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Cuarentena


Amanece una vez más. Decido bajar a la calle para ver que está ocurriendo. Ya van nueve meses de un encierro estricto determinado por las autoridades sanitarias. La situación iba dentro de todo bien, pero hace unos días las cosas comenzaron a empeorar. Primero se cortó la luz y con eso el internet. Enseguida las estaciones de radio quedaron mudas. Esta última noche comprobé que afuera no había ruido alguno, todo era silencio. Mi departamento da al contrafrente y poco puedo ver desde una ventanita que rompe contra un paredón. Con luz de vela me asomé al hall. Golpeé la puerta de mis cinco vecinos de piso... nadie salió, tal vez siguen atemorizados. Por la boca de la escalera y del ascensor grité el nombre del encargado... no obtuve respuesta alguna. Volví al departamento a lavarme la cara sudorosa por el esfuerzo. Una última gota asomó del grifo. Ya ni el agua funcionaba. Fui hasta la alacena para ver que quedaba: una lata de arvejas y media botella de whisky. Me serví un vaso tomar coraje. En esta pandemia había tomado todos los recaudos. En la anterior había fallecido mi esposa junto a miles de personas más. En su gran mayoría ancianos. Aun así, pese a estar prevenido, la continua prolongación de la cuarentena por parte de las autoridades fueron consumiendo víveres y medicamentos. La vela que hacía un rato había prendido es la última que me queda. Calculo una noche imposible.

Me acerco a la escalera tembloroso. Bajo el primer escalón de los nueve pisos que me separan de planta baja. Me aferro a la sigilosa baranda. La vela termina de consumirse. Todo es oscuro y silencioso. Un olor rancio sucumbe el ambiente. Voy a paso lento. Temo llevarme por delante el cuerpo rígido de algún vecino. Mientras desciendo comprendo que me será imposible volver, no hay marcha atrás. A mitad del recorrido hago un alto para recuperar el aliento. Padezco la orfandad más absoluta. Recuerdo a mi madre. Lloro. Sigo avanzando cuesta abajo. Entre el segundo y primer piso comienza a resurgir la luminosidad que anuncia el palier. Me agarro a la puerta de calle en medio de una intempestiva ceguera. Saco un manojo de llaves y pruebo abrirla con alguna, ya ni recuerdo cual era. Por suerte la cerradura está liberada y abro. Salgo del edificio luego de tanto tiempo. Hincho los pulmones con aire renovado. Pese a la bruma llorosa de mis ojos intento observar que me espera. La calle se encuentra desierta, no hay muertos desparramados como en la última pandemia. Hacia la esquina veo algo que se mueve, algo con forma humana. Me interno en la vereda para tener mejor perspectiva. Resulta ser mi esposa; mi esposa que me llama. Voy tras ella.

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