Se sacó la piel como si fuera un traje. Confiaba muy poco en los días y las noches. Ya no había mucho más por entregar ni esconder. Los balcones resultaban inalcanzables, las veredas un mozaico de neblina.
El espejo se fue transformando en una boca hambrienta, la consagración en un sueño atroz que jamás llegaría. Aun recuerda cuando en el paredón de su casa pintaron la leyenda: «Para cuando el Nobel al Sr. Aníbal». Ingresó en el almacén haciendo referencia: "Parece que el barrio clama para que mi obra sea premiada". Alguien desde el fondo retrucó: "Pero vamos che, te vimos como lo pintaste en la madrugada". Permanente hostilidad de la academia, el ninguneo de varios colegas. La máquina de escribir empastada. El cansancio de gastar seudónimos en concursos vacuos. El sueño recurrente de las luces que lo enfocan mientras ensaya, una vez más, un parloteo alucinado. El pitido del tren y el salto de las vías; una noche más en el insomnio que lo acorrala.
De joven, en vez de ir a París se empecinó en el conurbano. Se mudó desde Almagro al partido de la Matanza. Ahí renunció a ser parte del canon literario. Pronto ni se asomaría más por el centro, por la avenida Corrientes. Perdió contacto con las novedades. Quedó recluido en su precario taller de soldadura, en sus hojas dispersas. Extravió los contactos de escritores y editores. Se recostó en un fulminante ostracismo. Pronto comprendió la inutilidad de transmitir una idea fidedigna con el mero uso secuencial de palabras, cualesquiera sean; eso le quitó un gran peso de encima. Lo acusaron de sobreabundar en el color local, de remilgado, de meter gauchesca en las ciudades... "El hijo de mil putas de Borges me arruinó con sus críticas", maldecía a quien quisiera oírlo. "Si hubiera nacido medio siglo antes, mi obra sería coronada de premios y valorada como es debido, con discípulos y todo", repite cada mañana mientras se prepara un mate cocido en un empecinado tarrito tiznado.
Dos novelas impresas en párvulas editoriales y otras incendiadas en jornadas de alcohol y soledad. Su última pareja, una joven estudiante de literatura, lo dejó cierta noche al grito de: "viejo loco, loco de mierda". Fue de las pocas veces en que declinó ante la dinastía de los mimos. Quedó solo con una enfermedad que ya lo empezaba a comer de a poco. La familia había huido de él hacía tiempo, incluso su única hija quien lo aborrecía desde pequeña, aun antes de comenzar a hablar.
Mientras zurce un calcetín, va hurgando su última trama. Comprende que tal vez esta mañana le besará la boca a la muerte. Suelta un aullido débil y visceral de lobo herido; ya está echada su suerte.
Muy bueno 👌
ResponderEliminarMe gusto
ResponderEliminarGracias por compartirlo
ResponderEliminarMe resultan atrapantes tus cuentos, de sencilla lectura, con recursos que despabilan los sentidos
ResponderEliminarAgradecida por tu invitación
excelente recomendable
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