Hay recuerdos imborrables, sobre todo aquellos que quedan pegados a la retina tierna de la infancia. Más aun si suceden en la precipitada atmósfera en que se iba a disputar el primer campeonato del mundo en el país. Bajo la contagiosa consigna: "Argentina 78" cursé mi tercer grado en un colegio religioso y como el resto de mis compañeros, yo también junté las figuritas de los equipos participantes del mundial. Los recreos fueron el ámbito propicio para intercambiar las repetidas. Luego de meses emulando como un mantra sagrado los “sila” y los “nola”, ya estaba por completar el álbum. Solo me faltaba una: la del arquero alemán Sepp Maier, que era imposible de obtener. Un día antes del receso invernal mi compañero Juan L -no diré el apellido- ingresó al aula con el rostro inflamado cuando, arrogante, alzó una mano y comenzó a agitar la figurita que a todos nos faltaba. Se armó de inmediato un alboroto a su alrededor. Tenía conductas fanfarronas y no pude ocultar mi fastid...
Pensamiento Carretel