Como cada verano durante mis vacaciones en la costa, alguno me llamará estructurado, acostumbro a caminar de muelle a muelle entre Santa Teresita y Mar del Tuyú. Además del ejercicio físico, que tanto bien hace, me divierte encontrar camisetas de Ferro Carril Oeste, mi equipo de toda la vida. Esta temporada sucedió algo inusual: durante una semana consecutiva no vi a ningún turista portando la casaca verdolaga, ni siquiera un short o gorrito con el glorioso escudo.
Un vendedor de choclos me notó preocupado y preguntó si ocurría algo. Le conté la novedad y me aseguró que no conocía a ese club, él que era un fervoroso seguidor del fútbol argentino, inclusive el Nacional B. Me hundí en la arena. Nunca lo había oído nombrar, me repitió mientras se alejaba con su carro. Pasaba por la orilla un hincha de Vélez y, tras putearlo por lo bajo, lo encaré. Recalcó varias veces, ante mi insistencia, que el clásico del oeste no existía y menos aun ese extraño rival que mencionaba. Regresé al complejo donde me alojaba. Envuelto en nerviosismo tecleé en la compu: Ferro Carril Oeste. Las páginas del club habían desaparecido del buscador, también las noticias, la historia, todo; hasta los recitales de Charly y Mercedes Sosa. Solo aparecían cosas relacionadas al ferrocarril Sarmiento. Googleé Griguol por ejemplo. Su trayectoria como DT olvidaba su escala por Caballito. Así me sucedió con varias otras glorias Verdolagas; casi rompo el teclado.
Al día siguiente, de madrugada, tomé un micro rumbo a Buenos Aires. Bajé en Retiro y subí al primer taxi que pasaba: Lléveme derecho a la cancha de Ferro. Dónde queda eso, me preguntó un taxista con bigotes parecidos a los que usaba Palito Brandoni. Avellaneda 1240, me limité a decir; viajamos en silencio. Llegué y no pude creer lo que se puso frente a mi cuerpo tembloroso. En lugar del glorioso estadio había una mera plaza y un centro comercial rodeado de edificios modernos.
Fui a la clínica donde estaba internado mi viejo reponiéndose de una intervención quirúrgica de alto riesgo. Lo encontré somnoliento a causa de la morfina y otros sedantes. Aun así lo interpelé: Vos papá me hiciste hincha de Ferro y ahora resulta que Ferro no existe y nunca existió. Se incorporó a medias, entornó los ojos y pronunció: Ferro... una vez mi padre soñó con un club, con irlandeses, con cierto color verde. Luego cerró los ojos.
Excelente!!!
ResponderEliminarSnif
ResponderEliminarQue bueno! Y mas en los tiempos que corren
ResponderEliminarAlgunos motores de búsqueda no registran ciertas glorias. Muy bueno el cuento.
ResponderEliminarmuy enotivo me encanto
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