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Payaso roto

 

    

De cara al espejo sobrevino algo que ya venía arrasando por dentro. Una mueca rígida dejó al descubierto dos hileras de dientes podridos. Enseguida, frente a la pelota roja que tomaba hondamente mi nariz, comprendí que algo se había roto en mí. Siempre haciendo de payaso hasta convertirme en uno, en todo momento, sin poder abandonar esa mirada triste que ya se me había impreso en las pupilas. Esta misma tarde, encima mío, una bandada de pájaros me observó fijamente mientras migraban llevando a otras tierras la imagen de un torpe bufón y la vergüenza que corroía mis huesos transparentes. Harto estoy de derramar lágrimas de pantomima sobre la cara pintada buscando que niños rían y aplaudan fascinados por mis continuos fracasos. Una flor clavada en el pecho a la espera de aquel amor que ya no vendrá y zapatones que tanto incomodan para ir a ninguna parte. Tremendas noches sueño al payaso de pie en el escenario: reflectores lo enfocan con máxima potencia. Un partenaire ocasional aplica la bofetada humillante y enseguida se arrastra un revólver hasta mi peluca permitiendo la bala que sale con furia ante los ojos perplejos del público asistente. Con pinza y esfuerzo quito en forma definitiva esa nariz del ridículo oficio, bebo el último sorbo que queda en la botella y me recuesto plácido sobre la cama de pensión.

Por la mañana pretendo cepillarme los dientes cuando un hilo de alerta mascarada sucede frente a mí. Concentro la vista y alcanzo a descubrir que, bajo zanjas de frente marchita, ha renacido otra vez la bola colorada.

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Arquetipo

              Esta historia la oí en el Café Brasilero , uno de los bares más antiguos de Montevideo. Hubiese sido preferible que la escuchara Eduardo Galeano, pero ya había fallecido hacía años. En una de las mesas contiguas alguien comenzó a contar que un amigo veía a su hijo correr y patear una pelota imaginaria por toda la casa. El botija hacía gestos inestables y festejaba goles de cara a las paredes. El padre siempre le regalaba libros y juego didácticos. Sin embargo, para ese cumpleaños eligió comprarle una pelota de cuero profesional. El hijo la agarró no muy convencido y se fue a jugar al patio del fondo. Al otro día el padre volvió de la oficina y encontró la pelota abandonada en un rincón y a su hijo jugando nuevamente con la otra. Se le paró enfrente e indagó: ¿Qué ocurre que no usas la que te regalé? El hijo levantó apenas los hombros anticipando su respuesta: Es muy bonita papá, pero ésta es más liviana y la domino mejor.

Retorno

  El hombre pudo vencer sus temores y abandonó las cuevas. Fue entonces cuando admiró estrellas, ideó dioses, mitigó piedras, elevó ciudades, flotó océanos, acuñó monedas, coloreó lienzos, procuró el amor, anheló desmesura, suspiró poesía, fabricó artilugios, animó guerras, derrochó champagne y calentó pan duro. En este preciso momento, encerrado en una habitación sombría, alguien observa el techo desde su cama sin poder dormir.

Contenedor Abierto

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