El recuerdo sobrevino, como un salto inesperado, al verlo cruzar la calle. Tenía esa expresión apesadumbrada de cuando éramos niños; el mismo andar vacilante, el mismo pelo renegrido y pajoso. Fuimos, triste sino, compañeros en el jardín de infantes.
Llegando la primavera la señorita había traído una caja colorida y misteriosa. Nos asomamos como un ensamble enardecido para descubrir que en su interior se encontraba un conejo bebé. Tenía la mirada asustadiza y perdida. En aquella época no existían proteccionistas de animales ni esas cosas. Era tan blanco, suave con sus dientitos salientes hacia abajo y sus orejas atentas hacia arriba. Entre todos le elegimos el nombre: Billy. Nos enteramos que hasta fin de año cada uno se lo llevaría a su casa para cuidarlo. Hoy puedo intuir que tal propuesta escondía un primitivo plan pedagógico.
Esperé día tras día que llegara mi turno. Fue de casa en casa y la ansiedad me hacía doler la barriga. Billy iba creciendo y se alimentaba cada vez más. Cierto viernes, como siempre antes de finalizar la jornada, la señorita pronunciaría el nombre del afortunado que además lo tendría todo el fin de semana. Nombró de repente a Julio, el del delantal con los botones descosidos. Insulté por lo bajo y pateé el banco de juegos: varios elementos cayeron al suelo. Antes de abandonar el jardín la señorita se acercó haciéndose la misteriosa para informarme que el próximo lunes, por fin, me tocaría a mí llevarme a Billy. Corrí con una sonrisa a abrazar a mi mamá que me esperaba del otro lado de la reja. Ese sábado fuimos a la feria. Compramos zanahorias y zapallitos tiernos para darle la bienvenida. Pronto lo tendría para mí solito, pensaba en esa víspera dulce e interminable. Mientras tanto practicaba con una almohada las distintas formas en que acariciaría ese cuerpo de pompóntan suave y mío.
El lunes tan esperado Julio llegó con una mueca extraña y la caja vacía. Una de sus zapatillas estaba rota, más rota que de costumbre. En medio del desconcierto alcanzó a balbucear que se le había escapado. Nadie le creyó. “Te lo comiste muerto de hambre, decí la verdad”, le recriminé durante todo el recreo. Julio negó una y otra vez con la cabeza. Al poco tiempo terminaron las clases y nunca lo volví a ver; hasta hoy.
Se detuvo más allá, bajo la modesta sombra de una parada de colectivo. Cuando me acerqué lo suficiente pude observar que lucía vestimenta de obrero. Me paré de frente y le dije quien era. Julio se mostró desconcertado. Le pregunté por Billy. Sus ojos parecieron rememorar algo pero no dijo nada. Arribó un colectivo y se lo llevó. Quedé solo, tragando saliva, con la mirada perdida en el tránsito.
Genial
ResponderEliminarMuy bueno
ResponderEliminarUno nunca sabe que puede resultar de los reencuentros con ex compañeros.
ResponderEliminarPobre conejo....☺️