Tras varias visitas a la intendencia -incluso en una llegó a encadenarse tres dias con megáfono en mano- Pascual Salomone tuvo una respuesta afirmativa. Por fin había sido aprobado el proyecto del museo para rescatar al hijo pródigo del pueblo que arrastró su apellido más allá de las fronteras. Enérgico repetía que buscaba fomentar los valores que su ilustre figura inspiraba.
Lo había conocido antes de la fama y después del ocaso. Con íntima convicción se convirtió en un coleccionista minucioso, suspendido en su persona. Lo albergó en su casa cuando perdió todo. Una noche, mientras lo observaba dormir, juntó gotas de baba en un frasquito. Tenía un humor tan cambiante como una oveja recién esquilada. Pascual apeló a la clemencia del admirador incondicional.
Luego de meses de reformas se edificó un museo moderno en las afueras del pueblo para homenajear al eximio personaje. Fue ubicado junto al rancho donde había nacido. Pascual fue nombrado director y sin más lo fue llenando de objetos. Hilvanó interminables viajes en su furgoneta cargada de cajas.
Mandó a realizar una estatua de yeso en tamaño natural. Pese a que los rasgos no respetaban al original, lo ubicó en la entrada a modo de bienvenida para los futuros visitantes. Pronto se sucedían una serie de objetos que daban cuenta del detalle de su vida, objetos que Pascual había guardado y etiquetado con celo. En vitrinas groseramente barnizadas se destacaban desde calzoncillos gastados, yerba usada, envoltorios de golosinas, piezas dentarias perdidas en diferentes ocasiones, restos de uñas y cabellos que el mismo le cortaba. En una de las salas había instalado el inodoro donde aun flotaba el último sorete que había evacuado, en otra se hallaba la bala que lo mató a los veintisiete años.
Continuaba emergiendo material valioso y hubo necesidad de continuar agrandando el museo. Se construyeron nuevas galerías. Aparecieron expuestos chicles mascados con rabia, colillas de cigarrillo, camisas vomitadas, chapitas de cerveza destapadas con los dientes, notificaciones policiales, frenéticos preservativos conteniendo su líquido seminal. Cada elemento, siempre detallado con fecha y lugar donde fue recogido. El exhaustivo trabajo de Pascual fue reconocido por los vecinos y autoridades pero le pidieron que aflojara, que dejara de remover las baldosas donde había transitado el conspicuo poblador. Pascual no se detuvo e incluso impulsó un proyecto más ambicioso que logró unir en linea recta el rancho natal con la hamaca preferida de la plaza donde se mecía de niño, con el almacén en que hurtaba golosinas, con la escuela que abandonó en segundo grado, con el paredón gastado donde imploró su primer beso.
En pocos meses fue ocupando mayor espacio que el propio casco urbano del pueblo. Si Pascual no hubiera sufrido aquel infarto en el boliche -no tiremos leña con la idea de envenenamiento-, varios vecinos concluímos que el museo ya tendría un tamaño más grande aun que el de toda la provincia.
Me gustó lo de la obeja, fue como que uno hubiese presenciado un momento así...viva la imaginación.
ResponderEliminarEs con v baja (oveja)
EliminarQue triste que un libertario busque faltas ortográficas en un foro tracción a sangre...
ResponderEliminarBien!!!!! Me gustó y se me apareció una pregunta...en la enumeración de esos objetos pertenecientes al poblador, y siendo la obsesión de un grado tal de exageración , podría considerarse una hipérbole? Muy bueno- y exagerado- relato.
ResponderEliminarNo pierdas la capacidad de crear esos finales! 👏.
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