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Cuarto estanco

 

    

   Una tarde regresó del colegio y no dejó que lo abrazara como de costumbre, insistí pero nunca más me lo permitió. Sin merendar siquiera fue a encerrarse a su cuarto que quedaba en los altos de la casa. Cosas de adolescentes, me dijo la madre para complacerme.

   Al tiempo comenzó a bajar con los ojos enrojecidos por esa vidriosa y obsesiva pantalla del celular que le habíamos comprado pocas semanas atrás. Pronto le noté un andar taciturno. Tenía la mirada esquiva y balbuceaba palabras vacilantes. Luego dejó de ir a la cancha, tampoco volvimos a compartir juegos de mesa que tanto nos hacían felices a carcajadas.

    Un día de otoño descubrí que vociferaba frases incomprensibles: Tranevis fojta luman, repitió dos veces. Lo anoté sin que se diera cuenta y fui a buscar a google: Esloveno. Otras semanas eran frases repletas de ce hache: chino, probablemente. Comprobé entonces que podía manipular varios idiomas.

    Fueron días donde abordaba la calle cuando el sol ya iba descendiendo. A la hora regresaba cargado en transpiración. Pude concluir que se ejercitaba. Cierta vez se apagó el calefón y salió del baño con el torso desnudo. Ahí vislumbré una notable fuerza abdominal.

  Hace meses no lo veo; no sé que cosa estará haciendo allí arriba, en su cuarto, pero cada tanto se oyen una serie de explosiones y comienza a salir un humo verdusco por debajo de la puerta.



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Arquetipo

              Esta historia la oí en el Café Brasilero , uno de los bares más antiguos de Montevideo. Hubiese sido preferible que la escuchara Eduardo Galeano, pero ya había fallecido hacía años. En una de las mesas contiguas alguien comenzó a contar que un amigo veía a su hijo correr y patear una pelota imaginaria por toda la casa. El botija hacía gestos inestables y festejaba goles de cara a las paredes. El padre siempre le regalaba libros y juego didácticos. Sin embargo, para ese cumpleaños eligió comprarle una pelota de cuero profesional. El hijo la agarró no muy convencido y se fue a jugar al patio del fondo. Al otro día el padre volvió de la oficina y encontró la pelota abandonada en un rincón y a su hijo jugando nuevamente con la otra. Se le paró enfrente e indagó: ¿Qué ocurre que no usas la que te regalé? El hijo levantó apenas los hombros anticipando su respuesta: Es muy bonita papá, pero ésta es más liviana y la domino mejor.

Retorno

  El hombre pudo vencer sus temores y abandonó las cuevas. Fue entonces cuando admiró estrellas, ideó dioses, mitigó piedras, elevó ciudades, flotó océanos, acuñó monedas, coloreó lienzos, procuró el amor, anheló desmesura, suspiró poesía, fabricó artilugios, animó guerras, derrochó champagne y calentó pan duro. En este preciso momento, encerrado en una habitación sombría, alguien observa el techo desde su cama sin poder dormir.

Contenedor Abierto

       En la boca despejada de la noche, una sombra abre la tapa y se asoma al contenedor de basura. Entre los desperdicios distingue media hamburguesa. Doblega su anatomía lo suficiente para ingresar a buscarla. La acaricia antes de darle, pese a notarla fría y manoseada, un primer mordisco visceral. Mientras mastica alcanza a entrever, casi sepultadas, una mesa y una silla. Se sienta a terminar de cenar cuando encuentra una cocina iluminada y, por el fondo, un jardincito con el pasto recién cortado. Sale de la casa a tirar la basura para mantener el aseo. Apenas pisa la calle comprende que se ha olvidado las llaves adentro y la noche que le espera.