En un asado que aconteció por el sur del conurbano bonaerense un antropólogo me refirió una historia sorprendente ocurrida cuando el Gran Chaco formaba parte del Mato Grosso, estamos hablando de los primeros tiempos del genocidio perpetuado por los europeos en América. Aferrado a un vaso de vino, no sin riesgo de mitificación, señaló que los hechos fueron circulando de boca en boca hasta que un fraile jesuita lo apuntaló en papel y el relato cruzó el oceáno.
Todo arrancó cuando el cacique de una de las tribus de la zona referida no pudo complacer sexualmente a una de sus esposas y se mostró compungido. Era la primera vez que le sucedía, pensó y puede que haya vociferado. La muchacha, tal vez para consolarlo, le señaló uno de sus largos pelos de la cabeza. Había encanecido y eso era señal clara que la vejez estaba merodeando. El cacique la azotó y luego le cortó la lengua para que guarde silencio. Al salir el sol mandó a uno de sus ministros a buscarle frutos de un arbusto parecido a lo aquí conocemos como grosella negra. Se desparramó el material en la cabellera hasta dejarla oscura y pareja. Las moscas rondaron en torno suyo atraídas por el aroma dulzón pero poco le importó, las espantaba con una varilla.
Ese fue el comienzo de una serie de evidencias que indicaban que su juventud estaba declinando. Al principio creyó inconcebible esa posibilidad pero no tardaron en aparecer las marcas del tiempo en todo su ser. Cuando me toqué esa grasita abdominal me deprimí toda una semana, dicen que dijo. Temía perder la energía y así el poder, pues a los caciques que no cumplían con su deber los expulsaban de la tribu o los sacrificaban para que un heredero absorbiera sus conocimientos. Decidido a ocultar la situación, trama detener lo inevitable. El correr de los días se vuelve ilusorio y la vigilia amenazante.
Cuando nota que la piel parece de trapo comienza a embadurnarse el cuerpo entero con leche de caucho. En las ceremonias rituales utiliza una vincha especial que había mandado a hacer a las tejedoras con el fin de estirar las facciones de su rostro. Todas las mañanas se acerca hasta la orilla del río a observar como el reflejo de su imagen se dirime en la corriente marronada. La palabra obsesión no es usual en el dialecto de esa tribu.
Mientras participaba en un desmesurado banquete siente que se le afloja parte de la dentadura. No duda en reemplazar las piezas dentarias por unas afiladas de jaguar. Está dispuesto a todo con tal de impedir que el fuego vital se consuma en la madriguera del espanto.
Su respiración traquetea entre ahogos cuando anda por la selva en largas caminatas, cosa que antes no le sucedía. Disimula el malestar ante sus súbditos agitando plumas coloridas. Logra duplicar su energía encomendando al hechicero a que preparase un brebaje muñido con sangre de pez, ave y un animal terrestre.
Lo desvela pensar que cuando se va a dormir sus duendecitos de la juventud (una suerte de alma múltiple) se escapan a jugar en la selva y siempre alguno se pierde y no regresa; por eso al despertar nota que las fuerzas flaquean.
Con el correr del tiempo sus piernas se amodorran y tiene las rodillas a la miseria. Tras volver a consultar al hechicero manda a mutilar al guerrero más veloz para injertarse sus tendones en ambas piernas. El resultado es exitoso. Luego hace lo propio con los brazos del guerrero más fuerte.
Ya casi octogenario su cabello comienza a ralear y no duda en clavarse pelos de cola de mono que son capaces de soportar los vientos más fuertes. En una guerra entre tribus su disminuida visión le juega una mala pasada y termina ensartando más flechas en los propios que en los enemigos. No veía un pomo y tiraba al tun tun, manifestó luego. Buscó la solución frotándose asiduamente lágrimas de lechuza montaraz en los ojos.
Cuando ya no pudo complacer a sus esposas se implantó el pene del miembro más viril de la tribu. Los resultados lo dejaron maravillado. La primer noche penetra a sus trece esposas sin transpirar ni hacer una sola pausa. Arrodilladas y llorosas le ruegan que se detenga. Los naturales no dudan de su capacidad y siguen eligiéndolo como líder. Todas las noches bebe sopa de tortuga para fortalecer los numerosos tejidos internos.
Murió a los ciento veinte años de edad, aunque no pocos arriesgan una cifra más elevada. En el funeral, uno de sus nietos, que ya era un anciano, murmuró: "que raro", parecía muy joven para morir.
Mientras el sol declinaba sobre el vago horizonte abandoné el asado y me dirigí caminando hasta la estación del ferrocarril para retornar a casa. Por fortuna conseguí viajar sentado. Noto un cansancio inusual. Por primera vez lo adjudico a que el arco de mi vida comienza a distenderse e inexorable me aguardaba la flecha franca del adiós.
Atrapante. La lucha por la longevidad, miedo a perder el poder, y ese momento que a todos nos llega, inevitablemente. Interesante que empezara a notar el paso del tiempo porque no pudo satisfacer sexualmente a una de sus esposas. El final mas que excelente!
ResponderEliminarQué lindo relato. Por momento me siento el cacique tratando de burlar la madurez del cuerpo. jajaja. Tremendo!!!
ResponderEliminarBueno, Nicolás!!!!! Muy buen relato. Muy actual también. La lucha por la eterna juventud está más que vigente....e inalcanzable
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