Sale
del camino y se acerca al bosque. Sin prisa atraviesa la primer
hilera de árboles. Recibe, como una retahíla, el aire húmedo que
se despoja de la hojarasca. Sube por las pantorrillas y le sacude el cabello fértil. Pretende anidarse en su pecho. Por el espacio que hay entre sus dedos, se desparrama. El niño sigue explorando, inmerso, curioso. El
intento de un susurro, que pronto ignora, procura acariciarle el
rostro. Al rato se cansa o tiene hambre y abandona el lugar sin entender lo que ha sucedido, sin sospechar que lo esperará en otra
ocasión, en otro bosque.
Esta historia la oí en el Café Brasilero , uno de los bares más antiguos de Montevideo. Hubiese sido preferible que la escuchara Eduardo Galeano, pero ya había fallecido hacía años. En una de las mesas contiguas alguien comenzó a contar que un amigo veía a su hijo correr y patear una pelota imaginaria por toda la casa. El botija hacía gestos inestables y festejaba goles de cara a las paredes. El padre siempre le regalaba libros y juego didácticos. Sin embargo, para ese cumpleaños eligió comprarle una pelota de cuero profesional. El hijo la agarró no muy convencido y se fue a jugar al patio del fondo. Al otro día el padre volvió de la oficina y encontró la pelota abandonada en un rincón y a su hijo jugando nuevamente con la otra. Se le paró enfrente e indagó: ¿Qué ocurre que no usas la que te regalé? El hijo levantó apenas los hombros anticipando su respuesta: Es muy bonita papá, pero ésta es más liviana y la domino mejor.
muy bueno
ResponderEliminarArte 🎨
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