Habían terminado las clases y, como en un tobogán, los días que faltaban para Navidad se fueron acelerando. Le pedí a papá un arbolito de verdad para poner los regalos y que no sea el de plástico de porquería de siempre. Una tarde regresó del trabajo con un bulto extraño. Inmediatamente dejé de armar un rompecabezas y me acerqué a toda prisa. Cuándo lo vi, upa lalá, me agarró ese inquieto cosquilleo que ocurre pocas veces en un día. Era un árbol tan alto como yo. Papá lo dejó en un rincón. Le insistí que lo plantara en el medio del living y que con maceta no me interesaba. Papá iba evaluando las posibilidades pero enseguida salió mamá de la cocina. Están locos, dijo y agregó: vivimos en un departamento, en un tercer piso. Ahí estuve a punto de llorar fuerte, como tan bien me sale; no fue necesario. Papá se quitó el saco, se agachó para abrazarme y decirme algo al oído. Apenas mamá volvió a la cocina a seguir preparando la cena, papá fue hasta l...
Pensamiento Carretel