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Juntos a la mar

 

   

   De pronto me hallé aferrado con ambas manos a una bolsa negra que ladeaba sobre mi espalda; iba tranquilo. Atravecé el misterioso prealba mientras me dirigía como un autómata en dirección al mar. Acaso absorbido por el entresueño que potenciaba una voluntad ausente y vaga, no me atreví en ese momento a observar el contenido de la bolsa. Intenté dilucidar dónde había levantado esa carga, pero no logré enhebrar dos raptos de memoria seguidos.

    Ya pisaba arena cuando contemplé el mar. No puedo explicar por qué, sentí liviano temor. El ruido del oleaje rompió la calma que hasta ese instante me invadía, me escoltaba. A metros de la orilla apoyé la bolsa en suelo húmedo. La entreabrí muy lentamente hasta que apareció el torso desnudo de una mujer. Qué es esto, me dije absorto, no sin mucho de fascinación. No logro dejar de mirar ese torso, a la vez que exhalo un aire de hondo rezago. Descubro sangre coagulada en los segmentos que unían a miembros y cabeza. Descorro la bolsa por completo y alcanzo a divisar un tatuaje apenas por debajo del hombro izquierdo. No puede ser... a esa mujer la conozco.

    Me quito la ropa, siento que ya no me hace falta. Alzo el torso y lo arrimo bien junto a mi cuerpo. Nos zambullimos abrazados. Lamento no poder besarle los labios salados ni acariciarle el pelo con mis torpes manos, así como cuando era mía.

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Arquetipo

              Esta historia la oí en el Café Brasilero , uno de los bares más antiguos de Montevideo. Hubiese sido preferible que la escuchara Eduardo Galeano, pero ya había fallecido hacía años. En una de las mesas contiguas alguien comenzó a contar que un amigo veía a su hijo correr y patear una pelota imaginaria por toda la casa. El botija hacía gestos inestables y festejaba goles de cara a las paredes. El padre siempre le regalaba libros y juego didácticos. Sin embargo, para ese cumpleaños eligió comprarle una pelota de cuero profesional. El hijo la agarró no muy convencido y se fue a jugar al patio del fondo. Al otro día el padre volvió de la oficina y encontró la pelota abandonada en un rincón y a su hijo jugando nuevamente con la otra. Se le paró enfrente e indagó: ¿Qué ocurre que no usas la que te regalé? El hijo levantó apenas los hombros anticipando su respuesta: Es muy bonita papá, pero ésta es más liviana y la domino mejor.

Retorno

  El hombre pudo vencer sus temores y abandonó las cuevas. Fue entonces cuando admiró estrellas, ideó dioses, mitigó piedras, elevó ciudades, flotó océanos, acuñó monedas, coloreó lienzos, procuró el amor, anheló desmesura, suspiró poesía, fabricó artilugios, animó guerras, derrochó champagne y calentó pan duro. En este preciso momento, encerrado en una habitación sombría, alguien observa el techo desde su cama sin poder dormir.

Contenedor Abierto

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