Aquel viernes por la tarde apuré los pasos hasta la biblioteca municipal esperanzado en obtener lectura fresca para el fin de semana. Pretendí una novela. Noté de inmediato que los libros, de la A hasta la Z, eran todos propios de Borges. También apareció inscripto su caprichoso apellido en los anaqueles de ciencia, historia, jardinería, senderismo, etc. Fui a realizar la debida queja. La hermética respuesta del bibliotecario me desconcertó aun más. Completé una retirada sencilla como silenciosa.
La semana siguiente ocurrió otro hecho que volvió a dejarme azorado. La calle Serrano era ahora totalmente Borges. Doblé por Gurruchaga, que acaso pronto también sería Borges. Vi gatos a los que, sin dubitar, sus dueños vociferaban Borges. Comprendí que no faltaría mucho para que todo se denominara Borges: las dos orillas del Riachuelo, el bajo Saavedra, la desprolija correntada del arroyo Maldonado, las carteleras ajadas de Constitución...
Cansado de tanto andar retorné al departamento. Mientras me desprendía los zapatos observé el espejo del cuarto y, con torpe estupor, vimos abalanzarse la figura de un anciano que balbuceando me nombraba.
Muy bueno
ResponderEliminarBuenísimo.
ResponderEliminarMe gusto
ResponderEliminarHola, me gustó. Da para hacerlo un poquito más extenso con más intrigas. Y en el final hablas en plural (vimos abalanzarse) e iría Vi
ResponderEliminarUn abrazo 🤗
Capaz al final, cuando retorno al departamento, lo hizo acompañado y fue su inconsciente que puso vimos..🫢
ResponderEliminar