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Bajo la sombra




Llegué un verano de calor insano. Cuando fue el turno de salir al jardín, que era circundado por los pabellones, noté que había dos árboles. Se trataba de un gomero y enfrente, a pocos metros, había un  álamo. En torno a ellos se agrupaba un conjunto de sujetos.
Alrededor del gomero resaltaba un hombre con chaqueta azul y roja. Hacía gestos y ademanes que imantaban la vista. Me dirigí hacia él, hacia el grupo del gomero. Lo admiré desde el primer día y no fui el único. Comprendí que era el líder del grupo autodenominado gomas. Ahí mismo reconocí las bondades de la sombra ancha del gomero.
Enseguida orienté la mirada contra el álamo y su gente, los que se ponían bajo su escueta sombra. No dejábamos de criticarlos por la elección errónea de los alitas, así los nombrábamos. También tenían un líder. Se trataba de Julio César. Como todos ellos, iba vestido ligero. En cambio nosotros lucíamos ropas más pesadas merced a la generosa sombra de nuestro árbol. No pasó mucho tiempo para que sintiera odio visceral. Fue de solo ver a los alitas con sus ropas ligeras y al líder portando un trapito inmundo que le atravesaba su torso lampiño. Todo eso apoyado sobre precarias sandalias.
Que placer era verlo de pie junto al gomero, con una mano dentro de la chaqueta, a la altura del abdomen y la otra por detrás alcanzando la baja espalda. Fue tal mi devoción que si ordenaba podar el follaje más alto, enseguida agarraba fervoroso la tijera de poda y comenzaba a trepar. Me sentí muy pronto su hijo. Pocas veces me dirigía la palabra. Más bien me chistaba o daba una orden con un ligero movimiento de ojos.
No fueron muchos los enfrentamientos físicos contra los alitas. Si era común que volasen ramas, frutos e insultos. Cada grupo respetaba el perímetro de su sombra. Napoleón reía como loco cuando era yo el portador de graciosas groserías. Mitad por el odio que me generaban y mitad por hacer feliz a mí súper hombre. Me sentía completo.
En ocasiones Julio César se propasaba en burlas hacia nosotros, los gomas. El odio hacia ese apóstata seguía creciendo dentro mío. Prometí asesinarlo si lo encontraba solo pero siempre estaba rodeado de un séquito de seguidores. En cambio le grité que le iba a quemar el laurel que portaba en su cabeza. Busqué la mirada de aprobación de mi líder… no lo hallé. Lamenté que no haya sido testigo de tal bravuconada.
Una tarde lo seguí a Napoleón sin que lo notara, quería copiarle gestos y ademanes tan suyos, tan geniales. Era tal mi admiración que llegaba a hacer acciones ominosas como esa. Fue grande mi turbación cuando descubrí, tras unos arbustos linderos a los pabellones, que Napoleón se deshacía de sus ropas y botas para calzarse unas sandalias y una sábana sobre el torso. Apareció pronto el laurel...
Quedé frente a Julio César, solo, solo como lo había esperado con alocadas ansias. Le introduje con fuerza las hojas de la tijera de poda. Con tanta fuerza como se reiría Napoleón cuando se enterase que había ultimado al traidor.


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