en la otra. Una porción de frío se incrustó de lleno en la nuca. Revoleando la sortija a la mierda, terminé tirándome de la calesita en movimiento.

La noche me pellizca el alma herida y se desliza dentro mío otro repentino escalofrío que me hace aflorar el llanto contenido desde hacía un buen rato. ¿Cuánto fue que lloré?, no lo recuerdo ni quiero saberlo.

Ahora sí, mucho más desahogado, intento retomar los apretados apuntes de la tesis… No hay caso. Una nueva inspiración genial me lleva a retomar lo anterior y es un impulso soberbio que inevitable, otra vez no logro detener. Mi entumecido corazón bulle y bulle al saber que leerás esto, producto que mi alma está preñada de hondas sugestiones poéticas:


Sabiendo que la vida es transitoria

y que amar es el más puro vicio

me da temor lo leve de la gloria

soy capaz de ofrendar un sacrificio.


Comprendo muy bien, pese a mi inestabilidad emocional, que en el estado que me encuentro difícil será la abstracción suficiente para encarar correctamente una labor de carácter académico. Se me ocurre además que si presentara algo en este preciso momento, se reiría de mí hasta el más pinche de la cátedra.

Las fibras de mi cuerpo se agitan, en elevada fricción, provocando filosas grietas que sirven para que lo enhiesto se vaya carcomiendo los astillados cartílagos. Me estremezco medularmente al sentir como mis filosos huesos ya huérfanos, se apoyan sin más, pesadamente sobre la tierra. Me asalta la confusión. Pierdo la noción espacio-tiempo. Se van yendo las coordenadas al confín del rudimento. Sólo recuerdo haberme dejado caer en una zanja que surgió debajo mío y posicionarme decúbito, de cara al suelo donde se había establecido un principio de escarcha grisácea. Las mandíbulas, de temblor incesante, producen un entrechoque de dientes que se podría asemejar al sonido de una feroz castañuela oxidada. Parapetado en aquel refugio azaroso, pude haber dormido diez minutos o tranquilamente un par de horas, lo desconozco por completo.

Despierto de un sueño de amor, aunque me queda la duda si pudo tratarse de un pensamiento consciente. No logro distinguir un estado del otro. Una fugaz sensación de mantener el control de la situación me sorprende, optimiza los engranajes y convoca a movilizarme. Estoy listo para comenzar. Bajo tierra, protegido del frío, es el momento, voy a hacerlo…

Pero suenan nuevamente los sonoros clarines del llamado concupiscente y me invade una y otra vez el recuerdo crudo de su lasciva presencia con delicia conjugada habitando en el crepúsculo junto a esos jugosos besos de sabor a néctar proferidos en la verde orilla de la laguna y detienen otra vez las intenciones. Revivo aquellos inquietos besos dirigidos desde aquel rostro poseído por entero de pasión. Ya no resisto el estar alejado de ella y no poder acercarme. Tengo devorante sed de sus caricias, de sentir junto a mi boca esos labios de temperatura ociosa, de oír una vez más ese infantil reír que llena de dulzor a los cansados ventrículos de mi agrietado corazón, de ver su frágil ademán despedido por la gracia de un ángel tan chiquito y regordete que le robaría una franca sonrisa a cualquier reo condenado a perpetua.

No exagero siquiera un ápice, si digo que lleva la frescura cantarina de las dulces aguas que bajan matinalmente desde lo más afilado de la montaña hasta la mansa quietud de los lagos y a su paso van bañando los cuerpos hambrientos de los seres más necesitados, hablo de aquellos cuerpos que están hambrientos de pronto amor.

Dentro de la experiencia incesante que me refrena, descubro que se me ha instalado el siguiente cuestionamiento: ¿Por qué tengo que estar sometido al lenguaje de los hombres, a su primitiva etimología? Cuando esto que me sucede merece definiciones que van más allá del desteñido vocabulario que se cierne sobre los beneméritos y encumbrados diccionarios enciclopédicos que tienen la rúbrica de la Real Academia.

Dejo a un margen tales cuestionamientos, por no evadir de mis recuerdos aquella adorable mirada pía. Y como no evocar su trepidante boca tejida de suspiros, que llega a alcanzar la alcurnia aleatoria del paroxismo en pleno proceso. Y como olvidar su cuerpo, insigne creación, que ha sido cincelado con la paciencia de un anciano relojero en su taller de ensueños. ¿De qué substancia maravillosa estará hecha? Es de sin par hermosura. ¿De que prosapia encantada proviene? Hubo un tiempo en que no la conocía. ¿Qué era mi vida antes que apareciera en la mía? ¿Podrá alguien a eso llamarlo vida? ¿Quién era yo? Si acaso hay alguien que pueda saberlo: ¡que responda!

Un zumbido centellea bien en lo alto y genera más distracción a los bidifusos pensamientos. Alzo la vista, el cuello queda en incómoda postura, buscando el origen de aquella intromisión. En el cielo obscuro de la noche, arde un pájaro su fuego helado. Prende el mechero de mis pupilas y va diluyendo su heráldico vuelo hasta convertirlo en tierra quemada. Con mirada gélida, del pico aparece el hálito que escupe una rosa perfecta. Temo tanto clavarme la espina dolorosa en el corazón secreto de los varones tristes. Me alejo asqueado, hago un febril rodeo, termino acercándome conmísero. Agarro con firmeza al pájaro inerte, tal vez ya muerto, la rosa queda en el suelo. En medio de mis manos el pájaro ígneo desaparece, la rosa sigue en el suelo, ahora marchita.

De repente (ya estoy harto de sorpresas imprevistas) otra sensación de flamante abismo me invade piel adentro. Pareciera que me fueran a salir por algún descuidado orificio de mi cuerpo, las serpenteantes y calurosas entrañas; sólo restaría apostar por cual. Todo se establece en el marco de un enervado frenesí. Entretanto mi mente se escinde del cuerpo una vez más… una vez más. Mi corazón se ha vuelto estentóreo y así me es dificultoso volver a encontrar la armonía que siempre ha sido fiel compañera de mi conformado carácter. Siguen brotando versos, como si salieran de un torrente de fuego urdido en sangre densa, que van corroyendo mi ser. Procuro, aunque no se si lograré controlarlo, que sean los últimos.


Sube algo a mis entrañas

rompo al fondo del abismo

tu amor me ha atrapado

no soy yo mismo.


No tengo hambre

no tengo frío

me alimentan tus ánforas

me cubro contigo.


¡No!, otra vez no logro detenerlos, siguen saliendo cada vez con mayor fuerza, más vehementes y yo sólo puedo sentir la impotencia de mi debilidad. Me arranco los cabellos con mis ardientes dedos, me muerdo la lengua con los molares pero no hay caso, es un continuo aparecer, como capullos en primavera regados por el rocío más insaciable de la noche:


Amalgama excelsa de aptitudes

has detenido mi reloj interno

he perdido mis férreas latitudes

¿estamos en verano o en infierno?


No sirve el verso

no sirve la prosa

para explicar al mundo

que eres hermosa.


Mi corazón, dura piedra

con paredes de granito

lo envolviste tal si hiedra

lo dejaste ablandadito.


Debo terminar prontamente con este delirio encantador. Con un grueso clavo oxidado, que hallo oculto bajo una cerca de alambre, pincho mi vena cavilosa y así consigo una eficaz manera de serenarme para comenzar a escribir antes que me encuentre concentrado, pero ya con la mano bien fría. Primero pruebo hacerlo con la sangre que mana efervescente de mi cuerpo, pero entiendo a tiempo que esa acción, tal vez romántica, tal vez desesperada, sólo va a acelerar lo inevitable y no va a permitirme concluir este testimonio de gran valor. Con ayuda de la boca y la otra mano, armo un torniquete en la zona sangrante. En un segundo (antes que vuelva a suceder aquello) extraigo del bolsillo interno del saco, otra vez la lapicera.

Pues así es como, de una vez por todas, doy comienzo:



























XXVI- Tesina Final. Titulada: ‘Amor Profundo sin tendones, con lombrices’.




Por Carlos A. Romané.


He elaborado una adecuada teoría para proporcionar la explicación acorde a los increíbles sucesos que acontecen, desde los tiempos de su fundación, en un pueblo situado geográficamente hacia el centro de la provincia. Antes que nada, es mi deber advertir que el presente caso va a poner en jaque mate a los estudios catedráticos de al menos trescientos años inmersos en lucubraciones científicas. A no alarmarse señores y a no comenzar, luego de escrutar estos papeles, a tirar por la borda todo lo echo hasta el momento en manera indiscriminada, tal como se acostumbra hacer habitualmente ante un cambio radical de paradigma. También soy consciente que se concitará la atención de curiosos y paracaidistas que formularán preguntas, como es de esperar, fútiles y someras. Recomiendo que a estos últimos les cierren, de par en par, las puertas del establecimiento y los dejen fuera, engullendo mansamente su cronopatía.

Se equivocarán a diestra y siniestra, quienes piensen que he poblado mi tesis de fórmulas numéricas, encumbrados algoritmos que rallan lo metafísico, sórdidos entinemas en pulidos postulados, axiomas con pretensiones vacuas o cuadros sinópticos que despiden tufo a entelequia y que luego no encajan en ninguna coordenada del mapamundi. Apelaré a ser sintético como preciso, ya que estoy harto apremiado con el tiempo y por no abusar del que ustedes cargan. He realizado esta ciclópea tarea a fin de otorgar una herramienta de valía a quienes sufren, como ahora sufro yo. Espero por todo ello, que entiendan el dificultoso contexto en que me he tenido que manejar y por lo tanto que no empiecen a levantar la mano, los estilizados y hermenéuticos refutadores con pensamiento sesgado de siempre, ante el primer descuido que pudiera surgir, para pretender así, como no, invalidar por entero toda la investigación a causa de una nimiedad. Exijo que fuercen la imaginación. Quiero expresar más claramente: ¡No le estén buscando el pelo al huevo!

Ahora sí, realizadas las muy necesarias salvedades que el complejo caso requiere, comenzaré sin más avatares con la exposición de los datos recolectados personalmente en el propio lugar de los hechos y son los que propiciarán un sacudido temblor, como les anticipé, a un amplio abanico de creencias, que de todas formas ya se encontraban enmohecidas y un tanto supinas sobre obsoletos e inaccesibles anaqueles.

Anunciando el comienzo a sotto voce, voy a posicionarme desde un tema vastamente abarcado por los buscadores de ordenados silogismos que infatigables, operan en este mundo angustiado por el caos. Es quizás la actividad por antonomasia que diferencia al ser humano del resto de los seres vivos, tanto animal como vegetal, no quiero ser excluyente sin tener pruebas abrumadoras. Estoy refiriéndome claro está, a las cuestiones que se desarrollan en torno de lo que se denomina conceptualmente como ‘Amor Romántico’, apelando al sentido clásico del término.

Vamos a acercarnos, elevando un poco más la voz, al nudo del conflicto, acariciando los matices de mayor relevancia. En cualquier locación se produce entre los seres humanos, un tipo de relación emparentada con lo que representamos, en mayor o menor grado, como ‘Enamoramiento’. En este caso puntual, sabemos ya que hay varios tipos y no vamos a redundar, nos dedicaremos a investigar la fase inicial de este proceso, también llamado ‘Primer Enamoramiento’ y que voy a denominar: Amor PPP. Dicho concepto debe entenderse como Amor Profundo, Pasional, Perfecto y suele aparecer cuando en una pareja se sucede algo ya muy estudiado que es la eliminación de los dos sujetos que comienzan a amarse, dando lugar a la conformación de un único sujeto bien distinto a la mera suma de sus partes; partes que a su vez mantienen la creencia de que el amor se inicia y se clausura con ellos. Podríamos incluso decir sin exagerar, a fin de ser rigurosos, que se piensan a ellos mismos como si fueran ni más ni menos, que Adán y Eva. Adán-nada representaría lo absoluto y Eva-ave nos llevaría a evocar algo de condición volátil. O dicho en términos recurrentes e interponiendo dialécticamente ambos elementos: al carácter efímero de ese todo que es la nada. Podría tener otra acepción más vulgar pero no menos conducente si nos remitimos a nada derivado del verbo nadar y anudamos: nada ave; dejando al desnudo otra realidad de carácter poco duradero e inestable. Ambas posibilidades son correctas

Es siguiendo este accionar como los dos seres vueltos uno, se representan a ellos mismos moldeando libremente al amor, desconociendo por ejemplo que en la China Popular hay millones y millones de seres que también están transitando precisamente ahora, por el mencionado estado; es decir, por ese estado del primer enamoramiento que conlleva de modo intrínseco, un deslumbramiento inicial que los va a transformar paulatinamente de sujetos que aman a objetos del amor, donde en cierto punto y sin saberlo ellos con certeza, pasan a ser simples medios para un fin superador.

En esta fase del amor es cuando los cuerpos amantes al entrar en contacto, deseosos, impacientes, como a su vez exhortos, despiden sustancias orgánicas únicas que son lo más parecido a un alucinógeno. Esto se da producto de la aceleración en forma constante del torrente sanguíneo y de otros fluidos esenciales que incitan la pronta aparición de esa sustancia que no pocos, con vagancia conceptual, denominan endorfina. Lo cierto es que los seres humanos pocas veces repiten algo parecido en sus cuerpos como en esta puntual etapa de su existencia. Hubo quien hasta se atrevió a denominar a los enamorados como los primeros alquimistas de la humanidad y no está mal. Concatenando lo antepuesto, quisiera remarcar que dicho estado se vuelve una vivencia trascendental e inolvidable en cada individuo que lo haya alcanzado a experimentar. Una vivencia que no se compra en ninguna tienda del ramo ni es posible copiar con el mejor carbónico. Se trata pues, de algo que reviste un carácter intransferible desde su propia naturaleza.

No es un disparate pensar que aquellos que viven ese primer enamoramiento se van a transformar en ciegos que sólo observan con fascinación el uno al otro, produciéndose así un efecto de espejo doble donde el uno es el reflejo del otro y el otro es el reflejo del uno. Hasta pueden durante horas contemplarse tan embelesados, que no les va a importar nada de lo que pueda ocurrir a su alrededor. Hubo, no uno sino varios, casos famosos de amantes que se observaban y reían sin cesar, cuando a sólo metros de la alcoba donde se amaban ardientes, estaba sucediendo la guerra más atroz. Con estas apretadas características, en medio de una especie de encantamiento en penumbras, es como van perdiendo su alteridad para conformar otra cosa.

Es muy usual encontrarse en cualquier recoveco de ciudades, pueblos o comarcas, con parejas viviendo el Amor PPP, acometiéndose con frases que contienen y van derramando altas dosis de pomposidad hasta quedar exhaustos, agitándose en silencio el uno contra el cuerpo del otro. Y al rato vuelta a empezar, nuevamente a intentar explicar eso que les sucede, apelando a vocablos que nunca antes habían utilizado y que difícilmente volverán a utilizar.

Una vez accionado el dispositivo de intempestiva ceguera, los dos impulsivos amantes vueltos uno comienzan a darle un sentido perfecto al mundo, de por sí caótico; un sentido sin el cual la vida no sería más que un mero transcurrir de días. Para hacer más gráfico dicho concepto, solamente bastará recordar que muchos de los grandes amantes de la historia de la humanidad solían llevar sostenido por el cuello, una crucecita blonda, a veces de oro legítimo, grabada en el reverso con la elocuente frase: Adoremus in Eternum, seguida a continuación de esta otra, no menos significante que señalaba: Fine Amour ex toto corde.

Esta situación amorosa, aunque hay quien se niegue a creerlo, dura un determinado tiempo, que según el caso puede oscilar desde los tres meses hasta el año y medio. Por supuesto hay excepciones, tanto para arriba como para abajo, yo podría ser un caso… Pero sigamos atados a lo que señala la universalidad; luego del período apropiado para romper dicho encantamiento, la condición emocional de los enamorados comienza a perder profundidad y se va a ir ubicando a nivel del llano. Es de esta manera como la vigorosa pasión de los primeros encuentros va a ir cediendo terreno a comportamientos más racionales, ya sin ese espejo que provocaba tantas distorsiones. Resulta ser el tiempo quien, forzosamente, irá provocando la socavación del objeto amado. Entonces sucede que lo perfecto se va a volver imperfecto o como se dijo anteriormente, se tornará más caótico, considerando que terminará humanizándose. Dicho más francamente: ¡Se va todo a la concha bien de su madre!, pudiéndose entender a esto último, como una intención inconsciente de regresar al origen primigenio, que lógicamente resulta inviable por una cuestión de tamaños en primer término. Pongo un freno a tiempo ya que no es mi intención, de ningún modo, matematizar el asunto.

El ya descripto estado del primer enamoramiento o también denominado Amor PPP (así lo definiremos en adelante) es pasajero y se habrá de disolver en un lapso establecido, tanto por factores de carácter subjetivos como objetivos. Ello da cauce a dos variables posibles: O bien termina en distanciamiento de la pareja al no lograr superarse el final del encantamiento, que es cuando cada uno de los involucrados muestra a la luz todos sus defectos; o por el contrario se encausa en un amor menos PPP, tornándose más FRE (léase como Fraternal, Racional y Económico), donde hay aceptación, no sin dolor, de los defectos del otro que antes estaban ocultos. Este último es el camino habitual que transitan la mayoría de las parejas que uno puede ver por ejemplo: Cenando ensimismados en la terraza de un restaurante de colorido menú o demostrando súbito entusiasmo al momento de cambiar el modelo del aparato de televisión. También se pueden adivinar caminando por una playa desierta sin buscar un reparo donde amarse al desnudo o simplemente realizando una salida corta por el parque más cercano, al llegar la primavera, como si fueran unos robots a pila.

Un excelente e infalible termómetro para evaluar los tiempos del traspaso de un estado al otro, son los besos. De aquellos besos húmedos, apasionados e interminables que son propios del Amor PPP, se pasará irremediablemente a besos secos, cortitos y esporádicos, tan característicos del Amor FRE.

Lo que quisiera apuntalar con marcado énfasis, tensando a tope la cuerda, es que al quebrantarse la simbiosis conformada por esos dos seres enamorados, no se retorna al estado anterior en cuanto a su individualidad, sino que quedan signados para siempre como lo que podría llamarse: ‘individualidad utilizada que ha vivido la angustia de sentir el perecer del primer amor’, es decir: que ha recuperado su conciencia de sí o se ha emancipado, pero que a su vez ha quedado prisionero con cadena perpetua, al conocimiento práctico de la finitud de ese milagroso estado. No pretendo desviar la atención del punto en cuestión, por lo tanto voy a reapuntar nuevamente sobre el anómalo fenómeno que nos convoca.

Hasta acá inclusive, sólo he referido una serie de generalidades por todos conocidas; pero lo singular que acontece en este lugar determinado es que la natural disolución del Amor PPP se torna, como un acerbo mascarado, en el suicidio del actor masculino de la pareja. Muy bien, puedo aseverar que el pueblo al que nos referimos es una verdadera trampa para el amor, porque existe algún factor subrepticio que impide que una pareja-fusión que transita el estado del Amor PPP, haga el pasaje hacia una de las dos variantes ya enumeradas en las páginas precedentes y que son del orden natural en las civilizaciones occidentales y que pretenden serlo, repito para no confundir: o bien separación de la pareja en cuestión, o bien acondicionamiento de la pareja a un nuevo tipo de relación, que denominamos de tipo FRE (Fraternal, Racional y Económica).

Es imprescindible que se entienda esto y habrá que vociferarlo para que así sea: El suicidio de una de las dos partes de esa pareja-fusión, en este caso siempre se trata de la parte masculina, implica el suicidio de la fusión como la no posibilidad material evolutiva de dicha relación. Es lo que etimológicamente se podría denominar ‘eternicidio’, sin temor a generar problemas léxico-idiomáticos. También deberá entenderse que a través de la acción del suicidio se logra frenar el tiempo para siempre, manteniendo entonces el estado de las cosas ad perpetuam animus.

A partir de este significativo hecho, la eternidad del Amor PPP se manifestará en el cuerpo de la mujer, que es quién ha de llevar consigo los recuerdos de ese amor. Por lógica consecuencia, la mujer a partir de ese instante, es importante saberlo, se deja conducir mansamente hacia la más austera soledad sexual. En otras palabras (como cuesta encontrar las más apropiadas), establece una clausura carnal y ha de sostenerla a rajatabla hasta su muerte.

El hombre realiza de esta forma una suerte de oblación y ofrenda su sacrificio en pos de la eternidad de ese amor que se erige hasta último momento como la verdad única y que como tal, habrá de hacerla perdurar a toda costa. Se genera en el hombre una angustia poderosa, sabiendo que carga sobre sus espaldas con la responsabilidad de conducir a buen destino la conformación de ese primer amor, sin que sea dañado por agentes externos, aunque se trate de un agente temporal. Dicha angustia únicamente puede detenerse poniendo fin a su vida. La sola idea de un acercamiento a la finitud del amor le resulta tan insoportable que termina transformándose, como una impronta fatal, en autodestrucción biológica. Sin embargo quien es partícipe directo no tiene espacio para el sufrimiento o martirio por tal acto ya que se actúa bajo el influjo de la hinchazón de la sístole del alma, es decir que se es absorbido por ese amor como un eternizante, como un creer ser Dios, en caso de los creyentes o la única verdad en caso de los cientificistas. Hubo casos de comprobación fáctica, como este que me han narrado: En un lugar cualquiera, en cualquier época, arriba el cura a una casa para ungirle la extremaunción a un hombre a punto de morir por causa de un amor a punto de finalizar. Cuando el religioso dice alguna cosa en nombre de Dios para aliviarlo, tal como sucede, el moribundo lo interrumpe con vehemencia, quizá con sus últimas fuerzas, y le muerde en la oreja al decirle: “Alto, no siga, yo soy Dios”.

Las verdaderas causas que no permiten la evolución del Amor PPP, podrían asentarse en la percepción que tienen los actores enamorados en cuanto a la caducidad de lo sempiterno, siempre puesto en juego. Esto tiene razones objetivas sustentadas en la inviabilidad de mantener ese encantamiento que produce dicho tipo de amor, ya que las presiones sociales por un lado y las obligaciones fisiológicas por el otro llevan a mantener un plan de vida que es poco compatible con el estado de ensueño (habrá quien lo llame ilusión) en que viven los enamorados. Además está presente, a los hechos me remito, la noción de la muerte como destructora de todo y no hay fuerza del amor que la derrote. Esta inminente presencia se encuentra en una variedad de formas: ya sea en una hoja amarillenta que cae de la copa de un árbol durante el paseo otoñal o ya sea en el fino cabello que queda diseminado en las sábanas arrugadas de un hotel, luego de la copulación de los tórridos amantes.

Resulta de lo ya descripto con abundante espacio en las páginas previas, que en esta instancia final que involucra activamente el hombre no quedaría lugar alguno para el libre albedrío, puesto que no es un producto de la razón, alojada materialmente en el incesante cerebro. Noten con claridad que estamos refiriéndonos a impulsos desenfrenados que se van desarrollando frenéticamente al caprichoso ritmo dictado por el corazón.

No nos desmadremos y vayamos otra vez a los hechos, aunque tengamos que gritarlos a garganta pelada. El suicidio es de suponer que lo lleva a cabo el hombre por ser el portador de un mayor carácter resolutorio y como anunciamos, por sentir mayor responsabilidad en cuanto al rol social que históricamente se le ha asignado. La mujer en cambio, por ser potencialmente madre, maneja una lógica diferente: tiene un mayor apego a ser materia o a pretender serlo. El hombre a su vez es contenedor del falo y no es un dato menor, ya que dicha herramienta hace de ensamble entre ambos cuerpos, posibilitando el Amor PPP y, llegado el momento oportuno, esa virtud masculina es la que terminará destruyendo al hombre para salvar el Amor PPP, no ya en un plano material o biológico, sino en aquel que se contiene dentro del simbolismo ilusorio de la pretendida eternidad en que viven los enamorados; aunque para ellos se trate siempre de lo más concreto, real y absoluto que pudiera existir en todo el mundo.

Hay sobrados ejemplos en que la mujer se encontraba embarazada al momento de producirse la eternidad del Amor Profundo a causa del suicidio del hombre. Es atendiendo a estos casos como se entiende la ambivalencia de la relación madre-hijo, ya que por un lado tiende a ser un factor disfuncional en la pareja de enamorados, por la presencia de un tercero y por otro lado juega un papel preponderante a la hora de comprender porque la mujer se queda y el hombre es quien se va.

En cuanto al segundo punto del cuestionario guía, he encontrado el antecedente de mi propia madre (¡mamita te extraño tanto!) y el del padre de Manuela (¡mi amor!). En base a los indicios que avalan con veracidad mi investigación, es que entonces puedo afirmar que la edad de los amantes no sería un factor privativo para vivir este fenómeno. Pero sí lo es el factor de la unicidad, por tanto se trata de un fenómeno de carácter único e irrepetible. De no ser así, se deberá recapitular, entendiendo que ese presunto primer enamoramiento no había llegado al punto máximo de ebullición: al Amor PPP o Amor Profundo.

Mientras amaso el tercer punto no descarto ninguna posibilidad por remota que sea, pero hay varias pruebas sostenedoras en cuanto a que el Amor Profundo comienza por la noche y necesita, para eternizarse, cerrar el círculo en ese preciso instante. (Escruto con los ojos… sigo al desamparo de la noche). ¿Qué es la noche?, sino el mágico momento donde las cosas pierden la luz calórica y entonces aparece la imaginación a reparar esa pérdida. Una linda metáfora, para quitar tanta sombra a lo obtuso de la situación, podría ser que el amor es un polizonte de la noche y este pueblo acostumbra a vivir de día.

El cuarto punto de la investigación es quizá el más improbable de demostrar, ya que debería ponerme a explicar rasgos distintivos del pueblo, tanto geográficos como sociales. Se sabe que eso requiere de agudos aparatos de medición para atender los primeros y un equipo de movedizos sociólogos para los segundos. Se sabe también, que no dispongo ni de lo uno ni de lo otro. Hay sí, un factor proverbial que debe tomarse en cuenta para su análisis, estamos evaluando uno de los pocos pueblos de la provincia que nació huérfano del trazado ferroviario efectuado por los ingleses a mediados y finales del siglo pasado. De ello debe desarrollarse (me queda poco tiempo para encargarme personalmente) las relaciones sociales existentes, costumbres establecidas parámetros culturales, giros de lenguaje, etc., etc., etc.

Otra variable interesante de analizar en cuanto al marco geográfico, es el novedoso micro clima que reina en el pueblo. Al estar rodeado por un monte y una laguna hacia un lado y la llanura pampeana hacia el otro, termina conformando algo muy especial… sobre todo ese monte tan presente y enigmático. Por lo tanto que se llene el lugar de entusiastas dasónomos. No habría que descartar ninguna disciplina del conocimiento y llamar también a los antropólogos con sus amigos paleontólogos. La clave puede estar en cualquier detalle. ¿Llueve poco?… traigan entonces sin dudar un sólo ápice, al escuadrón completo del servicio meteorológico y que desplieguen todos sus recursos atmosféricos sobre el área en cuestión.

Como un breve corolario expreso una advertencia final que creo, será de mucha utilidad para aquellos que se avengan en tiempos venideros. Pretendí analizar un fenómeno para modificarlo y resultó que a la postre y pese a las precauciones tomadas, el colosal fenómeno terminó modificándome a mí y vaya de que manera.

Dejo un total de cuatro copias en sobres lacrados, tomando previamente los recaudos necesarios ante la seriedad que el asunto demanda. Una copia ha de ser enviada al decano de la Facultad de Filosofía (como no voy a poder ir a recibir mi diploma de honor, pueden mandar a tallar una réplica en bronce, amurarla a las paredes del hall central del establecimiento y descorrer el manto que la cubra mientras hacen sonar unas dianas, si las consiguen), otra copia es para la intendenta del pueblo (si no entiende de que se trata, pida colaboración al decano de citada institución. Al pie del sobre le anoté el teléfono de su despacho). También dejé copias para el juez de turno y una última para el Gobernador de la Provincia, donde anexé una serie de recomendaciones que podrían ser de gran utilidad. En forma separada se hallarán dos sentidas cartas, una para vos amor mío por siempre y otra para mi querida Tía Loló.

Que nadie piense que soy un mártir ni tampoco sientan piedad por mí ya que me encuentro en paz, fui tremendamente feliz.


Provincia de Buenos Aires.

Mediados del año 1970.






























XXVII- Anexo Uno. Carta a Manuela.




Mimo de mi alma:


Por sobre todas las cosas, insignificantes al lado tuyo, anhelo fervientemente que esta sencilla carta mitigue por entero tu dolor y te haga más fuerte, aunque sé que lo eres tras ese cuerpo bien pensado en un paciente suspiro de los siglos consumados, constituido de viento y polvo, finamente modelado por la vigorosa fragilidad de un segundo imperecedero.

Lo comprendí todo aquel día en que volvíamos de la laguna y no llevabas encima tuyo la novela de amor. Supe que ese acto era del todo revelador, aunque preferí dejarme llevar por mis hirvientes sentimientos de caramelo y no intenté romper el hechizo que nos envolvía en ese instante tan sublime, o a lo mejor simplemente no pude. Y tú también habrás advertido que tal conducta era un indicio irrevocable, en cuanto a que el amor que sentías por mi primo Roberto no era tal cosa. Sucedió que habías proyectado el amor que manaba de tu lectura en su persona y ahí mismo tampoco quisiste o siquiera pudiste frenar el impulso que nos atrapó tan maravillosamente.

¿Pero entonces, cómo es qué pudo sucederle esa tragedia a Roberto?, te preguntarás. Todo tiene una precisa razón de ser. Te pido un poco de paciencia, no puedo contarte ahora ya que sería muy largo de explicar y me encuentro un tanto apremiado con el tiempo. Preferí dejarle esos detalles a su madre en otra carta. Ya tendrás la oportunidad de acercarte hasta la casa de Tía Loló para que ella te explique las cosas como en verdad ocurrieron con respecto a Roberto. Sé que lo entenderás con animada aceptación. De todos modos te voy a recomendar que tengas un comportamiento prudente y dejes pasar unos días antes de ir a hablar con ella, unos cuantos días, como para darle el tiempo suficiente de asimilar los hechos; no sea cosa que te salte encima apenas te vea.

Retomo lo nuestro (que lindo suena al decirlo); fue en ese momento en que volvíamos de la laguna y no antes, que comprendí la totalidad de la situación, que comprendí que había cometido el peor de los errores (y mucho más inadmisible para mí, un especialista a punto de consagrarse en el tema), ya que terminé enamorándome en este pueblo y resulté ser correspondido. Recién hoy, charlando con Don Pereira en el monte, pude despejar toda duda existente, si es que acaso quedaba alguna. En efecto, a partir de entonces nos hemos convertido en mansos esclavos, tu de mí y yo de ti. Hemos amarrado con recios nudos, las corazonadas naves a ‘Lo Nuestro’. Todo se precipitó aquella tarde en que te conduje hasta la laguna. Lo recuerdo una vez más, como tantas veces lo habré de recordar: Ese pasto unánime se convirtió en nuestro cielo, cielo verde, donde aprendimos a volar desaprensivos y fuimos más pájaros que nunca. Más pájaros incluso que los mismos pájaros, pues nosotros echamos vuelo hacia el infinito, socavándolo, hasta cubrirlo en su totalidad de alas.

¿Por qué duró tan poco la relación, te preguntarás como yo lo hice? ¡Maldita sea! ¿Por qué? ¡Maldita sea! ¿Por qué?, me repito atribulado. He aquí la respuesta que alcancé a elaborar luego de procesar largamente varios de los factores que se hallaban implicados. Creo, con la mayor tristeza del vasto universo, no equivocarme:

Tal vez por tener ambos un excesivo conocimiento del fenómeno procesal del amor, tú desde un costado puramente literario y quien te escribe y te amará siempre, desde un punto de vista más bien académico. Así planteadas las cosas, con activa facilidad, el estado de Amor Profundo Pasional Perfecto (lee mi tesis para comprender el concepto) se nos escurrió tan presurosamente de las manos, de los cuerpos, echándose a la fuga, también, de cada cerebro. Tanto saber acumulado acerca de las cuestiones que envuelven al amor, tanta experiencia concentrada, nos ha hecho recorrer una a una, con desenfrenada velocidad, todas sus fases posibles, hasta agotarlas por completo.

Esa misma noche, a poco de habernos despedido en la puerta de tu casa, en mi cama no dejaba de recordarte y esperaba ansioso que amaneciera antes que cantase el gallo impío para ir a buscarte con un próspero paquete de alegres rosas, una caja repleta con bombones de licor esmerados en deliciosas formas, un anillo de círculo perfecto donde posase la piedra más exótica y otras miles de ocurrencias llenas de esplendor que se anidaron en mí.

En el ensueño proclive y maravilloso de aquella noche, la que prometía ser la más maravillosa de todas, se montaron varias imágenes a la raíz de mi cerebro… el ambarino reflejo de la luna sobre tus mejillas deslizó el cordel entramado de tu gracia y esta se enhebró soslayadamente a mi corazón de cordero angurriento.

Pero de repente, en algún sector velado de la madrugada, como una metáfora inútil, fui preso de jodidos barrotes: ¿Y si así como sucedió con sus piernas, se le enfría el corazón?… ¿Y si su mirada ya no se funde, confunde con la mía?… ¿Y si mi dicha no resulta ser más la fiel víctima de su presencia?… Me mantuve aferrado a la cama ante la catarática aparición de aquellas preguntas de difíciles respuestas, que me llenaron de acerbo dolor. No supe que hacer para desprenderme de la palpitante angustia que me sofocó su lengua de fuego por dentro, ahora puedo presentir que ya lo sé.

Pareciera ser que aquella frágil rosa que arranqué el otro día de la tierra fértil para ofrecértela como un obsequio, me ha devuelto con creces lo que le hice; me ha clavado su angulosa espina de muerte, oculta bajo uno de sus hermosos pétalos dorados.

Cada vez que me evoques en tu memoria viviré en ti, ya lo sabes, lo sé. Te amo, ya lo sabes, lo sé. Te amaré por siempre, ya lo sabes, lo sé. En donde sea, ya lo sabes, lo sé. Con todo lo que pueda propagarse mi corazón.

Claro que me hubiese encantado ir contigo a extender el mantel a cuadros de pic-nic sobre cualquier expansión verde de pasto corvo rastrillado por la brisa de la mañana, que haríamos nuestra. O, ¿por qué no?, reunirnos a tomar miles y miles de helados, probando todos los sabores e inventando y reinventando otros nuevos con ambos corazones arrodillados, dejando que se nos derritieran por el calor de nuestros cuerpos y luego, agarrados fuertemente de las manos, nos dirigiríamos hacia ninguna parte y a todas, y en cualquier esquina me dirías: Te amo, y en cualquier otra esquina te diría: Te amo.

Y al doblar alguna de aquellas esquinas saldríamos corriendo, arrastrándonos embriagados de felicidad, con la voz colocada en el tono de esa bella canción que pronuncia: Vivo despertando, desde que te encontré. De día: Vivo despertando, desde que te encontré. De noche: Vivo despertando, desde que te encontré. A todo el mundo: Vivo despertando, desde que te encontré. Como un susurro al oído: Vivo despertando, desde que te encontré. Hasta que nuestras cuerdas vocales, rojas por la hinchazón, incontenibles, ya no puedan más y acabaran reventando pomposas en las caras de la gente, salpicando lo más crudo de nuestro amor. ¿Qué puede pasar? No sé, no sé. Nada, nada va a pasar. No sé, no sé. Es que todo esto es tan hermoso, es que todo esto es tan hermoso.

Tu notable gracia le ha dado una nueva sonoridad a ese músculo bobo de movimiento uniforme. Lo hiciste revivir y ahora no deja de hacer tilín-tilín, tilín–tilín, tilín-tilán. Lo has hecho blandir de tal forma, que lograste sacarlo por completo de su cavidad elástica, hasta hacerlo perder dramáticamente sus conexiones primigenias.

Antes que me olvide: Si al llenar tus espacios vacíos, cuando rodamos a la vera de la laguna por aquel colchón de hierbas, en medio de aquellos espasmos vegetales te dejé un sirviente nadando en tu bóveda calurosa, te pido un gran favor: Si acaso resulta niño, ¿podrías llamarle Rolando? Es que a mamá le agradaba tanto ese nombre y será una gran satisfacción para ella, que lo mira todo desde quien sabe donde.

Por último quisiera que leas este humilde verso, que nació en lo más profundo de mi corazón merced a ti, hermosa hermosidad y adorable criatura del amor supremo:


Te conocí en un velorio

el velorio de Roberto

fuiste como un oasis

en el medio del desierto.


Intempestivamente un aluvión de sed sacude mi cuerpo tembloroso y henchido en sudor. A cada temblor voy perdiendo sales a montones, sintiendo un vital retroceso. Pero tú eres refrescante, eres un bálsamo de agua clara. Temo beberte hasta saciarme, como lo haría una bestia de gran porte frente a un nimio manantial. De pronto una idea mezquina comienza a rondar tenaz por mi mente, lo que queda de ella: volver hasta tu casa y hacerte mía una vez más. Es que sin tu presencia el mundo parece de cartón pintado, falso e inestable. Hay una lucha sideral en lo más recóndito de mi cerebro confuso y maltrecho. Mis piernas no me responden y me llevan hacia tu cuerpo para tenerlo conmigo. No me perdonaría jamás tocar alguna vez tu piel para lastimarte. La lucha es total, inenarrable. Se contraponen músculo versus músculo, idea sobre idea. Me sublevo contra mí mismo y en un descuido logro flagelarme con un clavo conocido para debilitar aun más lo poco que quedan de mis fuerzas impropias y así sofrenarme de una vez ¿para siempre? Caigo abatido, como tantas veces, al suelo con la filosa lapicera empuñada en la mano. Succiono, lamo y chupo mi rojiza sangre, escupo por no tragarlo, otro ardiente verso:


No sabes cuanto lamento

querer y que ya no pueda

llevarte a dar un paseo

en tu sillita de ruedas.


Te amaré por para pero siempre, mi más adorada asesina, desde el lugar en que me encuentre. El destino, por el cual hemos llegado a ser lo que somos, será quien haya de marcar los tiempos para el tan ansiado reencuentro; seguramente en otras condiciones, pero donde persistiremos con beatitud en mantener nuestro tan preciado amor, eterno amor.

Adiós mil millones de enormes besos llenos de mi alma entera, quisiera encadenarte a ellos hoy y siempre.











XXVIII- Anexo Dos. Carta a Tía Loló.




Querida Tía Loló:


Yo sabía muy bien a lo que me estaba exponiendo cuando comencé a llevar a cabo las investigaciones, con el consabido propósito de liberar al pueblo de la gran desgracia en que se encontraba prisionero. No se sienta culpable por nada, la responsabilidad me pertenece por entero. Tampoco se enfade con Clarita, no fue ella la causante de ésta, mi tragedia. (Imagino que no habrá pensado jamás en esa posibilidad). Muy pronto se enterará cual es la hermosa persona de quién se trata, sólo le pido un poco de paciencia para no desordenar esta difícil explicación.

Antes que me olvide, comuníquese a la mayor brevedad con el señor comisario para que se le devuelva el objeto encontrado junto con mi cuerpo a Don Pereira, quien es su verdadero dueño. Aclaro que no me fue facilitado ni proporcionado en ningún modo. Se lo sustraje sin que dicha persona nunca llegara a darse cuenta. Y si se presenta la ocasión de tenerlo enfrente, hágase a un lado, respire hondo y transmítale mis más sinceras disculpas por esa acción de carácter tan ominosa como inusitada de mi parte.

Ahora voy a darle a conocer (claro está que hubiese preferido hacerlo en persona, pero los hechos se suscitaron tan precipitadamente), darle a conocer, decía, los verdaderos motivos que provocaron lo sucedido con su hijo Roberto. Sea fuerte y si no puede, no continúe leyendo, ya que va a encontrarse con sorpresas que de seguro podrían lastimarla muy sobre manera. No es mi intención clavar honda la verdad, pero no he hallado otro modo de hacerlo. Le recomiendo que se vaya hasta el patio a tomar abundante aire y de paso se riega las plantas, luego ponga a calentar la comida en fuego mínimo (me imagino un delicioso manjar como de costumbre) y entonces sí, algo más calmada, prosiga con la carta.

Bueno, por lo visto continuó leyendo. (Jamás dudé que no lo haría). Iré entonces directamente, sin más preludios, a los hechos que tanto le interesan: Roberto claro está que se enamoró y fue correspondido por primera vez en el pueblo y debido a eso le cayó la tragedia encima, esto ya lo sabía, por supuesto. Lo que debo confesarle, aspire y expire tres veces al menos, es que el primer enamoramiento de su hijo Roberto no se dio con la joven Manuela Costa Alvear como todos de buena fe suponíamos sino con… (sea más fuerte que nunca y siéntese bien), con Don Pereira, o dicho de un modo brutal, con su verdadero nombre y apellido: fue con Marcelino Pereira.

¡Sí! ¡Sí! ¡Sí! El amor cuando se da no anda preguntando ni a donde ni a quien. Respire hasta el fondo para soportar los efectos del impacto. ¿Sigue sentada? Aunque en verdad me cuesta creer que usted no hubiera intuido algo o tuviera alguna sospecha acerca de lo que andaba ocurriendo. Pero es muy posible que envuelta en su amor de madre, haya preferido hacer caso omiso ante las claras evidencias que se encontraban diseminadas tan cerca suyo.

Los hechos se sucedían con precisión del siguiente modo: En numerosas tardes, donde parecía que Roberto iba tejiendo su amor con Manuela a la vera de la laguna, en verdad por un delgado hilo, que de tan delgado parecía invisible, Roberto se corría del cuadro principal de aquella historia que revistaba inconclusa. Y acontecía lo siguiente: Aprovechando el modo en que Manuela se abocaba enceguecida de lleno a su lectura, Roberto modificaba la escena para mantener encarnizados encuentros furtivos con Don Pereira, allí cerquita nomas, en un decorado maloliente ubicado por lo más encumbrado del monte.

Haga memoria Tía Loló y recuerde aquellas inscripciones que Roberto tallaba en la corteza de los árboles, en las patas de su cama y donde pudiera para que todos las viéramos, siempre con las iniciales «M y dentro de un prolijo corazón. Aquellas inscripciones correspondían muy certeramente, ya no queda ninguna duda, a su relación con M de Marcelino y no de Manuela como hacía suponer. De esta forma expresaba lo que sucedía en su corazón, pero ponía bien en resguardo al causante de su verdadero y único amor, que siempre se trató del viejo montarás.

Para calmar en algo su angustia, puedo complacerme en anunciarle que todas las pruebas que logré hallar hasta el momento, indicaban fehacientemente que su hijo Roberto asumía el rol de hombre en esa relación clandestina. Quiero precisarle que era Roberto quién llevaba bien puestos los calzoncillos. En este sentido, comprendo que será merecido motivo de orgullo, le doy fe que su hijo tomaba a su cargo la parte viril de esos dos cuerpos cuando, ya sin ropas, se volvían uno. A nivel intelectual la cosa se daba vuelta en ciento ochenta grados y resultaba ser Don Pereira quien entonces introducía sus dotes.

Le remarco que este fue un caso testigo y por lo tanto habrá que tomar los recaudos necesarios para el futuro, teniendo en cuenta que las relaciones homosexuales no son ajenas a la desgracia que sucede en este pueblo. Es por ello que, ante la palpable evidencia que provoca el ausentismo de padres y su aureola como figura paterna, es muy probable que la camada de jóvenes a la cual perteneció su hijo Roberto, tenga fuertes inclinaciones en desear al semejante sexual. Es más, fui principal testigo, viéndome involucrado en un episodio de estas características hace unos días en la heladería del pueblo… ¡qué chocolate!

Le imploro que no se ejecuten ningún tipo de represalias en contra de Don Pereira, ni le adjudiquen delitos que no cometió, es una criatura indómita pero encantadora. Además, se me ocurre que el comisario tendría que delegar de inmediato sus funciones si, como es de suponer, no está a la altura precisa en que se atañen las circunstancias del consecuente caso.

En lo que se refiere a mi experiencia personal, procuraré ser sincero, estos fueron los hechos: Sin darme cuenta todavía de como venía la mano en cuanto a la dinámica que se desarrollaba en el pueblo, me enamoré, lo digo sin ruborizarme, de esa maravillosa muchacha llamada Manuela Costa Alvear. ¿Cómo qué ella no se había enamorado de Roberto? Ya se lo expliqué detalladamente a Manuela en otra carta, sólo pídale que se lo cuente y trátela bien que ella no deja de ser otra víctima de todo esto, usted bien lo sabe. Lo que si puedo disiparle con certeza, es que Manuela siempre mantuvo sentimientos sinceros para con su hijo, nunca dude de eso tampoco.

En un anexo que les escribí a las autoridades provinciales, solicité que se activaran los recaudos necesarios con el fin de impedir que se sigan continuando estas desgracias. Incluso recomendé evaluar la posibilidad concreta para que los serviciales bomberos de los cuarteles de la zona incendiaran el pueblo en su totalidad y que éste sea relocalizado en un punto distante de por lo menos cincuenta kilómetros de donde se encuentra actualmente. Entiendo que puede ser una medida óptima, porque estimo que existe aquí un microclima propicio para que se sucedan estas desgracias, ya que al estar el pueblo situado en una especie de olla, el amor no tiene un punto de fuga y de esa manera se condensa hasta tal punto, en que se produce la explosión del mismo y así ocurre aquello que ya sabemos de memoria.

Esta hipótesis de todas formas no deja de ser apenas eso, una simple presunción, pues no tuve el tiempo debido para desarrollarla por razones obvias. Era además el último ítem de mi tesis y pese a que no es mi estilo, no me quedó otra que dejarlo inconcluso. Pero a usted que fue tan generosa conmigo, es mi deber no esconderle absolutamente nada e insisto en que Don Pereira puede ser de gran ayuda para encontrarle una solución al asunto, sólo se tratará de escucharlo. También le advierto que es muy probable que una vez que el tema alcance estado público, el lugar se convierta en centro turístico y ustedes, los habitantes del pueblo, comiencen a ser considerados y observados como si fuesen especímenes pertenecientes de otro planeta. Mantenga la calma hasta que pase el temporal y cuide bien a Clarita que es un ser especial, de esos que van quedando pocos.

Me voy despidiendo. Le dejo un beso bien grande, tuve la dicha de conocerla. Si aun queda lugar en la parcela, acuésteme cerquita de donde se encuentra descansando mamá, apoyado del lado de su corazón.

Tía Loló, voy a pedirle un último gran favor, ya que acabo de sellar la carta que le he escrito a mi adorable Manuela y siento inmensos deseos que le haga llegar este trozo de inspiración, imbuido con la picaresca criolla, tan bien preciada por estas tierras.


Mi madre cerró los ojos

a causa de estar ya muerta

por el contrario la tuya

espía detrás de las puertas.


Adiós mi aromática cocinera de blancas manos enharinadas como guantes y delicioso corazón de dulce de leche y crema pastelera, meritorio relleno para ese cuerpo de masa blanda.











XXIX- Final o principio del eterno amor.




Al llegar me voy (o nos vamos, podría decir también, porque a esta altura soy cada vez menos dueño de mis actos, que parecerían ser manejados a su antojo, como se maneja impunemente a una marioneta); me voy, repito, introduciendo por las sombras amorfas de la plaza central del pueblo. Aunque, artificio imaginario o no, tengo la impresión de estar caminando por un extenso prado azul de límites insondables. Prendo el tercer cigarrillo del último día (este acto lo reconozco como mío), arrojo el fósforo todavía humeante contra una fuente de agua (este otro ya no). De repente los descubro (sí, son ellos, verifico) ocultos en la penumbra que conforma un rincón. Dudo si no resulta inverosímil hallar un rincón en una plaza… ¡en una plaza! Pero ahí están, me parece verlos nítidamente hamacándose en la noche. Ahora no, ahora sí, ahora no, ahora sí, ahora… Tras debatirme en la urgencia de ese absurdo que retiene mis sentidos, se presenta este otro: descubro que me voy acercando con ciego desenfreno a los confines de toda racionalidad posible. Soy obediente a la evidencia que se erige delante mío: siguen allí, inmóviles, abrazados estrechamente uno al otro, con las escasas fuerzas que aun conservan. Están pálidos, ensimismados, con los ojos como ausentes. “Pobrecitos, pobrecitos, pobrecitos“, repito tres veces, encadenando en el aire un profundo suspiro.

Me mantengo absorbido al contemplar ese triste cuadro cuando, impetuoso, el frío rompe fila cara a cara y se filtra por finas hendiduras de entre dientes. A continuación logra doblegar sin resistencia alguna a la garganta y escupe incesante, su cruel invierno dentro mío.

Soy presa de innumerables tics nerviosos de origen incierto que se ensañan conmigo. Se suceden uno tras otro, a su libre albedrío, por el mapa lastimoso que va trazándose en mi cuerpo. Muerdo el labio inferior para evitar una continuidad de gestos y muecas que pretenden estirarla, hasta deformar mi cara tan debilitada como indefensa. Instantáneamente brota un hilo de sangre, lo noto hirviendo, al reabrir una vieja herida.

La sangre impetuosa prende una mecha oculta y comienzo a correr frenéticamente en zigzag. Lo hago apretando bien fuerte los sobres lacrados con sustancias vivas de mi cuerpo (no hallé lacre a estas horas), hasta alcanzar por fin, la boca del buzón del correo ubicado en el sector de vereda que ocupa la pequeña iglesia abandonada. Deposito este valioso material, que debe lo antes posible tomar estado público. Vuelvo a cruzar nuevamente ese trozo de corredor oscuro y silencioso que es la calle. Lo hago varias veces de ida y de vuelta, como deslizando una fantasía de redención, como no queriendo reconocer mi inminente destino de dominio irreversible.

Ejecuto abruptamente un giro de ciento ochenta grados, quedando en abyecta posición vertical. Me desplazo con las palmas de las manos apoyadas en el rugoso piso durante un largo tramo. Desde esa terrible postura, con la sangre henchida que se amontona corrosiva dentro de mi cabeza y la lengua atravesada hacia afuera, comienzo a gritar en medio de la calle desolada. Ya puedo percibir algunas manifiestas señales de como me encuentro absolutamente distante de mí, de lo que era, de lo que creía ser. Por ejemplo, cuando ahora pronuncio:


¡Este es el final, viva por siempre el amor profundo. O sea, viva la muerte. Viva la eternidad, que así sea!


Siento un manifiesto estupor al no reconocer ya, ni el timbre de mi propia voz en esos indómitos gritos. Fonetizo atado a una carraspera de gran talante, que también me es ajena. ¿Qué cosa tengo dentro? ¿Puede ser acaso que se trate de algún ancestro de vertiente animal? ¿Quiere salir a la superficie, a la realidad? ¿O irrealidad? La tensión no da tregua y me mantengo paralizado. Una a una, mis retinas se estremecen vagamente. Redobla sin más, ronco y nauseabundo, un rugido tembloroso dentro de mi desconocido ser. Sucumbo progresivamente ante la puntiaguda verdad que aflora bajo la piel extenuada. Realizo una vuelta carnero invertida y vuelvo a poner el peso de mi cuerpo sobre las piernas. La sangre recupera su natural dinámica al derramarse hacia abajo.

De un instante a otro algo se aquieta en mis cargados músculos, el viento se detiene. Los ladridos incansables de los perros dejan de sonar a lo lejos. Cualquier atisbo de murmullo o cosa parecida cesan como en común acuerdo. Todo se torna enrarecido y presiento oscuramente, el dulce temor de que cualquier cosa pueda suceder ya mismo. Estoy preparado para lo que pueda acontecer. ¿Estoy preparado?

De la iglesia de enfrente repiquetean perezosas, las campanas del espanto. ¿Es posible que aquello sea un mensaje de clemencia dirigido hacia los pecadores por amor? ¿Es el padre Ernesto pidiendo socorro a campanada limpia desde su tormentoso encierro? No tengo tiempo alguno para afrontar ningún tipo de divagaciones, estoy en pleno estado de ebullición físico-mental y, aunque lo intente, no podré detenerme. Todo da vueltas a mi alrededor, tal como si me hallara subido a una calesita de eje partido. ¡Miráme mamá, mirá como agarro la sortija! Todo gira y va surcando el aire una estela invisible que propicia el frenético movimiento en el cual estoy sumido. ¡La tengo, la tengo acá en mi mano! ¡La ves como está brillando! ¡Me quema! ¡Mamá, mamá, mamita…!

Me adentro una vez más en la plaza central, decidido, agitando el puño en alto. Lo bajo de golpe cuando observo fascinado al bebedero como un elemento activo que traza un límite exacto. Y más allá el infinito. Arriba las estrellas, abajo mis dos erguidas piernas. Luego, fuera de control, se me cierran los ojos hasta redoblar al máxime los párpados y siento como todo el peso de mi cuerpo se desmorona contra el piso. En esa pesada caída sufro con un elemento duro y largo que me lastima sobre un costado, justo a la altura de las costillas más salientes. No resisto más las continuas descargas musculares y me mantengo tirado en el piso o más bien, ni siquiera hago el intento para ponerme de pie.

Abro lo ojos al descubrir como, envuelto en un hálito mágico, comienza a caer una débil aguanieve todo a mi alrededor. En un insensato parpadeo puedo ver que una masa blanquecina se incorpora a la plaza y al cielo más próximo. Me arrastro hasta un banco cercano. Tras treparlo con esfuerzo logro sentarme. Saco el último cigarrillo del atado. Entre pitada y pitada contemplo la escena que tiene tanto de real como lo puedo tener yo. Me siento cegado cuando, esperado o no, estalla un haz de luz cruda que zigzaguea en el cielo y se trepida en el suelo. Clavo los dedos entre los párpados y el tabique. Prenso hasta recuperar la normal oscuridad que habita ojos adentro. Se sucede una policromía fascinante, que mastica su magia, hasta que ocurre un anaranjado intenso que destroza, atado a un aluvión refulfurante, todo sosiego posible.

Nuevamente me invade un sentimiento de euforia contenida ¿hasta cuando? y vuelvo a ser gobernado por el yugo de un trémulo éxtasis. Los dos niños no notan mi presencia ni cuando ahora paso a los saltos, gritando a garganta pelada por su lado, con la cara desencajada, en total estado de arrobamiento:


¡Este es el final, viva por siempre el amor profundo. O sea, viva la muerte. Viva la eternidad, que así sea!


Tampoco la notan cuando apago el cigarrillo contra el piso, me abro una porción del saco y dejando asomar apenas el cañón de la escopeta, oprimo con el dedo índice este gatillo frío. Tan pronto acciono el mecanismo, tan pronto se sucede una voluta de humo por debajo de mi mentón que ya no siento, como si nunca hubiera sido mío. Siguen abrazados, formando un ovillo con sus cuerpos, inmutables ante la escena que les ofrezco. Siguen ahí, a metro y medio de un collage vivo que forman los restos esparcidos de mi sien. Como hilachas calientes, los últimos estertores de mi agonía se quedan suspendidos uno, dos, tres segundos en el aire, hasta que inevitable, empiezan a entremezclarse con la reciente aguanieve caída.

¡Atención! ¡Atención! Rezagadas sensaciones invaden mis sentidos, pese a que son dominados por fuerzas tan ajenas como poderosas. Ellas son: sufrimiento, impotencia y liberación. Por todo esto creo, siento y puedo establecer, que no llego a la muerte por el feroz atajo de la concurrida carretera del suicidio sino, más bien en todo caso, por el austero caminito, sinuoso y polvoriento, de una eutanasia blanca………..

muy blanca,

negro sobre blanco,

suelto la sortija,

tono gris,

lombrices.


Comentarios

Entradas populares de este blog

Retorno

  El hombre pudo vencer sus temores y abandonó las cuevas. Fue entonces cuando admiró estrellas, ideó dioses, mitigó piedras, elevó ciudades, flotó océanos, acuñó monedas, coloreó lienzos, procuró el amor, anheló desmesura, suspiró poesía, fabricó artilugios, animó guerras, derrochó champagne y calentó pan duro. En este preciso momento, encerrado en una habitación sombría, alguien observa el techo desde su cama sin poder dormir.

Acuario

               Jamás olvidaré esa mañana que, envuelto en aire frenético, decidí vaciar el placard de mi habitación. Por entonces salía poco y qué sentido tanta ropa. Terminó ovillada en bolsas de consorcio negras que ubiqué en un rincón del living. Procedí a quitar estantes, barrales y accesorios. Le di tres manos de pintura celeste para piscina a las paredes y al piso que luego recubrí de tierra, piedras y plantas oxigenadoras. Ambientación con dibujos de caracolas y otros motivos marítimos en los laterales y el fondo. Por último eliminé las puertas para colocar un vidrio biselado adherido con silicona. En la parte superior dejé una abertura por donde ingresar agua, alimentos, tal vez acariciarlo. La espuma de sueños se zambulló como un reguero en esa caverna hendida y bien sellada.      Los primeros días lo observaba desde la cama y me hundía en horas entretenidas. Podía quedarse inmóvil durante largos períodos. Adora...

Jesús de Flores

     Al Papa Francisco      Esa tarde otoñal crucé la plaza Flores como todos los días y lo descubrí. Me conmovió de inmediato hasta lo más hondo. Su mirada bondadosa, la barba crecida y el pelo revuelto. Tenía el torso desnudo y flaco hasta exponer las costillas. Una especie de pantalón raído cubría sus partes pudendas. Costras como llagas acariciaban sus manos y también sus pies descalzos.      Recordé que de niño, cuando fui monaguillo, lo veía clavado en la cruz y me provocaba cierto cosquilleo en todo el cuerpo. No podía dejar de observarlo. Entusiasta entonaba repetidas veces la oración del padrenuestro y ayudaba al sacerdote con la ceremonia de la misa.      Esa misma noche cociné unos cornalitos fritos y también le llevé una jarra con café. Lo hice envuelto en un buzo oscuro con capucha; no pude evitar sentirme un monje franciscano. Seguía tirado en una colchoneta vieja a un costado del monumento. Parecía do...