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Hondamente

     En aquella época a los hijos había que educarlos con rigor. El mío era muy tranquilo y sensible. En esas vacaciones pasaba todas las tardes haciendo dibujitos sobre la arena y ni se quería sacar la remera. En un momento me paré y le dije: "Ya no sos un nenito, andá y hacé algo". Ladeó la cabeza, se puso de pie y caminó hasta la orilla.

Viene apareciendo recurrentemente en mis sueños, quizá los últimos que tenga. Me llama, me dice: "No te preocupes papá, estoy bien". Al buscarlo con la mirada preciso que no se trata de mi muchacho sino de una muchacha. Es él, si, me fijo bien; es él, pero travestido. Pierdo el aire, me hundo en el colchón. Esta situación me desvela, por lo tanto decido actuar pronto. Necesito descifrar qué sucede y ordenar las cosas.

Desciendo del micro y arribo al balneario donde ocurrió todo. Nunca más había regresado a la playa, a ninguna. Tarareando un tango atravieso la arena con pasos morosos. Me paro frente al mar que primero le quitó la vida y luego le transformó el sexo. Oigo un tierno murmullo del otro lado de las olas. Me llama otra vez. Tiro el bastón contra la arena y voy a su encuentro. Inhalo una bocanada de aire fresco. Al acercarme noto que ya es una señora; mientras, el agua marina le descorre el maquillaje. La fuerza de la marea debilita mis rodillas y enseguida pierdo estabilidad. En ese instante me busca, puedo sentir sus manos. Nos abrazamos hondamente.


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