Caminaba el año 1802 cuando arriba a Quito el científico más renombrado del cosmos: el mismísimo barón, Alexander Von Humboldt. Junto a él llegó su inseparable y botánico amigo Aimé Goujaud, quien apenas pisa suelo americano se hace llamar Amado Bonpland (tr. buena planta). Les venía siguiendo los pasos, desde Bogotá, un científico sur americano y gran admirador: Francisco José de Caldas.
De una personalidad y oratoria avasallante, Humboldt se pasea de reunión en reunión cautivando a la élite quiteña. Allí conoce a Carlos Montúfar un joven apuesto, entusiasta y servicial. Caldas, en cambio, era muy católico y desapegado a las reuniones sociales. Prefería estar con Dios o investigando su colección de plantas antes de perder tiempo con humanos; se rumoreaba que además de aburrido era casto. Ambos lo acompañan en una serie de travesías por el corredor volcánico ecuatoriano, preludio del viaje colosal que planeaba hacer junto a Bonpland. Montúfar mantiene la boca cerrada mientras Caldas se entusiasma en acompañarlo a viva voz; ha mostrado sus conocimientos y se sabe merecedor de tal halago. Pone en sobre aviso a Humboldt que se costearía los gastos en caso de ser necesario. "Ardo en deseos de seguirlo hasta el fin del mundo", le escribe a su mentor Celestino Mutis, sacerdote y pionero en el estudio de las ciencias naturales en Nueva Granada.
La noche previa a abandonar Quito, Humboldt abre los brazos como disculpándose y enseguida le indica que no hay lugar para uno más. Antes de retirarse le echa un consejo en el rostro: "estimado Caldas, no se trata sólo de estudiar la naturaleza sino de vivirla y gozar en ella". Al día siguiente se entera que Carlitos Montúfar será parte de la expedición. Caldas hierve de bronca. "Prefiere a un adonis bruto e ignorante antes que a un hombre de ciencia como yo", exclama a los cuatro vientos del equinoccio. Luego averiguaría que en algunas excursiones mandaban a Bonpland por un camino mientras el Barón y Montúfar se adentraban en la florida selva virgen buscando clasificar orificios de dudosa corteza.
Caldas regresa a Bogotá desahuciado y se apega al manto protector de Mutis. Pese a ello continúa atento al derrotero seguido por Humboldt que culminaría el año 1804 en París, donde fue reconocido por mismísimo Napoleón Bonaparte. Allí Montúfar conoce a Simón Bolivar y sus sueños de Patria Grande. En 1808 muere Mutis y tal vez a causa de ello Caldas rompie la castidad. Entra en el matrimonio por donde tiene cuatro hijos. Además se involucra con el movimiento que quiere sacarse a España de encima.
Caprichos del destino o desatino, Muntúfar y Caldas volverán a reencontrarse años después. En esta ocasión combatiendo cuerpo a cuerpo para las tropas de la independencia de Nueva Granada. Ya pisando el año 1816, pelean juntos en la batalla de Cuchilla del Tambo donde son tomados prisioneros por el ejército enemigo. Ambos compartieron la agonía de ser fusilados por la espalda, modo en que se ultimaba a los traidores a la corona española. Son figuras de segunda línea en Colombia y Ecuador, tal vez por su orientación sexual; la historia necesitaba próceres machos. Mientras aun silbaban las balas que ingresarían iracundas en el cuerpo de aquellos patriotas, Humboldt seguía instalado en París recopilando el material recogido en sus viajes por el nuevo continente, en tanto Bonpland iba embarcado rumbo a Buenos Aires.
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