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Verde Esmeralda

 

    Cuando mi hija subió a recibir el diploma como la mejor alumna del Summit Schools, agarré fuerte las manos de mi esposa y se me pusieron llorosos los ojos, los mismos que poco después se vieron reflejados en una realidad atroz. Pero ese día sentí orgullo enorme de padre y seguridad en que había hecho bien las cosas. Mi princesa ahí arriba del escenario con su pelo rubio y esa sonrisa tan llena, tan fresca; distante de las inmundicias que ocurren en la vida diaria. Qué más se podía pedir de una hija. Terminaba la educación primaria y una nueva etapa se iniciaba para ella, abriendo un amplio abanico de posibilidades por descubrir.

    Unos meses después de su egreso nos mudamos al barrio cerrado, donde planeábamos una vida plena y segura. El bufette de abogacía que había instalado con mi socio comenzó a florecer de clientes lo que permitió gran holgura económica y la consecuente satisfacción debido también al éxito profesional. Bárbara, mi esposa, trabajaba medio turno como psicóloga en un hospital público, cosa que la hacía sentir útil e independiente.

Al invierno siguiente la empleada doméstica enfermó de modo irrecuperable y tuvieron que internarla. Llamamos a la empresa de contrataciones para que nos mandaran una reemplazante. La casa se estaba convirtiendo en un desastre de polvo, situación que a mi esposa la ponía de muy mal humor.

    Llegó temprano una mañana de octubre con su bolsito. No le noté nada especial en ese primer encuentro. Era morena y de baja estatura, como la mayoría. Tenía ojos huidizos que denotaban afección a la servidumbre. Limpiaba con frenesí cada detalle y cocinaba en modo aceptable. Una tarde me vio cortando el pasto a las apuradas y mal. Se acercó de modo sigiloso. Ladeando el cuello comentó que su hijo realizaba ese tipo de trabajos. Me pareció buena idea y comenzó a venir una vez a la semana, luego tres porque se encargó también de limpiar la piscina e impermeabilizar los techos; es una zona húmeda donde las lluvias son constantes.

    Como su madre, bajaba la vista cuando uno le hablaba. Ese día le pedí que cortara el pasto de la vereda y fuimos a buscar un alargue al depósito. Ahí, en uno de los rincones, quedamos bien juntos y cruzamos las miradas; un escalofrío poderoso me atravesó por todo el cuerpo. Como un espejo inquietante, me vi reflejado en esos ojos y en algún gesto nimio que realizó. Un hecho que parecía eficientemente olvidado volvía, de pronto, en la mirada de aquel joven; reviviendo un fantasma fastidioso que ya creía muerto.

Le pasa algo, señor”, me dijo cuando de repente quedé turbado y el alargue dejó de ser el objetivo. Se lo di y salí apresurado hasta la casa, hasta el mueble donde tenía mis bebidas. Necesitaba un whisky urgente. En la cocina, mientras tanto, su madre lavaba la vajilla con vehemencia. La observé como nunca había observado a nadie en mi vida; lo hice temblando.

A partir de ese instante comenzó a fisurarse la noción parsimoniosa que sentía en la casa, en mi familia, en mí mismo... Todo se volvió ajeno y acechante. Si lo que temía era cierto iba a explotar todo por el aire, incluyendo mi estabilidad emocional que ya comenzaba a desbordarse. Tenía que ganar tiempo, razonar con calma y no actuar en pleno estremecimiento, pues podría cometer la peor estupidez posible. Se abrió dentro mío un sin fin de pensamientos corrosivos de alcance ilimitado. Un padre de familia ejemplar capaz de tal aberración...

Comencé a llegar más tarde que de costumbre a casa. Me demoraba eyaculando, entre sollozos, dentro de prostitutas. Luego las abrazaba y quedaba un buen rato así, hasta que, luego del gesto de conmiseración, solicitaban que me retirara. En el trabajo también surgieron complicaciones, me era difícil encarar una defensa convincente. Mi socio, ya preocupado por el bajo rendimiento, recomendó que me tomara unos días para volver a cargar energías. “No estás en tu eje”, sentenció.

Una de esas noches, de envolvente bruma mental, me zambullí desnudo a la piscina. Saqué el equipo de música a pura bossa nova. Nadé hasta quedar exhausto y luego me dejé estar, flotando boca abajo, sintiendo el fresco de la noche en las nalgas que sobresalían ondulantes sobre el agua clorada. Cuando regresé a la habitación, apenas cubiertos los genitales por una toalla, Bárbara recriminó: “Te has vuelto loco”. Le dije que no podía dormir y nadar desnudo ayudaría. Hacía mucho no manteníamos relaciones sexuales. En pocas semanas todo había cambiado entre nosotros, me sentía sucio, no me atrevía a mirarla. Dormimos dándonos la espalda una vez más.

Una tarde, al regresar a casa, mi esposa era puro nervios sobre el sillón del living. “Estoy muy preocupada, encontré al muchacho espiando a Caro mientras tomaba sol en la piscina. Es un indio, Víctor, mirá si le hace algo. No sabes como la miraba; como una bestia capaz de todo”. Puse paños fríos y le regulé los horarios al hijo de María. Pronto, la llegada del verano fue complicando todo; el pasto crecía más rápido y limpiar la piscina con mayor celeridad resultaba inevitable. “Ponete la remera, Mario”, le dije un día que iba y venía en cuero entre el verde del césped y el celeste de la piscina.

    Previo a las fiestas de navidad sucedió algo llamativo. Le expliqué a María cual iba a ser el menú, creo que era pollo a la crema con papas españolas. Asintió enseguida y de repente agregó: “Lo que desee, patrón, como siempre”. Sus palabras, y sobre todo con el tono que las dijo, me resultaron ambiguas. Además realizó un gesto inusual en ella, diría enigmático, algo que creía vedado en su personalidad.

A mediados de marzo llamó Bárbara al estudio, a los gritos: que Caro con el indio ese encerrados en el depósito, que estaban con malla pero muy juntos, que se reían como locos y él tocando cumbia en una guitarra que no sé de donde salió. Lo eché de inmediato con lo puesto. La nena encerrada en su cuarto hasta nuevo aviso. Vení ya que no aguanto más. “Tengo audiencia en diez, imposible”, le dije. Mañana hablás con María y la echas también a ella. Pagale lo que sea pero rajala, rajala. Desde que trajo a su hijo a la casa todo se fue al carajo. Incluso Caro ya no cumple con sus tareas como antes y la última: ahora contesta la señorita; me dijo que parecía una histérica. Como si fuera poco, el pasto desparejo y la pileta un asco de hojas con verdín. No los quiero ver más en casa. Escuchaste: nunca más.

    Al otro día la llevé a María a mi despacho. Siéntese, le pedí del modo más cordial que pude. Mi esposa no estaba, la convencí de que vaya al shopping a comprarse ropa. Quería estar tranquilo cuando la tuve enfrente y le dije: Yo sé que su hijo es un buen muchacho, pero mi señora es muy muy a la antigua y no le gustan algunas conductas que ocurrieron últimamente. María abrió muy grandes los ojos con un leve revoleo y me intimidó. Pese a ello continué: Usted me parece un ser divino y muy muy eficiente. Si por mí fuera seguiría toda la vida trabajando con nosotros pero la que decide en estas cosas no soy yo, me entiende... Quédese tranquila que le vamos a pagar seis meses todos juntos como compensación y otro tanto a su hijo.

    Comenzó a temblar y pronto lloró con lágrimas profundas. Luego balbuceó cosas incomprensibles hasta que pronunció un nombre, un nombre que estalló trepidando en mi mente como una bomba que lo aturde todo: Concepción de la Cruz. Lo repitió una vez más y comenzó a hablar: Yo nací ahí, me tuve que ir cuando me hicieron una porquería. Esa noche salí por el monte a mirar un maravilloso cielo estrellado. De pronto una luz me enceguece. Comencé a oír risas y a alguien que dijo: “Que no se escape”. Me arrancaron la ropa, me tiraron contra un pastizal y fui violada no por uno, sino por varios muchachos con olor a alcohol. Ahí nomás me dejaron tirada, semidesnuda. Yo no tenía ni idea lo que era el sexo. Quedé embarazada con tan solo catorce años recién cumplidos. El embarazo lo viví a escondidas por la vergüenza. Luego del parto se lo dejé a unas tías y me vine a trabajar de doméstica a la ciudad. Cuando mi hijo tenía unos tres años lo traje a vivir conmigo, no soportaba verlo cada tanto. Todos en el barrio comentaban sobre esos ojos verdes tan hermosos, tan esmeralda, tan igualitos a los suyos.

    Aquella noche que nos graduamos tomamos de más en la fiesta. Volvíamos en camioneta por la ruta vieja, la del puente carretero. Hacía calor. Vimos una silueta sobre la banquina y frenamos. Ibas descalza y en pollera, como perdida. Nos excitamos, estábamos muy muy borrachos. No recuerdo detalles pero sé que los cuatro abusamos carnalmente de vos. Justo yo... Tal vez lo merezco por imbécil. Era un joven de apenas 17 años. Maldigo cada vez que pienso lo que hice aquella noche, lo que te hicimos.

Tranquilo, de dinero vamos a hablar luego pero no para mí, sino para el futuro de Mario. Lo que me interesa ahora es realizarle una propuesta: Quiero pasar una noche romántica con usted, lo necesito para curar esa herida que no ha cerrado. Una noche no, mejor una semana entera en Brasil, los dos juntos. No hace falta que me diga te amo pero si que sea un poco cariñoso conmigo. Luego yo me iré y no me verá más. Eso tal vez me permita dormir bien aunque sea una noche y lo más importante: tener una relación sexual sin estar traumatizada. Usted fue el causante de mi desgracia y tal vez pueda ser quién lo remedie. Además quisiera que la persona que me hizo madre tenga algún gesto de cariño conmigo y así, cuando le diga a mi hijo que su padre no fue una mala persona, pueda haber algo de verdad en eso.

Le dije a mi esposa que me ausentaría una semana por un viaje de negocios. Finalmente fuimos a Río de Janeiro. Recorrimos todos los lugares turísticos como ser el Cristo Redentor, que tanto la impresionó. También paseamos por las playas de Ipanema. A la noche me duchaba y ella me esperaba desnuda bajo las sábanas, con los ojitos cerrados. Sabía que no dormía porque la notaba temblar. Todas las noches le hice el amor con suavidad, esperando con eso complacerla y reparar, aunque sea un mínimo, el trauma causado. No estuvo mal y yo también pude sentir que me sacaba algo pesado de encima.

    Al regresar se sucedieron una serie de noticias vertiginosas y, aun hoy, no sé de dónde saqué fuerzas para enfrentarlas. La primera fue que Bárbara me pidió el divorcio. Acorraló a mi socio con preguntas hasta saber que no existía cliente alguno en tierras cariocas. Acongojado conseguí un departamento por el centro de la ciudad y la llamé a María para ocuparse de los quehaceres domésticos. Algunas noches se quedaba a dormir conmigo. Resultaba muy sanador para ambos. No habían transcurrido ni dos meses, cuando llamó mi ex esposa fuera de sí para comunicarme que Caro estaba embarazada, que seguro la había violado el indio ese... Casi me desvanezco mientras seguía gritándome un sin fin de reproches acalorados, tuve que cortarle el teléfono. Al séptimo mes de embarazo, Bárbara se pasó con las pastillas tranquilizantes y falleció por un cuadro agudo de intoxicación. Después del velorio nos fuimos todos a vivir a la casa del country.

Fue un parto sin ningún inconveniente. Cuando Esmeralda abrió los ojos el asombro fue total; tenía el mismo color que el padre y el abuelo. Ahora estoy cortando el pasto mientras Mario toca bossa nova con la guitarra y Caro le da el pecho a la beba al borde de la pileta. María debe andar por la cocina preparando algo rico para almorzar.



Microrrelatos

















Comentarios

  1. Terrible!!!!! Si de acomodar y desacomodar se trata la vida, acá fue una manera de tratarlo profundamente.

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  2. Fuerte. Se destapa una olla y transforma todo. Y así es la vida, acomodarse a lo que nos cae...

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