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Entradas

Invasión al Laberinto.

Cuando abandonó la vieja casona del barrio Constitución aun se hallaba en shock y a poco estuvo de ser arrollado por un fulmine tranvía que circulaba por avenida Garay rumbo al río. Minutos atrás, confinado en el estrecho sótano, había quedado atónito ante ese objeto de carácter prodigioso. Blandía los pálidos párpados con excitación enciclopédica, entregado al afán pleno de capturar algo indescifrable. Luego apareció el gesto depravado. Sucedió cuando uno de los infinitos puntos del Aleph guió su atención en sobremanera. Se le impregnó el fulgor de la negligente fecha de un octubre venidero. Ahí comprobó que el unánime aparato, de apenas dos centímetros de diámetro, también sugería el futuro. Dejó en ese instante de reparar en astrolabios, en la lejanía absurda de los astros, en espejos melancólicos, en portarretratos de su amada muerta, en zaguanes sombríos, en fatigados laberintos y todo lo demás. Sintió vértigo y a continuación desenfado. Contempló, en cambio, la presencia de...

Cuarentena

Amanece una vez más. Decido bajar a la calle para ver que está ocurriendo. Ya van nueve meses de un encierro estricto determinado por las autoridades sanitarias. La situación iba dentro de todo bien, pero hace unos días las cosas comenzaron a empeorar. Primero se cortó la luz y con eso el internet. Enseguida las estaciones de radio quedaron mudas. Esta última noche comprobé que afuera no había ruido alguno, todo era silencio. Mi departamento da al contrafrente y poco puedo ver desde una ventanita que rompe contra un paredón. Con luz de vela me asomé al hall. Golpeé la puerta de mis cinco vecinos de piso... nadie salió, tal vez siguen atemorizados. Por la boca de la escalera y del ascensor grité el nombre del encargado... no obtuve respuesta alguna. Volví al departamento a lavarme la cara sudorosa por el esfuerzo. Una última gota asomó del grifo. Ya ni el agua funcionaba. Fui hasta la alacena para ver que quedaba: una lata de arvejas y media botella de whisky. Me serví un vaso tomar c...

Tema: La Escuela.

. Apenas volvimos del recreo la señorita me hizo pasar al frente. Debía leer mi narración. Comencé a sudar mientras sacaba el bollo de papel donde hacía recién, en un rincón del patio, había escrito entre llantos y apuros. Las miradas burlonas de mis compañeros y la impávida de la maestra, se posaron en mí. Con la voz entrecortada inicié la lectura: « “Tema: La escuela: La escuela es un lugar que odio. No me gusta la tarea ni que me reprueben porque en casa se enojan conmigo. Como muchos saben, mi papá es policia, pero pocos saben que a veces llega borracho y nos pega a mi mamá y a mí. Al principio venía a la escuela aliviado de no estar con él en casa. Hasta que comenzaron a agredirme también en la escuela. Empezaron a decirme: “Gordo trolo, Gordo comilón y esas cosas”. Después vinieron algunas patadas en el culo, empujones, escupitajos y otras cosas. Por eso no me gusta la escuela. La señorita siempre se hace la distraída y la única vez que le conté lo que me pasaba me dijo: “...

Alcantarilla

Sentado plácidamente en el sillón leía mi novela cuando, de pronto, la mirada se desvió merced de una sombra pequeña y furtiva que fue a esconderse desaforada tras el aparador. Fui al baño de prisa a buscar el secador de pisos. Pronto llegaría mi esposa con su voz empecinada; procedí sin demoras. Le hice frente. Aún estaba ahí, no tenía escapatoria. Nos observamos con hondura. No quisiera utilizar la palabra desdoblar pero... se abrió la puerta de calle. Por debajo de las piernas de aquella mujer inicié la huida. Corrí versátil entre luces y automóviles. Sensaciones novedosas me hicieron notar que estaba actuando más cerca del instinto que de la razón. Al doblar la esquina, un gato vehemente asomó desde el recodo de la noche. Me zambullí por la alcantarilla, esa misma en la que sigo atascado.

Sacrificio

I- Apertura      Hasta hace no mucho tiempo creía que el sacrificio en el ajedrez era uno de los hechos más heroicos que podía ejecutar un individuo de la gran familia ajedrecística. ¡Hoy estoy convencido! ¡Sacrificio! ¡Sacrificio! Idea preciada, valentía de unos pocos elevados caballeros.      Para empezar, bueno sería contar la historia de uno de los más notables ajedrecistas que supo pasear su talento por estas latitudes: el excelso Gran Maestro Leoici Fircas. Aunque en verdad la Federación le retiró tal título, cosa que juzgo inoportuna.      Su carrera profesional comienza, como es sabido, mediando la década del cuarenta. En ese entonces tenía, para la documentación argentina, treinta y nueve años recién cumplidos. Poco saben que en realidad sumaba cuarententa y ocho abriles, ya contaré por que la inexactitud de la edad. El motivo de la tardía incursión en el arte del trebejo y sus ocupaciones anteriores fueron, en su...

Lengua saliente

             Esa espléndida noche de gala en la embajada sentí una tenue molestia en la boca, fue el presagio de que algo no andaba bien. Había sido invitada por ser la secretaria personal del cónsul; un hombre por demás extraordinario, siempre casado y dedicado a su mujer y sus hermosas hijas. Fastidiosa, tras pedir las disculpas del caso, me retiré anticipadamente a mi departamento. Una semana de empecinado zumbido bastó para procurar cita con un facultativo. Las placas fueron contundentes: cáncer de boca; se precipitó el foco en la base de la lengua con fuertes deseos de tomarlo todo. El doctor puso fecha de operación en menos de veinte días. Era preciso amputar. Antes de desvanecerme alcancé a oír sobre la posibilidad de implantar una lengua compuesta con titanio. A mi pesar, solicité licencia laboral. Por los nervios y el dolor creciente ya no podía ni abrir la boca. De más está decir que buena parte de mi trabajo resulta hablar con gent...

Niño con bosque

Sale del camino y se acerca al bosque. Sin prisa atraviesa la primer hilera de árboles. Recibe, como una retahíla, el aire húmedo que se despoja de la hojarasca. Sube por las pantorrillas y le sacude el cabello fértil. Pretende anidarse en su pecho. Por el espacio que hay entre sus dedos, se desparrama. El niño sigue explorando, inmerso, curioso. El intento de un susurro, que pronto ignora, procura acariciarle el rostro. Al rato se cansa o tiene hambre y abandona el lugar sin entender lo que ha sucedido, sin sospechar que lo esperará en otra ocasión, en otro bosque.

Noseda a la Cicarello

La vieja   Bordacahar mi Saccardi, agArregui un puñado de Aimonetti y Marchesini ligero pal Barisio con más D´ambrossio que Afranchino un guiso Mangiantini; que conTursi Apariente un Altamirano mishio. Una Cicarello me echó la Miranda ahí nomás le Jurandyr amor entero y entregué mi Claverino contumaz, fuimos de Scursoni a la Piazzalonga metí loca Mannara a esa Tartaglia a riesgo de pasar por Bufatelli y Ardanáz. Desperté entre Duré y medio Vegetti la Frontini transpirada, Pobersnik de mí como un Gainzaraín, Stábile atado a la catrera con Calocero, era pleno Marzolini; recé un Paternoster, oré a Cristofanelli ¿ quién me Salvucci?, qué Malavolta fulera. Kuchen el socorro a flor de Gargini un Figún fue a Berón lo que pasaba y quitó las Marrapodi aquel santo; ese Fattori me robó hasta Laferrara si no era por mi Salvatelli no la Canto Otarola no me agarran lo garanto. Eiras mi Tesuri, mi Vidal Hoy Silvera Barranco...

Sueño de rodillas

Esa noche volví de la facultad más tarde de lo habitual. En el subsuelo, al lado del bufet, había participado de una reunión político-estudiantil. Lo hice más siguiendo una esperanza de amor que por convicción política. La puerta mal entornada del departamento fue la señal inequívoca de que algo no andaba bien. Un frío seco me paralizó cuando la abrí de par en par y vi todo dado vuelta. Cerré enseguida y procuré girar sobre mis pasos para salir corriendo. Un mareo atravesó el intento. Recostado contra uno de los laterales del pallier pretendí recuperarme. Profusa, una sombra observó lo ocurrido. Luego imaginé la posibilidad de un vecino asustado o acaso fuera el portero del edificio con su infaltable franela en la mano. No puedo recordar si fui rígido por el ascensor o bajé alocado esos tres pisos por las escaleras. Algún resorte mental me imposibilita generar la memoria adecuada. Desde un agitado teléfono público llamé a mi madre y le expliqué lo sucedido. Al otro día me acomp...

Los ojos del Mudo

Creéme pibe que sus ojos fueron los ojos del hincha de Ferro. En esa época no pasaban partidos por televisión. En los periódicos era difícil ver una foto con los jugadores de Ferro. Él los fotografió a todos, aun los que no llegaron a ser profesionales. Llegaba cuatro horas antes del partido para cubrir de imágenes el preliminar y el de Tercera. Por supuesto, las dos del match de Primera. Otra hora y media esperando afuera del vestuario o adentro si había triunfo. Se le iban al menos catorce rollos de 36 por domingo. Una fortuna que recuperaba vendiendo las fotos a hinchas, jugadores, familiares y algún medio del interior que hubiese olvidado mandar corresponsal. Ojo, no te creas que lo movía el dinero, lo hubiera hecho gratis cuatro vidas seguidas. Tenía, quizá por falta de oído, el sentido de la vista muy desarrollado. Era alto, flaco, un tanto desgarbado; tal vez producto del peso de la cámara llevada sobre la espalda durante miles de eternos noventa minutos.  Sentía el es...

Traición divina

         La decisión fue inconmensurablemente difícil. Se resolvió en las afueras de Galilea. En un camino polvoriento le comuniqué lo que debía hacer. Lo hice después de besarlo en la frente. Antes que se largara a llorar en reprobación. Lo satisfizo el hecho de saber que una vez apresado, se desataría una fuerza divina que expulsaría a los romanos de tierra santa. Fue una mentira necesaria que me clavó hondo en la sien una espina de dolor.      Él se dedicaba minuciosamente a la contabilidad de la empresa y era el más radical del grupo; de los judíos que queríamos modificar el espíritu de nuestro credo para llegar a los gentiles. Queríamos generar una dosis de esperanza universal que el judaísmo oficial no lograba. Para ello necesitábamos de los romanos. Ellos serían el vehículo de nuestra fé. Yo sería la víctima y él un traidor confeso. Para que el plan fuera perfecto, como el Señor, no todos los seguidores debían estar al tanto. Sólo sab...

Refundación

El cielo se vuelve plomizo, comienza a caer una lluvia fina, como de ceniza. En el almacén del barrio, tres señoras aguardan ser atendidas. Una, la que venía del coauffer y luce bien emperipollada, comenta por lo bajo: “Ha vuelto, la vi a la madrugada con ojos de espanto por el ventanal. Me levanté de la cama por una acidez que sufría en el estómago y, con un vaso de leche en la mano, la vi. Era ella, llevaba su blanca figura delgada debajo del rodete. La vi doblar por la esquina llevando a un niño de la mano. Uno que vive en la otra cuadra. Parece que como nunca tuvo hijos ahora se los roba ya crecidos. Es muy preocupante que vuelva y a robarse nuestros niños. También le vi los labios pintados de un rojo prohibido para una dama de bien. Chicas, tengo miedo de lo que pueda pasar, todavía recuerdo cuando nos llamó enemigos del pueblo y comenzó a desenrollar el alambre de fardo para colgarnos”. Una de las oyentes se acomoda la camisa y niega: “Esas son supercherías, sería incapaz de...