Apenas se posó en su antebrazo le tembló todo el cuerpo. Sintió enseguida el peso invisible de la suerte. Era el primer ser vivo que lo tocaba en semanas. Aun confuso pudo observar con detalle las delicadas patas y el curioso cuerpo bermellón coronado de redondelitos negros. Percibió entonces una vanidosa y obstinada quietud. Tras propinar un segundo suspiro febril le ofreció, con la palma abierta de su mano, una abrupta oscuridad; aplastándola para siempre.
Esta historia la oí en el Café Brasilero , uno de los bares más antiguos de Montevideo. Hubiese sido preferible que la escuchara Eduardo Galeano, pero ya había fallecido hacía años. En una de las mesas contiguas alguien comenzó a contar que un amigo veía a su hijo correr y patear una pelota imaginaria por toda la casa. El botija hacía gestos inestables y festejaba goles de cara a las paredes. El padre siempre le regalaba libros y juego didácticos. Sin embargo, para ese cumpleaños eligió comprarle una pelota de cuero profesional. El hijo la agarró no muy convencido y se fue a jugar al patio del fondo. Al otro día el padre volvió de la oficina y encontró la pelota abandonada en un rincón y a su hijo jugando nuevamente con la otra. Se le paró enfrente e indagó: ¿Qué ocurre que no usas la que te regalé? El hijo levantó apenas los hombros anticipando su respuesta: Es muy bonita papá, pero ésta es más liviana y la domino mejor.
Auch. La abstinencia a veces es fatal.😇
ResponderEliminar"Golpe de suerteeeee"
ResponderEliminarSolirario y oscuro
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