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Olvido de un crack

 

Por entonces era un iniciado en el periodismo deportivo, aun entusiasta y adorador de los hechos nobles. Sentado en el último asiento de la Lujanera repasaba las preguntas que había ideado para espetarle al Chueco Arismendi. Me había repasado toda su carrera. Desde esos cuatro partidos en primera hasta los épicos encuentros de las ligas provinciales. Sobraban hazañas y anécdotas. El Chueco era un jugador de la vieja escuela y por diferentes motivos su merecida fama no llegó a trascender el paso del tiempo. Muchos endilgan su fracaso al alcoholismo pero yo no hago cima sobre fenómenos unicausales

Envalentonado por una causa justa me presenté ante su morada. Antes debí andar a pie seis calles de tierra, ruta adentro, y lidiar con perros cimarrones que olisqueaban a cualquier extraño, presurosos de enseñar sus colmillos. Fui recibido por la esposa. Estaba muy asombrada que un periodista se aviniera de la Capital pretendiendo entrevistar a su marido. Me alcanzó un mate dulce y alertó enseguida sobre el avanzado cuadro de Alzheimer del Chueco. Apareció desde el fondo como perdido. Con su cuerpo flaco como un palo apenas podía caminar. Dos de sus hijas lo escoltaron hasta un desvencijado sillón, donde procuré conversar con él.

Vana empresa fue intentar que rememorara partidos, datos, anécdotas... ni hablar de fechas precisas. Lo miré a los ojos con fijeza; una bruma salada pareció haberse instalado entre los dos. Era evidente su desmemoria. Cuando le pregunté por su nombre encogió los hombros y ladeó los labios... no recordaba tampoco. Una mirada insistente de su mujer me alertó de lo inútil que sería proseguir la entrevista. Se arrimó y me dijo: Usted ya sabe todo del Chueco, conteste por él.

Cuando atravesé la puerta de calle tuve la certeza que el Chueco ya me había olvidado.

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Arquetipo

              Esta historia la oí en el Café Brasilero , uno de los bares más antiguos de Montevideo. Hubiese sido preferible que la escuchara Eduardo Galeano, pero ya había fallecido hacía años. En una de las mesas contiguas alguien comenzó a contar que un amigo veía a su hijo correr y patear una pelota imaginaria por toda la casa. El botija hacía gestos inestables y festejaba goles de cara a las paredes. El padre siempre le regalaba libros y juego didácticos. Sin embargo, para ese cumpleaños eligió comprarle una pelota de cuero profesional. El hijo la agarró no muy convencido y se fue a jugar al patio del fondo. Al otro día el padre volvió de la oficina y encontró la pelota abandonada en un rincón y a su hijo jugando nuevamente con la otra. Se le paró enfrente e indagó: ¿Qué ocurre que no usas la que te regalé? El hijo levantó apenas los hombros anticipando su respuesta: Es muy bonita papá, pero ésta es más liviana y la domino mejor.

Retorno

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