Comencé a armar la valija una semana antes de mi primer viaje a Europa. Me iba por un mes y medio; una eternidad indefinible. Me esperaban Barcelona y Madrid, tal vez recorrería Francia, en una de ésas Alemania. De pronto sentí la feroz angustia del desarraigo, de hallarme desnudo ante un precipicio hondo de ajenas lenguas y costumbres. Procuré llevar cosas que hiciesen menos duro el trauma que ya me acorralaba. Elegí la valija adecuada. Luego de algunas ropas y artículos de higiene, metí de cuajo el banco de plaza Almagro donde suelo escribir frases nimias, un tablón de la cancha de Ferro en el cual se ahogaron mil gritos e ilusiones, la colección completa de Borges, tapa dura, que tanto ojeé y poco comprendí, la obstinada humedad de un rincón del baño, los agitados silencios de un amor, dos cajas ansiosas de Vasco Viejo , una bandeja de milanesas cocinadas esa mañana por mi abuela, una bolsa de caramelos Media Hora repleta de etanol, las recurrentes pesadill...