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Payaso roto

 

    De cara al espejo sobrevino algo que ya venía arrasando por dentro. Una mueca rígida dejó al descubierto dos hileras de dientes podridos. Enseguida, frente a la pelota roja que tomaba hondamente mi nariz, comprendí que cierta cosa se había roto; siempre haciendo de payaso hasta convertirme en uno, en todo momento, sin poder abandonar esa mirada triste que ya se me imprimió en las pupilas. Esta misma tarde, encima mío, una bandada de pájaros me observó fijamente mientras migraban llevando a otras tierras la imagen de un torpe bufón y la vergüenza que corroía mis huesos transparentes. Harto estoy de derramar lágrimas de pantomima sobre la cara pintada buscando que niños rían y aplaudan fascinados por mis continuos fracasos. Una flor clavada en el pecho a la espera de aquel amor que ya no vendrá y zapatones que tanto incomodan para ir a ninguna parte. Tremendas noches sueño al payaso de pie en el escenario: reflectores lo enfocan con máxima potencia. Un partenaire ocasional aplica la bofetada humillante y enseguida se arrastra un revólver hasta mi peluca permitiendo la bala que sale con furia ante los ojos perplejos del público asistente. Con pinza y esfuerzo quito en forma definitiva esa nariz del ridículo oficio, bebo el último sorbo que queda en la botella y me recuesto plácido sobre la cama de pensión.

    Por la mañana pretendo cepillarme los dientes cuando un hilo de alerta mascarada sucede frente a mí. Concentro la vista y alcanzo a descubrir que, bajo zanjas de frente marchita, ha renacido otra vez la bola colorada.

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