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Noseda a la Cicarello


La vieja Bordacahar mi Saccardi,
agArregui un puñado de Aimonetti
y Marchesini ligero pal Barisio
con más D´ambrossio que Afranchino
un guiso Mangiantini; que conTursi
Apariente un Altamirano mishio.

Una Cicarello me echó la Miranda
ahí nomás le Jurandyr amor entero
y entregué mi Claverino contumaz,
fuimos de Scursoni a la Piazzalonga
metí loca Mannara a esa Tartaglia
a riesgo de pasar por Bufatelli y Ardanáz.

Desperté entre Duré y medio Vegetti
la Frontini transpirada, Pobersnik de mí
como un Gainzaraín, Stábile atado a la catrera
con Calocero, era pleno Marzolini;
recé un Paternoster, oré a Cristofanelli
¿quién me Salvucci?, qué Malavolta fulera.

Kuchen el socorro a flor de Gargini
un Figún fue a Berón lo que pasaba
y quitó las Marrapodi aquel santo;
ese Fattori me robó hasta Laferrara
si no era por mi Salvatelli no la Canto
Otarola no me agarran lo garanto.

Eiras mi Tesuri, mi Vidal
Hoy Silvera Barranco abajo
Pa´ no ponerme a llorar.

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Arquetipo

              Esta historia la oí en el Café Brasilero , uno de los bares más antiguos de Montevideo. Hubiese sido preferible que la escuchara Eduardo Galeano, pero ya había fallecido hacía años. En una de las mesas contiguas alguien comenzó a contar que un amigo veía a su hijo correr y patear una pelota imaginaria por toda la casa. El botija hacía gestos inestables y festejaba goles de cara a las paredes. El padre siempre le regalaba libros y juego didácticos. Sin embargo, para ese cumpleaños eligió comprarle una pelota de cuero profesional. El hijo la agarró no muy convencido y se fue a jugar al patio del fondo. Al otro día el padre volvió de la oficina y encontró la pelota abandonada en un rincón y a su hijo jugando nuevamente con la otra. Se le paró enfrente e indagó: ¿Qué ocurre que no usas la que te regalé? El hijo levantó apenas los hombros anticipando su respuesta: Es muy bonita papá, pero ésta es más liviana y la domino mejor.

Retorno

  El hombre pudo vencer sus temores y abandonó las cuevas. Fue entonces cuando admiró estrellas, ideó dioses, mitigó piedras, elevó ciudades, flotó océanos, acuñó monedas, coloreó lienzos, procuró el amor, anheló desmesura, suspiró poesía, fabricó artilugios, animó guerras, derrochó champagne y calentó pan duro. En este preciso momento, encerrado en una habitación sombría, alguien observa el techo desde su cama sin poder dormir.

Contenedor Abierto

       En la boca despejada de la noche, una sombra abre la tapa y se asoma al contenedor de basura. Entre los desperdicios distingue media hamburguesa. Doblega su anatomía lo suficiente para ingresar a buscarla. La acaricia antes de darle, pese a notarla fría y manoseada, un primer mordisco visceral. Mientras mastica alcanza a entrever, casi sepultadas, una mesa y una silla. Se sienta a terminar de cenar cuando encuentra una cocina iluminada y, por el fondo, un jardincito con el pasto recién cortado. Sale de la casa a tirar la basura para mantener el aseo. Apenas pisa la calle comprende que se ha olvidado las llaves adentro y la noche que le espera.