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Vaquita de San Antonio


Apenas se posó en su antebrazo le tembló todo el cuerpo. Sintió enseguida el peso invisible de la suerte. Era el primer ser vivo que lo tocaba en semanas. Aun confuso pudo observar con detalle las delicadas patas y el curioso cuerpo bermellón coronado de redondelitos negros. Percibió entonces una vanidosa y obstinada quietud. Tras propinar un segundo suspiro febril le ofreció, con la palma abierta de su mano, una abrupta oscuridad; aplastándola para siempre.


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