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Lengua saliente

           Esa espléndida noche de gala en la embajada sentí una tenue molestia en la boca, fue el presagio de que algo no andaba bien. Había sido invitada por ser la secretaria personal del cónsul; un hombre por demás extraordinario, siempre casado y dedicado a su mujer y sus hermosas hijas. Fastidiosa, tras pedir las disculpas del caso, me retiré anticipadamente a mi departamento.

Una semana de empecinado zumbido bastó para procurar cita con un facultativo. Las placas fueron contundentes: cáncer de boca; se precipitó el foco en la base de la lengua con fuertes deseos de tomarlo todo. El doctor puso fecha de operación en menos de veinte días. Era preciso amputar. Antes de desvanecerme alcancé a oír sobre la posibilidad de implantar una lengua compuesta con titanio.

A mi pesar, solicité licencia laboral. Por los nervios y el dolor creciente ya no podía ni abrir la boca. De más está decir que buena parte de mi trabajo resulta hablar con gente. Esos días previos a la operación recibí ayuda de mi hermana y la empleada doméstica. La dependencia hacia ellas fue total. Los dolores iban en aumento y las dosis de morfina también. Mi hermana le avisó a su marido que se quedaría por las noches conmigo hasta que me repusiera. Todo había cambiado de golpe, pasé de ser una mujer independiente: a ésto.

Llamó una sola vez para interesarse por mi salud. Fue horrible tener la voz impedida; lo atendió mi hermana. Hacía casi treinta años que lo veía asiduamente. Desde el primer día que lo tuve enfrente me enamoré hasta lo más hondo. Enseguida supe que sería un amor imposible. Era trece años mayor, vivía en un petit por Recoleta y ya estaba casado; tenía entonces una hija, enseguida vendría otra más.

El denodado esfuerzo en mi trabajo, la paciente juventud, tal vez mi singular belleza, lograron que fuera acaso su confidente. Ya llevaba más de diez años trabajando para él cuando aproveché un momento de debilidad y lo besé con toda la boca, con esa lengua que hoy no está. Hicimos el amor en su despacho como animales arrebatados en impulsos. La cosa se repitió unas veces más en mi departamento o en sendos hoteluchos de suburbio. Fueron semanas maravillosas, esperanzadoras. Me ardió la primavera en todo el cuerpo. Aunque no lo quise ver entonces, fueron encuentros más arribados a lo obsceno que a la ternura. Una mañana llegó al consulado, en vano busqué la llama en sus ojos y comprendí que se había acabado todo. No hizo falta que me explicara nada y evité agitar los fantasmas de una confesión. Con el corazón minado por el desamor comencé un noviazgo de lisa pasión con Raúl, un prototipo del hombre que suda mucho y piensa poco. Eso duró unos meses, hasta que llegó el invierno.

Posteriormente del affaire con el cónsul, jamás diré su nombre, seguí trabajando para él sin dejar de desearlo, sin que una nueva situación propiciara un encuentro íntimo. Lo veía de lunes a viernes desde temprano hasta pasado el mediodía y algún que otro sábado si había reunión protocolar o alguna velada. Por las tardenoches me encerraba en mi cómodo departamento con los libros, con la radio, con las dagas horas. Impedida de olvido, su siempre recuerdo arreciaba en la desvela como un mar inacabable que tocaba pero no lograba asir.

Desperté una madrugada con dolor infinito, sin lengua para gritar. El día anterior se supo que el maxilar inferior estaba comprometido; otra maldita operación me aguardaba. El manejo de mi vida no era tal ni lo volvería a ser por mucho tiempo, acaso nunca. Noto la sombra sólida de mi hermana al costado de la cama y le sacudo el brazo, le gesticulo para que me dé morfina. Me habrá notado tan desencajada que arremete con la jeringa y me suministra una dosis potente.

Temprano me despierto y voy al consulado media hora antes de lo habitual. Cuando llega se sorprende tanto al verme agazapada en su despacho. Le grito que lo amo, que lo amo mucho y que su negativa marcará mi renuncia indeclinable. Le digo además que no puedo vivir sin él y que estoy dispuesta a suicidarme. Se queda en silencio, tal como suponía. Lloro y gimoteo un largo rato, disfruto ver como se hace el compungido e intenta calmarme alargando un frío abrazo. Lo empujo y me retiro de su despacho con portazo final incluído. Vuelvo al departamento en taxi. Cada esquina será la última, se me vuelve intolerable el universo. Me arrojo en la cama boca arriba. Alargo la mano decidida hacia el frasco de pastillas. Antes de desenroscar la tapa escribo dos cartas de despedida; una para él y otra para mi hermana.

Comentarios

  1. Fuerte historia con excentes imágenes retóricas!!
    Buenísimo!

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  2. Fuerte. Sexo, enfermedad, amor, dolor, mucho en un cuento breve. Bravo. Muchas veces la vida te pone a prueba.

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