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Final de siesta

 

    Esa mañana de inmenso calor se la pasó parado frente a su cosecha de algodón. La azada tendida contra el suelo. Otra vez examinó la producción, mientras introducía una de sus manos por debajo del sombrero para rascarse la cabeza. Solo capullos mustios y amarillentos. Lo asaltó un pensamiento recurrente: no podía dominar la selva ni las continuas lluvias que malograban todo lo que plantaba.

    Con pasos flojos regresó hacia la casa. Los mellizos continuaban sentados en el banco del jardín. Los miró como ajenos, como si ya no fueran sus hijos. Comprobó con terror el pasto crecido y los yuyos desquiciados, a punto ya de embestir contra las paredes. Sintió que iba a llorar pero no lo hizo. En la cocina encontró a la pequeña Ana, dibujaba animalitos con lápices de colores en un cuaderno gastado. Pasó a su lado entrecerrando los ojos. Del perchero descolgó la escopeta y se fue inclinado hacia los recortes enrevesados del monte.

    Almorzaron en silencio el resultado exiguo de la caza y un puré áspero de mandioca. Al finalizar su ración se sirvió un vaso con whisky, apenas las últimas gotas que quedaban en la botella. Se retiró cansinamente a su habitación. Los tres hijos salieron decididos hacia el aire silvestre del jardín.

    Anita se acercó al pequeño depósito de las herramientas. El calor era irritante y pegajoso. Se montaba en la espalda como si fuera una mochila cargada de piedras. Les chistó a los mellizos para que vinieran hacia ella. Abandonaron el banco a pasos morosos. Con voz chillona les dio las indicaciones. Raúl y Rubén comenzaron a quitar todos los objetos del suelo. Algunos los colocaron en unos estantes altos, otros en la maleza que rodeaba aquel cuarto. Pronto encontraron la manguera que el padre usaba para regar las plantaciones. Fue conectada a la canilla ubicada en el jardín. Antes habían sellado minuciosamente la puerta utilizando trapos viejos. Ingresaron el otro extremo de la manguera por la ventana del cuarto de herramientas. Entonces abrieron la llave de paso. El nivel del agua comenzó a elevarse.

    Los tres niños miraban atentos que todo marchara bien. Cuando calcularon que la altura del agua era suficiente saltaron por la ventana. Anita se sumergió enseguida y realizó torpes nados. Los mellizos se salpicaban uno enfrente al otro y reían con las mandíbulas desencajadas.

    La noche anterior la madre se había marchado con lo puesto, cansada de comer frutas agrias y bichos del monte. Cuando la llevó a vivir a la selva hubo promesas de vida tranquila y abundancia. Con el correr de los veranos ninguna cosecha rendía buenos dividendos y esta última de algodón fue la más desastrosa. Para colmo, a cada fracaso se volvía más huraño y alcohólico. Tampoco soportaba la humedad ni las lluvias torrenciales que acechaban en goteras. Abandonó el hogar envuelta en continuas fiebres crónicas y delirios oscuros.

    Una formidable anaconda amarilla se asomó curiosa por la ventana y fue deslizando lentamente sus cientos de anillos brillosos. Detrás de sus ojos alargados y dientes macizos aconteció un cuerpo con casi cuatro metros de largo. Anita nadó a su lado y la pateó sin querer. La anaconda la fue enroscando hasta envolverla y luego, como un torrente, la impulsó hacia lo profundo. Los mellizos chapoteaban enajenados y no se dieron cuenta de lo sucedido. Tampoco se dieron cuenta cuando el nivel del agua alcanzó la llave de la luz y los electrificó en ese instante.

    El vecino de la chacra lindera se acercó tras oír la explosión en el motor diesel que suministraba de energía a la casa. Fue él quien encontró flotando en el agua, entre algunas herramientas, los cuerpos sin vida de los niños y de la enorme anaconda amarilla. Luego recorrió el interior de la casa. En el dormitorio principal halló a un hombre flaco e inmóvil durmiendo la siesta.

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