I- Apertura
Hasta hace no mucho tiempo, creía que el Sacrificio era uno de los hechos más heroicos que podía ejecutar un individuo de la gran familia ajedrecística. Hoy estoy convencido. ¡Sacrificio! ¡Sacrificio! Idea preciada, valentía de unos pocos elevados caballeros.
Para que se entienda a donde voy, bueno sería contar la historia del más notable exponente: el Gran Maestro Leoici Fircas. Apenas murió, la Federación Argentina de Ajedrez le retiró dicho título, acto que juzgué como injusto y abusivo.
Su carrera profesional comienza mediando la década del cuarenta. Por ese entonces tenía, según la documentación nacional, treinta y nueve años recién cumplidos. Pocos conocen que, en verdad, ya sumaba cuarententa y siete abriles; en breve contaré la razón de dicha inexactitud. La tardía incursión en el arte del trebejo y sus ocupaciones anteriores, fueron motivo de una diversa formulación de conjeturas (Federación, Periodismo, Policía, entre otros), a las cuales respondo: ¡puras ignominias! Yo soy amplio conocedor de una serie de datos inconexos, algo entreverados, que pueden dar batalla a las sombras de la iniquidad. Empecemos:
Leoici Fircas nació por el barrio de Barracas, en las postrimerías del siglo diecinueve. La primera vez que abrió los ojos no pudo identificar a su padre, asesinado días antes en un confuso episodio con la policía. Por lo tanto, su madre lo crió con medido esfuerzo, sin descuidar a sus otros seis hijos. Supo de chico el trato con la miseria seria, propia y la misericordia cordial, ajena. Fue, lo que podría decirse, un niño solo y soñador en la misma proporción. Pasaba largas tardes en el puerto mirando la boca del río, escuchando aventuras marineras, tal vez recibiendo el guiño paternal de un capitán barbado con reciente arribo.
Las maestras, al verlo tan retraído, se preocupaban por su salud mental. En variadas ocasiones solicitaron la presencia de la madre a la escuela, quien acudía una de cada tres llamadas, por no descuidar las de sus otros hijos. Leoici nunca pudo olvidar los comentarios de la maestra hacia su progenitora, en un frío pasillo de la institución: “Su hijo es un buen alumno, sí, pero tan extraño como lo es el Tíbet para nosotros”. Sus compañeros se burlaban de él a boca abierta, sin que ello alterara su mutismo ensordecedor. Esa actitud los enloquecía al punto tal, que varios chicos terminaron intoxicados con goma de borrar y tinta china. Recién el último año escolar comenzó a ser más comunicativo y se animó a un: “Hola González”, “Chau Fulanito”, “Felices vacaciones señorita Rita”.
Al concluir el colegio primario escapó de la casa y se subió a un tren en Constitución rumbo al sur. Viajó solo. Poco se sabe de esos años en tierras patagónicas. Cuando regresó, con una barba mullida y fiebre en la mirada, su madre tardó meses en dirigirle la palabra. Leoici comenzó a trabajar en la fábrica Alpargatas y al poco tiempo se enroló en las filas anarquistas, donde se empapó con la obra de Bakunin. A partir de aquellas lecturas intensas, maldijo a Dios y a toda forma de presencia estatal. Llegó a ser delegado y hacer cincuenta pares de botines apuntinados por día.
Por una mujer se afilió al Partido Comunista, por un embarazo no deseado se casó con ella. Antes del año, las discusiones políticas de la pareja ya tenían concecuencias físicas. Una mano en alto, la misma que un instante atrás sujetaba la botella de vino, cayó pesada en el rostro de su esposa. Me juró que fue un accidente. Ella hizo inmediato abandono de hogar junto con su hijo recién nacido, él entró en una profunda crisis que caló profundo su ser. Se volvió antisocial e indolente. En la fábrica, un día hacía sólo pares de zapatos izquierdos; al siguiente, les dejaba un agujero en la punta con el fin de que los usuarios estirasen los dedos. Dichos boicots duraron menos de una semana, hasta que le enviaron el inexorable telegrama de despido.
Meses de indigente ostracismo le bastaron para dirigirse al puerto en búsqueda de empleo. Quizás pensó que el aire del mar le entregaría la añorada libertad, que en tierra se esfumaba en el grisocre de la vida cotidiana. A lo mejor pretendió hundir en la profundidades a un hijo no deseado, tenido con una mujer fría que nunca llegó a compartir su misma sensibilidad, ni su pasión por la aventura del desgobierno ácrata.
Se ofreció de grumete a los barcos encallados y a los que arribaban, con suerte nula. Siguiendo sus sueños de niño, por la noche se lanzó decidido contra uno que tenía la luz encendida en el camarote más alto. Tras treparlo dificultosamente, se ocultó bajo unas bolsas arpilleras con olor a vísceras de pescado. Dos días y dos noches se mantuvo sigiloso y expectante en la proa de un barco que ya había zarpado.
El primer asome fue para ver la inmensidad de un mar desconocido, el segundo para conseguir comida. Al tercer día, ya con dolores de panza aterradores, perdió toda cautela y comenzó a salir de su guarida. Hacia la tarde fue descubierto. El capitán, sin remedio, lo alistó como auxiliar de grumete a cambio de las malolientes bolsas arpilleras y una ración de alimento. Yendo de proa a popa se enteró que se trataba de un barco pesquero sin bandera. Por un pálpito que tuvo, creyó que eran polacos; luego supo que no, eran rusos. Bordeando la madrugada los tripulantes quisieron integrarlo, a uñas y dientes defendió su hombría. Lo que pasó las siguientes noches prefirió no contarlo.
Transcurrido un mes y medio de navegación, Leoici se encontraba pisando algún pequeño pueblo costero contra el mar Báltico, al noreste de Moscú. Esta ubicación geográfica no fue reconocida en el momento de la llegada, se fue develando en el surco que deja el tiempo. Tras hacer unas changas, y mendigar unas monedas en el puerto, pudo tomarse un tren con destino a San Petersburgo. Entendió que en una ciudad tendría más posibilidades. Allí fue comprendiendo la verdadera realidad de la pos-revolución, la realidad palpable, la del segundo a segundo, pero ese tema tampoco quiso abordarlo en profundidad.
Gracias a los conocimientos de su antiguo oficio, consiguió empleo en el sector Botas de una fábrica de indumentaria militar. Los rusos sabían que el mundo estaba a punto de estallar y querían estar preparados. En tiempos muertos, un compañero de trabajo le enseña el bello juego de la guerra infame. Leoici me reveló como durante noches, a la luz de la vela, en un cuarto de pensión, las tibias manos de su compañero fueron guiando, con justa firmeza, las suyas a la pieza adecuada.
El gobierno ruso había montado una recia campaña para difundir el juego ciencia por las filas enérgicas del proletariado. Poco antes de fin de año, se realizó un campeonato en la fábrica del que Fircas se consagra vencedor. A partir de ese momento, logra cierta trascendencia por los numerosos círculos ajedrecísticos de San Petersburgo. Lo invitan a jugar en torneos para principiantes, en los que obtiene formidables resultados.
En una ocasión, creo por primavera, se escogieron de toda Rusia a los obreros con más cualidades hacia el ajedrez, para ensayar unas simultáneas con José Raúl Capablanca. El campeón del mundo había sido invitado, con el objetivo de realizar demostraciones a lo largo de la dilatada URSS. De las mil quinientas partidas que disputó el Gran Maestro cubano, sólo perdió una e hizo tablas en otra. Tan chiquito se sintió Capa al perder con un simple proletario, que lo desafió a jugar la revancha en el hotel donde se hospedaba. Algunos creemos que, por esta nueva derrota, Capablanca sería destronado al poco tiempo por Alekhine y, ya abatido, decidiría abandonar el tablero en forma definitiva.
Financiado por el consejo de la fábrica, Fircas viaja a Moscú para presenciar el Torneo por el Campeonato para seguir adquiriendo mayor volumen de conocimientos. Este hecho resulta trascendental, pues es donde descubre al genial Rudolf Spielmann y a sus recurrentes sacrificios. Se enamora de este recurso y termina de modelar su estilo, que hasta entonces era un tanto ortodoxo.
Lo del Maestro comienza a ser descollante. Un vendaval de triunfos conseguidos en torneos semi-profesionales de San Petersburgo y alrededores, repercutieron sobre la mismísima cúpula de la Superjefatura del Soviet Supremo. A las pocas semanas, ya estaba inscripto y viviendo en una cómoda casa con jardín en las afueras de Moscú, a disposición del equipo soviético de shakhmaty. Todos estos preparativos no fueron nada sencillos, ya que Fircas no era ruso, no tenía documentación en regla y su ingreso al país había sido en forma ilegal. En pos de la causa, sabiendo de los triunfos y el prestigio que podría brindarles, se omitieron irregularidades y se cometieron otras tantas. Le cambiaron la nacionalidad (ahora ruso), la edad (tendría 19 años), ya que los jóvenes vencedores fastidiaban de sobremanera a los Estados Unidos y hasta el nombre: lo rebautizaron con el nombre de Leoici Fircas. ¿Sorprendidos verdad? ¡Sí!, este no era su nombre original tal cual creían. Se llamó, como nunca más lo hizo, Juan José Jeardéz.
El romance entre Fircas y el Soviet Supremo duró lo que un trozo de carne en la Rusia agraria en períodos de guerra. La Superjefatura, al ver las relevantes victorias que el Maestro continuaba cosechando, lo resguardó de cualquier contraespionaje enemigo. Y lo adoptó como la gran carta secreta que debía mostrarse cuando llegase la ocasión necesaria: las Olimpíadas a desarrollarse al año siguiente. Empezó a fastidiarse desde el día que le pusieron cinco viejos Grandes Maestros, con la finalidad de entrenarlo. ¡Justo a él, que era un autodidacta! Para colmo, la K.G.B le tapió la casa, arruinando su jardín. Perdió definitivamente la paciencia en el momento en que pretendieron adoctrinarlo. Tenía que asistir tres veces por semana a un palacio situado a pocas cuadras del Kremlin, donde una de las manos derechas de Stalin se desinflaba con alabanzas hacia el régimen y al líder. Pronto venía lo peor: le enseñaba repetidas veces lo que debía hacer, decir, y lo que no, cuando viajase rumbo a las Olimpíadas con la delegación soviética. De noche soñaba atormentado, envuelto entre frases retóricas e incendiarias de Bakunin. Frente a la cara de dicho instructor, rehusó a formar parte del equipo olímpico. Esta actitud escandalizó a todas las estructuras del Soviet Supremo y se tomaron represalias en forma inmediata.
Estuvo ocho años y cinco meses recluido en Siberia donde, por medio de violencia psicológica, le causaron una fobia tremenda hacia el ajedrez. A modo de ejemplo, me refirió la siniestra práctica que sufría durante cada noche en que permaneció encerrado: por fricción magnética y teatro chino, todas las piezas del juego comenzaban a flotar fantasmagóricamente iluminadas por su celda, a la vez que el piso se convertía en una mimesis algo mayor al tamaño del tablero.
Él supuso años después (y yo comparto), que tales medidas fueron accionadas con el objetivo de prever que se pasase al bando enemigo y se les volviese en contra. Por lo tanto (según nuestra hipótesis), cuando el Soviet Supremo comprobó que Fircas ya era incapaz de lograr, siquiera, la mínima abstracción necesaria para comenzar una partida, lo regresa vía avión a Buenos Aires. Antes le devolvieron su nacionalidad, las pocas pertenencias que le quedaban y una antología de ciencia ficción rusa. El libro estaba hueco y adentro halló unos cuantos rublos para insertarse rápidamente en su repatriada y (esto lo presumo yo) sobornar su memoria. ¿Por qué no lo mataron?, se preguntarán. Estimamos que apenas fue encarcelado sucedió la invasión nazi a territorio ruso y su caso, con posible pena capital, fue pospuesto. Tras la retirada de las huestes alemanas sobrevino una más aletargada burocracia soviética que le perdonó la vida, sin que nadie lo supiera. Lo que no le devolvieron fue su verdadero nombre ya que, por cuestiones siempre imprecisas como burocráticas, les hubiese demandado un invierno más. A Fircas no le molestó seguir siendo Fircas; y sus deseos de regresar cuanto antes a la Argentina y los de la Superjefatura porque abandone Rusia, contribuyeron en que así sea. Lo cierto es que cuando llegó a Buenos Aires estaba muy débil, con un cuerpo flaco y la cabeza severamente dañada.
Al bajar del avión no recuerda ni donde se hallaba su casa, ni que vínculo familiar lo unía. Con lo poco del idioma que conservaba en su frágil memoria, se las ingenió para encontrar una vieja casona de dos pisos en el barrio de Almagro; con el dinero que trajo en el libro la compró. Tuvo varios meses de un encierro absoluto que denominó: adaptativo.
Lentamente comenzó a espiar la calle. Sus primeras salidas consistieron en cruzarse hasta la plaza, que antes observó desde su balcón. Allí presenciaba las partidas matinales de unos ancianos. En algunas ocasiones se salía de la vaina y acometía con varias recomendaciones, en medio de aquellos pequeños duelos. Tales intromisiones no eran muy bien digeridas por los viejos y más de una vez lo echaron a empujones y carajeadas. No obstante, al otro día regresaba y nuevamente se originaban choques y vandalismos. Una tarde, el viejo que parecía más loco lo retó a una partida (¡no sabía con quien se metía!). Pero le advirtió que si llegaba a perder, no volvería a pisar nunca más aquel sector de la plaza. El Maestro, siempre generoso, aceptó. Cuando iba a sentarse a la mesa de juego sintió como si el tablero lo chupara, adentrándolo en sí mismo. Se bloqueó y presuroso abandonó el lugar, provocando el vitoreo aireado de los seniles ancianos.
Con el transcurrir de los meses fue comprendiendo que, impedido psíquicamente de practicar el juego en modo activo, podía liberar su pasión a través de la enseñanza. Con el dinero que aún le quedaba, conseguió la autorización certificada para habilitar una escuela de ajedrez y la instaló en la planta baja de su casa.
II- Defensa
Mi madre, que en paz descanse, fue la que me llevó al círculo ajedrecístico De Rusia con amor. Ella no tenía la menor idea de lo que era el ajedrez, ni como juego, ni como arte, ni como nada, pero le pareció bien. En aquel entonces, yo recién había cumplido los doce años. Unos meses antes se había escapado mi padre y ella, con su precario entendimiento, consideró que necesitaba realizar alguna actividad para salir del estado melancólico que me embargaba; además ayudó que el Círculo quedaba a la vuelta de casa.
Allí conocí al Maestro y enseguida me puse bajo su tutela. Comenzó a señalarme el riguroso movimiento de las piezas de un juego desconocido y fascinante. Fue una época maravillosa en la que adquirí los conocimientos teóricos básicos. Participé de diversos torneos de aficionados con suerte variada, me fui ganando su atención.
Un día, previo a la Navidad, el Maestro me apartó del equipo y me enseñó la estrategia del Sacrificio. Estuvimos los dos solos en un rincón mientras me confiaba su más preciado secreto, pensé con el orgullo que podía caberle a un muchacho de casi dieciséis años. A poco estuve de llorar. Al tiempo me enteré que ya se la había enseñado a todos mis compañeros sin excepción, incluso a los más chiquititos. Eso no me interesó, ni modificó mi actitud ante su figura, de ningún modo.
Con el correr de las competencias comencé a utilizar de modo exhaustivo dicha estrategia. Si bien los triunfos eran los menos (aunque más que antes), el Maestro me dedicaba su soberano tiempo en aleccionadoras tardes, donde mi silencio humano y ajédrego lo escuchaban con íntima admiración.
Todo ello motivó una hermosa presión enfermiza. Mi dedicación al ajedrez, al Sacrificio, a la práctica rigurosa, a su justa utilización, fue denodada. Pasaba días enteros encerrado en mi habitación, analizando el devenir de las piezas por el tablero. Hubo varias agarradas con mi madre porque casi ni comía. Una vez a poco estuve de abofetearla, pero me contuve a tiempo y, bajo la frazada de la noche, condené mi aborrecible accionar; me sentí un canalla.
Precisaba una prueba para creer en mis facultades, para canalizar mi incesante esfuerzo, para demostrarle que podía. En el invierno tuve la oportunidad en el torneo de aspirantes, a realizarse en el Corre torre. La noche anterior al día fijado, no podía dejar de segregar mi lecho de temor.
Llegué al lugar del compromiso con treinta y nueve grados de temperatura. Después de la charla motivacional del Maestro hacia el equipo, me miró y me guiñó el ojo. Bastó ese simple gesto para dejar atrás mi gran miedo, e ir a enfrentar con la seguridad necesaria las sesenta y cuatro casillas y a mi contrincante de nueve años, un niño prodigio que tiempo más tarde sufriría de demencia juvenil y tendría que ser internado en un nosocomio.
La partida se desarrollaba con apacible normalidad, hasta que decidí ponerlo a prueba ensayando un sutil Sacrificio. El niño, en vez de aceptar mi regalito, me tendió un estratagema tal que, tras dos movidas que parecían ventajosas, terminé posicionado con una total desprotección hacia el rey. Hilvanando mi infortunio, azuzó sus piezas que comenzaron a diseminarse por el tablero cuan si fueran vampiros. Las mías, defendieron al rey sin perder jamás la coherencia, e inclusive ensayaron un osado Sacrificio en la jugada previa al mate. Ese fue mi último Sacrificio (perdón, mi anteúltimo) en mi contacto con el ajedrez.
Recuerdo que, desconsolado, me dirigí por la senda del calvario contra el patio estilo colonial ubicado detrás del salón de juego. Junto a un ombú, plantado estratégicamente en el centro del mismo, descargué mi llanto contenido. Pasadas unas cuatro horas (supuse que el torneo ya había finalizado), llegó el Maestro a darme su acostumbrada contención. Me vuelven un tanto encajonadas aquellas palabras en el fondo del Corre torre: «En toda mi vida nunca vi, ni creí imaginar, a alguien tan deplorable como usted a la hora de mover el elemento más sagrado que el hombre ha sido capaz de inventar. Su nombre y la palabra disgusto, para mí, ya son la misma cosa. No quiero verlo más cerca mío, ni lejos tampoco».
Al día siguiente, sin yo estar de acuerdo, me separó del equipo aduciendo que mi presencia era nociva para el grupo y para su salud. Contemplé en silencio y, pese a mi imposibilidad de seguir compitiendo, me quedé. Al otro día me mandaron a lustrar piezas, tableros y no solamente eso. Servir el té, llevar mandados y regar las plantas fueron, también, parte de mis tareas. Mis ex compañeros me dieron el mote de: peoncito solo. Al cabo de varios meses decidí abandonar De Rusia con amor. Eso sí, me fui ausentando en forma progresiva, de modo que al extrañarme sufrieran menos.
Nada más que agradecidas palabras tengo hacia el Maestro. A partir de ese momento empecé a encontrar mi posición en el tablero (considero oportuna la metáfora) y me puse a estudiar periodismo. Mientras realizaba una tecnicatura en el arte de las rotativas, ingresé a trabajar en el prestigioso diario Crítica. Arranqué bien de abajo, pero no me importó, estaba acostumbrado. Luego de dos años de andar peregrinando por redacciones con olor a humo de tabaco y café, quedé efectivo en la sección de deportes, con paga y todo. Sin embargo, hace poquito me pasaron para policiales. Sepan disculpar si en esta, mi confesión, se entremezcla un léxico propio de mi actividad profesional. Espero que mi confesión no sea confusión o conficción.
III- Desarrollo
A causa de mi desaparición como alumno, el Maestro cayó en un profundo abismo de miedos y soledades, abandonando definitivamente la docencia. Estos, y no otros, fueron los motivos que lo empujaron a defender la teoría desde adentro del juego, volviendo a ser rey y peón, carne y piedra. El modo en que logró vencer la turbación que lo atormentaba es una incógnita de difícil respuesta, quizás nunca develada (yo ya había perdido contacto con él). Se dijo que había realizado una terapia hipnótica, a flor de piel, que le dio buenos resultados, pero no hay prueba alguna que lo avale.
Lo cierto, es que a mí me tocó cubrir su primera partida en Argentina, siendo además, el debut como jugador profesional; su gloriosa carrera en suelo soviético había sido destruida y archivada. Un amplio repertorio de sacrificios desmoralizó en forma insana a su oponente, al punto de llevarlo a un inesperado abandono: inesperado, porque Fircas tenía cuatro piezas menos. Otros compromisos, como las resonantes palizas propinadas contra el oriental Aníbal Filosa y el catamarqueño Justo A. Torres, acrecentaron su fama de imbatible. Dicho calificativo era también utilizado cuando los especialistas se encargaban de analizar su sistema táctico. Mate a mate, el país ajedrecístico iba vislumbrando a un futuro gran campeón en aquel hombre (mi Leoici).
Su fugaz y apoteósica carrera continuó en franco ascenso, lo que hizo suponer que pronto a llegaría al lote de los consagrados. Por su filiación política (destruida por Jeardéz y devuelta en Rusia a Fircas), la oportunidad de competir por el título, y de ser Gran Maestro, fue cajoneada en grises despachos. Pese a ello, su estrategia comenzó lentamente a ser modelo de imitación por los aprendices de todos los Círculos, entre los cuales fui, con orgullo, uno de los primeros privilegiados (gracias mamá y perdón por tantos disgustos). El método Posicionalista, viendo el vendaval que se avecinaba, terminó escondiéndose en lo más profundo de su escencia; por lo tanto, ambos estilos se ubicaban en dos puntos opuestos, ya sin mezcla.
Embebido de talento, Fircas mantenía una serie de ochenta partidas en condición de invicto, lo cual elevaba al Sacrificio a la cima de los sistemas en vigencia. Hasta entonces, los epistemólogos del ajedrez no habían desarrollado metodológicamente el estudio del Sacrificio, más que trabajos teóricos se habían realizado simples apuntes croniqueros. No hubo que derramar mucha tinta, para que los conocimientos de este renovado modelo en ascenso comenzara a ser incluido en los manuales the chess.
Por supuesto, no faltaron quienes, con impúdico desprecio, denostaran al Sacrificio, al punto inaceptable de referirlo del siguiente modo: payasada colosal; lógicamente los conservadores de siempre, atrincherados en las huestes del posicionalismo, fueron los autores de improperio tan canalla. Cabe aclarar que el Maestro no pretendía de su teoría un dogma, buscaba y mendigaba cambios permanentes. No era, como alguna vez señalaron, una teoría inmóvil, in secula seculorum.
La escalada de tales controversias motivó al parasitario cuerpo de la Federación a confrontar ambos estilos en un duelo. Por el lado del Sacrificio, el exponente sería Leoici Fircas; por el opuesto: Juan Carlos Anier, un posicionalista de vasta experiencia y conducta solapada.
El recordado desafío fue pautado a una sola partida, a realizarse en el estadio Luna Park. Las localidades se agotaron en cuestión de horas. Yo, su más ferviente admirador, me abarroté en las ventanillas desde el primer aviso y conseguí un boleto para la primera fila. (Una semana antes ya me habían desplazado a la sección policiales). Fircas puso como condición el siguiente requisito: que le otorgaran el título de Gran Maestro y así estar en el mismo escalafón que Anier. Su solicitud, a regañadientes, fue aprobada.
Los periódicos siguieron, con suma tensión, los instantes previos al acontecimiento ajedrecístico más importante del país. Hubo versiones para todos los gustos. Se habló de un Anier recluido en una frondosa isla del Tigre, ensayando jugadas ininterrumpidamente durante el día y nadando por las heladas aguas del delta durante las noches. De Fircas estuvieron diciendo que lo habían visto borracho en un bar del puerto. Otros, o los mismos, que lo descubrieron cuando abordaba un barco rumbo al este de Europa o a Montevideo.
Sucedió algo nunca antes visto en el mundo del ajedrez argentino. Montando un aparato publicitario descomunal, se generó una tensión emotiva inusitada. Fueron horas, días, de tenor inolvidable. En los cafés, en los colectivos, en los estadios de fútbol, y hasta en las financieras, no se hablaba de otra cosa.
IV- Final
Ambos jugadores llegaron puntuales al aviso del presentador y se sentaron frente a frente, ensimismados, sabiendo a fondo lo que ese encuentro significaba para ellos y para la teoría que representaban. El escenario donde iba a disputarse la partida encandecía, producto de abusivos focos lumínicos. Las tribunas desbordaban y no faltaron cantitos en pugna, ni banderas alusivas. El tablero, con sus sesenta y cuatro escaques blancos y negros, se mantuvo impávido ante tanta agitada multitud.
El sorteo marcó la primera anotación: blancas para Fircas, negras para Anier. El transcurso del match arrancó según lo calculado: una apertura abierta por parte de blancas, con su infaltable gambito incluido, y una semi abierta por parte de negras. En una veintena de movidas, Fircas había perdido tres piezas más que Anier, para abrir una columna por el flanco izquierdo de su rival. El cuarto sacrificio sería mortal.
Así parecía que iba a ser: un escultural caballo blanco quedó bañado en rojo y el alfil blanco, como una ciega cuchilla, se cruzó por una diagonal hasta la mismísima cara del rey de Anier. El jaque fue apoyado por la abigarrada dama y un tenue peón, acorralando al negro rey en un lento suplicio. Un sólo lugar, casillero o escondite, le quedaba al monarca y así esperar la consumación.
Así ocurrió: el espacio se hizo tiempo, sucediéndose dos intentos fallidos en ataque por parte de Fircas. Anier, tras plantar una férrea defensa en la zona crítica, dispuso un rápido contraataque y capturó al otro caballo blanco. Las alternativas del juego habían demudado a todos. Un espectador, en la butaca contigua a la mía, susurró: “Que corajudo ese sacrificio”. Yo comprendí enseguida que aquello no había sido tal cosa y que era el principio del final. El Maestro comenzó a crujir los dedos hasta el límite del dolor y las aletas dilatadas de su nariz emularon a una mariposa abatida. La tensión oculta de sus músculos lo hicieron transformarse: tragedia, locura, tribulación: rey muerto.
Se acercaba el jaque mate por parte de las negras en modo inevitable, dejando agonizante la teoría del Sacrificio. La boca de Fircas se entreabrió temblorosa, saboreando gruesas gotas de transpiración que caían de su sien. Anier, entretanto, acomodó su saco con aire victorioso. Buena parte de los cuatro mil espectadores, allí presentes, disfrutaban la faena y sabían que bastaba una sola movida para que sobreviniera el mate final. Yo también lo sabía, pero un influjo secreto y una fría sensación al costado de mi cintura me llevaron a dudar.
De pronto, se escucharon dos sonidos finitos que no pasaron inadvertidos. Ambos jugadores se tiraron al piso. Con estrépito, un caballo infatigable se inmoló, dando un salto largo al vacío. La mesa de juego comenzó a repiquetear acompasadamente y las patas fueron presa de unas manos suaves y asustadas. Las torres se desplomaron al mismo tiempo que el tablero sufría un temblor inapropiado. Peón a peón, sin distinción de colores, casi se diría que eran todos grises, se descorcharon al instante contra el suelo. Un grito de horror (el Maestro no gritaba) salió corriendo y se ocultó tras uno de los laterales del escenario. Los alfiles se seguían clavando en el piso y otras piezas se desbandaban fuera de sí, sepultando a un bulto frío que albergaba dos pequeños agujeros. Las luces del estadio se encendieron en su totalidad. Las sentí enfocadas hacia mí, cegándome con un fuerte resplandor. Extraña sensación y más aún, años después, y hoy, y mañana, envuelto en la eterna penumbra.
V- Complemento
No importa si, con el paso inclaudicable del tiempo, la gloriosa teoría ha sucumbido en el más cruel de los olvidos. Seguramente aún siguen quedando algunos hombrecillos llenos de romanticismo que, en aras de un noble ideal, son capaces de luchar todavía muertos. No me arrepiento de mi sacrificio (aquí no vuelan ni caballos, ni reyes, ni hermosas damas, y el piso es bien gris) como, estoy convencido, tampoco se hubiera arrepentido el Maestro del suyo.
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