Para Santi.
Llevo al menos treinta días sujeto a una cama sanitaria de hospital. Treinta días al menos sin probar alcohol, cigarrillos, sal; sin ponerme zapatos ni calzoncillos. Cada veinticuatro horas me pinchan cinco veces y empastillan otro tanto. Merodean entrecruzadas mangueras de drenaje, bolsitas colgando de ganchos; visión desperfilada. Cuando ingresé a la clínica me afirmaron que estaría internado una semana, a lo sumo diez días y ya vamos... Necesito que me dé un valor adecuado en la sangre para conseguir el alta pero éste resulta siempre esquivo.
Por el único ventiluz de la habitación se acaba de posar la sombra de un pájaro que enseguida arrió contra la tarde. En un rapto abandono el ímpetu de pronta recuperación; al carajo el huésped de oblicua paciencia. Me atraviesa la anegadiza resignación que usurpa cualquier pensamiento hasta derrumbarlo, hasta dejarlo vacío. Soy esculpido por el hondo tedio de días simétricos, insulsas comidas, arbitrarias inyecciones. Anhelo mil cosas sencillas que ahora simplemente están vedadas. Resoplo recluido entre huidizos enfermeros y médicos lacónicos que facilitan un destino fallido. Imagino la llanura infinita desde un banco de plaza o acaso la mesa alejada de un café para observar la vida, ese vasto vértigo de posibilidades.
Tamaña situación opresiva sería lo peor del asunto si no fuera por aquello que ocurre en la cama contigua. Mi compañero de habitación está impedido de movimiento. Solo puede hablar y levantar apenas las manos. Esto conlleva a que los enfermeros lo atiendan en reiteradas ocasiones, incluso por las noches y aquí viene lo tremendo: hace treinta días al menos que no puedo dormir dos horas continuas. Un cortinado blanco nos separa. Cuando escuché acerca de su patología sentí compasión por él. Lo mío, recién operado a causa de algo menor, apenas reviste el retazo de un cuerpo flojo en inminente recuperación. En alguna parte una cicatriz marcará, adorno perenne, cierta modesta valentía.
Una de las primeras noches pidió ayuda con su voz apagada; no tuvo eco en los negligentes enfermeros. Luego me nombró y, aun somnoliento, preferí hacerme el dormido. Una serie de sollozos me infundieron remordimiento mientras el sueño volvía a arrastrarme a su terreno blando. Antes del alba acudieron a atenderlo, temblaba en modo atroz y volví a reprobar mi moroso accionar. Pronto supe que debían rotarlo de posición para evitar calambres y escaras. Día por medio le practican un enema, le estiran las piernas, lo higienizan con trapos mojados, pinchan un cable a la uretra para orinar, deben darle de comer en la boca. Tiene la visión diezmada pero el oído muy desarrollado. Debo poner muy bajo el volúmen de la televisión para que no se fastidie. Duerme poco como yo y nos anoticiamos del crecimiento de la barba en el uno y en el otro; tal vez por ello una doctora menuda se asomó una vez por el cortinado y exclamó sobre un notable parecido.
Tuvimos algunas charlas, siempre breves. Habla lento y modula correctamente utilizando un amplio léxico. Me refirió que antes de caer en la enfermedad era motorman calificado del Ferrocarril Sarmiento y que aun añora el poder que sentía al abrir en dos la ciudad con el paso severo de la formación. Tras leve indagar concluimos tener la misma edad. Con delicadeza e intriga le pregunté por su enfermedad. Manifestó que hacía trece años comenzaron los primeros síntomas, justo después del fallecimiento de su ex esposa y, ante el sosiego de las ciencias médicas, estimó que aquel nudo emocional pudo haber sido el disparador de su padecimiento.
Agobiado por la situación de encierro, inmerso en sueños interrumpidos por el peregrinar incesante de enfermeros abrazados a depravados pastilleros es que resuelvo esperar un último y definitivo resultado del valor de la sangre. Irritadas horas de espera logran imponer un deseo: darme de alta o fuga. Me alivia saber que ya no pernoctaré más en este infame nosocomio. Mañana estaré afuera, mitigando tiempo y espacio. Mientras me envalentono para darme ánimo, descubro que algo inusual ocurre más allá del cortinado. Varias voces usurpan la habitación y ruedan gritos de algarabía. Se acerca alguien y me agarra una mano, que apenas puedo levantar.
–Me dieron el alta. Suerte con lo tuyo, che.
Quedo desconcertado al oír esa frase y, más aun, al ver su silueta borrosa caminar hasta traspasar la puerta y alejarse lentamente. Permanezco quieto en la cama, una vez más, sin atreverme a dilucidar lo ocurrido.
Excelente!!!! Qué bueno... Transformarlo en un micro sería todo un desafío. Un abrazo
ResponderEliminarTransferencia . Me gustó .
ResponderEliminarYa paso mas en año....las cicatrices nos recuerdan que todo pasa y nos hacemos mas fuertes.
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