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Nube

 

    

    Nunca supe con qué ardid, y ya han pasado varios años, permanecí atrapado dentro de aquel cubil metálico con aroma galo. Tiemblo al recordar como sucumbió misteriosamente la descarga de ambos polos y cómo entonces, sin escapatoria, yací recluso en la astucia de sus besos. No exagero si digo que una tarde ingresó una nube entera por su desmedida boca.

    Pronto todo se confunde. Fotos, mar y risas. Un cerrojo de abrazos atravesados. Su piel inestable, también ella, se estira de vez en cuando y aparecen tibias criaturas recubiertas en arcilla. Quedo aturdido ante esas presencias fulminantes, ante sus miradas que descubro íntimas y a su vez ajenas.

    Una mañana de sol desapareció de mi mundo, del mundo que carecía y le enseñé. Con un clavo grave hundido la busco en cada esquina, en mil mujeres. Las noches inciertas se pierden sobre el cáliz implacable de la desdicha.

    Al arresto del alba abro el ojo brumoso y la advierto a mi lado, de cara a una ancha sombra perdida en el espejo. Inmóvil oigo que silban a lo lejos, ladra un perro. Trago saliva y me acomodo a la espera de un velado acontecer que presumo, no será el último.


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