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Ojos de muñeca

  

a Emma Wolf

  Mi hija era distante y misteriosa. No adoraba jugar con muñecas. Las coleccionaba en un estante alto de su habitación, no sin antes arrancarle cuidadosamente los ojos. La docena de muñecas ciegas me producía una sombría sensación cada vez que abandonaba su cuarto. En una oportunidad tomé coraje y la encaré. "No me gusta como me miran", fue su respuesta.

    Una tarde me apersoné hasta la tienda de muñecas ubicada por el centro para comprar una; una no: la más resistente. "Con ojos de acero, si tiene", requerí. Regresé a casa y, ganado por la ansiedad, enseguida se la llevé a su habitación. La observó un rato con cierto desdén. Las dejé solas.

    A la mañana siguiente fui a despertarla. Una sonrisa enorme se me disparó cuando vi a la muñeca sentada en la cama con los dos ojos en su lugar. Mi hija estaba durmiendo de costado. Giré sobre su cama para besarle la frente dormida, cuando sentí un líquido denso y pegadizo adhiriéndose en mis labios. Abrí las persianas de inmediato. Con estupor vi como un rayo de sol pretendía ingresar por sus cuencas vacuas.

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