Como cada verano durante mis vacaciones en la costa, alguno me llamará estructurado, acostumbro a caminar de muelle a muelle entre Santa Teresita y Mar del Tuyú. Además del ejercicio físico, que tanto bien hace, me divierte encontrar camisetas de Ferro Carril Oeste, mi equipo de toda la vida. Esta temporada sucedió algo inusual: durante una semana consecutiva no vi a ningún turista portando la casaca verdolaga, ni siquiera un short o gorrito con el glorioso escudo. Un vendedor de choclos me notó preocupado y preguntó si ocurría algo. Le conté la novedad y me aseguró que no conocía a ese club siendo además un fervoroso seguidor del fútbol argentino, inclusive el Nacional B. Me hundí en la arena. Nunca lo había oído nombrar, me repitió mientras se alejaba con su carro. Pasaba por la orilla un hincha de Vélez y, tras putearlo por lo bajo, lo encaré. Recalcó varias veces, ante mi insistencia, que el clásico del oeste no existía y meno...