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Operación Minotauro



Por detrás del cirujano, que ya jugaba con su bisturí, asomó la denodada figura del minotauro. Bufando sin cesar me miraba ávido. A pesar de la anestesia, me incorporé y fui a perseguirlo. Corrió desnudo con su cuerpo bifórmico. Yo apenas iba vestido con una cofia verde suelta.

En un marco borroso me condujo por caminos aberrantes. Tras la puerta de una sala vi a un niño al que golpeaban otros niños; uno de los cuales era yo. Luego de atravesar un pasillo interminable, otra puerta... Vi una mujer de párpados sufrientes que afrontaba como podía la llegada de su marido; no hará falta decir que reconocí de inmediato la mano impertérrita.

La bestia iba delante y me conducía por las distintas salas del hospital. En una estafaba, en otra abusaba del honor de alguien, en la siguiente, prefiero callarlo. Me era penoso reconocerme de ese modo, de esos modos. Sentí en cada visión que había traicionado los sagrados valores que me inculcaron mis padres.

Ya asqueado de suficiente miseria, le tendí una celada con elementos sueltos que encontré en el camino. Lo ultimé de un punzonazo artero a su corazón bárbaro. Precipitado ese hecho debía abandonar el lugar lo antes posible.

Salí a un pasillo y luego a otro y todos eran similares. Parecían no conducir a ningún lado o al mismo. Comprendí de inmediato que ese torpe engendro había sido el eficaz anzuelo para quedar atrapado entre esos recuerdos.

De pronto, tal vez por ilusión o deseo, vi una luz que se mecía en el fondo, detrás de una puerta. Me dirigí hacia ella entusiasta, sin saber que no sería ni la última luz ni el último pasillo.

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