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Cuarto estanco

 

    

   Una tarde regresó del colegio y no dejó que lo abrazara como de costumbre, insistí pero nunca más me lo permitió. Sin merendar siquiera fue a encerrarse a su cuarto que quedaba en los altos de la casa. Cosas de adolescentes, me dijo la madre para complacerme.

   Al tiempo comenzó a bajar con los ojos enrojecidos por esa vidriosa y obsesiva pantalla del celular que le habíamos comprado pocas semanas atrás. Pronto le noté un andar taciturno. Tenía la mirada esquiva y balbuceaba palabras vacilantes. Luego dejó de ir a la cancha, tampoco volvimos a compartir juegos de mesa que tanto nos hacían felices a carcajadas.

    Un día de otoño descubrí que vociferaba frases incomprensibles: Tranevis fojta luman, repitió dos veces. Lo anoté sin que se diera cuenta y fui a buscar a google: Esloveno. Otras semanas eran frases repletas de ce hache: chino, probablemente. Comprobé entonces que podía manipular varios idiomas.

    Fueron días donde abordaba la calle cuando el sol ya iba descendiendo. A la hora regresaba cargado en transpiración. Pude concluir que se ejercitaba. Cierta vez se apagó el calefón y salió del baño con el torso desnudo. Ahí vislumbré una notable fuerza abdominal.

  Hace meses no lo veo; no sé que cosa estará haciendo allí arriba, en su cuarto, pero cada tanto se oyen una serie de explosiones y comienza a salir un humo verdusco por debajo de la puerta.



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