Ir al contenido principal

Operación Minotauro



Por detrás del cirujano, que ya jugaba con su bisturí, asomó la denodada figura del minotauro. Bufando sin cesar me miraba ávido. A pesar de la anestesia, me incorporé y fui a perseguirlo. Corrió desnudo con su cuerpo bifórmico. Yo apenas iba vestido con una cofia verde suelta.

En un marco borroso me condujo por caminos aberrantes. Tras la puerta de una sala vi a un niño al que golpeaban otros niños; uno de los cuales era yo. Luego de atravesar un pasillo interminable, otra puerta... Vi una mujer de párpados sufrientes que afrontaba como podía la llegada de su marido; no hará falta decir que reconocí de inmediato la mano impertérrita.

La bestia iba delante y me conducía por las distintas salas del hospital. En una estafaba, en otra abusaba del honor de alguien, en la siguiente, prefiero callarlo. Me era penoso reconocerme de ese modo, de esos modos. Sentí en cada visión que había traicionado los sagrados valores que me inculcaron mis padres.

Ya asqueado de suficiente miseria, le tendí una celada con elementos sueltos que encontré en el camino. Lo ultimé de un punzonazo artero a su corazón bárbaro. Precipitado ese hecho debía abandonar el lugar lo antes posible.

Salí a un pasillo y luego a otro y todos eran similares. Parecían no conducir a ningún lado o al mismo. Comprendí de inmediato que ese torpe engendro había sido el eficaz anzuelo para quedar atrapado entre esos recuerdos.

De pronto, tal vez por ilusión o deseo, vi una luz que se mecía en el fondo, detrás de una puerta. Me dirigí hacia ella entusiasta, sin saber que no sería ni la última luz ni el último pasillo.

Comentarios

Publicar un comentario

Entradas populares de este blog

Arquetipo

              Esta historia la oí en el Café Brasilero , uno de los bares más antiguos de Montevideo. Hubiese sido preferible que la escuchara Eduardo Galeano, pero ya había fallecido hacía años. En una de las mesas contiguas alguien comenzó a contar que un amigo veía a su hijo correr y patear una pelota imaginaria por toda la casa. El botija hacía gestos inestables y festejaba goles de cara a las paredes. El padre siempre le regalaba libros y juego didácticos. Sin embargo, para ese cumpleaños eligió comprarle una pelota de cuero profesional. El hijo la agarró no muy convencido y se fue a jugar al patio del fondo. Al otro día el padre volvió de la oficina y encontró la pelota abandonada en un rincón y a su hijo jugando nuevamente con la otra. Se le paró enfrente e indagó: ¿Qué ocurre que no usas la que te regalé? El hijo levantó apenas los hombros anticipando su respuesta: Es muy bonita papá, pero ésta es más liviana y la domino mejor.

Retorno

  El hombre pudo vencer sus temores y abandonó las cuevas. Fue entonces cuando admiró estrellas, ideó dioses, mitigó piedras, elevó ciudades, flotó océanos, acuñó monedas, coloreó lienzos, procuró el amor, anheló desmesura, suspiró poesía, fabricó artilugios, animó guerras, derrochó champagne y calentó pan duro. En este preciso momento, encerrado en una habitación sombría, alguien observa el techo desde su cama sin poder dormir.

Contenedor Abierto

       En la boca despejada de la noche, una sombra abre la tapa y se asoma al contenedor de basura. Entre los desperdicios distingue media hamburguesa. Doblega su anatomía lo suficiente para ingresar a buscarla. La acaricia antes de darle, pese a notarla fría y manoseada, un primer mordisco visceral. Mientras mastica alcanza a entrever, casi sepultadas, una mesa y una silla. Se sienta a terminar de cenar cuando encuentra una cocina iluminada y, por el fondo, un jardincito con el pasto recién cortado. Sale de la casa a tirar la basura para mantener el aseo. Apenas pisa la calle comprende que se ha olvidado las llaves adentro y la noche que le espera.