Se le puso enfrente y comenzó con la infame pantomima de siempre. Imitaba todos sus movimientos y cada uno de sus gestos. Le pidió que se detuviera y el otro replicó lo mismo. Tanta parodia espontánea terminó por agotarlo y le reventó una trompada de lleno en el rostro. El estallido de los cristales no le desagradó. Mientras la mano cortada y la sangre impaciente iban tiñendo la alfombra sintió el atroz alivio de volver a ser hijo único.
Pensamiento Carretel