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Jesús de Flores

    

Al Papa Francisco y a mi hermano.

   

    

    Esa tarde otoñal crucé la plaza Flores como hacía todos los días cuando, de pronto, lo descubrí. Me conmovió de inmediato hasta lo más hondo. Su mirada bondadosa, la barba crecida y el pelo revuelto. Tenía el torso desnudo y flaco hasta exponer, salientes, las costillas. Una especie de pantalón raído cubría sus partes pudendas. Costras como llagas acariciaban sus manos y también sus pies descalzos.

    Recordé que de niño, cuando fui monaguillo, lo veía clavado en la cruz y me provocaba cierto cosquilleo en todo el cuerpo. No podía dejar de observarlo. Entusiasta entonaba repetidas veces la oración del padrenuestro y ayudaba solícito al sacerdote con la ceremonia de la misa. También me encargaba de recolectar y contar uno a uno los billetes que donaban los fieles. Creo que ahí nació mi vocación.

    Esa misma noche cociné unos cornalitos fritos y también le llevé una jarra con café caliente. Lo hice envuelto en un buzo oscuro con capucha; no pude evitar sentirme un monje franciscano. Seguía tirado en la misma colchoneta vieja a un costado del monumento. Parecía dormido, casi muerto. Al tocarle un pie me miró con sorpresa y desconfianza. Me compadecí una vez más por el sufrimiento que realizaba para salvarnos a todos y me santigüe tres veces. El olor que habitaba a su alrededor era una mezcla de hedores variados. Le acerqué la bandeja y me senté a su lado sin siquiera esparar las gracias. Ahí fue cuando descubrí a su perro metido entre sus escasas pertenencias. Tenía el cuerpo mediano, lanudo y pordiosero. Noté que puso nervioso con mi inesperada presencia pero, a pesar de eso, no paraba de rascarse las pulgas. Lo vi comer con devoción esos pescaditos. Sus bigotes se volvieron aceitosos y en un movimiento ciego pretendí besarlo con adoración. Corrió la cara y me dijo que no, que eso era de putos. Lo abracé y no opuso resistencia. Aspiré una tremenda bocanada de aire fresco antes de agacharme para entreabrir su pantalón harapiento. De rodillas lamí su pene flácido y exudado hasta hacerlo endurecer. Ya redimido, lo metí dentro de mi boca. Tenía un aroma rancio y dulzón que podía conducir tanto al éxtasis como al desmayo. Tapados por los jirones de unas mantas, me di vuelta sobre la colchoneta vencida y sentí el goce irrestricto de mi cuerpo glorificado.

    Antes de irme me indicó que la próxima vez le pusiera un poco de sal a los cornalitos y que trajera pan y vino. Le dije a todo que si. Y una cosa más, me dijo. Abrí grandes los ojos cuando me solicitó que además viniera con una pollera y peluca de mujer. Asentí con la cabeza y un: Si, Señor, casi inaudible, susurrado desde las entrañas. Me ajusté la capucha y abandoné la plaza. Fui de prisa hasta mi departamento que quedaba del otro lado de las vías.

    Al día siguiente, como siempre, me afeité al ras, me ajusté la corbata y fui hasta la sucursal del Banco Nación ubicada frente a la plaza. Pasé por su lado y advertí enseguida que descansaba tapado junto a su perro. Yo había dormido poco y soñado mucho. Procuré no llegar tarde y que aquel encuentro mágico no me hiciera olvidar que era el tesorero de una prestigiosa entidad bancaria y la cuantiosa responsabilidad que eso conllevaba. Mi despacho tenía esa mañana una luminosidad singular. Antes del mediodía mandé a una de mis secretarias a comprar un ramo de flores y un simpático jarroncito para envolver el aire usurero del ambiente.

    Escapé del banco en cuanto pude. Caminando me dirigí hasta avenida Avellaneda para conseguir ropa y la peluca. Apenas llegué al departamento me saqué el traje y me probé una de las polleras que había comprado. Me pareció divertido y fresco. Nunca antes estuve travestido. Todo ese día cumplí un ayuno penitente para expiar culpas. No podía dejar de pensarlo y aguardé que transcurriera el crepúsculo para ponerme el buzo encapuchado y comenzar a cocinarle.

    Llegué hasta la plaza cubierto de temor a que me reconocieran vecinos o clientes a pesar que no se me veía el rostro. La pollera se inflaba con el viento y me sentía desnudo. Al verme arqueó las cejas y acható la nariz en un gesto indescifrable. Esta vez llevaba el pelo sujetado con una vincha deportiva tipo loco Gatti. Le acerqué hasta sus manos los pescaditos, el pan y una botella de vino. En una bolsa también había llevado unos huesos para que el perro estuviera entretenido mientras ofrendaba mi cuerpo y los pecados. Luego de saciar en forma brutal su apetito acarició mi peluca a la vez que bebía el vino de la brutal botella pese a que le había llevado una copa preciosa.

    Al rato apoyó la botella al pie del monumento. Sin mirarme me dio vuelta sobre aquella colchoneta infesta y, auspiciando la relación carnal, me penetró sin más. Tras irrigarme su semen inmaculado se recostó con los brazos extendidos, formando una cruz, para luego cerrar los ojos. Me incorporé y le confesé que había sido monaguillo en la iglesia que está enfrente, al lado del banco. Le conté que sabía varias loas sobre Jesús y le propuse recitarlas para él. Hizo una mueca leve de aceptación mientras se rascaba una oreja. Al finalizar la primera estrofa dejó ver el mango de un cuchillo oxidado y sugirió que me detenga pues mi voz aguda ponía nervioso al perrito. Montado a una brisa fresca controlé la respiración, tal como me enseñaron en las clases de yoga. Me alejé en silencio cuando alcancé a escuchar que roncaba rendido en el menoscabo glorioso de la entrega cabal.
    La tercera noche me calcé la peluca con mayor desenvoltura y le cociné filet de merluza con papas. El cielo estaba tormentoso y parecía que iba a llover de un momento a otro. Me puse la otra pollera que me quedaba espléndida y esa noche no llevé capucha. Apuré los pasos hasta el centro de la plaza. Me consterné al ver que la colchoneta y sus poquitas cosas estaban convertidas en ceniza y aun humeaban. De repente un relámpago fulminante sacudió la tierra e iluminó la plaza y a todo el barrio de Flores. Miré hacia arriba y vi una luz que ascendía hacia el cielo. El agua de lluvia se deslizó por mi peluca mientras comencé el regreso a mi departamento con la fe y la esperanza que su misericordia divina llegaría hasta mí y a toda la humanidad.

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