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Wolf, el Sabio

 

En construcción


    No hay texto sin contexto. Entre los años 1492 y 1540 sucedieron cuatro hechos que serán fundamentales para que ocurriera esa conexión tan íntima entre este proto hombre y la República del Ecuador. A saber: el desembarco europeo en América, el inicio de la reforma protestante en 1517, la fundación de Quito en 1534 y la aprobación de la Companía de Jesús en 1540.

    Aclaro, a lo mejor en vano, que no me mueve ni la gloria como historiador ni clavar un best seller en el mercado editorial; me basta con poner en valor la figura de quien marcó a fuego nuestro país dotándolo de un legado inmenso y que últimamente, producto del fatal descuido de las nuevas generaciones, ha sido depositado como una simple placa fría en un parque alejado o institución de segundo orden.

    Gran labor realizó el biógrafo Alwin Shade hace más de cien años, no lo niego; pero cuando lo entrevistó ya se encontraba débil y olvidadizo. Yo en cambio poseo material de gran valor pues cuento con sus escritos salvados y escondidos de un incendio en la casa de Guayaquil, correspondencia con su primera hija y un diario que mi padre sustrajo ante la mirada distraída de su viuda. Pero por sobre todos los valiosos documentos cargo en mis espaldas el espíritu patriota de un pueblo subordinado a su obra, cosa que del otro lado del océano carecieron ni nunca tendrán.

    Voy a hacerlo hablar cuando crea necesario y anticipo que llenaré de fechas, como flechas, el escrito con el claro propósito de destacar la magnitud de sus numerosos logros en una marcada línea de tiempo. No se alarmen los paladines de los tiempos verbales pues no se puede prescindir del presente continuo cuando se escribe sobre alguien que está siempre vigente en nuestra memoria y habitando eternamente en nuestros corazones.

    Franz Theodor Wolf asomó al mundo bajo el plomizo cielo prusiano de Barthlomá, un frío 13 de febrero de 1841 que cayó sábado. Para nada fue casual que un año antes se hubiese construido la primera iglesia católica en esta pequeña ciudad cercana a Stutgart. Tal edificación definiría su fe religiosa y la de varios más. Con tan solo cuatro años su padre ya le había enseñado a leer y escribir de corrido. De su madre heredó la pasión por la naturaleza. Era parco y silencioso salvo cuando estaba con ella. Una tarde primaveral, que jamás olvidaría, fue a explorar los jardines de la comarca en búsqueda de insectos. A falta de oportuno recipiente los fue guardando en los bolsillos delanteros del pantalón. Había almacenado varios cuando de pronto sintió un pinchazo agudo, y luego otro, en ambos testículos. Como consecuencia sufrió fiebre, severa inflamación en la zona y pasó dos semanas de reposo. El doctor que lo atendió dio un pronóstico aterrador: principio de futura esterilidad; Theo tenía apenas ocho años. Tiempo después, dotado de conocimiento, concluyó que pudo haber sido picado por una especie de alacrán dorado de la babiera.

    Durante 1854 comenzó sus estudios en un colegio pupilo y gratuito. Allí un compañero le prestó el libro Los jesuitas en el Paraguay que leyó en una tarde, tal vez dos. Esas páginas lo entusiasmaron de modo potente, habilitando un deseo imperioso por ingresar como novicio en dicha institución. Un paso primordial hacia su destino sudamericano.

    Para 1857 se unió a la Orden Jesuita, que tenía métodos de aprendizaje innovadores para la época como memorizar conceptos por repetición pero utilizando sustentos musicales para mejor resultado. En aquellos claustros, el joven Wolf balanceaba con empeño su curiosidad por la naturaleza enmarcado siempre en un cerco religioso. Transcurrieron dos obstinados años de noviciado donde abundaron silencios profusos, votos de pobreza y castidad. Así se transformó en un Caballero de Cristo. Sus superiores invocaban permanentemente a Loyola quién fuera un promotor del equilibrio entre la actividad física, el ímpetu por ampliar saberes y el estado de meditación. Surgían largas caminatas a cielo abierto donde había que buscar la bondad de Dios creador y a su vez discernir para agradarle.

    En 1860 realizó su primer herbario que causó pronta admiración de compañeros y superiores; destacando la prolijidad del trabajo recolectado y la minuciosidad de las anotaciones. Uno de los sacerdotes presentes exclamó un hálito fecundo sobre sus oídos: "Dios debe estar muy orgulloso por como has clasificado y venerado su obra".

    En 1862 fue enviado por la Orden Jesuita a estudiar en la Universidad de Bonn con la intención primordial de defender las ideas del Creacionismo ante la furibunda irrupción de la tendencia Evolucionista. Esta disputa pretendía ser dirimida por los jesuitas no solo con la fe, sino con las mismas armas que las del enemigo, es decir: con la metodología de índole científica. Allí conoció las ideas de Darwin y sus supuestos epistemológicos. Sin embargo el joven Wolf termina estimulado por esta corriente de pensamiento pero sin abandonar del todo su fervor religioso. Debe disimular el estado de dudas en que se encuentra. Se consterna, es cierto también, pero su afán de conocimiento lo mantiene centrado en seguir incorporando saberes. Se fascina, además, con lecturas sobre viajes y descubrimientos que el Barón Von Humboldt promovió enfrascado en el romanticismo alemán que fue furor a principio de ese siglo.

    En 1868 publicó un trabajo sobre el fenómeno de la fecundación de las orquídeas, por el cual fue reconocido en el engranaje riguroso de las ciencias alemanas. Para esta época ya era geólogo y botánico. Comenzó a enseñar en la escuela jesuita de Laach y estaba muy cerca de convertirse en sacerdote. Varios científicos, con quienes había entablado amistad en las cátedras de Bonn, le solicitan que considere el error que estaba por cometer al no dedicarse ciento por ciento a la labor de un naturalista como en realidad era. Por las noches se acostaba recordando pasajes de las sagradas escrituras donde Dios verbo crea al primer hombre y enseguida a todos los animales y entonces le pide a Adán que les ponga nombre y sucede el sustantivo y luego aparece Darwin y refuta a Moises y así se dormía acurrucado entre velas, con la transpiración múltiple adherida a su piel. No pocas veces amaneció descubriendo que sus calzoncillos blancuzcos alojaban palometas de noches nerviosas.

    La Orden estaba evaluando enviarlo al observatorio astronómico de Bombay cuando llegó una inesperada invitación desde el Ecuador. Se decidió sin vacilar por esta última opción para continuar los designios trazados por Humboldt y Darwin. Son horas donde siente que estaba destinado a seguir las huellas luminiscentes de aquellos faros absolutos de la razón científica. Se ordena como sacerdote en forma precipitada para tener los papeles jesuitas en regla y emocionado prepara su equipaje envuelto en fervoroso porvenir.

    Promediaba el año 1870 cuando partió en un barco francés rumbo a Suramérica. Entre oleaje y oleaje fue aprendiendo el idioma castellano. En Ecuador lo esperaba un proyecto ambicioso promovido por el presidente García Moreno, quien pretendía un estado moderno y científico aunque tutelado por la moral cristiana; el país adscribía con tenacidad a la Santa Sede. Se construyó en Quito una escuela Politécnica donde Wolf y otros profesores europeos insertarían a los estudiantes ecuatorianos en el campo cultivado de la ciencia. Muchos provenían de la Orden, que había sido expulsada de Alemania por Bismark.

    Daba clases de geología, geografía, minería e idiomas; pues este políglota hablaba alemán, francés, inglés, latín y algo de griego. Su amigo, el profesor Luis Sodiro, además de compartir su pasión por las orquídeas también le enseñaría el idioma italiano. Los alumnos no tardaron mucho tiempo en comprender que aquel hombre dominaba varios saberes, algunos creían que todos los habidos y por haber. Empezaron a llamarlo: el sabio Wolf. Cuando oía aquel epíteto frenaba su marcha para aclarar: "el único sabio que existe es Dios, que creó todo sin abrir la boca".

    Por unos meses se sintió libre de enseñar sin caer en la tensión de cotejar sus pensamientos con el corset teológico. Sus clases eran muy esperadas por los alumnos que desconocían que ese profesor sería el primer ser humano en enseñar darwinismo en tierras ecuatorianas. Exponía el evolucionismo y luego enmascaraba ciertas hipótesis con ideas creacionistas para evitar controversias. No decía, por ejemplo, que Dios había creado en forma acabada a los animales sino que explicaba: "Dios es tan, pero tan poderoso que primero creó y luego puso en marcha las leyes naturales de la evolución". De este modo, vela velado, permitía que los alumnos más despiertos sacaran sus propias conclusiones. Pese a ello enseguida llegaron a las autoridades jesuitas rumores sobre aspectos de sus clases en donde se ponía en duda a Moisés y al diluvio universal, es decir; a la palabra sagrada de la Biblia. Una vez, escondidos tras unas columnas, dos jesuitas superiores oían sus clases y anotaban las irreverencias a Dios. Al descubrirlos, Teodoro Wolf los increpó y les pidió que cuando ingresaran al claustro lo hicieran como discípulos o sino que lo esperaran en su cuarto; que allí les iba a explicar cuantas botas son tres pares. Los dos jesuitas, con vestimenta canónica, salieron disparando ante la acalorada silbatina del alumnado. Por la tarde le comunicaron al presidente del Ecuador la herejía de tales conductas a lo que García Moreno, aferrado a un astrolabio, replicó: "Lo traje para que enseñe ciencia y no las sagradas escrituras, déjenlo tranquilo y vayan a chupar cirios al templo".

    Los jesuitas españoles eran reacios y veían de mal modo a sus pares alemanes que se encerraban durante horas en sus gabinetes para analizar elementos hallados en las excursiones por la naturaleza mientras ellos gastaban el tiempo orando en los monasterios. La Santa Sede ya había publicado seis años antes la Sillabus errorum, donde censuraba abiertamente al racionalismo entendiendo que el evolucionismo había puesto en jaque toda la estructura católica.

    En 1871 sale de los claustros y pretende divulgar conocimiento naturalista. Además es un modo de juntar dinero fresco para solventar futuras expediciones. En un periódico de Quito publica veinticinco artículos científicos que causaron revuelo en la sociedad ecuatoriana que aun profesaba un atraso cultural galopante arrastrado por su avenencia al catolicismo más retrógrado. El Sabio atribuye al clima cálido y húmedo la causa principal acerca de la pereza de sus habitantes. En carta privada, envuelta en benevolencia, se refiere a ellos como ignorantes que viven recostados a la sombra de la cruz mientras sorben insistentes tragos de canelazo, una bebida a base de aguardiente y canela que conduce a la merma mental.

    Intentó varias veces pedir licencia en el Politécnico para lograr que le financiaran una expedición a las islas Galápagos. Tras arduas tratativas, la Compañía de Jesús siempre le denegaba tal permiso aduciendo que su fervor religioso era cooptado por un peligroso desvío hacia ideas prohibidas y por hacerse de amistades con dudosa moralidad cristiana, pues Wolf se daba con todos, incluso con científicos protestantes. Pese a las trabas impuestas, en sus tiempos libres realizó varias expediciones donde, además de encarar la naturaleza como botánico y geólogo, incursionó en la palestra paleontologica. De la quebrada de Chalang se trajo una caja llena de huesos de animales del cuaternario. Luego de excavar donde unos guías nativos le indicaron encontró huellas de dinosaurios, restos fósiles de mastodontes, del caballo andino, de una lechuza caníbal gigante entre otras especies. Los llevó al incipiente museo de Quito para ser admirados por el público interesado. Además se trajo la certeza absoluta de que la teoría evolutiva tenía sustento material.

    Con apoyo privado se introdujo en las minas de plata de Oyacachi, donde contrajo la disentería amebiana,  una terrible enfermedad que lo embistió de dolores intestinales y le modificó el carácter. Probó con un manojo de doctores y sus boticarios sin suerte. Más de un colega de la Órden pudo advertir que por las noches se tomaba un largo trago de canelazo para apaciguar molestias y lograr así encaramarse al sueño sereno. Una de esas noches anota en la pared de su cuarto: «pecado original o pescado original». Al día siguiente el escrito apareció misteriosamente borrado.

    En 1872 refleja en un cuadernillo impreso sus experiencias por Manabi. Con letra prolija advierte sobre los diferentes fenómenos físicos que suceden en la costa pacífica. Narra como el accionar de arenas movedizas casi le tragan las extremidades y parte del equipo de medición. Su pluma detalla que la zona exhibe un bajo nivel de actividad volcánica para tranquilidad de sus pobladores que pensaban lo contrario. También analiza el fondo marino y una curiosa mortandad de peces que hace temblar las redes de los pescadores. Por momentos la enfermedad contraída tiene picos altos y sufre fuertes cólicos, calambres abdominales y diarrea convulsa; pese a ello se muestra indomable y continúa adelante con sus trabajos.

    En 1873 entrega a la imprenta, firmando como geólogo: "Crónica de los fenómenos volcánicos y los temblores del Ecuador", donde deja registrado al detalle los últimos doscientos cincuenta años de actividad volcánica y terremotos en Ecuador y alrededores. Para esta ciclópea tarea, llena de ceniza, se documentó visitando archivos y libracos donde son citados numerosos predecesores incluido Alexander Von Humboldt, al que le corrige varios datos falseados que lejos están de ser un error de cálculo y más una exageración con el propósito de causar impacto, tal su estilo. Por ejemplo: En el terremoto de 1797 afirma que murieron 40000 personas cuando se certificó que fueron no más de 6000. A partir de este trabajo el deslumbramiento que Wolf sentía por Humboldt y su obra merma dejando una huella difícil de reparar.

    En 1874 excava en la provincia de Guayas donde recoje muestras de petróleo en Santa Elena y analiza unos cantos de salinas. Comparte sus investigaciones con científicos protestantes como Reiss y Stübel. Al regresar a Quito lo acusan otra vez de estar alejado de los designios de Dios y la doctrina católica. Repiten a coro que está imbuido por las mismísimas fuerzas de Satán. Harto de ser blasfemiado renuncia a la Órden y al Politécnico anteponiendo la excusa, en parte cierta, acerca de su estado de salud. Sus alumnos se aferran de la sotana que llevaba puesta pero no hay marcha atrás en su decisión. Da media vuelta, les agradece y les pide que sigan estudiando ciencia mientras se aleja como un prisionero furtivo que va dejando atrás la cárcel. Enseguida llegan pedidos desde Roma para que se enmiende y regrese a la Compañía. Se suceden cartas cruzadas donde se remarca la idea de disciplinar pero no expulsar a los miembros de la Orden. Hace caso omiso a los ruegos y viaja sin dubitar, revelado, hacia Guayaquil donde la burguesía local requiere de sus conocimientos y se acerca a su gran objetivo.

    Para 1875 la enfermedad que arrastraba lo deja postrado y teme morir; heces con sangre son ya una agónica costumbre que expulsa su organismo. Convaleciente y tomado por feroces alucinaciones el comerciante Shultz lo aloja en su hacienda y José Perdomo le aplica técnicas herbolarias indígenas. Tras un par de semanas de reposo la curación es exitosa. Lo primero que hace al recuperarse es buscar los fondos necesarios para cumplir su sueño postergado. Un empresario español financia el ansiado viaje para que analice la orchilla, un liquen muy utilizado para teñir telas. Además se costea gastos dando conferencias en distintos auditorios. La ayuda de Moreno se imposibilita, a pesar de su amistad, ya que el presidente no quiere quedar pegado a la sombra de un apóstata cuando su poder está siendo jaqueado por facciones disidentes.

    El primer día en Galápagos, como en efecto su diario testimonia, Teodoro Wolf contempla el efímero vuelo de una mariposa al detenerse sobre el caparazón fatigado y rugoso de la más grande tortuga terrestre. Razona en qué modo esa mariposa, que tan solo vivirá una semana a lo sumo, se posa sobre el quelonio joven que llegará a los cien años de vida. Sacude el tintero por lo congraciado de ese encuentro entre dos seres tan disimiles. Parecía una hojita colorida apoyada contra una bestial piedra, especula y anota. De paseo por la costa, todo es costa, recuerda la mala idea de Darwin en llevarse tortugas gigantes que se le murieron en el barco. Imbécil inglés, gritó Wolf y acarició el cuello de una que pasaba por ahí. Por suerte no supo, pues esto se confirmó más tarde, que fueron comida para la tripulación del Beagle. Con tino se percató del riesgo inminente a desaparecer con caparazón y todo si el Estado no tomaba prontas medidas, pues las tortugas gigantes eran ultimadas a mansalva por balleneros de poca monta para hacer aceite. Entre tanto impulsó la idea de una colonización controlada en las islas para evitar un desastre en el ecosistema. El Sabio Wolf tenía una mirada global de la naturaleza y fue uno de los primeros ecologistas del mundo occidental.

    De regreso al continente se entera que García Moreno había sido muerto a machetazos en el balcón presidencial por una horda de liberales. Antes de ser ultimado y arrojado al precipicio alcanzó a pronunciar la célebre frase: "Podrán matarme mil veces, pero nunca a Dios". Muchos investigadores europeos regresan al viejo continente ante los virulentos aconteceres políticos del Ecuador. En cambio Wolf y un puñado de colegas deciden quedarse a terminar su tarea. Aquí todos concuerdan que su carácter se fortalece y ya porta jirones de rebeldía que suelta en el momento preciso.

    Para 1876 lo invitan a dar clases en la Universidad de Bonn, agradece y declina a tal ofrecimiento ya que al mismo tiempo es designado Geólogo Oficial del estado ecuatoriano por el nuevo gobierno. Brújula en mano y munido de aparejos realiza siete expediciones en búsqueda de minerales, flora y fauna. Atraviesa paisajes indómitos, caminos escarpados y aguaceros babilónicos. Diez mulas cargadas al filo del barranco y su pasión por descubrir son una misma cosa.

    A finales de ese año ocurre un hecho que lo conmueve: abandona la castidad. Mientras su empleada doméstica se hallaba alzada sobre un banco para plumerear los anaqueles más altos de su biblioteca, el señor Wolf cerró un muestrario de hojas recogidas en la selva y abandonó la vista sobre aquellas nalgas desnudas por donde asomaba lo que presumió algo parecido a una iguana rosada. Comenzó a acariciar a la joven nativa Jacinta Pasaguay, a la que despojó del sencillo vestido y terminó de penetrar en un sillón apostado de frente a su escritorio. Meses después surgiría una panza de embarazo que le trajo el recuerdo de su niñez, cuando un doctor le pronosticó posible esterilidad. Rió y se abrazó a Jacinta, a su esperanza, para luego regresar al gabinete y seguir clasificando materiales recolectados. Llegó a oídos de una vecina lo que la joven Jacinta le confesó: que el Sabio, además de ser muy inteligente, era bien dotado. Le refirió acerca de haber sentido muy dentro, en las entrañas, un bicho bien grande y movedizo.

    Transitando el año 1877 recibió el Doctor Honoris y Causa en Filosofía de la Universidad de Bonn. Entre tanta actividad nace su primera hija María Luisa, quien llevará el mismo nombre que la tía residente en tierras alemanas. El viernes santo resultó asesinado en la mismísima basílica el arzobispo de Quito, Checa y Barba, quien se oponía férreamente a la separación de la iglesia y el estado. Se comprobaría tiempo después que su cáliz con vino fue rellenado de veneno. A los pocos meses erupcionó el volcán Cotopaxi y la sociedad ecuatoriana no hizo más que asociar este hecho a un castigo divino. Wolf también quedó impactado y por si acaso volvió a ponerse la sotana pese a no ser más sacerdote. Se refirió al fenómeno observado en aquel accidente geográfico como un proceso similar a la espuma de una olla de arroz al fuego cuando hierve y se derrama.

    En 1878 publicó: "Memoria sobre el Cotopaxi y su última erupción", un escrito acerca del volcán que había ascendido a principio de año por su cara norte. Describió los efectos producidos por la lava erizada y dibujó a mano alzada al tercer volcán activo más alto del mundo y las avenidas de lodo que, como patas de una araña, se fundieron en el terreno. No puede quedarse mucho tiempo quieto y aprovecha que el gobierno lo financia para buscar guano en Galápagos. A diferencia de su primer y exitoso viaje, lluvias torrenciales arruinan la expedición. Aun así logra hacer anotaciones astronómicas de gran valía que comparte enseguida con especialistas de dicha temática.

    En 1879 edita: "Apuntes sobre el clima de las Islas Galápagos", donde expone teoría evolucionista. Tuvo inusitado interés en los centros científicos del mundo occidental. Hay que remarcar que mantiene contacto epistolar con varios colegas de Europa, además de poner al tanto de sus investigaciones a la casa de estudios de Bonn que lo había cobijado. Incansable, asimismo publica: "Viajes científicos por la República del Ecuador", trabajo que será el germen de las famosas Cartas Geográficas. Duerme poco y pasa masivas horas en su gabinete ensimismado en los pormenores de sus múltiples tareas. A veces siquiera cenaba. Mientras se hallaba analizando como acceder al impenetrable estado de Esmeralda que era pura selva amazónica controlada por montoneros revolucionarios es que nace Ignacio, su primer hijo varón que llegaría a vivir nada menos que 107 años.

    En 1880 se interesa por aprender el lenguaje de los indios Colorados y estudia la manilla, un hongo apegado al cacao. No le llevaron el apunte y años después este hongo parasitario destrozará las plantaciones de semilla del chocolate y pondrá en jaque la economía ecuatoriana. Jacinta lo notaba siempre como suspendido, cavilando entre papeles y muestrarios. Un día quiso interrumpirlo y se llevó un regaño de mil púas; nunca más lo intentó.

    En 1881 lo aceptan como miembro activo en la Sociedad Geográfica de Berlín con la que ya mantenía asidua correspondencia. Nace Robert, su tercer hijo.

    En 1882 impulsó el aprovisionamiento de agua potable en los centros urbanos de Ecuador. La fiebre amarilla y las aguas estancas habían hecho colapsar el sistema sanitario y fue necesaria la obra del Sabio para atenuar dicho mal. Tenía las patas en el agua cuando se entera del fallecimiento de Charles Darwin. Retorció su dedo gordo recordando lo sucedido a aquellas tortugas en altamar. Al regresar embaraza una vez más a Jacinta, quien a los nueve meses daría a luz a Teresa, su cuarto hijo.

    En 1884, realiza el primer plano a escala de Guayaquil y compra una casa en el centro de la ciudad donde instala sus libros, vastas colecciones e hijos. Trataba a su esposa con respeto pero no se diría que apasionadamente, al estilo alemán dirán algunos. A veces observaba a los niños como a mariposas clavadas con alfileres en un muestrario. Era parco y silencioso tras su barba cana y pequeños anteojos, decían otros cuando lo veían pasar planeando viajes y expediciones. Se pasaba repetidas veces la mano por la frente raleada de cabello, abstraído en eternos descubrimientos que consagrarían al país que le dio todo. En una expedición a Choconchá, territorio Jipijapa, encuentra flora autóctona de singular rareza que irá a parar a su colección personal.

    En 1886, mientras se encarga del alumbrado público de Guayaquil, nace su quinto hijo ecuatoriano al tiempo que por complicaciones en el parto fallece su esposa Jacinta. El recién nacido se llamará Modesto Wolf y será un exitoso empresario en el cultivo del mango y sus derivados. Vivió soberbios 87 años.

    Cae en una pequeña depresión, con cinco hijos a cargo y mucho trabajo por realizar. El Estado ecuatoriano incurre en demoras al pagarle sus honorarios. Su cuñada se va a vivir con él para ayudar en las tareas del hogar y el cuidado de los niños. Viaja a las minas de oro en Zaruma. Al regreso comparten el lecho pero no experimenta la excitación que sentía con su hermana y apenas tienen relaciones sexuales.

    En 1887 aun salía vestido a la calle con su sotana de sacerdote católico. Un miembro de la congregación lo reconoce y entre insultos lo quiso trompear. Le gritó: "ahora te fornicas a la hermana también". Era un presbítero español que lo acusaba sobre su mala vida a los ojos de Dios. Wolf cruzó la calle vociferando: "enfermo de tomismo medieval". Ante la mirada impávida de vecinos y curiosos se fue silbando bajito.

    El gobierno lo contrata para proyectar el alumbrado público de Guayaquil y además publica: "Memorias sobre las Islas Galápagos", monografía aun consultada por las mentes más lúcidas.

    En 1888 viaja hasta Lima para defender los asuntos limítrofes del Ecuador. Allí conoce a Bertha Weber, quien era una joven alemana e institutriz. Flechazo amoroso a primera vista. Se convierte al protestantismo y por ese modo logra casarse un día lunes. Al regresar a Guayaquil se encarga de mandar a su nuera y sus hijos a vivir a una pequeña casa con techo pajizo que había adquirido en el cantón de Yaguachi. Todos obedecen en silencio las órdenes del sabio Wolf, quien los visita aunque espaciadamente por sus labores y para tener tiempo amatorio con Bertha.

    El presidente de la república, Flores Jijón, le solicita que realice un tercer viaje a Galápagos para obtener material que sería enviado a la Exposición Universal de París. Wolf se excusó y envió cosas recolectadas en los viajes anteriores. Lo cierto es que estaba muy ocupado descubriendo la geografía de Bertha, anota en su diario en modo picaresco.

    Para 1889 Ecuador atraviesa una crisis fiscal importante y se sugiere despedir a Wolf, a quien ya le estaban demorando los pagos y le habían rebajado el sueldo. Todos acuerdan que tras de su figura nadie le llegaba a los tobillos. Llegan a un acuerdo y continúa con sus labores.

    En 1890 se traslada al observatorio astronómico de Quito para medir con precisión la ciudad de Guayaquil y alrededores. Utiliza además su cronómetro, un teodolito y un telégrafo pata tal fin. Tras un par de mediciones les indica a los especialistas en astronomía que el aparato está profusamente descalibrado y los ayuda a ponerlo en condiciones. Lo retienen en abrazos y agradecimientos.

    En 1891 se incendia su casa de Guayaquil y varias colecciones botánicas que no pudieron ser salvadas. Éste hecho lo afecta sobremanera. Viaja a Alemania con el objetivo de imprimir el primer mapa de Ecuador. El anterior mapa lo habían zurcido con más ilusión patriótica que rigurosidad científica, donde se sucedían montañas imaginarias y cauces de ríos que no existían. Anota en el borde inferior de su diario una tendencia del ecuatoriano por la fantasía antes que la erudición científica. Hace escala en Berna donde participa del congreso internacional de geólogos. Se despacha en una serie de criticas al modus operandi de Humboldt al geologizar. Nace su primer hija alemana llamada Bertha, homónimo de su madre.

    Hacia 1892, en la ciudad de Leizpig, como colorario de varias investigaciones y a pedido del Gobierno publica: "Geografía y Geología del Ecuador". Libro de 671 páginas con trazado de mapas en papel coschet que será buscado por futuros científicos del mundo para conocer los secretos que encierra el país del cacao. Se radica en Dresde, desde donde avisa a las autoridades ecuatorianas que su relación laboral ha terminado.

    En 1893 nace su hija María Teodora y en 1894 Carlos Alfonso quien se le parece mucho.

    En agosto de1897 mueren sus hijos Carlos Alfonso, el idéntico al Sabio y Eugenio Oscar, apenas un bebé. Ambos atacados de difteria, una enfermedad que hacía estragos en aquella época.

    En 1899 nace Félix, su único hijo varón alemán. Los que lo frecuentaron aseguran que se trataba de un padre presente y cariñoso, muy distinto al trato distante y abandonico que sufrieron sus hijos ecuatorianos. En su defensa podemos decir que aquellos fueron tenidos mientras realizaba una colosal tarea por la República en tanto estos últimos los tuvo en el divague del retiro.

    Entre 1901 y 1903 escribe un estudio sobre el género de las Potentillas, un planta herbácea que recorría las praderas de Europa. Dicho estudio es considerado una obra maestra para los amantes del tema.

    Arrancando el año 1904 se dedica a ordenar las colecciones minerales de su amigo y colaborador Alphonse Stübel. A pesar que el sabio Wolf en reiteradas oportunidades le solicitaba que debía poner en cauce toda una vida de investigaciones, Stübel sonriendo le reconocía que era afecto a procrastinar. Al año siguiente publica, como obra póstuma, el libro de su amigo.

    Mediando 1909 se arrima al escritorio y se encomienda a escribir sus memorias. Comienza a cartearse con su primer hija ecuatoriana María Luisa, quien conserva intacto el amor por su padre y no gasta ni una línea en cuestionarlo.

   En 1913 sufre esclerosis y principio de apoplejía. Incluso, pese a su vital temple, durante días enteros no logra abandonar la cama y queda maldiciendo su andamiaje defectuoso bajo la colcha mientras Bertha y las hijas solteras pretenden calmar su malestar. En reiteradas oportunidades lo oyen putear al aire en idioma español o italiano. En su gabinete, que ya poco visita, esperan lápices, tijeras, cuchillas y plumeros.

    En 1918 quedó destrozado económicamente tras la guerra y debió malvender colecciones enteras de minerales, plantas y pájaros embalsamados. Un diplomático ecuatoriano, al conocer esta dramática situación, inició los trámites necesarios para que el sabio Wolf accediera a una pensión vitalicia por su notable contribución al avance del país. Lo encuentra ciego, tullido y sordo. La ayuda económica recién se efectivizaría tres años más tarde cuando fuera declarado ciudadano ecuatoriano.

    Muere un domingo 22 de junio de 1924 a los 83 años de edad. La noche anterior intentó acariciar un recuerdo: el sabor al canelazo.

    En 1939, Armando Guevara Wolf, hijo de su primogénita, viajó a Dresde para conocer la otra vida de su abuelo sabio. La viuda Bertha al principio no quiso que sus hijos supieran que tenían hermanos sudamericanos pero luego cambió de idea y le pareció justo que supieran la verdad.

    En 2018, su nieta Úrsula Range, hija de Bertha (h) estuvo tratando de transcribir papeles de su diario para publicar la biografía oficial, jajajá jajá. A nosotros, los descendientes de sus hijos dilectos nos chupa bien un huevo, el que le paró Colón a los reyes católicos. Nuestra biografía en cambio tendrá algo que la de ellos carece: el profundo sentimiento a un servidor a la patria y la gratitud que todo el Ecuador le ofrenda al sabio Wolf, nuestro sabio eterno.

   En pocos meses, para finales del 2024, confiamos que su biografía ecuatoriana estará publicada a toda pompa para homenajear al gran Sabio en el centenario de su fallecimiento.


Comentarios

  1. Me gustó mucho y admiro tu búsqueda de la verdad al reivindicar al sabio

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  2. Muy bueno Nico!! Qué cambio en la escritura!! Muy interesante!!! Gracias x compartirlo!!

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  3. Excelente. Esta vez el impacto fue por la afortunada investigación que hiciste y las descripciones tan bien logradas. Genial

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