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Niño Perdido

 

   

    Es revivirlo y, pese a que ya han pasado más de treinta años, sentir nuevamente conmoción en la piel, en la quijada de la memoria. Por primera vez voy a contar el hecho del cual fui un testigo pasivo, con la esperanza cierta de exorcizar tan amargo recuerdo. Procuraré no omitir detalles de importancia.

    Todo ocurrió durante un caluroso verano en el balneario de Mar del Tuyú, la cual algunos osados no dudan en llamar: La perla del Atlántico. Pese a mi sobrada juventud, me esparcí sobre una liviana reposera a contemplar el mar. De a ratos me sumergía en una novela, creo de Soriano. De repente las personas a mi alrededor comenzaron a aplaudir efusivamente. Al alzar la cabeza comprobé que se debía a un niño extraviado en la playa, como tantas veces sucede. Tendría unos seis años, calculé, y lo llevaba un señor sobre sus hombros para mayor visualización. Pasada una media hora sin novedad alguna fue izado a mayor altura, sobre el anaranjado mangrullo de los guardavidas.

    Los padres seguían sin aparecer y la situación se iba poniendo cada vez más tensa. El niño se había cansado de llorar y su cara había transmutado de la tristeza a la inmensa desolación. Fue entonces cuando torcí la vista y pude descubrir como un vendedor de churros clavó su carro sobre la orilla, deteniéndose en el episodio. Le noté enseguida un tormentoso vértigo en la mirada. Yo por entonces tenía ciertas fantasías de ser escritor, que por suerte abandoné, e imaginé que el sufrimiento del churrero se debía a que él también se había perdido de niño en una playa y nadie, nunca, lo fue a reclamar. Entonces se tuvo que criar solo, como pudo, a la buena de Dios. Mantiene su postura tremenda, expectante, mientras el sol derrite el dulce de leche y se escapa lentamente de los churros. La situación se había desmadrado y ya apenaba a toda la playa. En eso el churrero abandona el carro y se dirige decidido. Extiende el brazo y aparece una mano abierta que el niño acepta. Nadie mejor que él para criar a un niño extraviado. Se van caminando juntos por la sombra del mar, masticando churros rellenos.

    Continuaba fraguando mi tersa ficción cuando de pronto, por fin, apareció el padre. Lo hizo con pasos morosos, las manos en la cintura, la sonrisa ladeada y nerviosa. Al aproximarse donde aun se hallaba su hijo, el cuerpo dolido de su hijo, alcanzó apenas a sentir como le ensartaban un cuchillo repostero sobre su vientre. La sangre comenzó a hundirse en la arena ante el horror de los veraneantes. Cayó sin vida a un costado de la estructura anaranjada. El asesino huyó raudo rumbo el sur. Supe que lo atraparon enseguida pero, todavía pasmado, no pude abandonar la reposera para encontrarle en el rostro esos ojos rendidos, hartos de esperar.

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