La fiesta popular estuvo signada por un misterioso acontecer que puso en alerta a todas las fuerzas vivas de Montevideo. Otro aspecto en que coincidimos los asistentes a la Isla de Flores fue en la poca luminosidad que hubo esa noche debido a una baja tensión en el tendido eléctrico. Como muchos llegué anticipadamente a la cita y me aseguré un lugar de lujo. Planté mi reposera pegadita al cordón de la vereda, de cara a la calle donde en breve desfilarían las comparsas. Hasta ahí no hubiese imaginado que sería testigo de algo tan aberrante, tan poco que ver con el carnaval. Preparé el mate, apronté unos bizcochos y me dispuse al disfrute. La luna consolidaba su luminiscencia mientras caía la noche. Las calles se iban llenando de chiquilines movedizos que, empapados de osadía, disparaban espuma y agua agitada desde precarios rey momos. En las azoteas se conglomeraban los vecinos privilegiados munidos, los más veteranos, de...