El día amaneció nublado y amenazante, lo que anulaba la posibilidad de hacer playa. Me contuve de ir al centro y, en cambio, opté en dar un paseo por el gigantesco vivero municipal. Este cubría buena parte de la ciudad balnearia con color verde, según señalaba el mapa brindado en la casilla de turismo. Hacia allí fui convencido a cada paso. Me iba ganando la idea de bienestar por dirigirme a un cónclave de aire puro, augurio de un manto oxigenado en excelsa vegetación. Rememoré las pocas veces que, por ser un bicho de ciudad, había conectado fuerte con la naturaleza.
A mitad de camino, me topé con una inesperada manifestación. En un primer momento me pareció más numerosa de lo que era, eran doce. Guiado por las ropas que llevaban puestas, juzgué que pertenecían a un grupo religioso. En sus manos portaban fervorosas pancartas y las leí. Así me enteré que pretendían modificar el nombre del balneario, por el de San Policarpo. Fue grande mi sorpresa y pregunté el motivo. Uno de aquellos doce manifestantes, barbado y con panza prominente, me explicó que Policarpo le pasaba el trapo a Clemente en la construcción de epístolas. Otro, menudo de gafas, también vestido con túnica beige, como lo estaban casi todos, aportó lo suyo: “Sépalo bien caballero, que Policarpo estuvo ochenta y seis años ininterrumpidos sirviendo a Cristo Nuestro Señor, mientras Clemente cada tanto se tomaba, con la excusa de muñidos retiros espirituales, sus buenas vacaciones. Policarpo es el verdadero padre de los evangelistas apostólicos y nunca se cansó de pregonar en contra de cualquier tipo de herejías, como fornicar sin control o ser ameno a la homosexualidad. En cambio, Clemente fue descubierto, por los suburvios de Roma, en compañía de un joven mancebo sin ropas, con pecado concebido. Cuando se sucedieron una serie de luchas intestinas dentro del imperio, y se modificó el mapa político, Policarpo no se amilanó y continuó despachando epístolas con sumos contenidos retóricos a diestra y siniestra. La coyuntura de la época había cambiado, pero él no se adaptó, ni fue sumiso con las nuevas autoridades. Solamente servía a Dios y esto parece que molestó a más de uno. Ese fue el verdadero motivo de su persecución, no las inmundas blasfemias que arriaron en su contra. Una vez preso por los hombres del emperador, lo condenaron mediante un juicio amañado y terminó en la hoguera. Como un mártir ardió su cuerpo de carne anciana bajo el fuego, durante horas, sin que las llamas de la pira acariciaran su piel. Tras fracasar esa tentativa de poner fin a su vida, entonces llegó el hierro asesino que le congeló el corazón.
Usted me dirá que Clemente también pasó por el sufrimiento en sus últimas horas, cuando lo arrojaron al mar con un lastre de fuste atado a sus pies. No fue así, le aseguro, y ya lo dejó entrever San Ireneo en una extensa misiva dirigida a San Tolomeo pocos años después. Allí explica que ese vil apóstata, consuetudinario lame botas del poder de Roma, ya había traspasado la línea moral permitida y el popolo se encolerizaba de sólo oír su nombre. Para evitar que siguiera escalando un clima hostil que perjudicaba al gobierno, se le encomendó irse a pasar sus últimos días en una hermosa isla del Adriático. Sin embargo, se diría oficialmente, ¡puras patrañas!, que había sido sentenciado a las profundidades del mar unido a una piedra. Lo cierto, es que vivió varios años más rodeado de lujo y de viriles jovencitos que servían a sus deseos más perversos. Incluso les bebía la sangre y el semen para robarles juventud y así eternizarse por un tiempo prolongado.
Entretanto, el día de San Policarpo se festeja un veintitrés de febrero, mientras que San Clemente tiene fecha el mismo día, pero de noviembre. Se imagina la fiesta enorme al patrono que se podría organizar en esa época de pleno apogeo turístico. Con estos valiosos argumentos en la mano es que hemos presentado un referéndum, firmado por varios vecinos de esta comarca, para que seamos rebautizados con el virtuoso nombre de: San Policarpo del Tuyú. ¿Usted qué opina?”
Si bien me parecieron elocuentes los diversos razonamientos, no opiné nada. Estampé enseguida una firma en apoyo a aquella causa y seguí mi camino. Paso a paso, por detrás, fue quedando aquel grupo de fanáticos religiosos que, con su fulminante accionar, pretendían la libanización de San Clemente.
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