Hay recuerdos imborrables, sobre todo aquellos que quedan pegados a la retina tierna de la infancia. Más aun si suceden en la precipitada atmósfera en que se iba a disputar el primer campeonato del mundo en el país.
Bajo la contagiosa consigna: "Argentina 78" cursé mi tercer grado en un colegio religioso y, como el resto de mis compañeros, yo también junté las figuritas de los equipos participantes del mundial. Los recreos fueron el ámbito propicio para intercambiar pilones de repetidas. Luego de meses emulando como un mantra sagrado los “sila” y los “nola”, ya estaba por completar el álbum. Solo me faltaba una: la del arquero alemán Sepp Maier, que era imposible de obtener.
Un día antes del receso invernal mi compañero Juan L -no diré el apellido- ingresó al aula con el rostro inflamado cuando, arrogante, alzó una mano y comenzó a agitar la figurita que a todos nos faltaba. Se armó de inmediato un alboroto a su alrededor. Tenía conductas fanfarronas y no pude ocultar mi fastidio por ser justo él, a quien le había tocado. Su padre era un militar y apareció la sospecha de que gracias a sus contactos podría haberle facilitado tal tesoro.
Terminada la clase de educación física me sequé la frente transpirada y volví al aula antes que sonara el timbre del recreo. Al rato fueron ingresando los demás. Cuando Juan L notó que en el doble fondo de su cartuchera faltaba la figurita del arquero alemán empezó a gritar con ululantes alaridos. Se suspendió la clase siguiente e intervino el sacerdote celador. Fiel a los solemnes sermones, pronunció que en el grupo se había infiltrado un ladrón y esas cosas no podían suceder en una noble institución que con denuedo buscaba forjar hombres de bien cobijados en los eternos valores de Dios, patria y familia, etcétera.
Pese a que revisaron las mochilas como si escondiéramos armamentos o material subversivo, Sepp Maier siguió sin aparecer. Fue entonces que procedieron con un accionar aun más drástico. En turnos de tres en tres nos fueron llevando a una piecita oculta detrás de la sacristía. Ahí palparon detenidamente nuestros cuerpos mientras nos quitábamos la ropa.
Llegué a mi casa agotado, tras concluir una jornada de interminables requisas. Antes de tomar la leche completé, por fin, mi álbum. Poco me importó pegarla arrugada y con olor a culo.
Muy bueno..gracioso
ResponderEliminarQuien no obra robado una figurita en epocas de albunes. Sobre todo la MAS diicil. Recuerdo de travesuras de nlño, simpaticas!!!
ResponderEliminarMuy linda!
ResponderEliminarQue final!!! Uno intenta lo que sea para lograr la figu dificil. La inocencia de la infancia en un contexto terrible. Se me vinieron hermosos recuerdos!
ResponderEliminarPor un momento pensé algo peor. Final con olor a diablura de niño y no de cura.
ResponderEliminarmuy bueno el final.
ResponderEliminarExcelente! Tiene una historia detrás muy interesante, los ídolos, la infancia vuelve a la memoria y la picardia que nunca deberíamos perder. Gracias
ResponderEliminarEl papillón infantil. Muy bueno. Me gustó muchísimo. Un chico por su figu todo lo hace posible
ResponderEliminarDe esas cosas que se perdieron en el tiempo y ahora anhelamos..muy real y aunque al principio pensé que terminaría mal, me sacó una sonrisa!
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