Enseguida pegamos carteles en decenas de postes y negocios del barrio. Su foto más reciente, su gracioso nombre, la palabra gratificaré y números telefónicos de contacto. De regreso al departamento nos topamos con el silencio más tremendo. Faltaban torpes saltos de baba, topetazos en la cintura y agitados bufidos repletos de sumisa emoción. Aun quedaba presente su hedor en el sillón, en las frazadas; inclusive trepando por las paredes. Al otro día hubo una serie de llamados, varios falsos, de inescrupulosos que solo pretendían cobrar la recompensa. Mientras tanto seguíamos juntando pelos, lagañas secas y restos de huesos astillados que iban apareciendo por los rincones más intrincados del departamento. Esa tarde me hubiera tocado a mí darle el agotador paseo para restarle energía y que depusiera sus acaloradas necesidades fisiológicas. Por la noche bajamos a la calle y comenzamos a despegar todos los carteles que terminaron arrojados en tachos de basura. Luego fuimos a cenar...
Pensamiento Carretel