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Noseda a la Cicarello

La vieja   Bordacahar mi Saccardi, agArregui un puñado de Aimonetti y Marchesini ligero pal Barisio con más D´ambrossio que Afranchino un guiso Mangiantini; que conTursi Apariente un Altamirano mishio. Una Cicarello me echó la Miranda ahí nomás le Jurandyr amor entero y entregué mi Claverino contumaz, fuimos de Scursoni a la Piazzalonga metí loca Mannara a esa Tartaglia a riesgo de pasar por Bufatelli y Ardanáz. Desperté entre Duré y medio Vegetti la Frontini transpirada, Pobersnik de mí como un Gainzaraín, Stábile atado a la catrera con Calocero, era pleno Marzolini; recé un Paternoster, oré a Cristofanelli ¿ quién me Salvucci?, qué Malavolta fulera. Kuchen el socorro a flor de Gargini un Figún fue a Berón lo que pasaba y quitó las Marrapodi aquel santo; ese Fattori me robó hasta Laferrara si no era por mi Salvatelli no la Canto Otarola no me agarran lo garanto. Eiras mi Tesuri, mi Vidal Hoy Silvera Barranco...

Sueño de rodillas

Esa noche volví de la facultad más tarde de lo habitual. En el subsuelo, al lado del bufet, había participado de una reunión político-estudiantil. Lo hice más siguiendo una esperanza de amor que por convicción política. La puerta mal entornada del departamento fue la señal inequívoca de que algo no andaba bien. Un frío seco me paralizó cuando la abrí de par en par y vi todo dado vuelta. Cerré enseguida y procuré girar sobre mis pasos para salir corriendo. Un mareo atravesó el intento. Recostado contra uno de los laterales del pallier pretendí recuperarme. Profusa, una sombra observó lo ocurrido. Luego imaginé la posibilidad de un vecino asustado o acaso fuera el portero del edificio con su infaltable franela en la mano. No puedo recordar si fui rígido por el ascensor o bajé alocado esos tres pisos por las escaleras. Algún resorte mental me imposibilita generar la memoria adecuada. Desde un agitado teléfono público llamé a mi madre y le expliqué lo sucedido. Al otro día me acomp...

Los ojos del Mudo

Creéme pibe que sus ojos fueron los ojos del hincha de Ferro. En esa época no pasaban partidos por televisión. En los periódicos era difícil ver una foto con los jugadores de Ferro. Él los fotografió a todos, aun los que no llegaron a ser profesionales. Llegaba cuatro horas antes del partido para cubrir de imágenes el preliminar y el de Tercera. Por supuesto, las dos del match de Primera. Otra hora y media esperando afuera del vestuario o adentro si había triunfo. Se le iban al menos catorce rollos de 36 por domingo. Una fortuna que recuperaba vendiendo las fotos a hinchas, jugadores, familiares y algún medio del interior que hubiese olvidado mandar corresponsal. Ojo, no te creas que lo movía el dinero, lo hubiera hecho gratis cuatro vidas seguidas. Tenía, quizá por falta de oído, el sentido de la vista muy desarrollado. Era alto, flaco, un tanto desgarbado; tal vez producto del peso de la cámara llevada sobre la espalda durante miles de eternos noventa minutos.  Sentía el es...

Traición divina

         La decisión fue inconmensurablemente difícil. Se resolvió en las afueras de Galilea. En un camino polvoriento le comuniqué lo que debía hacer. Lo hice después de besarlo en la frente. Antes que se largara a llorar en reprobación. Lo satisfizo el hecho de saber que una vez apresado, se desataría una fuerza divina que expulsaría a los romanos de tierra santa. Fue una mentira necesaria que me clavó hondo en la sien una espina de dolor.      Él se dedicaba minuciosamente a la contabilidad de la empresa y era el más radical del grupo; de los judíos que queríamos modificar el espíritu de nuestro credo para llegar a los gentiles. Queríamos generar una dosis de esperanza universal que el judaísmo oficial no lograba. Para ello necesitábamos de los romanos. Ellos serían el vehículo de nuestra fé. Yo sería la víctima y él un traidor confeso. Para que el plan fuera perfecto, como el Señor, no todos los seguidores debían estar al tanto. Sólo sab...

Refundación

El cielo se vuelve plomizo, comienza a caer una lluvia fina, como de ceniza. En el almacén del barrio, tres señoras aguardan ser atendidas. Una, la que venía del coauffer y luce bien emperipollada, comenta por lo bajo: “Ha vuelto, la vi a la madrugada con ojos de espanto por el ventanal. Me levanté de la cama por una acidez que sufría en el estómago y, con un vaso de leche en la mano, la vi. Era ella, llevaba su blanca figura delgada debajo del rodete. La vi doblar por la esquina llevando a un niño de la mano. Uno que vive en la otra cuadra. Parece que como nunca tuvo hijos ahora se los roba ya crecidos. Es muy preocupante que vuelva y a robarse nuestros niños. También le vi los labios pintados de un rojo prohibido para una dama de bien. Chicas, tengo miedo de lo que pueda pasar, todavía recuerdo cuando nos llamó enemigos del pueblo y comenzó a desenrollar el alambre de fardo para colgarnos”. Una de las oyentes se acomoda la camisa y niega: “Esas son supercherías, sería incapaz de...

Cruce eterno

Me piden que duerma, me recuerdan a cada instante que estoy débil. Insisto con sobreponerme inmerso en una empresa en la que va uno y todos mis sueños y la de tanta gente que sufre el peor infortunio: el no ser libre. Que importancia tienen entonces estos 4000 metros de altitud y respirar los más helados vientos. Me urge tanto estar al mando de tremenda gesta militar. Una simple úlcera no impedirá que cumpla mi función. A cada paso debo recordar la estrategia a la artillería con fuerte voz de mando. Debo inculcarles mi experiencia en los Pirineos que, si bien valiosa, fue realizada una sola vez y ya, muy distinto a este otro accionar bélico. Completo el séptimo día y en el arrecio de la noche me cubro con ponchos de lana. Un sueño se fricciona en el cráneo y me acompaña hasta el toque de dianas. El batallón de negros anda animoso. Canturrean canciones con extraños ritmos que pronto serán olvido. El resto del campamento, ensimismado, se prepara para la dura jornada. Se van consumiendo...

Campo Angelical

     Todavía me parece mentira estar ingresando a la Honorable Cámara de Diputados. Pensar que hace poco vivía envuelto en semillas, agrotóxicos, compra de maquinaria y todo lo referido a un productor agropecuario. Siempre mi vida fue el campo. Se lo debo todo al viejo que me inició en la actividad y me forjó como persona. De niño fui criado con mi hermano Dante. Éramos mellizos, pero el estar siempre juntos hizo que mimetizáramos hasta los gestos. Nuestra madre, ama de casa abnegada, varias veces se confundía. Aun así teníamos carácteres distintos. El Dante era más tranquilo y yo, el Alfredo, un poco más inquieto. Desde pequeño ayudé al viejo en el campo con los peones, me gustaba imitar las órdenes del papi. Una noche, en la sobremesa dijo: El Alfredo tiene voz de mando, va a seguir mis pasos y quien sabe si se mete en la política; es fuerte como la planta que espera rabiosamente al sol. En cambio el Dante es más intrometido, como una semilla que yace bajo de la plan...

El Dragón

          E l hombre montado a su caballo fue en busca de su enemigo histórico: El Dragón. Veloz logró alcanzarlo y darle su merecido con una larga espada helada. El dragón, en un quejido sordo, se tumbó dentro de su fuego de baba. El caballo, espectador de lujo, se reflejó en él a través de la selección natural de las especies. Enseguida se vislumbró muerto frente a ese espejo inefable. El hombre regresó a pie.

Era un hombre

Era un hombre y fue en busca de empleo y no se lo dieron y se encaminó hacia el bosque y cruzó la cañada y cortó camino y vadeó el arroyo y aun no lo sabía y llevó su cantimplora y sació su sed y siguió andando y se detuvo y sintió la nada y quiso maldecir y las cuerdas vocales enmudecieron y algunas consonantes también y se perturbó y sudó fresco y saltó a campo traviesa y aulló de felicidad y se deslizó por los pastizales y rugió y tembló el bosque y trepó a un gran árbol y tiró la cantimplora y luego se arrojó él y cayó en cuatro patas y no sufrió vértigo y pretendió volar y no pudo pero ya podría y notó que algo  se le iba yendo mientras se lamía .

Barco del olvido

Hoy casi te olvido, mañana volveré a intentarlo. (Proverbio indú) Me postulé como capitán sin dudarlo un solo instante. Incluso poniendo en jaque un legajo sin reveces. Jamás analicé la certeza de hallar la ciudad perdida del otro lado del océano. Poco me importaban el oro y las piedras preciosas. Me urgía alejarme lo antes posible de mi tierra. Como un sino inclaudicable. Fueron largas semanas de fatiga y sal. Tras abandonar el torvo mar comenzamos a surcar un ancho río color león. Hubo extrañeza y pronto temor en los ojos de mis tripulantes. La mayoría, forajidos en busca de un esquivo porvenir. Los tranquilicé con palabras de capitán. Les recordé acerca de los metálicos. Mis motivaciones eran bien distintas a las de ellos. Yo necesitaba olvidar una mujer. En la mar se había aparecido de mil modos y a punto estuvo de tumbar la embarcación cuando emergió con forma de serpiente. Una grande de tres cabezas con sus respectivas lenguas. Un desconocido y calmo corredor de agu...

Paseo General

Aprovechando que nadie observa y siento fuertes las piernas, me arriesgo a la intemperie. Camino rumbo hacia la Gran Vía. Para dónde quedaba el paseo del Prado... Sigo mi instinto militar. Cruzo la acera. Hay un sable en el suelo que me nubla la vista. Me agacho para recogerlo. Al reincorporarme, empuñando el curvo acero, todo se vuelve blanquecino. Como si Madrid entera se tornase un desierto de nieve, pero hace calor, una nieve de espuma caliente. Clavo el sable en el engrudo que asemeja a un suelo inverosímil y veo como una grieta instantánea se forma bajo mis pies. En medio de la grieta veo una multitud. Son niños.      Arrastrando los pies me acerco al arenero, contra una serie de columpios atestados de infantes. Estirando la guayabera abro los brazos y parece que modulo: “Compañeros”, o puede que haya dicho: “Camaradas”. Unos se dan vuelta, otros vitorean. Todos mocosos...      Hay quien nota que algo no anda bien e interviene: "Abuelo, está pe...

Traición amorosa

Los barrotes de la prisión no impidieron que pudiera acariciarla. Tras años de casto encierro comencé a proyectarla en mi mente. La primera noche que apareció fue sublime. Era tal cual como la venía imaginando. Nos reconocimos sin límites. A partir de entonces comencé a venir todas las noches. Era tan real que se fundía en el lateral corazón de mi celda. Tan real que quien diga que fue un sueño es un canalla y lo mato. El humor me cambió ciento ochenta grados. En el patio del pabellón no tardaron en hacerlo notar. Maldigo el momento que narré mi contento, pero de no hacerlo me hubiese ahogado de amor en ese pequeño cuarto. Muchos me trataron de loco inverosímil y dolió muy hondo. Tal vez por causa de ello fue que desabotoné la camisa y enseñé los rastros de sus uñas clavadas en mi abdómen. Enseñé las pruebas irrefutables del amor. Me dieron vuelta la cara como a un paria. Váyanse todos a cagar, les grité por lo alto. Sólo el Gordo Altamirano abrió bien grandes sus ojos y pregunt...

Bajo la sombra

Llegué un verano de calor insano. Cuando fue el turno de salir al jardín, que era circundado por los pabellones, noté que había dos árboles. Se trataba de un gomero y enfrente, a pocos metros, había un álamo. En torno a ellos se agrupaba un conjunto de sujetos. Alrededor del gomero resaltaba un hombre con chaqueta azul y roja. Hacía gestos y ademanes que imantaban la vista. Me dirigí hacia él, hacia el grupo del gomero. Lo admiré desde el primer día y no fui el único. Comprendí que era el líder del grupo autodenominado gomas . Ahí mismo reconocí las bondades de la sombra ancha del gomero. Enseguida orienté la mirada contra el álamo y su gente, los que se ponían bajo su escueta sombra. No dejábamos de criticarlos por la elección errónea de los alitas, así los nombrábamos. También tenían un líder: se trataba de Julio César. Como todos ellos, iba vestido ligero. En cambio nosotros lucíamos ropas más pesadas merced a la generosa sombra de nuestro árbol. No pasó mucho tiempo para que s...

Operación Minotauro

Por detrás del cirujano, que ya jugaba con su bisturí, asomó la denodada figura del minotauro. Bufando sin cesar me miraba ávido. A pesar de la anestesia, me incorporé y fui a perseguirlo. Corrió desnudo con su cuerpo bifórmico. Yo apenas iba vestido con una cofia verde suelta. En un marco borroso me condujo por caminos aberrantes. Tras la puerta de una sala vi a un niño al que golpeaban otros niños; uno de los cuales era yo. Luego de atravesar un pasillo interminable, otra puerta... Vi una mujer de párpados sufrientes que afrontaba como podía la llegada de su marido; no hará falta decir que reconocí de inmediato la mano impertérrita. La bestia iba delante y me conducía por las distintas salas del hospital. En una estafaba, en otra abusaba del honor de alguien, en la siguiente, prefiero callarlo. Me era penoso reconocerme de ese modo, de esos modos. Sentí en cada visión que había traicionado los sagrados valores que me inculcaron mis padres. Ya asqueado de suficiente miseria, le...

Pensamiento Carretel

Distiendo el hilo, pensamiento carretel aflojando las deshoras ya no mansas se dispara el aguijón de la balanza aún si intentara no podría detener. Arriba ávido mar, abajo nada en la sombra noche sin estrellas, ideas sin carne fauno solemne de aciagas fauces observa la escena, me nombra. Sigue al acecho, perpetuo de hiel vedo todo intento esperanzado sucumbo ante su hálito dorado cierro los ojos, pensamiento carretel.

Operación Garibaldi

Sentado junto a la ventanilla del avión, iba distendido, sin preocupaciones; iba soberano. Un arado de nubes acompañaba el vuelo. Más abajo todo era tan pequeño que parecía irreal. Una chimenea obscena sobresalía de las chatas construcciones del arrabal y el campo eterno. Llevaba mis dos manos unidas sobre las rodillas. Sentado a mi lado, un hombre prolijo de gesto severo. Una cavilación desbarató mi estado de tranquilidad: ¿Hacia adónde me estaba dirigiendo? Intenté recordar en vano. Sin temor a pasar por débil mental consulté a mi compañero de asiento. Me miró de soslayo, negó con la cabeza y se mantuvo como antes; en silencio. A veces solía olvidar cosas como nombres de personas, ciudades o el lugar donde pude haber dejado los lentes. Nunca antes había sucedido que olvidara algo tan rutilante como el destino de un viaje en pleno vuelo. Procuré ante todo mantener la calma. Estaba en eso, relajando la infatigable respiración, cuando un olor rancio y pestilente invadió el ambien...