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Dormitorio eterno

 

    Nadie lo vio bajar del tren aquella mañana. Fue bordeando lentamente el paredón en la soledad del domingo. Antes de ingresar compró un ramo nutrido de silenciosas rosas rojas. Hacía más de dos años que no concurría, impedido por la epidemia. A pesar de ello esa sensación de no tiempo, como siempre, lo invadió enseguida. Aspirando con calma el aire húmedo y espeso se acercó a la parcela familiar. Fue pisando una alfombra de hojarasca blanda que amortizaba los pasos. Estaba a punto de depositar sus flores en un tarro desvencijado cuando comenzó a temblarle el cuerpo al notar que los nombres de la lápida habían sido cambiados. En tal fosa pues no yacían los García, sus seres queridos, sino unos tal Pérez.

    Con las flores rígidas en una de sus manos se dirigió hasta la administración del cementerio a pedir explicaciones. Un empleado le dijo que hacía muchísimos años trabajaba en la casa funeraria y aseguró que esa tumba siempre había sido ocupada por los Pérez. "No puede ser, de ninguna manera", exclamó el señor García y añadió: "Voy a presentar ya mismo una demanda". De un cajón apareció el formulario de quejas. Con precisas palabras sobre el papel se concretó la denuncia. Al final estampó la firma. Se hizo presente el administrador y le solicitó un documento de identidad para validar lo escrito. Cuando iba a anotar los datos, entrecerró los ojos, giró el documento en el aire y profirió: "Usted se llama Juan Pérez". Hubo un balbuceo corto seguido de una retirada desprolija. El señor Pérez abandonó el cementerio reclinándose contra el paredón. Nadie lo vio subir al tren. Sobre el escritorio de la administración quedó recostado un manojo de rosas rojas.

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